Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 26 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 24 NINA

Capítulo 24

NINA

 

Dejo a Maggie en su cuarto y bajo las escaleras, procurando convencerme de que lo ocurrido esta noche es de lo más normal y que hemos vivido esta situación muchas otras veces. Pero hasta yo sé que mi reacción ha sido exagerada. He perdido la cabeza por un minuto. En realidad, he perdido el control por completo y no sé cómo ha sido. Era algo más que rabia o ira. Algo muchísimo más oscuro. Y me aterra. Me ha desenterrado algo de lo más hondo de mi ser que no quiero volver a experimentar jamás.

Cruzo la puerta del descansillo, la cierro con llave desde el otro lado y enfilo el segundo tramo de escaleras, agarrándome a la barandilla. Me noto débiles las manos, los brazos, la espalda…, el cuerpo entero. «¿Qué ha pasado ahí arriba?»

Entro en la cocina e intento reconstruir mentalmente lo ocurrido. Sé que tenía todo el derecho del mundo a ponerme furiosa con Maggie. Tanto si me ha atacado intencionadamente como si no, se ha pasado de la raya. Al parecer, después de más de dos años encerrada allí arriba, aún no le hecho comprender que debe pagarme el tiempo que me robó. No hay vuelta de hoja. Me debe otros diecinueve años.

Siempre he conseguido refrenar mis emociones, aun cuando Maggie me ha buscado las cosquillas. Ni una sola vez se me han cruzado los cables como esta noche. Se me pone la carne de gallina cuando recuerdo el momento en que he estado a punto de echarle la lejía por la cabeza, reprimiendo esa vocecilla interior que me pedía que apretara fuerte el bote y la achicharrara. Ha sido como si me hubiera poseído otro ser y me estuviera controlando.

Me inclino sobre la pila de la cocina, abro el grifo y me echo agua fría en la cara; luego me seco con un paño. Me enjuago la boca con agua y me estremezco con el dolor agudo del diente roto. Se supone que tengo que hacer la cena; en lugar de ello, estoy recordando de pronto lo que he creído ver en el baño. La sangre de la bañera, las toallas manchadas de rojo en el suelo… Parecía todo tan real…

No puedo dejar de ver la cara de horror de Maggie y tengo que resistir la tentación de ir a ver si está bien. De todas nuestras peleas y escaramuzas, esta es la primera que me ha producido una especie de remordimiento. También es la primera vez en años que pienso en ella como mi madre y no como Maggie. Me ha cambiado algo en la cabeza y no sé cómo devolverlo a su sitio.

En principio, esta noche iba a ver a la única persona que me centra, pero, aunque me duela cancelar, cojo el teléfono y me disculpo con un mensaje. Nos vemos cada quince días para ir a cenar, a tomar una copa o a pasar unos días fuera. Aunque él también lo ha pospuesto un par de veces últimamente, y eso me preocupa. Nunca he puesto peros a ninguno de nuestros encuentros, pero ahora no estoy en condiciones de ver a nadie. No puedo justificar el hematoma ni el bulto que me está saliendo en la mejilla. Es demasiado perspicaz para creerse que me he caído. Además, el diente roto me ha debido de dejar algún nervio al aire, porque el dolor me está matando. Cojo un trozo de algodón del baño de la primera planta, me lo meto en la boca a modo de mullido y lo muerdo para parar la hemorragia.

Me viene un olor a quemado de la planta de abajo y recuerdo que he dejado los chiles con carne demasiado rato en la sartén. Cuando llego a la cocina, está reseco por los bordes. Parte del arroz se ha quemado porque el agua se ha consumido. No me apetece preparar nada más ahora.

Vuelvo a estudiar mi reflejo en el cristal y me cuesta reconocerme. ¿Cómo me he convertido en esta mujer?

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