Entre nosotras
Capítulo 6 NINA HACE VEINTICINCO AÑOS
Capítulo 6
NINA
HACE VEINTICINCO AÑOS
El peso de mis libros de texto en la mochila hace que suene como un saco de patatas cuando la dejo caer al suelo. Me quito los aparatosos zapatos con cordones negros de una patada, lanzándolos contra el armario del hueco de la escalera y subo corriendo a mi cuarto para cambiarme el uniforme por un pantalón de chándal y una camiseta. Aunque los uniformes están muy bien para los críos, no se debería obligar a los adolescentes a llevarlos.
—¡Hola! —grito cuando vuelvo abajo, pero no contesta nadie.
Tiene que haber alguien en casa, porque la puerta de la calle no estaba cerrada con llave y mamá nunca llega del consultorio más tarde de las dos y media. Dice que no le gusta que llegue a casa y no haya nadie, como le pasaba a ella a mi edad. Yo no paro de recordarle que tengo catorce años y puedo sobrevivir aquí sola unas horas sin quemar el edificio.
Cojo el mando a distancia y pongo la tele de niños. Los programas son un poco infantiles, pero me gusta tener ruido de fondo mientras hago los deberes. Papá dice que no sabe cómo puedo concentrarme con tanto ruido; yo le recuerdo que soy mujer y está científicamente demostrado que somos más multitarea que los hombres. Además, hoy solo me queda por hacer una redacción de Literatura sobre las hermanas Brontë y son mis escritoras favoritas, aunque todavía siento debilidad por Torres de Malory y Judy Blume. Le dedicaré una hora antes de que empiece Neighbours y, si tengo suerte y papá llega tarde de trabajar, hasta podré ver también Home and Away. Él detesta las series australianas.
En circunstancias normales, mamá ya habría venido a preguntarme qué tal el día. La mitad de las veces mascullo monosílabos y le pido que se aparte de la tele, pero el que no ande por aquí hace que empiece a picarme la curiosidad, así que voy a buscarla. No está en la cocina, ni arriba, en la primera planta, ni en el desván que acaban de reconvertir en ático. Todo el mundo se ha puesto un solárium en casa, pero nosotros somos los primeros de la calle que hemos ampliado la casa hacia arriba y convertido, además, la bodega en sótano. Papá dice que, para cuando la vendamos dentro de un par de años, le sacaremos un beneficio que compensará el gasto. Yo no paro de intentar convencerlo de que me deje cambiar de cuarto y mudarme aquí arriba. No quiere, pero al final me lo camelaré, como siempre.
Miro por la ventana de lo alto de las escaleras al jardín, donde veo a mamá. Está plantada junto al tendedero con una toalla en las manos y un cesto lleno a sus pies, pero no se mueve. Es como si estuviera viendo una grabación de vídeo y alguien hubiera pulsado la pausa. Golpeo el cristal con los nudillos, pero ni se inmuta. Es impropio de ella.
Cuando llego a la cocina, ya se ha metido dentro. Tiene los ojos rojos e hinchados, como se me ponen a mí cuando me da la alergia primaveral y me los arrancaría de cuajo.
—¿No me has oído entrar? —le pregunto y veo que su sonrisa es forzada, porque yo hago lo mismo cuando me regalan algo por mi cumpleaños o por Navidad que no me gusta, para no ofender—. ¿Va todo bien? —digo, pero no sé si quiero saberlo.
—Dame un minuto, que termino de tender la ropa —contesta con voz cantarina y una sonrisa risueña y fingida. Está muy rara; esto no me gusta nada.
Miro el cesto de la ropa y no ha lavado más que toallas, paños de cocina, trapos e incluso esas alfombrillas mullidas que pone alrededor de la taza del váter y delante de la bañera. Estoy hecha un manojo de nervios y espero a que vuelva dentro.
—Ven aquí —dice, instándome a sentarme con ella a la mesa de la cocina. Se pone a mi lado, se saca un pañuelo de debajo de la manga y se enjuga los ojos con él. No sé qué está a punto de decirme—. Tengo que contarte una cosa —empieza—. Es sobre tu padre.
Me da un vuelco el corazón y me tapo la boca tan deprisa que me hago daño en los labios. Ya sé lo que me va a decir y me están dando ganas de vomitar. A Sarah Collins le pasó lo mismo en el cole las Navidades pasadas. La sacaron de la clase de Geografía y la señora Peck le dijo que su padre había tenido un accidente con la moto y que su madre iba a recogerla. Es la primera persona que conozco que ha perdido a uno de sus padres. El mío es mi mundo y no quiero existir en un mundo sin él.
—¿Ha muerto? —pregunto.
Mamá niega con la cabeza y de pronto albergo una esperanza.
—No —dice—, no ha muerto, cariño, pero… me temo que tu padre y yo ya no vamos a vivir juntos —añade, y me pone la mano en el brazo. Tiene la piel fría—. Esta mañana, mientras estabas en el colegio, tu padre me ha dicho que ya no podía seguir con nosotras y que se tenía que ir.
—¿Se ha ido? —digo con los ojos empañados y la voz temblona—. ¿Por qué?
—Últimamente no nos llevamos muy bien.
—Pero ¿por qué se tiene que ir?
—Porque piensa que es mejor así.
—¿Adónde ha ido?
—Ha buscado otro sitio donde vivir en Huddersfield.
—¿Dónde?
—A unas dos horas y media de aquí.
—¿Cuándo lo puedo ver?
—No podrás verlo durante un tiempo, pero nos ha dejado una dirección a la que dice que le puedes escribir.
—¡No quiero escribirle! Quiero verlo ahora. —Mamá me aprieta el brazo. No me duele y creo que pretende tranquilizarme, pero solo consigue asustarme más—. Os vais a divorciar, ¿verdad? Los padres de Mark Fearn lo hicieron y él se fue a vivir con su madre y ahora solo ve a su padre los fines de semana y no es justo.
—Lo sé, cariño, lo sé.
Mamá tampoco puede reprimir las lágrimas y llora conmigo. Intenta cogerme la mano, pero yo la retiro bruscamente sin darle tiempo a alcanzarla.
—¡No es justo! —grito—. ¿Por qué no ha esperado a que yo volviera a casa para decírmelo?
—Sé lo unidos que estáis. Quizá lo haya hecho así porque le habría resultado demasiado difícil despedirse de ti.
—Quiero ir a vivir con él.
Quiero hacerle daño como ella me lo está haciendo a mí. Funciona, porque parpadea como si le sorprendiera lo que digo.
—Seguro que podrás quedarte con él en vacaciones una vez se haya instalado.
Ya ha preparado la mesa para la cena y solo para dos. Me hierve la rabia dentro y barro de golpe con el brazo los cubiertos y los platos, que se hacen pedazos en las baldosas del suelo con gran estrépito. Ahora mamá parece asustada, casi aterrada, y yo me pongo en pie con dificultad.
—¡Te odio! —le chillo, pero no lo digo en serio—. No deberías haberlo dejado marchar. ¡Todo esto es culpa tuya!
Salgo corriendo de la cocina y oigo que mamá me sigue, pero soy demasiado rápida y subo las escaleras, me meto en mi cuarto y cierro de un portazo. Luego me tumbo en la cama, con la cara enterrada en la almohada, llorando desconsoladamente.
Me deja sola una hora o así y, cuando por fin sube, llama a la puerta antes de entrar. Le doy la espalda, ignorándolos a ella y al olor a pastel de pollo con salsa que trae consigo. Veo su reflejo en el espejo mientras deja la bandeja de comida y una bebida en mi escritorio y se dispone a marcharse sin decir nada.
—¿Por qué? —le vuelvo a preguntar—. Nunca discutís, siempre hacéis cosas juntos, parecéis felices de verdad.
—Cuando seas mayor entenderás que a veces las apariencias engañan — me contesta—. Nunca se conoce del todo a una persona, por mucho que la quieras.
Tengo la sensación de que me oculta algo, porque me sigue pareciendo absurdo.
—¿Por qué no habéis hecho un esfuerzo? Por mí.
—Aún me tienes a mí y aún tenemos nuestra casa y todo lo demás va a seguir como siempre.
—Pero no será como siempre, ¿no? Sin papá ya no será lo mismo.
Mamá abre la boca para decir algo, pero yo ya estoy harta de escucharla. Cierro los ojos hasta que se va. Después cojo el cuaderno de mi escritorio y le escribo una carta a papá, exigiéndole que vuelva a casa o por lo menos me llame. A mí me hará caso, lo sé. Soy «su niña». Me ha llamado así desde que tengo uso de razón. No se irá dejando a «su niña» aquí.
Más tarde, mamá escribe su dirección en un sobre, le pega un sello por delante y me promete que mandará mi carta por la mañana camino del trabajo. Si papá no me ha llamado mañana, volveré a escribirle para decirle que aún está a tiempo de volver a casa. Apuesto a que mamá lo recibiría con los brazos abiertos.
Cuando llega la hora de acostarse, mamá entra en mi cuarto, se tumba conmigo, me abraza y lloramos las dos en silencio. Lo último que recuerdo antes de quedarme dormida es que me da un beso en la coronilla y me dice que lo siente.
—Por favor, no me odies por ser la que se ha quedado —me susurra.
—No lo haré —le contesto, y lo digo en serio.
A pesar de lo que le he dicho antes, nunca podría odiarla. Es mi madre.
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