Entre nosotras
Capítulo 45 NINA
Capítulo 45
NINA
Maggie me tiene de los nervios esta noche. No es por algo que haya hecho, sino por lo que no hace: hablar. Cuando está tan callada, me angustia. La última vez terminó con una patada en la cara con el grillete y una serie de sucesos que no acabo de cuadrar. Confiaba en que aquello no se repitiera. A lo mejor me equivocaba.
Mientras mira fijamente la pared del comedor, yo le hago la ficha. El álbum de los grandes éxitos de ABBA da vueltas en el tocadiscos, pero hasta yo empiezo a cansarme de oír las mismas canciones siempre que cenamos juntas. Empecé a ponerlo para provocarla, porque sabía lo mucho que le recordaba a papá y cuánto le fastidia que se lo mente. Ahora me parece que nos irrita a las dos.
Necesito saber qué está pensando por si me supone una amenaza. Sin embargo, me distrae momentáneamente el ver lo rápido que parece estar envejeciendo últimamente. Tiene ya el pelo y las cejas completamente blancos y el suéter de color crema que lleva puesto le cuelga de los hombros huesudos como una sábana, dándole el aspecto de un fantasma de dibujos animados. Por un instante, me imagino que soy Bruce Willis en El sexto sentido cenando con su mujer. A lo mejor solo yo veo a Maggie; tal vez me he vuelto completamente loca y solo vive en mi imaginación. Claro que tampoco puedo preguntárselo a nadie.
Yo como con apetito mientras ella arrastra la ternera Strógonov con champiñones por el plato como el que pone fichas en una mesa de ruleta. Araña la superficie del plato con el tenedor y a las dos nos pilla un poco por sorpresa porque se nos sigue haciendo raro que use cubiertos de metal y no de plástico. Ni ella ni yo comentamos ya este lujo que se ha vuelto costumbre.
Me puede la necesidad de llenar el silencio.
—¿No está buena la comida? —le pregunto con retintín.
—Sí, está riquísima —contesta y me dedica una sonrisa que me es muy familiar: es la que suele usar cuando quiere que piense que todo va bien aunque no sea así. La usó el día que papá se fue; es en parte una disculpa y en parte un intento de minimizar algo sísmico.
—He comprado carne fresca en vez de congelada y he hecho la salsa de cero —prosigo—. Con la receta de uno de los libros de Jamie Oliver.
—Está deliciosa —me dice y vuelve a esbozar esa condenada sonrisa.
Es la gota que colma el vaso. Suelto los cubiertos en el plato y me limpio las comisuras de los labios con una servilleta de papel.
—¿Me vas a contar qué pasa? Porque está claro que te inquieta algo.
—No es nada —contesta, pero no me puede mirar a los ojos o no quiere hacerlo.
—Mamá —continúo y rectifico enseguida—. Maggie. No me vengas con jueguecitos, que no soy idiota.
Inspira hondo y aparta el plato medio lleno.
—Me he encontrado un bulto en el pecho —dice.
Eso sí que no me lo esperaba. La miro un rato en busca de algún indicio de que me está mintiendo.
—Un bulto —repito.
—Sí, en el pecho izquierdo.
—¿Cómo de grande?
—Como un guisante.
—¿Cuándo te lo has encontrado?
—Hace unos días.
—¿Por qué no me has dicho nada antes?
—No quería preocuparte.
Sigo dudando. Solo hay una forma de saberlo con certeza.
—Enséñamelo —le digo. Parece decepcionada de que no me baste con su palabra, pero yo no reculo. Los dictadores nunca lo hacen. Así que se quita la blusa y se queda desnuda de cintura para arriba y sentada y más vulnerable de lo que la he visto en toda mi vida—. ¿Dónde? —pregunto, acercándome a ella y alargando la mano.
Me lleva la mano adonde lo tiene y enseguida lo noto entre el pulgar y el índice. Desde luego es un bulto.
—Mierda —digo sin pensar.
—¿Me puedo vestir, por favor?
Asiento con la cabeza y se viste.
Vuelvo a mi sitio y ninguna de las dos dice nada más. Soy consciente de que mis pensamientos son egoístas, porque este descubrimiento me pone en una tesitura muy difícil. El plan era tener a Maggie arriba veintiún años de su vida o hasta que muriera, lo que ocurriese primero. A su edad, habría sido seguramente lo segundo, pero ahora parece que podría ocurrir mucho antes de lo que yo pensaba. No sé bien cómo sentirme.
Mi consciencia se activa de repente: ¿será culpa mía? ¿Se habrá ido acumulando la angustia que le estoy haciendo pasar hasta transformarse en un cáncer? Niego con la cabeza. «No», me digo, y me recuerdo que es una maldición que ha asolado a su familia durante tres generaciones. Por eso Maggie me enseñó desde muy pequeña a explorarme periódicamente y por eso jamás me salto una cita para mamografía, porque tengo mayor riesgo que la mayoría de las mujeres. Entonces me doy cuenta de que me estoy poniendo en lo peor. Podría ser cualquier cosa, desde un furúnculo hasta un quiste. Un bulto no tiene por qué ser un cáncer.
Pensándolo bien, supongo que la causa del bulto da igual. El hecho es que existe y, si es malo, no sé bien qué hacer. Pienso en Bobby y me dan ganas de llamarlo y contarle lo que ha pasado, pero no puedo. Si lo hago, destaparía una caja de Pandora que nunca podría volver a tapar porque, aunque se lo contara todo, dudo que llegara a entender por qué he hecho lo que he hecho. Además, no puedo convertirlo en cómplice de mis actos. Maggie ya le ha complicado bastante la vida.
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