Entre nosotras
Capítulo 13 NINA HACE VEINTICUATRO AÑOS
Capítulo 13
NINA
HACE VEINTICUATRO AÑOS
Cruza el escenario a solo unos metros de mí y es tan guapo que me cuesta respirar, literalmente. Hago un aspaviento cuando vuelve la cabeza bruscamente y el sudor de ese pelo negro que le llega por los hombros me salpica la cara. Me lo noto en los labios. Ya me puedo morir, porque nada me va a hacer sentir nunca tan bien como este momento.
Cuando coge el micrófono con ambas manos, veo que lleva pintadas las uñas de negro. Mañana me las pinto yo también. Y cuando acerca la boca al micro imagino que es mi cara lo que sostiene y que está a punto de besarme. No es tan alto como el resto de los miembros de la banda y está un poco escuchimizado, pero llena el escenario entero.
El calor de la multitud enfervorecida en la sala principal del Roadmender genera una condensación que cae del techo como gotas de lluvia tibia. A mitad de la canción, vuelve a encajar el micro en el soporte y deja que el guitarrista ocupe el centro del escenario para hacer su solo, pero, aun entonces, todos los ojos están puestos en él cuando se levanta la camiseta, se la quita y la lanza al público. Ahora está ahí, con el torso descubierto. Ninguno de los chicos con los que he estado se le parecen en nada y me los quito a todos de la cabeza. Solo existe él y quiero estar con él como no he querido nada más en toda mi vida.
«Te quiero, Jon Hunter.»
Saffron salta a mi lado. Grita tanto que a este paso me va a dejar sorda. No se da cuenta de que me está clavando las uñas tan fuerte en el brazo que me hace daño. Pero no me quejo. Ella, como todas las demás chicas del público, imagina que cada palabra que sale de los labios bonitos de Jon Hunter se la canta a ella. Pero se equivoca. Se equivocan todas. Porque va a ser mío, no suyo. Es a mí a quien mira ahora con esos ojos grises de mirada penetrante, a nadie más. Es a mí a quien le canta «crazy Little woman-child». Me conoce mejor que nadie y aún no nos hemos presentado siquiera. Si mi mejor amiga o cualquiera de estas zorras locas cree que tiene algo que hacer con él, es que son idiotas.
Saffron y yo llevamos meses siguiendo al grupo de Jon, The Hunters, desde que vimos su foto por primera vez en el diario Chronicle & Echo. Su cronista musical le puso cinco estrellas al EP de la banda y dijo que eran lo más emocionante que había salido de Northampton desde Bauhaus, allá por los ochenta. No los recuerdo. Se supone que The Hunters van a ser el gran nuevo bombazo del britpop y yo creo que podrían ser aún más populares que Oasis o Blur. Y todo gracias a Jon. Ahora mismo, él lo es todo. Y se va a enamorar de mí como yo me he enamorado de él.
Saffron ha venido mucho más pronto para empezar a hacer cola y poder ponernos en el mejor sitio, en primera fila. Desde que papá nos dejó a mamá y a mí, mamá se ha subido la dosis de las pastillas para dormir. Lo que toma podría tumbar a un elefante, creo yo. Espero a que se quede dormida antes de ponerme en marcha. No me cuesta mucho escaparme por la puerta de atrás sin que me oiga.
Mamá no ha dejado de pensar en papá. No lo reconoce y nunca habla de él, pero a veces la observo cuando se queda quieta, mirando al jardín, y estoy segura de que lo tiene en la cabeza. Un marido y padre no abandona a su familia sin motivo, lo que me hace pensar que lo trataba tan mal que no le quedó otro remedio que dejarnos a las dos. Por su culpa él no quiere verme ni contestar a mis cartas. Hace siete meses que se fue y lo único que he recibido de él ha sido una tarjeta de cumpleaños que decía «Con cariño, papá». Ni cartas ni llamadas telefónicas ni nada. La odio por lo que sea que haya hecho. No es justo.
La he dejado pensar que las cosas entre nosotras han vuelto a ser como antes del aborto y, ahora que confía más en mí, puedo hacer lo que me dé la gana y ella ni se entera.
Cuando el grupo termina los bises y sale del escenario, me aterra quitarle los ojos de encima: sé que, en cuanto aparte la vista de él, volverá a ser una fantasía. Y menos mal que sigo mirándolo fijamente, porque, cuando ya está entre bastidores, se vuelve, me mira él también y me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Luego ladea la cabeza como diciendo «¡Vente!».
—Nina, ¿qué haces? —me grita Saffron cuando, unos minutos después, salto la valla de seguridad y me subo al escenario.
A mi espalda, el resto del público se va ya para casa, pero mi noche acaba de empezar. Lo presiento. Se me sale el corazón del pecho y oigo a Saffron gritarme algo, pero no contesto ni me vuelvo a mirarla.
Entre bastidores, aunque las paredes de cemento están pintadas de blanco, hay garabatos por todas partes: letras de canciones, nombres, firmas y dibujitos. Sigo adelante, esquivando al equipo y a los técnicos de sonido hasta que veo a Jon secándose el pecho y el pelo con una toalla mientras entra en un cuarto. Me tiemblan las piernas cuando lo sigo dentro. Se vuelve a mirarme de arriba abajo, después se sienta en un cajón de madera para embalaje, saca dos cigarrillos de una cajetilla de Marlboro, los enciende y me pasa uno.
—¿Cómo te llamas? —me pregunta, exhalando por encima de su cabeza un anillo de humo que es como un halo gris, y él es mi santo.
—Nina —contesto tímidamente. Me aclaro la garganta—. Nina —repito, esta vez más segura.
—Encantado de conocerte, Nina-Nina. Yo soy Jon.
—Ya lo sé —digo, y le doy una calada larga al cigarro.
No es la primera vez que fumo, pero esta noche he cantado tanto y tan alto que me arde la garganta. Procuro que no se me note.
—Está fuertecito, ¿eh? —dice él. Asiento por temor a decir algo, que me dé la tos y ponerme en ridículo—. Lleva un pequeño extra —añade, riendo y enarcando las cejas como dando por sentado que sé de qué me habla. Ni idea, pero río yo también de todos modos—. ¿Qué te ha parecido el concierto?
—Alucinante —contesto—. Pero no es mi primera vez.
—Apuesto a que no.
Me guiña el ojo y caigo en la cuenta de lo que acabo de decir. Procuro no ponerme colorada.
—Me refiero a que ya os he visto unas cuantas veces.
—Entonces, ¿eres fan? —Sonrío a modo de respuesta afirmativa—. Estás buena —dice, y esta vez no soy capaz de controlar el rubor de mis mejillas.
—Gracias —respondo—. Tú también.
—Me refiero a que vas buena, a que llevas la camiseta empapada de sudor —prosigue y de pronto entiendo lo hecha un asco que debo de ir—. Quítatela —me dice y, sin más, me la quito y me quedo en sujetador y vaqueros.
Normalmente necesito unos cuantos cubatas en el cuerpo para estar tan suelta, pero Jon Hunter consigue sacarme algo. Me lanza su toalla húmeda y me seco el pelo con ella. Espero a que se dé la vuelta y no me vea para olerla. Luego saca una camiseta de repuesto de una mochila y me la da. Solo que yo no me la pongo. Me quedo allí plantada, mirándolo con deseo mientras él me mira a mí. Entonces da el paso que yo estaba deseando que diera.
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