Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 9 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 7 MAGGIE

Capítulo 7

MAGGIE

 

No sé a qué hora me despierto, porque hace meses que Nina se llevó de mi dormitorio mi reloj de pulsera y el de sobremesa, una pieza antigua de caja dorada que perteneció a mi madre. Me hice con él cuando murió y mi hermana Jennifer se llevó las figuritas de porcelana. Lo tenía aquí, encima de la cómoda, y una noche, al volver del baño, había desaparecido sin explicación.

Aún no estoy preparada para levantarme de la cama. Apenas he descansado esta noche. No pude relajarme mientras leía porque con una mano sostenía el libro y con la otra tenía que sujetarme sobre el puente de la nariz las gafas con la patilla suelta. El muelle que había sacado del colchón ya no estaba en mi mesilla de noche y me reprendí por no haberlo escondido mejor. Supuse que Nina me estaba castigando dificultándome mi único placer: la lectura.

Los somníferos no me han hecho efecto. Antes me dejaban fuera de combate al poco de apoyar la cabeza en la almohada, pero con los años me he acostumbrado a ellos y ahora duermo a saltos casi todas las noches. Además, me despierto al menos dos veces todas las noches para orinar en el cubo del rincón y solo con suerte me vuelvo a dormir enseguida.

Cuando me incorporo para sentarme, la cadena que llevo atada al tobillo traquetea contra el suelo de madera. Me doy sin querer con el grillete en la otra espinilla y maldigo. Otro cardenal para el colorido tapiz de lesiones que me he hecho con este condenado sistema de retención. Debería haberme habituado ya y casi siempre soy consciente de ello, pero a veces se me olvida.

Masajeándome la espinilla, saco ambas piernas por el borde de la cama y noto en los dedos de los pies la madera fría de la tarima. Me acerco a la ventana, arrastrando los pies, e inicio la primera vigilancia del día. Prefiero estar aquí arriba, en mi cofa de vigía y con vista de pájaro que en el sótano como un gusano bajo tierra.

El día que desperté aquí, Nina me informó de que el cristal es blindado e insonorizado, aunque tampoco podría llegar hasta él a través de las recias lamas de la persiana. Ni la pata de la silla ni la lamparita que estampé contra ellas arañaron siquiera la superficie.

Me dispongo a prepararme para el día. Me lavo la cara con una toallita húmeda de un paquete medio lleno y después uso tres más para limpiarme el cuerpo. El aroma a naranja del baño de anoche aún perdura en mi piel y, aunque no me agrada (detesto el olor a cítrico), supongo que es mejor que no oler a nada. Me quito el camisón y cojo del armario un vestido de flores rosas y rojas. Ya no llevo bragas porque no me las puedo poner con la cadena ni el grillete del pie. Me pasa lo mismo con las mallas o los pantalones. Todo lo que llevo tiene que ser algo que me pueda poner por la cabeza o enroscarme a la cintura.

El armario sigue lleno de ropa mía que es más útil a las polillas que a mí. Seguro que Nina la ha dejado ahí como recordatorio de todo cuanto tuve un día; igual que los zapatos de tacón, los pañuelos, los guantes y los abrigos ya no sirven su propósito. Solo dispongo de siete conjuntos, uno para cada día de la semana. Todos los viernes, dejo la ropa sucia en un montón ordenado a la puerta de mi cuarto y al día siguiente vuelve a mí lavada y planchada. Es como el servicio de habitaciones de un hotel del que no me puedo marchar.

En la pared y a unos dos o tres centímetros del techo hay una fotografía de mi marido, Alistair, pegada al papel pintado. Sonríe a la cámara. Al principio de estar aquí arriba, era como si sus ojos me siguieran por la habitación. No podía escapar de él. Odiaba la sensación y lo odiaba a él. Pero, por la longitud de la cadena, no alcanzo a arrancarla. Una vez le tiré un vaso de zumo de naranja y lo único que conseguí fue darle un tono sepia a la foto, como si fuera de hace cien años. Lo cierto es que así de lejano veo nuestro matrimonio.

Tapo el cubo con una toalla para contener el hedor de mis evacuaciones de anoche. Nina solo lo vacía una vez cada dos días, pero ya me he acostumbrado al olor. Al poco de que esto empezara, perdí los nervios e intenté vaciarle el cubo encima, pero, como no estaba habituada aún a las limitaciones de la cadena, tropecé con ella, perdí el equilibrio y puse perdido todo el suelo. Nina rio hasta que se le saltaron las lágrimas y se negó a traerme nada con que limpiarlo hasta el día siguiente.

Antes también me dejaba una lata de ambientador, hasta que intenté rociarle los ojos con él y dejarla ciega. Esquivó el chorro justo a tiempo y no volví a ver otra lata. En su lugar, me deja un ambientador de coche para que lo cuelgue en la habitación, con lo que huele como un salón de exposiciones. Y el olor es cítrico, por supuesto.

Para tenerme prisionera, Nina alterna entre dos cadenas de distinta longitud. No sé de qué están hechas, pero son de un metal recio y macizo que he intentado en vano romper o separar en innumerables ocasiones. Se componen de eslabones sujetos a una argolla que me engancha el tobillo con un candado del que solo ella tiene la llave. Tienen un aspecto casi medieval.

La cadena de día está sujeta a una estaca metálica que hay en el centro de la habitación, fijada a lo que supongo que es una vigueta bajo las tablillas de madera. Se extiende exactamente la misma distancia en ambas direcciones, hacia la ventana y hacia la puerta, en la pared de enfrente. Supongo que por eso no echa la llave de mi cuarto. Sabe que no voy a ir a ninguna parte. La segunda cadena solo la usa cuando ceno con ella, cada dos noches. Tiene la longitud suficiente para que baje con ella la escalera hasta la primera planta, recorra el descansillo y entre en el comedor. También me permite entrar en el aseo de mi planta para que me dé un baño dos veces por semana, pero no llega hasta el siguiente tramo de escaleras ni a la planta baja.

Al abrir la puerta, me encuentro un libro y dos táperes transparentes en la moqueta. «Ha pasado el servicio de habitaciones mientras dormía», me digo. Dentro del táper más pequeño está el desayuno: dos rebanadas frías de pan tostado con mantequilla, una lata de macedonia y un yogur de albaricoque. En el grande hay un plátano verde, un sándwich de jamón y queso, una satsuma y un paquete de galletitas saladas con sabor a chédar. No hay cubiertos. Me lo llevo dentro y me siento en la cama, mordisqueando primero las tostadas; luego voy sacando la fruta de la lata con los dedos y me bebo como puedo el yogur. Después estiraré la comida todo lo que pueda a lo largo de la tarde hasta que llegue la cena.

Cuanto más tiempo paso delante de esta ventana, más claro tengo que me estoy convirtiendo en Jeff, el personaje de la silla de ruedas al que interpreta James Stewart en La ventana indiscreta. Como él, tengo poco más que hacer que espiar a mis vecinos. Jess cree haber sido testigo del asesinato de uno de ellos, pero lo único que se está muriendo en esta calle soy yo. Y mi hija es la única que lo sabe.

«¿Cuándo se torció nuestra relación?», me pregunto. Sé bien la respuesta, pero no quiero que me la recuerden.

Me vuelvo a coger el libro de hoy: La habitación, de Emma Donoghue. Leo la sinopsis de la sobrecubierta y veo que va de una madre y un hijo que viven juntos encerrados en una habitación. «Muy graciosa, Nina.» De vez en cuando le divierte traerme libros así. En ocasiones anteriores, me ha dejado biografías de Anne Frank, Terry Waite, J. Paul Getty III y Nelson Mandela, todas ellas personas retenidas en contra de su voluntad o confinadas en un espacio cerrado. Sé en cuales de ellos se proponen formas de escapar porque les ha arrancado páginas.

Cuando me dirijo a la cama para empezar a leer, me llama la atención algo que hay debajo, en el suelo. Titubeo, pensando al principio que mis ojos cansados me hacen imaginar cosas. No, está ahí, seguro. Me acerco y descubro lo que es: una caja de recuerdos de madera que Alistair le hizo a Nina hace unos treinta años. Hasta grabó su nombre en la tapa con letras doradas. Hacía muchísimo que no la veía.

Me agacho a cogerla y lo que contiene se desplaza cuando la pongo encima de la cama. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? He registrado cada centímetro cuadrado de esta habitación en busca de formas de escapar y me extraña no haberla visto. La habrá metido Nina debajo de la cama alguna noche mientras yo estaba en el baño. ¿De dónde la habrá sacado? Entonces me acuerdo: estaba en el sótano.

Se me cae el alma a los pies. A priori, ya no me gusta lo que representa esta caja: cosas que yo preferiría olvidar y quizá mi hija no sepa. Cuando levanto la tapa, chirrían un poco las bisagras. El objeto en el que se posan mis ojos antes que en ningún otro es un recordatorio de la primera vez que Nina me partió el corazón.

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