Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 7 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 5 NINA

SEGUNDA PARTE

 

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Capítulo 5

NINA

 

El autobús número siete me deja en la estación de lo que solía ser la lonja de pescados de Northampton. Aunque hayan derribado el antiguo edificio y lo hayan reemplazado por esta monstruosidad de ladrillo y cristal, si inhalo lo bastante fuerte, creo que aún percibo el olor a marisco, atrapado para siempre entre el pasado y el presente.

Cruzo una plaza de mercado vacía, recordando cuando era niña y este espacio de adoquines grises toscamente labrados era el corazón de la ciudad. Tres días seguidos a la semana era un hervidero de actividad, con los comerciantes vendiendo prendas asequibles, alimentos para mascotas, música, telas, frutas y verduras, cintas de vídeo. Ahora ya no hay suficientes puestos para llenar siquiera la mitad ni en el día de más jaleo.

Cuando paso la tarjeta para entrar en la biblioteca donde trabajo, faltan aún quince minutos para mi hora. Bajo los escalones de piedra, siguiendo los surcos que han ido haciendo miles y miles de pares de pies a lo largo de los ciento cincuenta años de historia del edificio. Vuelvo a usar mi pase para entrar en el sótano y dejo el bolso y el abrigo en la sala de empleados antes de volver a subir a la planta principal.

Les doy los buenos días con alegría a mis compañeros; hoy somos doce en este turno, todos de edades distintas. Mientras los veo interactuar unos con otros, se me ocurre que la gente tiene una percepción desfasada de los bibliotecarios. Dan por supuesto que las mujeres que nos dedicamos a esto somos calladas, modestas, estudiosas, que nuestro guardarropa está formado por una colección aburrida de rebecas y zapatos cómodos, que llevamos el pelo recogido en un moño prieto y nos pasamos la vida sentadas al otro lado de un mostrador chistando a la gente o poniendo multas a los que devuelven los libros con retraso. Nuestros compañeros, por su parte, hombres vírgenes igual de aburridos y sin sentido del humor, que visten chaquetas de pana y camisas de cuadros y aún viven en casa con su madre.

Nada más lejos de la realidad. En la biblioteca, sí, hablamos más o menos bajito, somos muy profesionales y adoramos nuestros libros, pero eso no significa que los vivamos y los respiremos. Tenemos una vida al margen de la palabra escrita.

Uno por uno nos contamos lo que hicimos el fin de semana. Danielle nos enseña los moratones azules y amarillos que tiene debajo de las costillas, donde se dio un golpe al aterrizar de mala manera con la tirolina en Wicksteed Park. Luego llega Steve cinco minutos antes de empezar la jornada y nos muestra orgulloso el film transparente con el que lleva envuelto el antebrazo. Se ha vuelto a tatuar, aunque, con el envoltorio y la vaselina, cuesta adivinar qué. Aun así, le digo que tiene buena pinta. Joanna toca en un grupo de rock y Pete, a pesar de ser cincuentón, se está formando para hacerse yogui.

Cuando Jenna me pregunta por el mío, le comunico que mi madre no ha tenido un buen fin de semana y me ha quitado casi todo mi tiempo. Asiente compasiva como si lo entendiera, aunque, por supuesto, no es así. Me fastidia que la gente se compadezca de la vida que suponen que llevo. Y no porque no sea digna de compasión, sino porque no es por las razones que ellos creen.

Muchos de nosotros llevamos años trabajando en este edificio o en el servicio de bibliotecas. Siempre decimos, en broma, que habríamos cumplido una condena menor por homicidio involuntario. Con algunos me llevo mejor que con otros, pero no hay una sola persona aquí de la que pueda decir sinceramente que me desagrade. Maggie me preguntó una vez si no me sentía sola al no poder pasar tiempo con nadie de mi edad. Así fue, durante mucho tiempo, pero la vida tiene por costumbre sorprenderte cuando menos te lo esperas, y ella no está al tanto de todas las cosas ni todas las personas con las que estoy en contacto. Es sano tener secretos.

Con una excepción, mantengo una distancia prudencial con casi todo el mundo. Si dejas que se forme un vínculo emocional, esa persona termina decepcionándote. Quizá lo hagan sin querer, pero, si se les presenta una oportunidad mejor, terminan decidiéndose por ella. He aprendido por las malas que las personas, incluso los seres queridos, son almas pasajeras.

Cuando se abren las puertas de la biblioteca y empiezan a entrar despacio los primeros usuarios, la furgoneta que trae nuevas existencias de libros llega antes de lo esperado. Steve empuja un carrito con cajas que hay que abrir y libros que hay que revisar, forrar, codificar y catalogar. Luego, una vez escaneados, los que no se hayan reservado hay que ponerlos en otro carrito. Hoy me ofrezco voluntaria para ayudarlos a colocarlos en las estanterías.

Hay miles de libros y cientos de estanterías y me conozco hasta el último centímetro de ellas. Llevo dieciocho años trabajando aquí, así que no estaría haciendo bien mi trabajo si no fuera así. Aun con todo, la biblioteca ha cambiado muchísimo desde que empecé, pero he avanzado al ritmo de los tiempos. Me han concedido un par de ascensos con los años, pero no los he solicitado yo, se han producido sin más. No soy una mujer ambiciosa y tampoco me preocupa no serlo. Algunos no tenemos el empuje necesario para trepar por la escalera profesional.

Asigno casi todos mis libros a las estanterías correctas en su ubicación correcta, con los lomos bien alineados y en orden alfabético por el apellido del autor. A veces me pregunto por qué me molesto en tenerlo todo tan ordenado si los usuarios no tardarán en hurgar en ellos como si estuvieran en el último rastrillo del planeta.

Solo queda un libro en el carrito, así que me dirijo a la sección de «Guerra e Historia británicas». Salvo que se acerque el aniversario de una batalla famosa y el interés se renueve, no suele haber lectores en la misma. Me saco un cúter del bolsillo, desenfundo la cuchilla, corto la página que contiene el código de barras y escondo el libro dentro de otro. Una de las ventajas de mi trabajo es que puedo escoger lo que me gusta entre los últimos libros recibidos. Voy a dejar este aquí y lo recogeré esta noche, cuando me vaya. Me lo guardaré en el bolso para pasar los controles de seguridad sin que salten las alarmas.

Podría sacarlo en préstamo, pero no me gusta tener que devolverlos

cuando ya son míos. No quiero que salga nada de lo que entra en mi casa. No soy uno de esos acaparadores que salen en los documentales de la tele, que viven como topos en sus casas, abriéndose camino entre rascacielos de cajas repletas de porquerías de las que no saben deshacerse. Maggie es un poco así. El sótano era una especie de vertedero hasta que yo lo limpié hace un par de años. Sin embargo, los objetos valiosos, como sus libros, me resisto a deshacerme de ellos cuando ya ha terminado de leerlos. Así que se quedan eternamente en mis estanterías, amarilleando lentamente, sin que posiblemente se vuelvan a abrir o a tocar jamás.

Me ruge el estómago y compruebo en el reloj de recepción que ya es la hora de la comida. De camino a la sala de empleados, veo a una anciana con un carro de la compra al lado, uno de esos con la cubierta de cuadros escoceses que empujan todas las mujeres de más de setenta años. Aun de lejos, la huelo. Me deja un regusto amargo en la garganta y, por un momento, procuro no respirar a su alrededor. El hedor que desprende es la razón por la que no comparte mesa con nadie.

Tiene una buena mata de pelo blanco y platino, moteado en algunos sitios, que le llega por los hombros, los ojos de un azul lechoso, la piel de color moca y viste ropa raída y sin lavar. No sé cómo se llama ni me consta que sea socia de la biblioteca, pero viene a menudo, con más frecuencia en los meses de invierno, en que se esconde al fondo de la sala para absorber el calor de los radiadores de hierro fundido. Se quita la bufanda, los calcetines y los zapatos y los extiende encima para que, a la hora del cierre, los pies le duren calentitos un rato cuando vuelva a salir al frío implacable. Le gusta la novela romántica, sobre todo esas ñoñas de Mills & Boon. A veces devora dos de una sentada. Apostaría a que aún no ha encontrado en su vida un final feliz como el de los personajes sobre los que lee.

Vuelvo de mi taquilla con la comida envuelta: un rollito de salchicha, una manzana roja, un sándwich de jamón y queso y una lata de limonada. Lo meto todo en una bolsa de plástico y la dejo en la mesa, al lado de la anciana. Cuando entiende lo que he hecho, levanta la cabeza y me mira un segundo, juro que veo a Maggie en sus ojos agradecidos. Sin ofrecerle una explicación ni esperar su agradecimiento, la dejo sola.

—No deberías dar de comer a las palomas —me dice Steve cuando paso por su lado. Ha visto lo que he hecho—. Son alimañas.

—No soporto ver sufrir a la gente —contesto y salgo a comprarme algo de comer.

Ignoro qué ha perdido esa mujer para terminar atrapada en la vida que lleva ahora, pero sé cómo se siente uno cuando tu mundo se descalabra sin que tú tengas la culpa.

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