Entre nosotras
Capítulo 39 MAGGIE
Capítulo 39
MAGGIE
Ayer pasé casi todo el día pegada a la ventana; solo me levanté para orinar en el cubo o estirar las piernas. Aun cuando se hizo de noche, me mantuve en mi puesto, confiando y rezando para que la niña haya encontrado y leído la nota que Nina le coló en la mochila y haya buscado ayuda.
Esperaba que un coche de policía se detuviera a la puerta de la casa y se llevara a esos padres horribles o al menos que los visitara un equipo de servicios sociales, pero no. El único que llamó a su puerta fue un mensajero con un paquete. Cuando se hizo de noche supe que era demasiado tarde para esperar que ocurriera algo, pero seguí sentada en el mismo sitio, con la lamparita en las manos, lista para encender y apagar la bombilla y demostrarle que sigo aquí. Pero solo la vi un instante cuando entró en su cuarto porque luego su madre apagó la luz. Suponiendo que ya estaba acostadita y a salvo, abandoné mi puesto de vigilancia y me cambié de ropa yo también.
Justo cuando empezaba a preguntarme por qué Nina no me habría puesto al día, lo vi, tirado en el suelo, medio en mi cuarto medio en el descansillo: un sobre blanco sin destinatario. Supe lo que era antes de abrirlo. Dentro estaba la carta que Nina y yo le habíamos escrito a la niña. No se la había dado. Por eso no había pasado nada en todo el día, por eso nadie vino en auxilio de la niña, porque la pequeña no sabía que tenía una salida. A pesar de lo que había presenciado con sus propios ojos, Nina había preferido no creerme y no ayudarme. Y tampoco tenía agallas para reconocérmelo a la cara.
Aunque mi prioridad era ayudar a la niña a escapar de un entorno no seguro, en parte esperaba que aquello condujera a mi liberación también. La había imaginado contándole a la persona en la que confiara que había visto a alguien en el ático de la casa de enfrente haciéndole señales con una luz. Ridículo, ahora que lo pienso. Pese a todo, suelto un suspiro de derrota.
Esta noche, cuando Nina ha venido a buscarme para bajar a cenar, todo ha transcurrido como si no hubiera pasado nada. He pensado en plantarle cara, preguntarle por qué dudaba de que había maltrato, pero ¿de qué me habría servido? Cuando Nina decide algo, nunca cambia de opinión. Así que, en su lugar, hemos cenado, ha querido contarme cosas de su día y hemos recordado aquellos momentos de su infancia en que rememorábamos viejos recuerdos porque no podíamos crear otros nuevos.
Me han desconcertado otros dos sucesos. Antes, mientras me daba un baño más caliente de lo habitual, Nina me ha instalado un televisor nuevo en mi cuarto. No me había comentado que pensara hacerlo ni me ha explicado por qué. Yo he entrado en mi cuarto y allí estaba. Después, cuando me he puesto de espaldas con el tobillo levantado, esperando a que me cambiara la cadena larga por la corta, no lo ha hecho. Se ha marchado sin más con un «¡Hasta el viernes!».
El detalle me ha hecho recelar, como todas las muestras injustificadas de bondad. Tanto esto como el nuevo televisor me lo puede quitar tan rápido como me lo ha dado. Pero mientras lleve la cadena larga puedo salir del confinamiento de mi habitación y usar el baño cuando lo necesite.
Me despierto en plena noche con la necesidad imperiosa de cambiarle el agua al canario y, en vez de usar el cubo, me siento en la taza fría del váter y lloro desconsoladamente mientras orino. Es una nimiedad, pero suficiente para hacerme sentir humana otra vez.
OceanofPDF.com