Entre nosotras
Capítulo 38 NINA
Capítulo 38
NINA
Maggie y yo estamos sentadas en la otomana de su cuarto, comiendo triángulos de pan tostado untado de Marmite.
—Hacía años que no comía esto —dice, saboreando cada bocado sin apartar la vista de la casa de enfrente de la de Elsie—. ¿Te acuerdas de tu tía Edith?
—No. ¿De que lado es?
—Del mío. Es prima mía. Bueno, el caso es que su hijo Alan solía comer toneladas de Marmite. Le llevó varios frascos a California cuando él trabajaba en la ciudad esa de los ordenadores… Sylvanian Families o algo así.
—Silicon Valley —la corrijo riendo.
—Sí, eso. Pero cuando los agentes de aduanas la llevaron a un aparte para registrarle el equipaje, los tres frascos se habían roto por el camino y le habían pringado absolutamente toda la ropa. Le costó una barbaridad intentar explicarles lo que era y convencerlos de que no había usado la maleta de inodoro en un apuro.
Reímos juntas, pero no nos miramos. Llevamos ya tres mañanas seguidas sentadas en la misma posición. Tengo el bolso colgado del hombro, el abrigo y las zapatillas de deporte puestos y el sobre en el bolsillo. Entonces, de repente, vemos unas figuras que se mueven abajo, en el salón de los vecinos que están maltratando a su hija.
—Están a punto de marcharse —dice Maggie—. ¿Estás preparada?
—Sí —contesto, y me palpo el bolsillo para asegurarme de que el sobre sigue ahí—. Te veo esta noche.
—Buena suerte —dice Maggie, tocándome el brazo y yo no me retraigo.
Cojo otro trozo de tostada para comérmelo por el camino, bajo corriendo las escaleras y echo la llave a la puerta del descansillo. Luego salgo de casa y, al mismo tiempo, aparece mi vecina con los dos niños. Van muy arregladitos con el uniforme del colegio: suéter de pico rojo, pantalones gris marengo y zapatos negros, y no se les ven moratones en la cara. Me pregunto cuáles serán los daños ocultos.
Esta es la primera vez que los veo ir al colegio andando; su padre suele llevarlos en coche. La madre está demasiado absorta en el móvil para cogerlos de la mano o percatarse de que los sigo. Los niños van demasiado cerca de la calzada, creo yo, con la cabeza gacha, sin conversar entre ellos.
Gracias a esta causa común, Maggie y yo hemos pasado más tiempo
juntas durante los últimos días que en los dos últimos años, debatiendo el modo de ayudar a esa pobre niña. Eso no significa que haya cambiado de opinión y esté dispuesta a devolverle su vida, pero no puedo negar que he disfrutado de su compañía. Al final hemos decidido que yo abordaría a la niña directamente con una carta que hemos escrito entre las dos.
Para la niña del número 2. No te asustes, por favor, pero quiero ayudarte. Sé lo que ha estado pasando en tu casa. He visto a tu madre hacerte daño y quiero que sepas que no debería hacerlo. Las mamás y los papás buenos no tratan a sus hijos como te están tratando a ti. Y te digan lo que te digan, no es culpa tuya. Quiero que me prometas que vas a pedir ayuda a una persona mayor. Y quiero que lo hagas cuanto antes. Al nal de esta carta hay un número de teléfono. Márcalo y podrás hablar con un señor o una señora muy amables de un sitio que se llama Protección del Menor y te ayudarán. No hace falta que le digas a nadie cómo te llamas si no quieres, pero les puedes contar lo que te ha estado pasando. Si no puedes llamar por teléfono, por favor, cuéntaselo a alguien en quien confíes, como un profesor o un amigo de mamá o papá. Ellos os ayudarán a ti y a tu hermano. Sé que no va a ser fácil para ti porque quieres a tus padres, pero, créeme, en
cuanto empieces a ser valiente, todo irá mejor. Con cariño, una amiga
No he podido ejecutar el plan y pillar a la niña sola hasta ahora, el momento en que la familia ha tomado un pequeño desvío y se ha detenido en una tienda de prensa. La madre les dice a los niños que la esperen fuera y casi me extraña que no los ate al poste de una farola como si fueran perros. Los niños esperan, leyendo las tarjetas publicitarias pegadas al escaparate. Por un hueco, veo a la madre haciendo cola delante del mostrador. Me voy a chocar con la niña para que se le caiga la mochila del hombro y, mientras la ayudo a recoger sus cosas, le meteré la notita dentro.
Miro por última vez alrededor para comprobar que no me ve nadie y la abordo.
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