El cáliz
Capítulo 18
La golondrina trinó una sola vez y quedó inerte. La sangre brotó de la criatura emplumada y goteó en un profuso chorro en el interior del segundo pozo. Por fin supe a qué se debía aquel olor: era el de la sangre y la carne de los pájaros sacrificados.
—No, no, no —sollocé. Forcejeé entre los brazos de Gertrude, pero ella no me soltó. Me sentía como si fuera yo a la que acababan de acuchillar sobre el pozo en aquel lugar antiguo. Me ardía el pecho. Orobas arrojó al cadáver del ave al pozo y alzó las manos. La sangre se deslizó por sus muñecas.
—Os conjuro y os convoco para que seáis testigos —gritó—. Y adoptéis una forma benigna. Y no tendréis descanso hasta que vengáis a mí. —Esperó durante unos segundos en silencio y volvió a repetirlo.
No sé cuántas veces repitió el cántico de su conjuro. Me dolía la cabeza y en mi mente se debatían el temor y la duda. A mi lado, Gertrude jadeaba mientras me abrazaba con fuerza.
De pronto, las palabras murieron en la garganta de Orobas y su rostro se destensó por completo. Se le doblaron las rodillas y, con un lento culebreo, cayó al suelo. Gertrude corrió hacia él. Se arrodilló a su lado para ver mejor.
—¿Está muerto? —pregunté.
—No, pero este es el momento más peligroso. Aquí es cuando algunos se unen a los muertos en vez de traerlos a ellos a nuestro lado.
Los minutos transcurrieron muy lentamente. No pude evitar preguntarme si no sería mejor para todos —también para el mundo exterior — que aquel hombre muriera. Pero enseguida me avergoncé de albergar semejantes pensamientos. Cualquier hombre merecía la redención.
Oí un movimiento procedente del otro lado de Gertrude. Orobas se incorporó, apoyándose en una mano. No se levantó. Se sentó en el suelo, inclinándose hacia delante y apoyando la barbilla en la negra túnica que le cubría el pecho. Su pálida cabeza brillaba a la luz de las velas.
—¿Ethelrea? —susurró Gertrude.
—¿Por qué me habéis llamado? —preguntó Orobas. Su voz era distinta. Seguía siendo grave y baja, pero sumisa, sin el menor asomo de burla—. ¿Quién es responsable de esto?
—Yo. Soy Gertrude Courtenay.
Orobas levantó la cabeza. Tenía los hombros relajados, también la expresión del rostro. Sus ojos encontraron a Gertrude.
—Os veo —afirmó—. He hablado con vos. ¿Volvéis a convocarme?
Gertrude me indicó que me acercara.
—He traído a la otra —dijo—. A la Novia de Cristo.
No me moví. Orobas giró la cabeza a izquierda y derecha. Se detuvo cuando sus mortecinos ojos grises se clavaron en mí.
—La veo. Debe acercarse más.
Gertrude volvió a indicarme que me acercara.
«Esto es una farsa», me dije. «No es más que Orobas fingiendo ser una difunta joven sajona para sacarle los cuartos a Gertrude. Fingiré que los creo y después nos iremos». Me acerqué y me arrodillé al lado de Gertrude. Orobas me estudió atentamente y negó con la cabeza. Luego mostró el labio inferior, como un niño. Me pareció que era una gran representación, pero solo eso, una representación.
—No es una Novia de Cristo —dijo Orobas—. No veo ningún hábito ni tampoco un velo.
—Se los han quitado —contestó Gertrude—. Su priorato de las dominicas de Dartford ha sido disuelto.
Orobas alzó el mentón. Sus ojos se quedaron en blanco durante unos segundos. Gertrude tendió la mano y me agarró de la rodilla, a su lado.
—Sí —dijo Orobas—. Todos los monasterios derruidos. Qué tristeza.
—Pero ¿los recuperaremos? —intervino Gertrude—. Cuando regrese la verdadera fe, ¿recuperaremos los monasterios?
Orobas negó con la cabeza.
—No quiero hablar con vos. Solo con ella. Esta noche hablaré de Dartford. —Se volvió hacia mí. Me acerqué un poco más.
—Mi padre tenía una granja cerca de Middlebrook —dijo—. Teníamos una casa. Él la construyó con sus propias manos. La casa estaba en lo alto de una colina. Desde la ventana podía ver el río dividido en tres cauces.
Sentí que un escalofrío me bajaba por la nuca, hormigueándome la piel hasta los pies. Aun así, no di mi brazo a torcer y seguí negándome a creer. Es perfectamente posible para cualquiera aprender la geografía de la región y de los ríos de Dartford.
—¿Por qué tomasteis los hábitos? —pregunté. No iba a ser fácil inventar una historia convincente de la vida de una monja de Dartford.
—Fue un voto de mi padre, no mío. Él tenía tres hijas. Yo era la segunda. Y un hijo. Solo uno. Mi hermano. Cuando yo tenía catorce años, mi hermano contrajo las fiebres. El cura lo creyó muerto y le dio la extremaunción. Mi padre juró que si Dios salvaba a Caedwalla, mandaría a la más hermosa de sus hijas a la Orden de Santa Juliana. Y Caedwalla vivió, vivió. —Su sonrisa se desvaneció—. La vanidad es pecado —dijo sombríamente—. Somos castigados por nuestros pecados. Siempre.
—¿Fuisteis feliz con las hermanas de santa Juliana? —pregunté.
—Eran estrictas. Me pegaban cuando tardaba demasiado en ocuparme de mis obligaciones. Había más trabajo allí que en la granja y yo siempre estaba cansada. Cuando quería descansar, decían que debía rezar. Me obligaban a repetir las plegarias después de oírselas a ellas. Había que aprender tantas…
—¿Qué libros de oraciones usabais? —indagué.
—Ninguna de nosotras sabía leer. Las monjas decían que si recitaba las oraciones las aprendería, que si sufría sin descansar ni comer mucho, comprendería mejor a santa Juliana. El primer año, yo no entendía nada salvo que odiaba ser una de ellas. Un día me escapé. —Cada vez era más difícil poner en duda las palabras que salían de la boca de Orobas. «Es listo», pensé, aunque no muy convencida. «Los curas dicen que el diablo es muy listo».
—¿Por qué os enterraron aquí? —insistí—. Está lejos de Dartford. Cuando huisteis, ¿cómo llegasteis a Londres?
—Mi vida terminó aquí —fue su respuesta.
—Cuando dejasteis el convento, ¿vinisteis a Londres?
Sus hombros se encogieron un poco más hacia delante.
—Estuvo mal. Era pecado.
Todo eso me resultaba demasiado confuso.
De repente dijo, más aceleradamente:
—Había trescientos barcos. Los vikingos saquearon Canterbury antes de volver a Londres. Quienes no huyeron, murieron víctimas de las espadas. Yo fui una de las que no huyó.
—¿Fue Orobas quien os descubrió? —preguntó Gertrude.
No hubo respuesta. Orobas parecía cansado, como si lo único que quisiera fuera volver a dormir.
—Es un honor oír vuestra historia —dijo Gertrude con su voz erizada —. Pero ahora debo imploraros que fijéis la vista en el futuro.
—Así debe ser. —Había vuelto el tono hosco.
—Hace dos noches, visteis a lady María con la corona de reina de Inglaterra —dijo Gertrude—. Pero ¿ocurrirá eso con la ayuda de soldados extranjeros? ¿Nos invadirán las tropas del emperador?
Cogí a Gertrude del brazo.
—Esto es traición —susurré.
—¿De qué otro modo podría María acceder al trono?
—Veo muchos barcos —susurró Orobas—. Navegan hacia Inglaterra. —Pero parpadeó varias veces, ceñudo, como si no estuviera seguro de algo.
—¿Son españoles? —preguntó Gertrude.
Orobas asintió.
—¿Cuándo? ¿Cuándo navegarán? Eso es lo que debo saber.
Transcurrió despacio otro momento al tiempo que él ponía los ojos en blanco, buscando entre las visiones. Al principio, negó con la cabeza, como si estuviera confundido. Luego soltó con brusquedad:
—Veo a María coronada reina. Camina con un hombre que viste ropas cardenalicias. Y también a un obispo. Hay sacerdotes con ella, y monjas y también monjes. La verdadera fe ha sido reinstaurada.
Gertrude se echó en mis brazos. Noté las lágrimas de alivio surcándole las mejillas. Yo debería haber estado tan feliz como ella. Aquel era el mejor futuro imaginable. Pero algo no iba bien.
Orobas gimió y se estremeció. Una gota de sudor tembló en su frente.
—Veo una visión distinta —dijo—. El rey tiene un segundo hijo. Enrique VIII morirá, Eduardo morirá. Cromwell está detrás del niño que ahora es rey, es él quien reina. —Orobas volvió a temblar—. Lady María está en una celda. La han abandonado. Cromwell y el niño rey son temidos por todos.
Gertrude se apartó de él, cubriéndose la cara con las manos.
—No, no, no —se lamentó.
—¿Cómo puede haber dos futuros? —pregunté.
Por primera vez, Orobas movió un miembro del cuerpo. Levantó su brazo derecho y me señaló.
—Vos sois la clave. Vos marcaréis el camino que el futuro deberá seguir.
—¿Cómo? —pregunté—. Es imposible.
Orobas seguía apuntándome con el dedo.
—Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro debe volar como el halcón.
Me tapé el rostro con las manos. Me fue insoportable oír de nuevo en labios de Orobas las palabras que había oído de los de la hermana Elizabeth Barton y que yo jamás había compartido con nadie, que jamás habían salido de mi boca.
—Que sea el oso el que debilite al toro —dijo entonces—. Que sea el oso el que debilite al toro.
Yo no había oído antes esas palabras. Más instrucciones, aunque tampoco esas palabras tenían significado alguno.
—No sé qué hacer —grité—. No puedo elegir un futuro. Vuestras palabras no significan nada para mí. Son tan inútiles como las de la hermana Elizabeth.
—El tercer vidente os dirá lo que debéis hacer exactamente —dijo desmayadamente Orobas—. Hemos terminado. —Sus párpados aletearon. El sudor le bañaba la frente.
—¡Esperad! —Gertrude se adelantó bruscamente de nuevo—. Habéis visto a un cardenal y a un obispo caminando junto a lady María. Pero ¿qué ocurre con mi esposo y con mi hijo? ¿Y con los Courtenay?
—Dejad que me vaya, dejad que me vaya —dijo Orobas.
—No, contadme —ordenó Gertrude—. Os lo ordeno. Os pagaré más. Mucho más. Lo que sea.
—Ah, pobre Henry Courtenay —gimió por fin Orobas—. Llega el ajuste de cuentas.
Temblé de miedo. Esas eran las palabras que había gritado el loco John cuando me había visto partir de Dartford con los Courtenay.
—¿Por qué decís eso? —Gertrude estaba absolutamente fuera de sí—. ¿Por qué?
Una espesa gárgara de saliva goteó de la boca de Orobas, que se desplomó y no volvió a hablar.
OceanofPDF.com