El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 43 de 54

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El cáliz

Capítulo 42

 

Una calurosa y despejada mañana de julio, una barcaza de alquiler nos llevó a Jacquard Rolin y a mí a Gravesend, al este de Londres, en la orilla sur del Támesis. Esa villa de Kent era donde atracaban los grandes barcos que llegaban cargados con munición para el rey, cuyo uso estaba destinado a su inminente guerra. Yo no tenía la menor noción sobre esos barcos y mucho menos sobre ningún tipo de munición. Jamás había puesto el pie en nada más grande que la barcaza en la que navegaba. Cuando trazamos la curva y vi la media docena de imponentes navíos anclados en Gravesend, contuve el aliento. Era como un bosque que brotaba del agua, con sus mástiles elevándose hacia el sol.

Jacquard sonrió al ver mi asombro.

—Aguardad a que veáis Amberes —dijo.

Desde que había conseguido mi promesa de obediencia, se había operado un cambio en sus modales. La elaborada cortesía había menguado y su sonrisa burlona había desaparecido. Además, había decidido dormir en el dormitorio contiguo al mío solo. Aunque yo no lo había preguntado, supuse que habían cesado sus atenciones con Nelly en una especie de gesto de consideración hacia mí. Yo seguía convencida de que le había fallado al no protegerla del acoso de Jacquard. Al despedirme de Nelly, le había dado algo de dinero. Ella se había mostrado muy agradecida, con lo cual yo me había sentido aún peor.

—¿Qué barco es el nuestro? —pregunté.

—El más grande, naturalmente. —Señaló a un inmenso barco de madera con dos mástiles. Debía de medir doscientos pies de eslora—. Es un galeón —explicó Jacquard—. ¿Veis la fila de agujeros en los flancos para los cañones? —Un par de docenas de hombres se movían de un lado a otro en cubierta, preparando el galeón para la partida de ese mismo día. En la parte posterior de cubierta vi un agujero cuadrado por el que los hombres introducían cajas de gran tamaño. ¿Cómo podía una estructura tan imponente, rebosante de hombres y de cargamento, moverse veloz por el agua? Parecía imposible.

—Ardo en deseos de conocer a este capitán en particular, pues no es ningún cobarde. Eso hay que reconocérselo —dijo Jacquard.

—¿Por qué os parece tan valiente? —pregunté.

—Ha navegado durante una semana desde Hamburgo a Londres en aguas llenas de piratas, de espías y de enemigos declarados del rey Enrique, con una sentina llena de pólvora —dijo Jacquard—. El único país que ha vendido al rey Enrique un cuantioso cargamento de pólvora ha sido Alemania. ¿Os imagináis lo que podría haber causado un solo cañonazo, o una flecha envuelta en llamas?

Jacquard hizo girar las manos, trazando un gran círculo.

—¡Bum! —se rio.

No le vi ninguna gracia a ese escenario.

—¿Han descargado toda la pólvora? —pregunté.

—Hasta la última onza —respondió—. El rey la ha distribuido entre sus múltiples fortalezas nuevas. Alemania saca un buen provecho de sus negocios con él. El rey consigue pólvora y consigue además una cuarta esposa.

—¿La próxima reina será la princesa de Cleves?

Jacquard miró a derecha e izquierda para asegurarse de que los barqueros no lo oían y asintió.

—Eso parece. Hay dos hijas entre las que elegir: Ana y Emilia. El rey ha enviado a Hans Holbein a pintar sus retratos.

Cuando los barqueros nos acercaron a los muelles de Gravesend, me tensé. No encontraba la manera de quitarme de la cabeza la profecía de Orobas: «El rey tiene un segundo hijo. El príncipe reina en Inglaterra, con Cromwell a su espalda».

Cuando la barcaza llegó al muelle, Jacquard pagó a dos muchachos para que llevaran nuestro baúl a la zona destinada al equipaje. Todavía debíamos aguardar como mínimo una hora, pero decidió que nos alejáramos del puñado de edificios situados junto al muelle principal. La opción de acercarnos a la villa de Gravesend estaba descartada. No, Jacquard me condujo a una arboleda en las afueras, no muy lejos del camino, y me dejó sentada en un tronco caído.

—Debo presentar nuestra documentación al capitán del barco y creo que podré calibrarlo mejor si estamos solos —explicó Jacquard—. Y cuanto menos os vean y hablen con vos, mucho mejor.

No discutí con él. Deseaba estar un rato a solas y prepararme para la travesía. Aunque sería un viaje corto, pues Jacquard había predicho que tardaríamos un par de días en navegar hasta Amberes, yo jamás había salido de Inglaterra. Y jamás había esperado hacerlo.

Mi recelo fue en aumento cuando Jacquard regresó, visiblemente ofendido. Por la expresión de su rostro, entendí que había algo en el capitán que lo inquietaba.

—Es un hombre fuerte, sin duda, y profundamente corrupto —dijo—. Es a todas luces el tipo de hombre al que puedo dar buen uso, pero también hay algunos riesgos. Ha recibido una cuantiosa suma para llevarnos a bordo, más otra pequeña fortuna para zarpar lo antes posible. Pero si alguien con más oro lo abordara, no dudaría en traicionarme. El capitán es un hombre que se vende al mejor postor.

Segundos más tarde, con un brusco tono de voz, dijo:

—¿Qué es esto?

Un joven pelirrojo se dirigía hacia nosotros, cruzando el pantanoso prado en dirección a la arboleda. Quitándose el sombrero con un floreo, preguntó en francés cómo llegar a la posada llamada el Black Swan.

Pareció ser una señal. Jacquard se levantó de un brinco. Los dos hombres se alejaron y hablaron muy concentrados durante diez minutos mientras yo los observaba.

El pelirrojo se despidió de Jacquard con una inclinación de cabeza y se marchó por donde había llegado. Cuando Jacquard regresó a mi lado, vi que por primera vez tenía la frente perlada de sudor.

—Debemos subir a bordo del barco cuanto antes —dijo.

—¿Qué sucede?

—Ha ocurrido lo que más me temía —respondió, muy tenso—. La semana pasada apareció un espía en Hertfordshire, en la granja de Marcus Sommerville. Hoy mismo la noticia de su muerte ha llegado a Londres y este hombre ha venido a avisarme.

—¿El obispo Gardiner? —pregunté, agitada.

Asintió.

—Pero el hombre informará de que no estoy allí. El obispo sabrá que ha habido un engaño.

—El hombre no informará.

Esperé una explicación, pero en vez de eso Jacquard me ofreció el brazo. Lo noté rígido como el hierro cuando me condujo hasta el muelle principal.

Cuando llegamos a la orilla, me volví a mirarlo.

—¿El hombre del obispo ha sido asesinado? —susurré.

Sin mirarme, respondió:

—Calmaos de inmediato. Por supuesto que ha sido asesinado. No quedaba otra opción. Pero eso creará nuevas dificultades. Su desaparición será investigada. Enviarán a otro hombre o a otros hombres a Hertfordshire en el plazo de un mes. Y temo también que Gardiner nos haya seguido hasta aquí.

El sol en el agua refulgía de tal modo que me deslumbró y tuve que protegerme los ojos con la mano derecha. Me eché a temblar. Jacquard la cogió y fingió besarla. Acto seguido me apretó el hombro y se inclinó hacia mí para susurrarme al oído:

—Esta siempre ha sido una mission après mort, y lo sabéis.

Eché a andar, aturdida, por el muelle. Aunque no había sido Jacquard quien había dado muerte al espía de Gardiner en el lejano Hertfordshire, sí había aprobado su asesinato sin el menor titubeo. Me recorrió un escalofrío al ver su indiferencia ante la pérdida de una vida humana.

Había una hilera de pequeños botes que remaban hacia el galeón. Jacquard me ayudó a subir a uno de ellos y saltó después a bordo, plantándose a mi lado.

Justo en el momento en que nuestro hombre hundía los remos en el agua, un tercer pasajero subió de un salto al bote.

—Lo siento, lo siento, espero no molestar —dijo el joven entre risas. Debía de rondar los veinticinco años y era rubio, casi tanto como Edmund —. Soy Charles Adams, he venido a ver la nueva fortaleza de Su Majestad. Es muy interesante, ¿no os parece?

Mientras nos dirigíamos en el bote de remos hacia el galeón, Jacquard charló con el joven sobre las más recientes defensas contra la invasión imperial.

—¿Os interesa la guerra, señor Adams? —preguntó Jacquard con una sonrisa. Supe, porque lo conocía muy bien, que su sonrisa era forzada. Jacquard sospechaba del señor Adams.

—Me he alistado en el ejército de Londres, si es eso lo que queréis saber —respondió el joven—, pero desgraciadamente los juegos de la guerra no son para mí. Debo ocuparme de la empresa familiar, por eso viajo a Amberes.

Con el mismo tono despreocupado, Jacquard quiso saber a qué se dedicaba.

—Somos mercaderes de paños —respondió Charles Adams—. Adams & Sons ha sufrido mucho durante el embargo, pero me parece una excelente señal que Cromwell me haya concedido el permiso para viajar. Debo reunirme con nuestros socios de los Países Bajos e intentar solucionar la situación. Hay que volver a abrir las rutas comerciales.

—No será tarea fácil —dijo Jacquard.

—No, y no soy ni la mitad de avezado en los negocios de lo que lo era mi padre. Pero murió el año pasado y debo hacer todo lo que esté en mi mano. Mi madre depende de mí.

—Estoy segura de que haréis cuanto podáis —dije.

La mano de Jacquard se tensó sobre la mía. Me había dicho una docena de veces que no hablara con nadie a menos que fuera absolutamente necesario. Pero ¿acaso no llamaría más la atención si me quedaba allí sentada, encerrada en mi tosco silencio?

Con una sonrisa de orgullo, el señor Adams dijo:

—Nuestra empresa de paños se remonta a cuatro generaciones y los Augsburgo han intentado asfixiar el comercio de telas al menos diez veces, ¡y nunca lo han conseguido! Sean cuales sean los embargos que nos imponen, ya sean por causas de dinero o de la guerra, siempre salimos adelante. No pueden con nosotros.

Jacquard se rio como si aquel hubiera sido el comentario más gracioso que había oído desde hacía semanas.

Uno tras otro, nos ayudaron a subir a la cubierta del galeón. Jacquard había pagado una generosa suma para hacer uso de las dependencias de los oficiales de popa. Dormiríamos allí mientras estuviéramos a bordo, al menos una noche y quizá dos, dependiendo del viento. Hacia ese lugar nos dirigimos directamente. Nuestro baúl nos esperaba en el estrecho camarote.

—He dormido en sitios mucho peores —dijo Jacquard. Y añadió, con una cortés inclinación de cabeza—: Vos dormiréis en el lecho. Yo me conformaré con dormir en unas mantas en el suelo.

La importancia del viaje parecía haber enfriado su lascivia, cosa que agradecí.

—¿Debo quedarme aquí durante toda la travesía? —pregunté.

Lo pensó durante un instante.

—Deberíais estar en cubierta cuando el capitán ice las velas. Resultaría raro que me vieran allí sin vos. Pero después de eso, sí, quedaos aquí.

—Intentaré no hablar con el señor Adams, aunque me parece que es inofensivo —dije.

—Dudo mucho que sea un espía de Gardiner, pero nadie es inofensivo —replicó Jacquard.

El barco se movió levemente, quizá estuvieran levando el ancla. De pronto me embargó la tristeza por partir de Inglaterra.

—Jacquard, ¿qué ocurrirá si cumplo con la profecía y el emperador y el rey de Francia salen victoriosos? —pregunté.

—¿Qué queréis decir exactamente?

—Qué será de Inglaterra —dije—. Si Enrique no es rey, si María lo sustituye en el trono, ¿se retirarán entonces todas las tropas?

Sonrió.

—¿Creéis que esa es la razón por la que hacemos esto, simplemente para apoyar la religión y devolverle a lady María sus derechos a la sucesión? Supongo que se repartirán el reino. El rey Jaime de Escocia, aliado de Francia, ampliará su frontera por el sur. Tengo entendido que Francia planea reclamar el sudoeste. En cuanto al emperador, huelga decir que controlará a su prima, la nueva reina. Y no solo eso: por fin dejará de verse constantemente desafiado en el canal y en el comercio de paño y en otros intereses mercantiles. Todo eso hace que la lucha merezca la pena, ¿no os parece?

A pesar de todo lo que el rey Enrique me había hecho, me horrorizó oír que iban a tratar de ese modo a mi país.

—¿Qué os parece? ¿No creéis que podría ser un espléndido cuarto duque de Buckingham? —preguntó Jacquard, echándose a reír, demostrando una absoluta falta de tacto. La idea de que Jacquard, espía y asesino, se hiciera con el título hereditario de los Stafford era una completa obscenidad.

Pero yo ya no tenía elección. Debía seguir adelante. Subí con Jacquard a cubierta.

Poco después nos reunimos allí una docena aproximada de pasajeros para ver cómo izaban las magníficas velas. A pesar de todos mis temores, fue sin duda un espectáculo memorable. Cada hombre dominaba su papel en el izado de las velas. La cadena de órdenes se gritaba de un extremo al otro del galeón. Los hombres que estaban en cubierta tiraban tan fuerte de los cabos que creí que les estallarían los brazos. Otros trepaban y descendían por los mástiles a una velocidad increíble.

Las enormes velas triangulares llenaron el aire con un trueno ensordecedor. Empezamos a deslizarnos hacia el este en dirección al mar.

Un oficial se dirigió a Jacquard.

—El capitán solicita el honor de vuestra presencia en el puente, señor Rolin —dijo.

Jacquard miró hacia la plataforma más alta. Seguí la dirección de su mirada, hacia un hombre alto que estaba de pie junto a un cañón fijo de plata.

—Sí, por supuesto —dijo antes de volverse hacia mí, sin duda para ordenarme que bajara de inmediato al camarote.

Pero antes de que pudiera decir nada, Charles Adams apareció por mi otro lado.

—Me aseguraré de que vuestra esposa no sufra daño alguno —se ofreció alegremente.

Jacquard me besó con suavidad en la mejilla al tiempo que me apretaba de tal modo la mano que me dolió.

Después de un rato entendí que no era necesario protegerme contra ninguna posible revelación en presencia del señor Adams. No tuve ninguna necesidad de hablar. El señor Adams era el más voluble de los hombres y no paró de charlar de galeones, del comercio del paño y de su maravillosa madre. Su conversación se hizo extensiva a otros pasajeros a nuestro alrededor. Se convirtió en el centro de atención y yo pude limitarme a sonreír y asentir. De vez en cuando, cada pocos minutos, alzaba la vista hacia Jacquard, que seguía en compañía del capitán y de los oficiales. Quizá debido a las grandes sumas de dinero que había pagado, ellos daban por sentado que le haría ilusión compartir el puente con ellos. Esperé que Jacquard pudiera ver que yo me mantenía prácticamente muda.

El galeón navegaba cada vez a mayor velocidad. Todo el mundo comentaba lo rápido que avanzábamos. Al parecer, los vientos conspiraban para alejarme de Inglaterra. Me separé del señor Adams y subí un poco, acercándome más a la proa del barco. El viento soplaba con más fuerza entre las ondulantes velas, azotando mi vestido a un lado y a otro.

El Támesis fue ganando en amplitud a medida que continuábamos hacia el este. Cuando miré al frente, vi el punto exacto donde se abriría al mar. No estaba demasiado lejos. Posiblemente lo alcanzaríamos en el plazo de una hora. Y después me iría de Inglaterra. Me dio vueltas la cabeza y me agarré con fuerza a la barandilla de madera del raudo galeón. ¿Cuándo regresaría? ¿Y con qué terrible conocimiento adquirido? Jamás volvería a ser la misma persona.

—¿Estáis mareada, señora Rolin? —preguntó la amigable voz de Charles Adams. Se había separado de los demás para hablar conmigo—. Disculpadme por decirlo, pero habéis palidecido —dijo—. ¿No estaréis preocupada por los piratas?, ¿verdad? Estamos bien armados y nuestro capitán es formidable.

Asentí, con la esperanza de que regresara con los demás. Pero no lo hizo.

—Señora Rolin, ¿me permitís que comparta con vos mi fruta? A bordo solo encontraréis carne salada y pan, por eso la traigo conmigo. Creo que la fruta ayuda a templar el ánimo.

El señor Adams introdujo la mano en la pequeña bolsa que llevaba y sacó de ella un paquete envuelto. Contenía un puñado de cerezas, perfectamente maduradas.

—Mi madre insistió —dijo con una sonrisa tímida.

—En ese caso, decididamente no puedo aceptar ninguna, pues son para vos —dije.

Pero él no se dio por vencido, de modo que me metí una cereza madura en la boca. Su pulposo dulzor me regaló un instante de deleite. Cuando cultivábamos cerezas en el huerto de Dartford, habían sido mi lujo favorito.

De pronto, el barco cabeceó y emergió después sobre las olas y un chorro de agua nos salpicó. Nos apartamos de un salto de la barandilla. El señor Adams se rio. En cuanto a mí, me sacudí el agua del sombrero, pero me cayeron unas gotas en la boca y me sorprendió su sabor salado. Allí el río se mezclaba con el mar.

—¿Otra cereza? —insistió.

Acepté otra, más dulce aún que la primera. Cerré los ojos. El sol me calentó la cara al tiempo que paladeaba el sabor. Las velas aletearon al viento.

—Gracias —dije—. Siempre me han gustado las cerezas.

—A mi madre también, y a mi hermana. Las cultivamos especialmente en un huerto cerca de Londres. Según tengo entendido, no son de cultivo fácil.

—No —dije—. Nuestros árboles de Dartford exigían un cultivo muy cuidadoso.

En cuanto se me escapó la palabra «Dartford» me quedé paralizada.

—¿Vivíais en Dartford antes de casaros? —preguntó.

—No, nunca —tartamudeé—. Solo estuve allí visitando a unos amigos.

Semejante contradicción no hizo sino poner aún más en relieve mi desliz, pero el señor Adams no dio signos de haber reparado en ello. Guardó las cerezas y empezó a hablar de los libros que quería comprar en Amberes. Asentí, sin escuchar apenas, mientras veía a Jacquard acercarse a mí. Me sentí profundamente agradecida al comprobar que no había oído mi desliz.

—Quizá mi esposa necesite descansar —le dijo a Charles Adams.

—Sí —intervine de inmediato—. Estoy cansada.

El señor Adams inclinó la cabeza a un lado y dijo:

—Naturalmente, aunque creía que las cerezas os habían refrescado, señora.

—Estaban deliciosas —dije con una débil sonrisa.

Jacquard me condujo al camarote. Aunque caluroso y falto de aire, agradecí el confinamiento después de la estupidez que acababa de cometer en cubierta. A punto estuve de confesarle a Jacquard lo que había dicho, pero no quise alarmarlo más. Estaba convencida de que Charles Adams olvidaría el comentario. De hecho, probablemente ya lo hubiera hecho.

Me hice un ovillo en el lecho prestado del oficial. Jacquard no regresó al camarote hasta que me hube quedado dormida. El ruido que hizo la llave en la cerradura y la puerta al abrirse me despertó. La habitación estaba sumida en una absoluta oscuridad y no podía verlo, pero olí el vino de su aliento y lo oí moverse por el camarote, acomodándose en el suelo. Volví a quedarme dormida en un santiamén. Hubo algo en el hecho de estar a bordo de aquel inmenso y veloz barco que me sumió en un sueño profundo.

 

En la pared del camarote había un ventanuco acristalado, lo suficientemente grande como para dejar entrar la luz a raudales. Sentí en los ojos el calor del sol de la mañana y me los froté para despertarme.

Jacquard estaba de pie a escasos centímetros de mí, mirándome con menosprecio.

Clavé en él la vista. No había la menor sombra de deseo en su expresión. Al contrario: me miraba con los ojos más fríos que yo había visto en mi vida.

—¿Qué ocurre? —pregunte con la voz ronca.

—Nada.

Se había cambiado de ropa. Agradecí que lo hubiera hecho mientras yo dormía para evitar así una situación embarazosa.

—Mandaré que bajen comida —dijo—. Quedaos aquí hasta que venga a buscaros. Tenemos un viento excelente y deberíamos atracar en Amberes antes de que caiga la noche. —Hizo una pausa—. ¿Me habéis entendido, Joanna Stafford?

—¿Cómo iba a no hacerlo? —pregunté, atónita.

Salió del camarote.

Tras lavarme la cara en la palangana, vestirme y romper mi ayuno, decidí que la frialdad de Jacquard no debía sorprenderme. Aquella era una misión peligrosa. Él había recibido una noticia inquietante la víspera antes de que zarpáramos y no había dormido mucho. Y ese mismo día arribaríamos a los Países Bajos, una perspectiva que quizá lo inquietara tanto como a mí, aunque cada uno lo mostraba a su modo.

Cuando Jacquard por fin bajó a buscarme, me encontró sudorosa e inquieta.

—No tardarán en bajar a buscar el baúl.

Me condujo a la abarrotada pasarela. Los escalones que llevaban a cubierta estaban a tan solo unos metros de nosotros.

—Esta noche veremos a Chapuys. Cuando lleguemos a Amberes, primero comeremos y beberemos algo. Conozco un lugar.

—¿Por qué no vamos a ver a Chapuys ahora mismo? —pregunté—. ¿Qué puede haber más importante que nuestra misión?

Jacquard no me respondió.

Cuando llegué a cubierta, olvidé de inmediato la brusquedad de Jacquard, pues fue maravilloso sentir de nuevo el viento y el sol en el rostro. El galeón había cruzado el corto tramo de océano mientras yo estaba en el camarote. En ese momento navegábamos hacia el este por un amplio canal que discurría entre una isla y la costa de los Países Bajos. Aquella era la tierra próspera de Bruselas y Ámsterdam, Amberes y Gante. En esa costa vivía más gente que en la de Inglaterra, de eso no había duda. Los tejados y los campanarios, apiñados, llenaban el horizonte. El barco se adentró por un río, el Escalda. Como el Támesis, nos llevaría hasta la ciudad que teníamos por destino. El río estaba lleno de barcos. Había galeones tan grandes como el nuestro y muchas, muchísimas naves de menor envergadura.

—Había olvidado esto. Pareciera que el mundo entero tiene como destino Amberes —dijo Charles Adams cuando se unió a nosotros en cubierta.

—Eso es porque es así —respondió Jacquard—. Los mercaderes de especias portugueses, los impresores alemanes, los mercaderes de sedas de Milán, los sopladores de vidrio venecianos, los impresores holandeses y — se volvió con una inclinación de cabeza hacia su acompañante— los mercaderes de paño ingleses. Todos tienen aquí las sedes de sus empresas. Los Augsburgo son la monarquía de Flandes, pero en realidad son los banqueros los príncipes de Amberes. Han creado incluso un puerto seguro para los judíos. Las persecuciones de España no se ven con buenos ojos en Flandes.

Durante el resto de la travesía por el Escalda, Jacquard y Charles Adams conversaron alegremente sobre libros, vino y música. Por la familiaridad con la que lo hacían entendí que habían pasado horas hablando de esas cuestiones durante el resto del día y quizá también durante la noche anterior. Jacquard mostraba una clara simpatía por aquel hijo de mercaderes.

Nunca olvidaré la llegada al puerto de Amberes. El sol se ponía en el cielo a nuestra espalda, reflejándose en todas las ventanas de las casas, del ayuntamiento y de las tabernas de la ciudad. Una luz dorada parpadeó, se estremeció y se hundió por fin en el crepúsculo cuando encontramos un lugar donde atracar. Mientras aguardábamos la llegada de las chalupas para completar en ellas el resto de la travesía, Charles Adams compartió

conmigo el significado de la palabra «Antwerp [3]».

—Guarda relación con una leyenda, la historia de un gigante —dijo—. El gigante vivía en el río Escalda y exigía un peaje, y si alguien se negaba a pagarlo, el gigante le cortaba la mano. «Arrojar una mano» en holandés suena como Antwerpen, o lo que es lo mismo, Amberes.

—Ah —dije.

Incluso en la débil luz del crepúsculo alcancé a ver que se sonrojaba.

—Ah, quizá sea una historia demasiado horripilante para una joven esposa. Espero que no estéis enojada.

—A mi esposa le gustan las historias horripilantes —dijo Jacquard con una extraña intensidad.

Justo en ese momento llegaron las chalupas y poco después estábamos en la orilla. Para mi sorpresa, Jacquard insistió en que Charles Adams nos acompañara a cenar y a beber. El propio Charles intentó zafarse, con la excusa de que estaba cansado.

—Oh, vamos. Sois cinco años menor que yo y yo no estoy cansado —se burló Jacquard—. ¿Solo una jarra de vino?

Halagado, el señor Adams accedió y yo me sentí agradecida por el gesto. Eso significaba que Jacquard dedicaría su tiempo a conversar con su nuevo amigo y no a provocarme ni a sermonearme.

Aunque había caído la noche, no había el menor signo de toque de queda en Amberes. Las calles llanas estaban llenas de gente. Oí hablar algo de español y de francés, pero sobre todo una lengua extraña que, según me dijeron, era holandés. La música salía a raudales por las puertas y ventanas, abiertas de par en par a la balsámica noche.

Otra de las diferencias entre Amberes y Londres era el olor. Yo creía que todas las grandes ciudades olían igual. Pero con la inevitable mugre de una gran metrópolis se mezclaba el olor acre de los libros recién impresos, así como el intenso aroma de las especias: clavo, jengibre, pimientas y otras especias exóticas con las que yo jamás había soñado.

Si hubiera estado en los Países Bajos por otra razón, quizá me habría encantado poder explorar una ciudad como Amberes, pero nos habíamos adentrado en esa parte del mundo con una misión que debía transcurrir en la oscuridad.

Jacquard nos condujo por una calle más tranquila hasta una taberna. El establecimiento no estaba tan bien ubicado como yo había esperado. Aun así, conocían allí a Jacquard. Saludó a voz en grito a un hombre, con una inclinación de cabeza a otro. Ambos hablaron un momento con él, diciéndole que hacía mucho que no lo veían. Luego los dos hombres salieron del salón principal.

Nos sentamos a una mesa. Jacquard se jactó de que en Amberes se encontraban los mejores vinos del mundo.

—La plata y las especias de América no cesan de llegar, de ahí que hasta en la más humilde taberna de Amberes sirvan una selección mejor de vinos franceses que en París.

Charles Adams tomó un par de sorbos del vino que había pedido Jacquard.

—¿No os parece magnífico? —preguntó Jacquard.

El señor Adams vaciló y dijo:

—Lamento deciros que este vino está un poco amargo, señor Rolin.

—¿Qué?

Jacquard se levantó de un salto de la silla y salió como una exhalación por una puerta que comunicaba con la parte trasera del local. Apenas tres minutos más tarde regresó. Invitó a Charles Adams a que lo acompañara.

—El dueño de la taberna se ha disculpado y nos ofrece una jarra de su mejor selección en su estancia privada. Vino de Madeira. Venid.

El señor Adams me miró y preguntó:

—¿Y vuestra esposa?

—No os preocupéis por ella. Podemos empezar a beber allí y volver a reunirnos con ella. Es de barrica. Tienen que servírnoslo en la trastienda para que lo probemos de inmediato.

En cuanto Charles Adams se marchó con él para probar el vino, me fijé en lo silenciosa que estaba la taberna. No atendían a nadie más. Una mujer de mirada triste sacaba brillo a las copas en el rincón. Oí una música muy suave, procedente de otro local situado al fondo de la calle.

No sé cómo lo supe. No se oyó nada. No vi nada extraño. Pero lo supe.

Corrí hasta la misma puerta por la que los hombres habían salido. La mujer que sacaba brillo a las copas alzó la vista cuando pasé corriendo por delante de ella.

La puerta no llevaba a la habitación del dueño de la taberna, sino a un pasillo de piedra muy estrecho. Al fondo había una antorcha insertada en el muro. Debajo de ella, Jacquard estaba inclinado sobre Charles Adams. Acababa de cortarle el cuello.

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