Entre nosotras
Capítulo 21 MAGGIE
Capítulo 21
MAGGIE
Estoy sola cuando la veo. Está en un rincón del comedor, encajada entre la moqueta y el zócalo. Nina no usa horquillas, así que debe de ser una de las mías y llevará años ahí. A lo mejor se ha soltado sin que ella lo haya advertido al pasar la aspiradora y por eso la estoy viendo ahora.
Su ubicación es demasiado sutil para ser otra de sus pruebas. No es como cuando se dejó el móvil en la mesa del comedor, tapado en parte por su bolso, mientras bajaba a la cocina. Llamé como una histérica a emergencias y luego descubrí que le había sacado la tarjetita que permite hacer llamadas.
Llego a la conclusión de que me he tropezado con esto de casualidad. Nina está haciendo la cena, así que no oye el traqueteo de mi cadena cuando me acerco a cogerla y me la guardo, como una urraca que se lleva un objeto brillante al nido. La sostengo a la luz; es de metal y podría ser justo lo que necesito para quitarme el candado del grillete.
El hallazgo me tiene hecha un manojo de nervios. Me guardo la horquilla en la copa izquierda del sujetador. Nina me quitó los aros de todos los sujetadores cuando al hacerme la colada descubrió que faltaba uno, prueba de un intento fallido previo de abrir el candado. Aun así, ese metal no era tan recio como el de esta horquilla.
Inspiro hondo unas cuantas veces para calmarme y echo un vistazo a la habitación, que es mi equivalente al patio de una cárcel. Si Nina se sale con la suya, estaré encerrada en esta casa el resto de mi vida. Pero mi fortaleza de ánimo me impide perder la esperanza: de escapar, de que alguien me encuentre, de que Nina se dé cuenta de que lo que me está haciendo está fatal. Sin esperanza, no tengo nada. Y aún no la he perdido. No me he rendido.
Llevo confinada en casa dos años ya, o al menos eso me dice Nina. Los días, las semanas y los meses se me desdibujan, así que no estoy segura. Para celebrar mi primer aniversario, me encargó un bizcocho de dos pisos y pagó al repostero para que añadiera un glaseado decorativo con barrotes carcelarios y una vela encendida. El segundo año, cuando clavé el cuchillo de plástico para cortar un pedazo, me encontré una lima dentro. Bueno, una de esas de cartón que a mí no me sirve para nada. No sé qué tendrá pensado para el tercer aniversario, si es que llego. A lo mejor esta horquilla es lo único que necesito para asegurarme de que no voy a estar aquí tanto tiempo.
Cuando pienso en mis otros intentos de escapar, los recuerdo temerarios y desesperados. La primera vez fue poco después de que esto empezara. Llevada por la frustración, estampé un taburete contra la persiana, que no sufrió ni un arañazo. El taburete, en cambio, se hizo pedazos y se le cayeron dos patas. Con todo el dolor de mi corazón, resolví atacar a Nina con una de ellas cuando vino esa noche a cambiarme la cadena y dejarme salir a cenar, pero, mientras cogía impulso, vio mi sombra y se agachó, de forma que le di en el hombro en vez de hacerlo en la cabeza. Forcejeamos y me arrebató la pata, que usó para amoratarme las costillas. La rabia de su mirada me dejó helada porque sé bien adónde puede llevar. Y eso es muchísimo peor. Sin embargo, en vez de desanimarme, me decidí aún más a huir de ella.
Con la súbita decisión de estampar el plato de la cena contra la ventana del comedor, conseguí que me atizara en la cabeza con una botella de vino y me dejara inconsciente. Al despertar, me encontré la cadena no solo sujeta al tobillo, sino enroscada en el cuerpo, ciñéndome como si fuera una momia egipcia. Me tuvo dos días así, tirada en mis propios excrementos, hasta que por fin decidió liberarme.
He usado todo lo que he tenido a mano para salir de aquí, hasta he aplastado pilas con la tapa de la cisterna pensando que el ácido quizá disolviera alguno de los eslabones de mi cadena. Huelga decir que no conseguí más que me salieran ampollas en la piel. Lo único que no he probado es provocar un incendio con el que poder escapar, pero solo porque no he tenido acceso a nada inflamable.
También he inundado el baño y atascado el váter para obligarla a llamar a alguien que lo arreglara. Cuando vino el fontanero, ni se enteró de que estaba a solo unos metros de la madre atada, encadenada y drogada de su clienta.
Y nuestro pulso continúa: yo al acecho de nuevas ocasiones de escapar y ella desbaratándome los planes e impartiéndome castigos acordes con mi delito. A lo mejor con la horquilla consigo desequilibrar un poco la balanza.
Nina aparece por fin con dos platos de otro guiso mediocre. La cena transcurre acompañada de una conversación intrascendente y cortés sobre nada en particular. Para alivio mío, no vuelve a mencionar a Hunter ni su muerte.
A pesar de lo forzado de la situación, en el fondo espero con ilusión estos momentos porque son mi única vía de interacción humana. A mis sesenta y ocho años, lo que más miedo me da es perder mis facultades y a veces tengo la sensación de que ya estoy perdiendo algunos detalles del pasado. Se ha demostrado que la soledad exacerba el progreso de la demencia y el alzhéimer, con lo que mantener el cerebro activo con conversación y libros solo puede beneficiarme. Me fastidiaría terminar siendo prisionera no solo de la crueldad de Nina, sino también de mi propia mente.
Esta noche, en cambio, es una excepción porque estoy deseando que termine nuestro encuentro. Rechazo el postre con la excusa de que me duele la cabeza y le pregunto si puedo volver a mi cuarto. Con inusitada compasión, desaparece un momento y vuelve con dos pastillas para el dolor de cabeza. Aún están en el blíster, así que sé que no son laxantes. Me ayuda a subir, me cambia la cadena del tobillo por la pequeña y me da las buenas noches. Dispongo de dos días para liberarme con esta horquilla.
Me pongo manos a la obra enseguida, desdoblándola y convirtiéndola en un hierro recto pero curvando ligeramente un extremo en forma de gancho. Llevo las gafas con una sola patilla y oriento la luz led de la lamparita de noche hacia la horquilla para ver bien lo que hago. Salvo por lo que he visto en las películas, tampoco es que tenga la menor idea de cómo hacer saltar una cerradura. Empiezo meneando el hierro sin más y el resultado es, lógicamente, cero. Habría recelado si hubiese funcionado a la primera.
Pruebo a mover la horquilla en direcciones opuestas: en el sentido de las agujas del reloj y al revés, arriba y abajo, adelante y atrás, por ver si topo con algo en el interior del candado que lo abra. No sé cuánto rato paso intentándolo, pero, cuando levanto la vista, ya es de noche. Estoy a punto de dejarlo por hoy cuando algo en el interior del tambor hace clic. Inspiro hondo. «¡Ya está!»
Me quedo pasmada cuando tiro del candado y no se abre. Meneo la horquilla un poco más y la noto suelta. ¿Por qué no se ha abierto? La saco y la examino de cerca. El extremo en forma de gancho se ha partido y se ha quedado dentro del candado.
—¡Ay, no! —mascullo y junto los dedos delante de la cara como si rezara.
Vuelvo bocabajo el candado y lo sacudo con la esperanza de que caiga la pieza rota. Ni se inmuta. Lo estampo contra la cama y después contra el suelo de madera, pero sigue sin aparecer. «Tranquila», me digo. «Tengo dos días para sacarlo y entonces lo intentaré de nuevo con el otro extremo de la horquilla».
Dios quiera que funcione, porque no sé si me quedan fuerzas para enfrentarme a mi hija otra vez.
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