Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 11 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 9 NINA

Capítulo 9

NINA

 

La piscina está casi vacía. Yo voy por una calle y un adolescente cuyo padre ejerce a gritos de entrenador por otra. El niño es como un delfín, vuela de un lado a otro de la piscina practicando el estilo mariposa. Su padre lo sigue por el borde, con un crono pegado a la mano. Entre largos, no para de motivarlo con recordatorios como «piensa en la selección nacional» y «en las siguientes olimpiadas». Es un padre avasallador y es obvio que el hijo está harto cuando debería estar agradecido. Por lo menos tiene una figura paterna en su vida. Aun después de tantos años, todavía noto la ausencia del mío. Mis recuerdos de él no desaparecieron al desaparecer él.

Vuelvo a ponerme los tapones para los oídos resistentes al agua, me impulso con una patada en la pared de la piscina y empiezo a nadar a braza. Me gusta nadar en la piscina de Mounts dos o tres veces por semana antes de ir a trabajar. La biblioteca está a solo diez minutos andando y me he puesto como meta llegar a hacer cincuenta largos seguidos antes del verano. Aún no estoy ni a mitad de camino de mi objetivo, pero me voy acercando.

Esta mañana he conseguido hacer diecinueve largos y medio antes de hacer trampa y caminar el otro medio. Me va el corazón a mil y me arden los pulmones, pero es un dolor agradable, aunque dudo que la selección nacional vaya a contar conmigo en breve.

Me subo las gafas a la frente, salgo de la piscina, me ducho y, una vez recogida mi ropa de la taquilla, busco un cubículo vacío. Me quito el bañador negro y me quedo allí plantada, desnuda, mirándome al espejo. Alguien ha garabateado ZORRA ESPANTOSA con rotulador rojo en la superficie reflectante y me reconforta saber que hay quien tiene la autoestima aún más baja que yo.

En los libros de autoayuda que he leído, aconsejan dedicar un rato todas las semanas a estudiarte las verrugas, arrugas, celulitis, manchas, bultos, protuberancias y pelos sueltos. Por lo visto, reconocerse las imperfecciones es un ejercicio muy valioso para ir aceptándolas progresivamente como perfecciones. Menudo montón de sandeces. Son feas y punto.

Me agarro las lorzas y luego los pechos y me los subo hasta donde deberían estar. No he cumplido los cuarenta y ya los tengo como las orejas de un cocker. Me atrevo a imaginar el aspecto que tendré dentro de diez años si no empiezo a tonificar ya.

Hace tres meses, cuando reuní el valor necesario para subirme a una báscula por primera vez en años, vi de reojo que pesaba ochenta y nueve kilos. Y con metro sesenta de altura me cuesta cargar con ellos. Y no he ido sumando kilos por glotona. A los veinte, cuando mi cuerpo sufrió una menopausia excepcionalmente precoz, la terapia hormonal sustitutiva que me pusieron me hizo inflarme como un globo. Hace muy poco que he decidido hacer algo al respecto y, comiendo sano y haciendo ejercicio, he conseguido perder casi siete kilos y estoy entusiasmada.

Acerco la cara al espejo del cubículo y, con dos dedos, me bajo el labio inferior para leer lo que llevo tatuado ahí. Solo yo lo veo; nadie más se ha dado cuenta nunca, salvo quizá mi dentista y su ayudante, y no me han comentado nada. No me lo hizo un profesional y las líneas se han emborronado con el tiempo y algunos trozos se han difuminado.

Ojalá pudiera recordar el nombre del hombre que me hizo aquel destrozo, pero cada vez que intento ponerle cara al tipo que blandía la aguja me quedo en blanco. Los años centrales de mi adolescencia son como un rompecabezas al que le faltan demasiadas piezas para poder formar una imagen completa. A veces tengo la sensación de estar viviendo mi vida a medias, sin saber nunca si lo que he hecho hoy ya lo había hecho antes.

La pérdida de peso ha venido acompañada de un deseo de actualizar mi apariencia. Sorprendió a Maggie casi tanto como a mí que me plantara a la puerta de su cuarto preguntándole si podía enseñarme a maquillarme. Podría haber visto un tutorial de YouTube o ido a Boots y haberle pedido a una de las modelos supermaquilladas que están al otro lado de los mostradores que me hiciera una demostración, pero me pareció que aquello era algo que ella y yo tendríamos que haber hecho cuando yo era adolescente.

—Si quieres, te puedo enseñar a pintarte las uñas también —me propuso, y yo accedí.

Volví a su cuarto con una lima y la dejé que me las limara y me las pintara de un rosa bebé. Por un momento, fue como si volviéramos a ser una madre y una hija normales. No hubo mentiras ni andarse con tiento la una con la otra; solo éramos dos mujeres disfrutando de una conversación sobre maquillaje.

Cuando ya me iba me di cuenta de que Maggie me había escamoteado la lima. Se empeñó en fingir que no, pero la encontré fácilmente en la funda de su almohada. Chascando la lengua, la reprendí silenciosamente con un dedo amenazador y recuperé la lima para que no pudiera hacer daño con ella. Luego le quité las almohadas como castigo.

Casi sin darme cuenta ya estoy cambiada y a la puerta del edificio de Mounts. Miro la hora. Aún falta bastante para mi hora de entrada al trabajo, así que cojo el camino largo, pasando por el parque de bomberos, la comisaría de Campbell Square y la sala de conciertos Roadmender. Este último es otro de esos lugares que sé que están ligados a mi juventud pero solo lo recuerdo vagamente. Creo que pasé allí muchas horas viendo tocar a grupos, pero no podría mencionar ni a uno. Bueno, salvo aquel que me salvó la vida. A menudo me pregunto si mis mejores días serían precisamente esos que no consigo recordar.

Al poco de llegar a la biblioteca, ayudo a un hombre de mediana edad y pelo blanco a hacerse el currículum en uno de los ordenadores. Mientras teclea con un dedo y mira la pantalla con los ojos fruncidos, pasa por delante de nosotros una mujer joven con una sillita de bebé y una criatura en ella, sujeta con el arnés de seguridad. Dejo a mi alumno un momento y me acerco a ella. Según me aproximo, veo que no es una «mujer», sino una niña, porque no tendrá más de quince años. ¡Una cría con otra cría! Tal vez por la edad o por los desarreglos hormonales, le cubre la frente una franja de acné. Su intento de enmascararlo ha fracasado y su maquillaje se asemeja a una capa de azúcar glas espolvoreada de forma irregular por la superficie de un pastel.

La criatura es una niña pequeña. Viste una sudadera verde de la Patrulla Canina y vaqueros, y lleva en la mano una bolsa de chuches. Un anillo de chocolate blanco le rodea los labios. Sonríe de oreja a oreja y solo tiene dos dientes, uno arriba y otro abajo. Cuando sus grandes ojos pardos conectan con los míos, se echa a reír como una boba y yo no puedo evitar poner caras raras y reírme con ella. Parece limpia, bien alimentada y feliz, con lo que no parece que su madre lo esté haciendo mal a pesar de su edad. Eso no impide que me sienta molesta con ella por tener esa niña sana y feliz y, en contra de todo pronóstico, mantenerla viva. Es más de lo que yo he conseguido jamás.

No estoy preparada para poner fin a nuestro juego, así que sigo con disimulo a madre e hija hacia las estanterías de revistas. La madre hojea las de celebridades, deteniéndose solo a mirar por encima las fotos de personas de las que yo no he oído ni hablar.

Me gusta estar con niños, pero no tanto con bebés. Recuerdo que, cuando el verano pasado nuestra directora de zona, Suzanne, vino a vernos durante su baja maternal, se trajo al niño en una mochila portabebés, pegada a su cuerpo. De haberlo sabido con antelación, me habría pedido el día libre. La vi cruzar la puerta giratoria y me escapé enseguida y me encerré en los baños de minusválidos hasta que madre e hijo se fueron y pude salir tranquilamente.

Si me hubiera quedado, habría tenido que portarme como los demás y hacerle cucamonas al bebé y esperar pacientemente mi turno para cogerlo en brazos y decirle a Suzanne lo bonito que era su hijo. No podía pasar aquel trago. Si lo cogía en brazos, a lo mejor ya no era capaz de soltarlo.

Sin más aviso previo que un resoplido, la niña de la sillita suelta un estornudo enorme y un enorme moco verde le sale disparado de la naricilla y se le queda colgando como una estalactita. Es asqueroso pero divertido a la vez y ella ni se da cuenta. Su madre está demasiado absorta en un artículo sobre las Kardashian para notarlo, así que me saco un pañuelo de papel del bolsillo y le limpio los mocos a su hija.

—¿Qué hace?

La chica se ha vuelto y parece furiosa.

—Tenía mocos —respondo—. Solo se los estaba limpiando.

—Apártese —me grita, llamando la atención de otros usuarios—. No quiero que la toque sin mi permiso.

—Perdona —contesto, sorprendida por la violencia de su reacción.

Me pongo colorada y contengo las ganas repentinas de llorar. Ella espera un momento a que me vaya, humillada.

Inspiro hondo varias veces hasta que recupero el control de mis emociones. En vez de avergonzada, me siento molesta con esa madre de pacotilla. ¿Cómo se atreve a hablarme así? No entiendo a esas mujeres que, en cuanto tienen un bebé, se creen superiores a las demás. Si ella estuviera pendiente del bienestar de su hija, yo no habría tenido que intervenir. Pues lo va a lamentar.

Me surge la oportunidad mucho antes de lo que pensaba, cuando, unos minutos más tarde, la niña se vuelve a quedar sola. Cojo dos libros al azar de una estantería y, asegurándome de que no mira nadie, se los cuelo en la cesta de la compra que lleva la sillita por debajo, a los pies de su hija. Cuando se vaya a marchar, me aseguraré de que los libros con código de barras disparen la alarma. Dudo que llamen a la policía, pero ella se sentirá tan humillada como me he sentido yo.

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