El cáliz
Capítulo 10
—Y bien, señora Wriothesley, ¿cómo progresa la búsqueda de vuestro esposo para encontrarle una nueva esposa al rey?
La habitación, llena de mujeres que habían acudido a la fiesta de Gertrude, rompió a reír. La propia señora Wriothesley, fea y en avanzado estado de gestación, sacudió la cabeza, negándose a hablar.
Cecily, la mujer que había hecho la pregunta —más joven y hermosa que la esposa del señor Thomas Wriothesley, embajador del rey—, tomó un sorbo de vino especiado de su copa y fingió lamentar la pregunta.
—Naturalmente, no es nuestra intención inmiscuirnos en los secretos del consejo del rey, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? —dijo—. Llevamos un año sin reina. No hay cargos que ocupar ni favor por el que pelearnos. Es intolerable. Rezamos para que Su Majestad tome una cuarta esposa, y cuanto antes. —Todas volvieron a reírse al tiempo que Cecily soltaba una risilla que era incapaz de contener, como si ella poco o nada tuviera que ver con las palabras que salían de su boca.
Intenté concentrarme en la canción que tocaban en ese momento en la estancia más hermosa de la Rosa Roja. Con el gusto exquisito de Gertrude, y con su dinero, cada centímetro de la casa era impresionante. Pero la sala de música, sin duda, superaba todo lo demás, lo cual no dejaba de resultar realmente interesante, pues según me habían dicho había sido instalada antes de que los Courtenay tomaran posesión de la casa. En aquel espacio rectangular de altos techos, un friso recorría tres de las cuatro paredes. El largo tramo de decoración esculpida sobre el muro contaba la historia de una banda de músicos ambulantes que llegaban a una aldea y alegraban los corazones de los vecinos. Quienquiera que la hubiera diseñado era plenamente consciente del modo en que la música podía transformar las vidas. Qué encantador marco para los músicos de los Courtenay, que hacían las delicias de las invitadas de Gertrude con el laúd, el arpa y con sus preciosos madrigales.
Todo era propicio para pasar una tarde deliciosa… Todo, salvo las invitadas.
Yo no había sido nunca una persona que se sintiera a gusto en sociedad. Aun así, Gertrude me había asegurado que sus amigas eran pías, cultas y afectuosas.
—Estoy convencida de que hoy haréis grandes amigas —había dicho, apretándome el brazo cuando entrábamos juntas a la sala de música. Yo me había obligado a responderle con una sonrisa. El sentido común me decía que ver la expresión «propia voluntad» en una de sus cartas había sido mera coincidencia, nada más. Aun así, no le había comentado las visiones que había tenido en el Gran Salón. De momento, prefería seguir mi propio consejo en todo aquello que me preocupaba.
—Señoras, les presento a la prima de mi esposo, la señora Joanna Stafford —anunció Gertrude. Siete pares de ojos me estudiaron de la cabeza a los pies, examinando los brocados prestados, la toca y las gemas que cubrían mi cuerpo.
Las mujeres eran de edades muy distintas: desde Cecily, con su inocente espíritu infantil, hasta una mujer a la que todas llamaban condesa Elizabeth, que tenía la frente arrugada en las sienes. Cecily estaba sentada con lady Carew —o lady C., como la llamaban las demás—, que profirió deliberados comentarios sobre su esposo, sir Nicholas Carew, sin duda un cortesano a quien el rey tenía en muy alta estima. Cuando fui avanzando de una invitada a la siguiente para darles la mano, me sentí incomodada por sus sonrisas, que, aunque amables, eran frías como pasto congelado.
Las invitadas de Gertrude estaban sentadas de dos en dos, salvo por una mujer que se encontraba sola y más alejada que las demás de la música. Mostraba una sonrisa fija en el rostro, incluso cuando hablaba. Supuse que debía de tener la edad de Gertrude, que la llamaba lady R. con visible afecto. Su piel era blanca como el alabastro, y lustrosa, sí, pero desprovista de profundidad o de sutileza en su brillo, como un huevo que ha pasado demasiado tiempo en una alacena. Tenía los ojos grises y muy separados. De perfil, no se diferenciaba de cualquier otra mujer, pero cuando me miró, con esa gélida sonrisa dientuda y esos ojos saltones tan separados, cambió por completo.
Lady R. fue quien habló entonces, al parecer para calmar la incomodidad de la señora Wriothesley.
—Vuestro esposo no tiene la culpa de que las negociaciones discurran tan despacio en Bruselas para conseguir la mano de Cristina de Milán — dijo lady R.—. Es la sobrina del emperador Carlos.
—Y la duquesa Cristina tiene además su propia opinión del rey Enrique —murmuró Cecily.
Gertrude dio una suave palmada a la joven en el hombro, agitando así su pulsera de diamantes. Llevaba un vestido de oscuro terciopelo dorado, un color que sin duda resaltaba su piel olivácea. Se había pintado los labios con un mejunje de bayas. Era del todo imposible olvidar que Gertrude había sido una gran belleza en su juventud, y cuando la ocasión así lo exigía, podía combinar con gran astucia la ropa, las joyas y los cosméticos que mejor le convenían.
—No debemos repetir ese chisme —advirtió.
—No es ningún chisme —dijo lady C.—. Es una realidad. Puede que la duquesa Cristina de Milán tenga tan solo diecisiete años, pero no es ninguna estúpida. Le dijo al señor Wriothesley, alzando la voz de modo que toda la corte de Bruselas pudiera oírla: «Si tuviera dos cabezas, una estaría a disposición del rey Enrique».
La señora Wriothesley se llevó la mano al redondo vientre, más afligida aun al ver que las damas rompían a reír entre chillidos a su alrededor.
Cecily dijo entonces, jadeante:
—Debemos rezar para que el rey tome por esposa a Cristina, o a una de las princesas francesas, y que no busque en ningún otro lugar de Europa.
—¿En otro lugar? —repitió la rotunda hija de la condesa.
Alguien soltó un gemido y dijo:
—Os lo ruego, no mencionéis la posibilidad de la de Cleves. Estoy pasándolo demasiado bien para eso.
—¿La de Cleves? —pregunté. Era la primera vez que hablaba desde que Gertrude me había presentado.
—Quizá Cromwell insista con más ahínco en un matrimonio protestante —aclaró Gertrude—. Cleves, de Alemania, dispone de dos hijas casaderas.
El desánimo se instaló en la sala. Sin duda era lo último que todas deseaban.
Una vez más, fue Cecily quien alegró los ánimos.
—Pues yo estaría dispuesta a atender a una turca envuelta tan solo en sedas púrpuras si eso es lo que se necesita para conseguir un puesto de dama de honor en la casa de la reina —anunció. Las demás la regañaron, mofándose de ella por el comentario.
—¿Supongo entonces que no hay ninguna posibilidad de otro enlace inglés? —preguntó la condesa.
—El rey no muestra signo alguno de poseer esa inclinación —respondió Gertrude.
—De existir esas candidatas, nos lo diríais, ¿verdad, Gertrude? — imploró Cecily.
Gertrude desvió durante un instante la vista hacia mí y acto seguido volvió la mirada hacia sus otras invitadas.
—Hace tiempo que no estoy en presencia del rey —dijo. Había en su voz cierto timbre de advertencia.
Lady R. se rio. Aunque fue una risa suave, no era en absoluto agradable.
—¿Importa eso? —preguntó. Parecía dar por hecho que Gertrude poseía un conocimiento especial sobre los deseos y anhelos del rey.
Sentí sobre mí los ojos grises de lady R.
—Señora Joanna, ¿estáis al corriente de que debemos dar gracias a la marquesa de Exeter por la elección de la reina Juana?
—Bobadas —replicó Gertrude con un tono aún más afilado.
—¿Por qué lo negáis? —gritó lady C.—. ¿Cómo iba a conseguir semejante hazaña una familia rural como los Seymour?
Lady Anna negó con la cabeza.
—Ah, esos hermanos Seymour… Qué espanto —dijo.
Gertrude inspiró hondo y sacó el aire acompañándose de una risilla.
—El padre era el peor de todos… Son terribles —reconoció ante una estancia que estalló en risas cómplices. Intenté disimular mi sorpresa y también mi desaliento. Me acordé entonces de haber entrado a su sala de visitas cuando estaba sentada con el doctor Branch y haberlos oído mencionar a una muchacha insignificante de una familia espantosa. Me pregunté entonces si se habría referido en aquel momento, como lo hacía entonces, a la difunta reina Juana Seymour.
No era el desprecio, las pullas y la babosa mofa lo que yo había esperado encontrar, y desde luego no era algo que me complaciera en absoluto. Los pasteles llegaron un instante más tarde, servidos en bandejas de plata. El pastelero de Gertrude había triunfado. Uno de los músicos contratados para la ocasión cantó una exquisita historia de amor por una distante dama mientras las invitadas escuchaban, mordisqueando sus pasteles.
Las excepciones eran Gertrude y lady R., que hablaban muy concentradas entre ellas, ajenas a la comida o a la música. Gertrude preguntaba algo a lady R. Alcancé a oír una palabra entre los versos de la canción: «Londinium».
Cesó la música. Gertrude se levantó para reunirse con las demás invitadas. Cuál fue mi horror cuando lady R. me indicó con el dedo que me acercara. Era mi turno de entablar conversación con aquella extraña mujer. Cogí mi copa medio vacía de vino especiado y me senté en una silla junto a ella.
Lady R. se inclinó hacia mí. Una fragancia de violentas secas me envolvió.
—He servido a tres reinas, ¿lo sabíais? —dijo.
—No, mi señora. —Me encogí bajo el escrutinio de sus ojos. Me di cuenta entonces de que no eran grises, sino de un tono azul celeste, con oscuros círculos alrededor de las pupilas.
Lady R. prosiguió.
—Era dama de compañía de Catalina de Aragón el día que llegasteis para ser su dama de honor en 1527. De eso ha pasado mucho, muchísimo tiempo. Tengo buena memoria, pero me temo que no os recuerdo. Qué interesante que solo la sirvierais como reina durante un día.
El aire abandonó mi cuerpo. Intenté recuperar el aliento y sentir que el corazón seguía propulsando sangre. No había nada. Nada. No podía creer que esa mujer supiera que yo había servido en la corte durante un solo día hacía tanto tiempo. Gertrude Courtenay no lo sabía, o si lo sabía, jamás lo había mencionado. ¿Cómo podía ser?
—Disculpadme —tartamudeé—, pero no he oído vuestro nombre completo cuando nos han presentado. ¿Qué significa la «R»?
Ella se inclinó aún más hacia mí. Nuestros rostros quedaron a apenas unos centímetros de distancia.
—Rochford —dijo—. Fui la esposa del difunto lord Rochford. Pero cuando vos estuvisteis en la corte, él no era todavía lord. Se le conocía por su nombre de pila, George Bolena.
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