Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 17 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 15 NINA

Capítulo 15

 

NINA

 

Se está haciendo tarde y el viento y la lluvia han empezado a aporrear las ventanas. Corro las cortinas y bajo las persianas para protegerme. Aun de adulta, las tormentas me incomodan. Además, esta noche ya estoy inquieta dándole vueltas a la noticia de la muerte de Jon.

Estoy haciendo todo lo posible por demorar lo inevitable: hacer clic en la notificación del móvil y leer algo más que el titular de la noticia. Es como si conocer los detalles fuera a hacer más real lo ocurrido. Ahora mismo no son más que palabras en internet y ya sabemos todos cuánto miente internet. Así que, de momento, intento convencerme de que es una noticia falsa. No lo consigo.

Me miro fijamente en el espejo del baño mientras dirijo el cepillo eléctrico a los dientes de la mandíbula inferior. Hago una pausa y me tiro del labio. Examino el tatuaje por segunda vez esta semana. LOLITA, reza. Recuerdo que fui a la biblioteca y saqué la novela favorita de Jon, de Vladimir Nabokov, para entender por qué me había puesto ese apodo. Me halagó ver lo atrapado que tenía al protagonista su amor por la chica. Nadie podrá convencerme jamás de que a Jon no lo movía una pasión similar por mí.

He podido reunir un puñado de recuerdos de entonces, como el de la noche que me hice el tatuaje. Fue en una fiesta en una casa y Jon estaba emocionado porque por fin iba a tener una prueba indeleble de lo mucho que lo quería. Se empeñó en que fuera la palabra «Lolita» porque significaba algo para los dos. Accedí encantada.

Me lo hicieron en un baño similar a este en el que estoy ahora. Me senté en el váter con la tapa bajada y oí el suave goteo de la tinta china sobrante en el recipiente mientras uno de sus amigos se disponía a perforarme la piel. No me dolió: las pastillas que me dio Jon me produjeron una especie de hormigueo en el cuerpo y fue como si estuviera flotando bocarriba en un mar de agua tibia al calor del sol. A los pocos minutos, cuando terminó, varias manos conectaron con las mías cuando sus amigos chocaron los cinco conmigo, diciéndome que era una «tía guay» por hacérmelo. Luego me enjuagué la sangre y el sabor amargo de la tinta con un trago de vodka, y me escoció una barbaridad. Lo escupí en el lavabo y me examiné la marca en el espejo como estoy haciendo ahora. La cara de Jon irradiaba orgullo. Le había demostrado mi compromiso como me había pedido.

Yo le pedí que se hiciera un tatuaje en la cara interna de uno de los labios con Heathcliff, mi personaje favorito de siempre de Emily Brontë, pero él dijo que no con la cabeza, rio y jamás me explicó por qué se había negado. Y ahí es donde termina el recuerdo. Como tantos otros, no es más que una instantánea de un tiempo pasado y siempre mejor.

Termino de lavarme los dientes, me siento al borde de la bañera con el móvil en la mano e inspiro hondo. No puedo posponerlo más, así que hago clic en el enlace de la noticia que me ha llegado por correo.

«El asesino convicto Jon Hunter muere tras una batalla de dieciocho meses contra la leucemia —empieza la noticia—. Hunter, de cuarenta y seis años, fue condenado a cadena perpetua hace veintitrés años por el asesinato de su novia. La encontraron…»

—¡No! —susurro furiosa.

Me enfurece ver su nombre, así que dejo de leer porque sé qué mentiras está a punto de repetir el artículo. Veo de reojo dos fotografías de Jon usadas para ilustrar la noticia. Una es del hombre al que amo, tocando en el escenario, ese era su sitio. La segunda se la hizo otro preso y se la vendió a la prensa. Jon aún tiene el pelo largo pero blanco, igual que la barba. Aun en esa foto con tanto grano veo que la luz de sus ojos se había extinguido hacía tiempo. Supongo que es lo que pasa cuando llevas tantos años encerrado en una habitación. Ya se lo empiezo a notar a Maggie, y eso que ella solo lleva arriba una parte minúscula del tiempo que Jon ha estado preso.

Deslizo el texto hacia abajo sin leer nada más hasta que llego a la foto de esa chica. Está sentada en una playa, lleva un bikini azul y unas gafas de espejo en equilibrio sobre la punta de la nariz. Sonríe como si no tuviera una sola preocupación en el mundo, y supongo que no la tiene. Nuestro parecido por aquel entonces es asombroso.

Me pego el móvil al pecho y hago todo lo posible por recordarla, pero sigo dudando que nos hayamos cruzado alguna vez. Ella no salía con el grupo, no la conocí en ningún concierto ni en ninguna fiesta y sé bien que no era la novia de Jon, como dicen los periódicos, porque su novia era yo. Que le pregunten a cualquiera de los que iban siempre con nosotros por aquel entonces y les dirán que estábamos enamoradísimos. Por eso me frustra tantísimo que sigan hablando de ellos como si hubieran sido pareja.

Me asalta un pensamiento desagradable: «A lo mejor es que no quiero recordarla. A lo mejor tenían una relación de la que yo no estaba enterada y es una de las piezas que le faltan a mi historia». «No», digo en voz alta. No es posible. Puede que mis recuerdos sean vagos, pero no soy idiota.

Jon no fue mi primera pareja y, desde luego, yo tampoco la suya, pero sí fue el primer hombre al que quise en toda mi vida. Y el último. No hace falta que nadie me diga lo patético que suena eso: vivir una vida sin amor todos estos años.

Poco después de que pasáramos nuestra primera noche juntos, él se enteró de que yo tenía catorce años, a pesar de mi empeño en convencerlo de que tenía dieciocho. Él tenía veintidós y yo no quería espantarlo reconociendo la verdad. Cuando Saffron abrió su bocaza de envidiosa y me delató (para intentar que rompiéramos, supongo), le habría dado un bofetón. Sin embargo, su verdad tuvo el efecto contrario y Jon reconoció que lo excitaba saber que lo que hacíamos estaba prohibido. «A mí me gustan los plátanos verdes», dijo con una sonrisa.

Me hizo prometerle que no le contaría lo nuestro a nadie del colegio, tarea difícil cuando eres una adolescente que quiere que todo el mundo tenga envidia de tu relación con el cantante del grupo más de moda del pueblo. Pero Jon me advirtió que, si alguna vez lo hacía público, él lo negaría por el bien de su carrera y luego me dejaría. No merecía la pena presumir.

A veces, cuando Jon y yo nos veíamos en el centro después de clase, se enfadaba si yo me cambiaba en los baños de la estación de autobuses primero. Prefería que fuera con el uniforme. Dudo que nuestra relación hubiera durado mucho en la actualidad. Lo habrían acusado de acosador, pedófilo y pederasta. Pero él no era nada de eso. Quien no estuviera en nuestra relación no podía ni imaginarse lo que significábamos el uno para el otro. Él me quería, me cuidaba y quería lo mejor para mí. Era mi novio, mi mejor amigo y mi padre, todo en uno. Y desde entonces jamás he permitido que nadie me haga sentir tan especial como Jon.

Fueron las falsas acusaciones lo que le arruinó la vida a Jon cuando yo me enfrentaba a mis propias batallas. Tengo muchas lagunas y la culpa de todas ellas es de Maggie. Si no me hubiera hecho lo que me hizo, yo podría haberlo defendido. Podría haberle dicho al mundo que no era capaz de hacer las cosas horribles por las que lo metieron en la cárcel. Por su culpa ha muerto en prisión y ha echado a perder la mitad de su vida. Y, en consecuencia, la mía. Aunque yo no esté entre rejas, es como si lo estuviera.

Su pérdida me quema como si hubiera estado con él esta misma mañana. Noto que ya no tengo el móvil pegado al pecho, sino que me aprieto el vientre con las manos y me lo acaricio suavemente y recuerdo mi segundo embarazo. Recuerdo el hijo que tuve con Jon.

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