Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 48 de 48 · parte 1/5

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Entre nosotras

Capítulo 46 NINA HACE DOS AÑOS

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Capítulo 46

NINA

HACE DOS AÑOS

 

Suena música folclórica de flauta y violín por los altavoces del techo. Estoy sola y releyendo los mensajes de Facebook de Bobby por enésima vez, como si mirando una y otra vez lo que me escribió fuera a interpretar sus palabras de una forma distinta.

«Porque eres mi hermana», me escribió. Ni con la mejor voluntad del mundo se puede malinterpretar una afirmación así.

Dejo el móvil en la mesa, bocabajo, y, distrayéndome con lo que me rodea, procuro olvidarme de lo que podría venir. La distribución y el jardín me resultan familiares, pero la decoración general choca con mis turbios recuerdos. Jon y yo veníamos aquí hace tiempo, pero cuando era un local de música rock y no el pub irlandés mal montado que es ahora. Aquí no hay nada que venga de la verde Irlanda o sus alrededores, ni siquiera la Guinness que tanto anuncian.

Vuelvo a coger el móvil y miro la hora. Aún faltan quince minutos y ya soy un manojo de nervios. Bebo un sorbo de limonada y me arrepiento de no haber pedido algo que me relajara un poco. Pero tengo que estar lúcida.

«Porque eres mi hermana.»

Esas cuatro palabras me han tenido la cabeza a mil durante las últimas veinticuatro horas. Miro de nuevo el móvil y me recuerdo lo que le contesté, dejándole bien claro que yo era hija única.

—No lo creo —me dijo él.

—Mira, no sé a qué juegas, pero no me hace ninguna gracia —repliqué.

—Tengo pruebas, te puedo enseñar… Por favor, ¿podríamos hablarlo en persona? Puedo ir a verte —me suplicó—. Y entonces, si no me crees, no hace falta que vuelvas a hablarme nunca más.

Lo vi tan convencido de lo que decía que al final accedí.

—Nos vemos mañana después del trabajo —le dije, y le mandé la dirección de un pub del centro.

Y ahí es donde estoy ahora. Le he dado vueltas hasta la saciedad, intentando encontrarle algún sentido. Aunque no recuerdo apenas nada de lo que sucedió después de la muerte de Dylan, dudo que mamá se quedara embarazada, con lo que tiene que ser hijo solo de papá. A lo mejor la madre de Bobby es la verdadera razón por la que papá desapareció: la prefirió a ella. Siempre he dado por supuesto que mamá me ocultaba algo cuando me dijo que papá se había ido porque no se llevaban bien. Ahora pienso que le daba demasiada vergüenza reconocer que la habían reemplazado.

Me he pasado toda mi vida adulta culpándola de no tener padre y no sé cómo voy a poder compensarla si lo que Bobby dice es cierto.

—¿Nina? —me sobresalta una voz.

Igual que yo, Bobby ha llegado antes de tiempo. Lo miro fijamente como si fuera el primer humano con el que tengo contacto. Me alivia comprobar que tiene el mismo aspecto que en sus fotos de Facebook. Cuando me tiende la mano, veo que su sonrisa es tan nerviosa como la mía. En persona, es más evidente que en las fotografías de Facebook que tenemos la misma forma de ojos y de labios y los mismos hoyuelos. Todo lo que quería decirle y que me he pasado el día ensayando se me va de la cabeza porque el instinto me dice que acabo de conocer a mi hermanastro.

—¿Te pido algo? —me pregunta y yo declino educadamente el ofrecimiento.

Deja una cartera de piel encima de la mesa y yo lo escudriño mientras espera junto a la barra. De repente, me avergüenzo de mí misma por los pensamientos indecorosos que tuve sobre él antes de que me diera la noticia.

Vuelve a la mesa con un vaso y una botella de limonada, y se sienta enfrente de mí.

—¿Has encontrado fácilmente el pub? —le pregunto, sin saber bien por qué le pregunto eso con todo lo que tenemos que hablar.

—Sí, he puesto el GPS.

—¿Dónde has aparcado?

—En el aparcamiento del Grosvenor Centre.

—Espero que hayas apuntado en qué planta estás, porque luego es una pesadilla intentar encontrar el coche.

Me enseña el móvil. Ha hecho una foto de la pared en la que se ve pintado «4B». Yo habría hecho lo mismo.

La verdad es que no sé qué más decir, pero tampoco tengo que preocuparme porque habla él.

—Esto es como una cita a ciegas, ¿verdad? —dice, y se ruboriza—. Tampoco es que yo haya tenido nunca una cita a ciegas con mi hermana — añade.

«Nadie me ha llamado nunca eso.» Creo que me gusta cómo suena.

—¿Qué te hace pensar que estamos emparentados? —le pregunto.

—Mis padres siempre han sido sinceros conmigo desde que tengo uso de razón —contesta—. Por eso siempre he sabido que era adoptado.

—¿Adoptado? —repito.

—Sí. Pareces sorprendida.

«Entonces, tanto a su madre como a la mía las abandonó el mismo hombre.» Si no era bastante con que nos uniera la sangre, ahora nos une también este abandono compartido de nuestro padre. De pronto siento la necesidad irresistible de abrazar a Bobby, pero me contengo. Quiero preguntarle por qué me ha buscado a mí antes que a sus padres biológicos. Salvo que ya los haya encontrado y no hayan querido saber nada de él… Pero seguro que enseguida hablaremos de eso.

Continúa contándome más cosas de su vida. Su familia se mudó a Leicester cuando él era un bebé, tiene dos hermanos mayores y una hermana que no son adoptados y fue un estudiante corriente aunque excepcional en Lengua. Me cuenta que siempre quiso ser periodista y que está ahorrando para viajar por el mundo.

Me pregunta por mi vida y yo le cuento cosas sueltas, que, la verdad, son pocas y dispersas. Parece tan interesado en lo que cuento como yo en lo que cuenta él. Ha conseguido ya mucho más que yo. ¿Puede uno sentirse orgulloso de alguien a quien acaba de conocer?

Mientras habla, me vienen recuerdos fugaces de papá. Por primera vez, poseo un fragmento de la vida que ha llevado lejos de mí. Me pregunto cuántos más seremos, cuántos hermanastros habrá ido dejando por ahí. Podríamos cruzarnos por la calle y no tener ni la más remota idea de que somos de la misma sangre. Quiero saber lo que ha averiguado Bobby de él.

—He pensado mucho en papá a lo largo de los años —empiezo—. Muy a mi pesar, aún lo echo de menos. ¿Has intentado alguna vez encontrarlo? ¿Sabes si todavía vive?

Me mira perplejo.

—¿Papá? —pregunta.

—Sí —digo—. Debió de tenerte más o menos cuando nos dejó a mamá y a mí.

—No tengo ni idea de quién es mi padre —responde, y ahora soy yo la que se queda de piedra.

—Entonces, ¿qué parentesco tenemos?

—Somos hijos de la misma madre.

Me aparto.

—¿La misma madre? —repito—. Me parece que ha habido algún error. Tú y yo somos hijos del mismo padre, no de la misma madre.

—Según mi partida de nacimiento, no.

—Eso es imposible.

—Échale un vistazo, por favor.

Mete la mano en la cartera y saca un sobre acolchado marrón repleto de documentos. Hurga entre ellos hasta que encuentra el que busca. Es una partida de nacimiento expedida en Northampton. Donde pone NOMBRE DEL PADRE, dice DESCONOCIDO, pero en el de la madre aparece Margaret Simmonds. También coincide la fecha de nacimiento de mamá, pero su ocupación está en blanco.

—No puede ser —digo.

Bobby asiente con la cabeza.

—La busqué en el censo electoral y la encontré aquí, en Northampton, y descubrí que también tenía una hija que aún vive con ella. Luego miré un poco en Facebook y te encontré a ti porque no sabía si abordar a Margaret o no. Lo siento. Esto debe de ser un golpe para ti.

—Bobby —le digo con firmeza—, si mi madre hubiera estado embarazada y hubiera tenido otro bebé, yo me acordaría. No es algo que se pueda ocultar.

Luego pienso en cómo se lo oculté yo a mi madre hasta el día en que me puse de parto prematuramente. ¿Me podría haber ocultado una cosa así? A fin de cuentas, debió de ser cuando mi mundo se derrumbó. Entonces me acuerdo de lo que me dijo el médico la semana pasada sobre los antidepresivos que pensaba que había estado tomando por esa época. No sería capaz de drogarme para ocultarme que estaba embarazada, ¿verdad? No, eso es absurdo.

Pero, cuando vuelvo a mirar la fecha de la partida de nacimiento, se me abre un boquete en las entrañas. La fecha de nacimiento de Bobby coincide con una que jamás olvidaré. Entonces caigo en la cuenta de que no he mirado el nombre que le pusieron en el certificado. Al leerlo, se me sube el estómago a la boca como si me hubieran lanzado desde lo alto de un rascacielos: Dylan Simmonds.

—¿Dylan? —digo con un aspaviento.

—Sí —contesta—. Bobby es un apodo que tengo desde niño, por mi nombre de pila. Ya sabes, Bob Dylan.

¡Qué equivocados estábamos los dos! Bobby no es mi hermanastro. Bobby es Dylan. Y Dylan es mi hijo, no la hija perdida por la que he suspirado todos estos años.

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Capítulo 47

NINA

HACE DOS AÑOS

 

No sé cómo procesar tantas emociones. Nunca había estado tan confundida, furiosa y eufórica, todo a la vez. A menos que esto sea un fraude rebuscado y cruel y la partida de nacimiento de Bobby sea una falsificación, la hija a la que he llorado veintidós años jamás existió. Lo que nació, en realidad, no fue una ella, sino un él, y ese él está vivito y coleando. El bebé que mi madre me dijo que había nacido muerto no era tal cosa. ¿Cómo le encuentro sentido a todo esto?

Llego a casa y cierro la puerta de la calle con todo el sigilo posible. Necesito ordenar un poco mis ideas antes de plantarle cara a mamá. Pero me ha oído.

—¿Eres tú, Nina? —me dice desde la cocina.

—Sí —contesto, apretando la mandíbula.

—Llegas tarde.

—Una de las entregas se ha retrasado —miento.

Oigo ruido de platos y el agua que corre.

—Queda un poco de estofado si tienes hambre. Lo tienes en la olla de cocción lenta —me dice—. Ah, y también tienes crumble de manzana en la nevera. Caducó ayer, pero aún se puede comer.

Me habla en un tono ligero y casi melódico, como si no hubiera pasado nada anormal, como si todo fuera de lo más corriente. Y en su mundo así es. Pero el mío está patas arriba y destripado. Me han hecho cosas de las que no tenía ni idea y me siento tan frustrada y aislada que siento ganas de hacerme daño solo para aliviar el dolor.

Solo de oírla ya me dan ganas de gritar, de darle un bofetón. Tengo que contenerme. Necesito hechos puros y duros para decidir qué hacer a continuación. Necesito volver al punto de partida.

La veo de pronto, secándose las manos enjabonadas en el delantal. Ahora la miro con otros ojos.

—¿Qué demonios pasa? —me pregunta.

—¿Por qué?

—Estás blanca como el papel. ¿Estás incubando algo?

—Me está empezando una migraña.

—Ay, cariño —dice—, si hacía años que no tenías una. ¿Qué la ha provocado?

—Seguramente las tiras de luz del sótano de la biblioteca. Hoy he estado mucho rato ahí abajo.

—¿Te has tomado algo para el dolor? Tengo aspirinas en algún lado…

Me da la espalda y se acerca al armarito donde guarda todas las medicinas. Dentro hay una estantería repleta de cajitas y frasquitos. Tiene una farmacia en casa.

Tengo que reprimir la rabia que me inspira ahora mismo. No me costaría mucho agarrar el primer objeto que vea, como el calentador de agua, y atizarle con él en la nuca.

—Sí, me he tomado unas pastillas —contesto—. Me voy a echar un rato.

No espero a que me conteste y subo corriendo las escaleras por miedo a lo que podría hacer si me quedo a solas con ella más tiempo.

En cuanto estoy al otro lado de la puerta cerrada de mi cuarto, por fin dejo de apretar los puños. «Pobre Bobby —pienso—, ¡lo confundido que debe de estar ahora mismo!» Antes, cuando me he dado cuenta de que podía estar sentada al lado de mi hijo y no de mi hermanastro, me ha entrado el pánico, me he excusado y me he ido sin más explicaciones. Era demasiado para digerirlo de golpe. Le he prometido que no era por nada que él hubiera hecho o dicho y que hablaríamos pronto, pero que me tenía que ir. Ni siquiera le he dado la oportunidad de contestar antes de salir corriendo del pub. Se lo explicaré todo en cuanto lo tenga claro yo.

Cuando salí del aturdimiento tras la muerte de Dylan, casi todas las cosas de mi vida anterior habían desaparecido de la casa.

—Tienes que empezar de cero —me comunicó mamá—, así que me he llevado las cosas que podían disgustarte.

Con «las cosas» se refería a fotos, ropa y música. Había tirado a la basura como si nada mi vida entera, pero yo aún estaba demasiado frágil para discutir con ella. Estaba haciendo lo que más me convenía… o eso pensé yo.

Sin embargo, se le escapó algo, algo que me encontré por casualidad muchos años después: un folleto de un concierto de The Hunters al que había prometido a Jon que iría. A pesar del atontamiento, recuerdo aquello claramente porque fue la tarde que me puse de parto y, a pesar del miedo y del dolor, no dejaba de pensar en lo decepcionado que estaría Jon de no verme allí. El folleto estaba metido entre las páginas de Cumbres borrascosas, mi novela favorita de adolescente. Abro el libro y veo que sigue ahí, una hojita con un pliegue en el centro y una foto del grupo. Me detengo a estudiar la imagen de Jon. El parecido entre padre e hijo es sutil, pero desde luego está ahí.

Pensé que mamá estaba dando prioridad a mis sentimientos cuando se

llevó corriendo a mi criatura antes de que pudiera siquiera verla. Pero ahora sé por qué. No quería que oyera las primeras respiraciones ni el llanto de mi bebé. Ya tenía pensado dar a su nieto en adopción. Tengo la cabeza abarrotada de preguntas que quiero hacerle. Sé que no me dará respuestas, así que voy a tener que encontrarlas en otro lado.

Como los datos del registro civil son públicos, pedir una copia de la partida de nacimiento de Bobby por internet ha sido muy sencillo y me ha llegado en dos días. Así he sabido que la que él me enseñó era auténtica. Se llama Dylan Simmonds, nació el día en que yo di a luz y Maggie figura como su madre. Hace veintidós años no debió de ser capaz de prever el alcance de internet ni lo pequeño que harían el mundo las redes sociales.

—Hay un sobre para ti en la mesa del comedor —me dice mamá.

—Gracias —contesto y lo cojo para inspeccionarlo de cerca.

Es blanco, como de centímetro y medio de grueso y, como pedí, no lleva ningún sello del consultorio. Solo he tardado cinco días en recibir una copia impresa de mi historia médica. Mamá se queda por allí como si esperara que le vaya a decir lo que contiene. No lo hago.

No le he contado nada de lo que he averiguado hasta ahora, pero todo el tiempo que paso con ella me muevo por inercia y estoy cada vez más cerca de mi límite de tolerancia. Me encuentro al borde del precipicio y no hará falta mucho para que caiga por él. Y, cuando eso ocurra, no habrá vuelta atrás para ninguna de las dos, de eso estoy segura.

Cierro la puerta de mi cuarto y abro el sobre. Se me sale el corazón del pecho mientras leo cada página, toda mi vida documentada desde mi nacimiento hasta mi reciente solicitud de antidepresivos. Allí figura todo, desde el sarampión hasta las paperas y la neumonía. Todo salvo la razón por la que he pedido este expediente.

El doctor Kelly tenía razón: aquí dice que entre los catorce y los dieciséis años no fui al médico. ¿Las visitas a domicilio que, según mamá, me hizo el doctor King? No hay constancia de ellas. ¿Su prescripción de antidepresivos? No se menciona. ¿Mi crisis nerviosa? Ni una palabra. Es como si yo me hubiera inventado un capítulo entero de mi vida. Hasta compruebo la numeración de las páginas para asegurarme de que no se ha quedado ninguna en la impresora del consultorio. ¿Le estaría haciendo el doctor King un favor a mamá tratándome extraoficialmente? Si fue así, ¿con qué fin? No puedo preguntárselo a él porque hace años que murió. Solo mamá sabe la verdad.

Otra de las muchas cosas que no entiendo es por qué Dylan nació sanó cuando yo soy portadora de la anomalía genética que produce la holoprosencefalia. Retrocedo unas páginas para buscar el diagnóstico, pero no lo encuentro por ninguna parte. Vuelvo al principio del todo porque estoy segura de que mamá me dijo que me habían hecho las pruebas a los siete años, pero no se menciona. Entiendo que los especialistas o mis padres informarían a mi médico de cabecera. Algo tan importante debería estar documentado.

Cojo el móvil y, por primera vez, busco holoprosencefalia en Google. Hace muchos años que no pienso en la enfermedad. La última vez que la busqué fue en una revista médica, en la biblioteca, cuando estaba embarazada de Dylan y quería saber más sobre lo que podía esperar, solo que, al ver las fotografías de bebés desfigurados, no pude seguir leyendo. Ojalá hubiera seguido, porque, de haberlo hecho, habría sabido antes que mamá es una mentirosa. Aquí dice que la holoprosencefalia no se transmite de padre a hija ni es genético. No se sabe bien por qué ocurre. Es una enfermedad para la que no se pueden hacer pruebas. De hecho, es tan inusual que solo la sufren cinco bebés al año en todo el mundo. Las posibilidades de que yo la tenga son de menos de una entre mil millones.

Pienso en el rinconcito del jardín donde mamá me dijo que había enterrado a Dylan y en todo el consuelo que me ha proporcionado visitarlo todos estos años, pero las lágrimas que he derramado allí por mi criatura han sido en vano. No lloraba sobre una tumba, sino sobre un lecho de flores. Todo este tiempo, Dylan estaba vivo y a sesenta kilómetros de mí, con otra familia.

«Quizá debería darme un tiempo para digerir esto», me digo. Pero no puedo. Ya he malgastado mi vida bastante para demorarlo más. Según el reloj despertador de la mesilla son solo las 19:40; tengo que esperar un par de horas para poder actuar. Mamá suele acostarse a las 21:30 y los potentes somníferos de los que depende tardan una media hora en dejarla fuera de combate. Entonces me pondré manos a la obra.

De pronto caigo en la cuenta. Tengo lo que siempre he querido: un hijo. ¡Soy madre! Sonrío por primera vez en días, luego me obligo a reprimirme. Ya habrá tiempo de sobra para disfrutar de esto más adelante.

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Capítulo 48

 

NINA

HACE DOS AÑOS

 

Cuando oigo respirar profundamente a mamá al otro lado de la puerta del dormitorio, comienza mi búsqueda de la verdad sobre quién soy en realidad y qué me ha pasado. No se puede dar a un niño en adopción sin dejar un rastro burocrático considerable. Necesito pruebas puras, duras, legales e irrefutables de lo que me ha hecho mi madre. Si ha sido sensata, lo habrá destruido todo, pero teniendo en cuenta su obsesión por guardarlo todo, albergo la esperanza de que se haya dejado algo.

Con la linterna del móvil, me cuelo en su cuarto caminando de puntillas por la moqueta. Le registro los cajones de la cómoda y el armario, aunque dudo que vaya a ser tan fácil. Como era de esperar, no encuentro nada incriminatorio ahí ni en los dos cuartos vacíos, tampoco en el aparador del comedor ni en el secreter del salón. Cuando termino en la cocina con las manos vacías, todas mis esperanzas están puestas en el sótano.

Pulso el interruptor de la luz y empiezo a bajar las escaleras de hormigón. No recuerdo la última vez que tuve un motivo para bajar aquí. Es un espacio inmenso del tamaño de toda la planta baja de la casa. Unas de las primeras cosas que hizo papá cuando nos mudamos aquí fue pedir que lo forraran con un aislante hidrófugo, que hicieran toda la instalación eléctrica y enyesaran las paredes. Iba a ser «su espacio», pero no llegó a poner la mesa de billar que siempre había querido. Ahora no es más que un vertedero de nuestra historia familiar y está atestado de porquerías. No sé por dónde empezar.

Lo inundan montones de objetos y mesas y sillas viejas que mamá no ha tirado. Hay conjuntos abandonados de muebles de jardín rotos, dos de mis viejas bicis, estanterías repletas de botes de pintura medio vacíos y una secadora rota. Aun así, encuentro extrañamente reconfortante verme entre tantas cosas que me recuerdan a mi infancia. Aquí abajo me siento inmune a lo que me pueda sobrevenir arriba.

Me pongo manos a la obra, revisando decenas de cajas de cartón. Ninguna está etiquetada, así que hasta que no retiro la cinta de embalar marrón y levanto las solapas no sé qué hay dentro. Algunas llevan carpetas de documentos, pero son solo facturas y extractos bancarios. Otras contienen ropa pasada de moda de mamá, mis notas del colegio y las suyas y antiguos rollos de papel pintado a medio usar.

Una caja llena de cuadernos de ejercicios míos del colegio me distrae y saco uno al azar para hojearlo. Me detengo en una redacción que mi yo de ocho años tuvo que hacer sobre dónde esperaba estar a los treinta años. Mis ingenuas aspiraciones me hacen sonreír. Por entonces, lo único que quería era casarme con George Michael, que viviéramos juntos en una casa a la orilla del mar y cuidar ponis enfermos. Mi búsqueda corre el peligro de convertirse en un recorrido nostálgico por el pasado cuando me topo con un montón de cajas de viejos juguetes míos: las Barbies y los Kens, las Sylvanian Families, los Beanie Babies y los juegos de mesa me traen recuerdos olvidados hace tiempo. Hay una casa de muñecas de tres plantas con la que solía jugar. Saco de la cocina una de las tres figuritas de madera que constituyen la familia perfecta; lleva un trajecito azul marino y un maletín en la mano y yo le pinté una sonrisa roja en la cara con rotulador. Caigo en la cuenta de que también yo me he estado pintando la sonrisa casi toda mi vida adulta.

Me pregunto por qué mamá no habrá tirado nunca nada de esto. A lo mejor es su forma de aferrarse a un pasado al que ansía volver, un pasado en el que estaba felizmente casada y era madre de una niña que aún no había perdido la inocencia.

Se me hace un nudo en la garganta cuando me topo con una caja de recuerdos que me hizo mi padre. Dentro hay pósteres y letras de canciones de Smash Hits, postales, tarjetas de cumpleaños y otras cosas sueltas. Cojo objetos significativos de las otras cajas que tengo delante y los meto en la de papá. Ojalá pudiera quedarme aquí, en mi mundo adolescente, y no salir nunca, pero tengo una misión.

No sé ni qué hora es hasta que la veo de refilón en el reloj: es más de la una y media de la madrugada, llevo horas aquí abajo y no estoy más cerca de desvelar la hondura de las mentiras de mamá. Pasa otra hora y más cajas todavía hasta que ya no queda nada que registrar. Me siento en un viejo taburete de madera con la cabeza apoyada en las manos, derrotada y frustrada por el fracaso. El único sitio donde no he mirado es en el cobertizo del jardín, pero estoy convencida de que, si hubiera documentación allí, la habría visto en el transcurso de estos años.

Me levanto y suelto un bostezo larguísimo. Estoy agotada, pero dudo que vaya a poder dormir esta noche con tantas preguntas sin respuesta. Cuando vuelvo a la escalera, veo unos objetos tapados con un guardapolvo en un lugar apartado del hueco de la escalera. Intrigada, retiro el guardapolvo; debajo hay seis maletas de pie y la bolsa de golf de papá, que me pone la carne de gallina. Leo las etiquetas de cartón atadas con un cordel a las asas de las maletas. A duras penas distingo su nombre y el de mamá escritos con la letra de papá en tinta ya descolorida. En las asas también hay etiquetas de equipaje de aeropuertos españoles, franceses y alemanes, todas de sitios en los que yo no he estado y a los que debieron de ir cuando yo aún no había nacido. A veces olvido que tuvieron una vida antes de mí. Todas las maletas llevan candado, pero se rompen fácilmente de un taconazo. Tumbo la primera en el suelo, suelto los cierres laterales y la abro.

Dentro hay montones de cajas de color rojo y blanco de un medicamento, todas iguales, por lo visto. Cada caja lleva una etiqueta mecanografiada con el nombre y la dirección: cuatro nombres y direcciones de desconocidos que se repiten una y otra vez. Me lleva tiempo, pero las examino todas: la más antigua es de julio de 1995 y la más reciente de mayo de 1996. Los últimos paquetes aún están sin desprecintar. Las etiquetas indican que provienen de siete farmacias diferentes de distintas partes de la ciudad.

Me saco el móvil del bolsillo y busco el nombre en Google:

Moxydogrel. Se trata de un medicamento retirado del mercado. Leo la entrada de la Wikipedia:

El Moxydogrel es un sedante que empezó a comercializarse en 1993 solo con receta y estuvo disponible únicamente hasta 1996. Desarrollado inicialmente para su uso a largo plazo en adultos con problemas de conducta y ansiedad incapacitante, servía para mantener a los pacientes sedados y en un estado menos agresivo

y más pacífico y manejable. Usado de forma prolongada, podía producir largos períodos de inactividad, pérdidas de memoria y docilidad.

Suelto una respiración que no era consciente de estar conteniendo y miro la caja desde todos los ángulos. «Lo estaba utilizando conmigo», digo en voz alta, incrédula. Mamá debía de estar robando blocs de recetas del trabajo, prescribiendo el medicamento a nombre de distintas personas y pidiendo que se lo dispensaran en diferentes farmacias. Por eso en mi historia médica no aparecen los antidepresivos: no me los habían recetado. Este Moxydogrel es la razón por la que casi toda la época posterior al nacimiento de Dylan es una nebulosa para mí. Me estaba drogando.

Vuelvo al móvil y sigo leyendo en la página web cuando me llaman la

atención las palabras «efectos secundarios».

El Moxydogrel se retiró del mercado mundial en noviembre de 1996, cuando se descubrió que un uso prolongado puede producir menopausia precoz e infertilidad en ambos sexos. Se desconoce cuántas víctimas del medicamento ha habido, aunque se ha indemnizado extrajudicialmente a varias de ellas.

«Infertilidad. Menopausia precoz.»

Me repito esas palabras una y otra vez, solo para asegurarme de que la mezcla de lo tardío de la hora y el estrés de los últimos días no me están trastornando. No quiero creerlo, así que lo aparco para procesarlo después.

Estoy a punto de cerrar la maleta cuando veo que una de las cajas es distinta a las demás. Se llama Clozterpan. Recurro de nuevo a internet para averiguar que se trata de un medicamento empleado para provocar el fin de una gestación. «Ayuda a la usuaria a abortar en casa». Mamá debió de dármelo la primera vez que me quedé embarazada. No fue la naturaleza la que me hizo perder el bebé, sino ella.

No sé bien qué hacer ahora, así que me siento en el suelo, atónita. Mamá no solo asesinó a mi primer bebé, sino que dio en adopción al segundo y luego me dejó estéril. Las lágrimas me caen sin control por toda la cara.

El nubarrón que llevo encima me engulle entera. No quiero seguir aquí abajo. No me gusta la verdad porque duele demasiado. Estoy lista para subir a gatas los dos tramos de escaleras, encerrarme en mi cuarto y no volver a salir jamás.

Sin embargo, saco fuerzas de flaqueza para continuar. Rompo el candado de otra maleta y dentro encuentro ropa de adulto y sobres marrones con documentación. Esto es lo que he estado buscando: carpetas y documentos relacionados con Dylan. También hay otra copia de su partida de nacimiento.

Leo el resumen del informe de un trabajador social sobre Dylan y

mamá.

Tras varias reuniones en su casa, Margaret ha dejado claro que su hijo no es un bebé esperado ni querido. Rechaza firmemente la oportunidad de reunirse con él y explica que está casada pero el niño es el resultado de una relación extramatrimonial. Su marido trabajaba fuera y ella no quería que se enterara. Pese a nuestro esfuerzo, continúa decidida a no ver al niño y no quiere replantearse la posibilidad de quedárselo.

Por la fecha del informe, todas estas reuniones y charlas se estaban produciendo a solo unos metros de mí mientras yo estaba drogada e inconsciente arriba.

Quedan dos maletas más que no me apetece abrir. Me alivia descubrir que están llenas de ropa vieja. Dentro se amontonan vaqueros, camisetas, ropa interior, calcetines y abrigos mohosos hechos un revoltijo, como si los hubieran metido ahí con prisa. Hurgo entre las prendas y encuentro más de una decena de sobres blancos con mi letra. Van dirigidos a mi padre y llevan sello pero no hay marcas postales. Todas las cartas que escribí y que mamá me dijo que había enviado no salieron jamás del sótano.

Estoy a punto de cerrar la quinta y última maleta cuando caigo en la cuenta de que solo contienen ropa de hombre. Y entonces me fijo en una prenda de abrigo. Es una cazadora vaquera que papá se ponía mucho. Recuerdo el parche del codo, que se le enganchó en una valla metálica y mamá le arregló con aguja e hilo. Ahora ya me lo imagino vestido con alguna otra de estas cosas, como las Adidas y las corbatas de trabajo. Por último, en el bolsillo de un abrigo, encuentro su pasaporte y su cartera. Dentro hay sesenta y cinco libras en billetes que ya no son de curso legal, sus tarjetas de crédito caducadas y su carné de conducir. No tiene sentido. ¿Por qué se dejaría todo esto aquí cuando desapareció? ¿Incluso sus palos de golf? Uno no deja su vida por otra sin llevarse algo consigo.

Entonces lo entiendo.

¡A menos que papá nunca nos abandonara!

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Capítulo 49

NINA

HACE DOS AÑOS

 

Siento escalofríos por todo el cuerpo y apoyo las manos en el suelo para no venirme abajo. Inspiro hondo, pero se me empieza a nublar la vista y los colores de mi alrededor se convierten en tonos de negro y rojo. Aprieto los puños y hago todo lo posible por no perder la consciencia.

Al final me pongo en pie y, temblando aún, subo la escalera agarrándome fuerte a la barandilla hasta que llego a la cocina. El reloj digital del horno marca las 3:39 y será de día en cuanto me descuide. Sin apagar la linterna del móvil, abro la puerta de servicio, cerrada con llave, y salgo afuera. Todo está en silencio y no hay ni una pizca de luz de luna que me ilumine el camino que conduce al parterre del fondo del jardín.

Crujen bajo mis pies las conchas de caracol hasta que llego a mi santuario, el lugar al que he estado viniendo durante más de veinte años a llorar la pérdida de Dylan. Desde que descubrí que mi hijo no había muerto, he dado por hecho que este parterre estaba vacío. Ahora rezo para que así sea.

Agarro una pala del cobertizo, dejo el móvil en el suelo y me pongo a cavar. La adrenalina me corre por el cuerpo y voy soltando una palada detrás de otra de flores y tierra sobre el césped. Cada vez que la herramienta topa con algo que no es tierra suelta, echo un vistazo de cerca y me alivia ver que no es un hueso. Me cae el sudor por la cara y me arden los músculos sin tono muscular de los brazos según voy cavando más y más hondo, más y más ancho, hasta que me veo metida hasta las rodillas en el hoyo.

Y entonces ocurre. La pala hace un ruido sordo y no entra más; sé que ya no es tierra lo que tengo bajo los pies. Ilumino el hoyo con la linterna. Me he topado con una fibra marrón que, al tocarla con los dedos, veo que es el relleno de un edredón. Está casi todo podrido y va dejando plumas marrones, como las alas de un ángel caído.

Me llevo una mano embarrada a la boca, dejándome una película de porquería en los labios. Necesito ver con mis propios ojos lo que hay dentro de ese tejido y espero con toda mi alma que no sea lo que pienso, que no sea otra cosa más que mi madre me ha arrebatado. Acuclillada, me armo de valor, arranco la cinta que sujeta los restos del edredón y lo abro. La linterna me permite vislumbrar un color pálido y algo que me resulta familiar: las llaves de papá. Van en un llavero con mi foto del colegio dentro que le regalé por el Día del Padre. Las sostengo un instante y luego me las guardo en el bolsillo.

Sé lo que voy a encontrar a continuación, pero no consigo mentalizarme. Aparto la tierra y las piedras con las manos hasta que puedo distinguir lo que estoy viendo: la caja torácica de un adulto. Me encuentro plantada sobre el cadáver de mi padre desaparecido.

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Capítulo 50

NINA

 

Me asomo a su cuarto y me encuentro a Maggie tumbada de lado en la cama, mirando hacia la tele, aunque dudo que la esté viendo. Tiene la cabeza en otro sitio.

Sé lo que ocupa sus pensamientos porque es lo único que tengo en mente yo también. De momento, he dejado de verla solo como el enemigo y la veo como a mi madre anciana y vulnerable. Me incomoda que se me nuble así el juicio.

Cuando saludo, la sobresalto y frunce el ceño.

—No te esperaba —dice—. Cenamos juntas ayer.

—Ya —contesto—, pero mira… —Levanto una bolsa del súper que llevo y la mira fijamente, sin saber qué reacción espero de ella—. Hazme sitio —le digo, y ella se incorpora. Vacío sobre el edredón el contenido: hay al menos una decena de paquetes y cajas. Se pone las gafas recién arregladas y las va cogiendo una por una, leyendo cada etiqueta—. He estado buscando en internet tratamientos y terapias alternativos para el cáncer de mamá —le explico—. No tenía ni idea de que hubiera tantísimas opciones distintas. —Empiezo a leer en voz alta—. Camomila, ácido graso Omega-3, probióticos, hierba de San Juan, jengibre… En montones de páginas se sugieren cosas similares, así que algo tendrán.

—Aún no tengo un diagnóstico —dice.

La ignoro.

—Un estudio de la Universidad de Colorado indica que la equinácea, el ajo, la cúrcuma y la linaza pueden ayudar, así que voy a empezar a cocinar más con esos ingredientes. Además, te he comprado un termo que te llenaré de agua caliente para que puedas beber té verde, que tiene muchos antioxidantes.

Maggie no se muestra tan entusiasta como yo; le veo el escepticismo en los ojos.

—Nina —dice con vacilación, pero yo la interrumpo.

Sé lo que me va a decir. Como ha trabajado media vida en ese consultorio, le han lavado el cerebro para que crea que los medicamentos fabricados por el ser humano son la solución a todo. No es así. No está al tanto de los enormes progresos que se han hecho en naturopatía. Debo convencerla de que tenga una mentalidad abierta.

—Me vas a decir que no crees en estas cosas, pero no pierdes nada probándolo, ¿no?

—No, pero…

—He fotocopiado unas recetas de un libro que he encontrado en el trabajo y que se titula Cocina para enfermos de cáncer. Lleva cantidad de sugerencias y, en el descanso de la comida, he hecho la compra por internet y he pedido montones de productos frescos orgánicos de Waitrose que nos traerán mañana por la noche. Se supone que la vitamina D también es buena, así que este fin de semana, si hace sol, podríamos salir al jardín trasero un rato… —Abre un poco los ojos ante la propuesta y me arrepiento enseguida. Ha sido una sugerencia espontánea. Me he dejado llevar. No lo he pensado bien, sobre todo estando Elsie al lado. Supongo que podría llevarme a Maggie al fondo del jardín, que está más recogido y no la vería nadie—. He estado leyendo estadísticas sobre los bultos en el pecho — añado—. Un ochenta por ciento no son malignos, así que es muy probable que el tuyo no sea más que un quiste o tejido graso.

—Nina —repite, con mayor rotundidad esta vez, como hace cuando no le hago caso. Funciona y dejo de hablar—. Ya conoces el historial de nuestra familia —dice—. Sabes que este tipo de cáncer puede ser genético. Lo llaman «alteraciones genéticas hereditarias». Tengo más o menos la misma edad que cuando mi madre y mi abuela murieron exactamente de lo mismo; por eso sé que las probabilidades de que este bulto sea maligno son mucho mayores que las del resto de las mujeres. También sé lo elevados que son los índices de supervivencia cuando se pilla a tiempo. Si es cáncer, no se va a evaporar con unas cuantas comidas sanas y unas vitaminas. Pero para poder tomar una decisión, necesitamos un diagnóstico profesional.

—La medicina homeopática lleva usándose miles de años —replico—. Los nativos americanos siempre han usado setas, hierbas, líquenes y demás para tratarse.

Alarga la mano para tocarme el brazo, pero yo me aparto antes de que me roce. No entiendo por qué no es más receptiva y me está empezando a fastidiar. Lo debe de haber notado, porque echa otro vistazo a lo que le he traído.

—Gracias —dice—. Te lo agradezco de verdad.

Muy en el fondo, me dan ganas de estrecharla contra mi pecho para que podamos llorar juntas. Lo descarto. Han pasado demasiadas cosas para que eso ocurra. En lugar de ello, me yergo, me levanto y vuelvo a guardar todas las cajas en la bolsa.

—Te aviso cuando esté lista la cena —digo y, por el rabillo del ojo, la veo asentir con la cabeza.

Le dejo la puerta abierta y bajo las escaleras, recordándome una vez más que está encerrada ahí arriba por algo. No puedo dejar que este problema de salud eclipse todo lo que me ha hecho antes, pero no estoy dispuesta a perder a otro ser querido.

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Capítulo 51

MAGGIE

 

Creo que nunca he sido verdaderamente consciente de lo mucho que echaba de menos un buen baño hasta que me privaron de ese lujo. Nina solo me permitía llenar la bañera con agua tibia y bañarme dos veces por semana, pero ahora que me deja llevar la cadena larga, no solo puedo usar el váter en vez de un cubo, sino volver a utilizar mi querida bañera cuando me apetezca.

He empezado a darme baños por las mañanas después de que Nina se vaya al trabajo, con tanta agua caliente como quede en el calentador después de que ella se haya duchado abajo. Como medida de precaución, no suelo preparármelo hasta que la veo desaparecer por la calle. Tampoco es que me lo haya prohibido, de hecho, no me ha dicho ni una palabra al respecto, pero no quiero que me lo reproche en el futuro.

Mientras espero, arrodillada desnuda junto a la bañera, a que se llene, me vuelvo a mirar la comida y los medicamentos alternativos que me ha dejado para hoy en táperes a la puerta de mi cuarto. No puedo decir que no me haya decepcionado. Un puñado de almendras y unas bolsitas de té verde no me van a librar del bulto, pero un médico a lo mejor sí.

Me sumerjo en la bañera, con la pierna levantada y apoyada en el borde para no mojarme la cadena. Nina ha cambiado el gel de baño con perfume de naranja por uno que huele a lavanda y es mucho más agradable. Me tumbo, poniéndome una toalla doblada en la nuca a modo de cojín, y vuelvo a localizarme el bultito del pecho. A lo mejor espero un milagro y que se desvanezca misteriosamente de la noche a la mañana, pero no, claro.

Sinceramente, no sé cómo tomarme los remedios de Nina. En mi opinión, hay sitio, desde luego, para la medicina complementaria, pero junto a la medicina moderna, no en su lugar. He trabajado más de treinta años en un consultorio y he visto cómo las medicinas pueden alargar la vida y combatir el cáncer. Nina se agarra a un clavo ardiendo. Y no sé qué puedo hacer para que lo entienda.

Aún me sabe a ajo la boca del pollo a la Kiev de anoche. Demasiado sabor y me pregunto si, a partir de ahora, todas mis comidas van a saber así: repletas o cubiertas de alguna «cura milagrosa». Durante la cena, cada vez que me contaba algo que había leído en internet que podía ayudar, me daban ganas de agarrar el plato, estamparlo contra la pared y pedirle a gritos que se callara. Pero no lo hago, en parte porque no quiero ofenderla y en parte porque necesito tenerla de mi parte.

Me cuesta relajarme, así que salgo de la bañera y me seco, me meto un vestido por la cabeza y vuelvo a mi cuarto. Demasiado nerviosa para sentarme, me paseo por la habitación.

Mi futuro podría tomar tres rumbos (los he contado). El primero es que voy a salir de esta casa en una caja de madera. El segundo es que la voy a convencer de que deje que me diagnostique un profesional en condiciones y, si es necesario, me trate. Ahora mismo lo primero parece más probable porque Nina ha heredado muchos de los rasgos de su padre y uno de ellos es la cabezonería. El tercero es que me voy a ayudar yo misma. Hasta la fecha, todos mis planes de fuga se han visto frustrados, así que necesito uno más inteligente.

Mientras exploro las paredes, el suelo y el techo con una nueva perspectiva, me distrae la fotografía de Alistair que Nina pegó a la pared justo debajo del techo de mi cuarto. Con la cadena larga, ya no está fuera de mi alcance. En equilibrio sobre la otomana, le doy unos zarpazos. La arranco en dos tiras. La echo al váter y tiro de la cadena.

Me conozco hasta el último centímetro cuadrado del dormitorio, pero el baño no tanto. Miro alrededor. Ni siquiera sé lo que busco ni cómo me podría ayudar a salir de aquí, pero Nina ha sido precavida: ha desatornillado y retirado el espejo del armarito del baño y la pesada tapa de loza de la cisterna.

De pronto empiezo a llorar. No quiero morir a los sesenta y ocho. Si ha llegado mi momento, quiero que sea ahí fuera, no encerrada aquí. No quiero pasar los días que me queden replicando los últimos momentos de mi madre en su lecho de muerte del asilo, llorando una vida que no he tenido ocasión de terminar en condiciones.

Además, ¿de qué tendré que disculparme cuando llegue mi hora final? ¿Me arrepentiré de lo que he hecho o de lo que no he hecho en nombre del amor de madre? ¿Se me perdonará lo mucho que he decepcionado a mi hija, mi absoluta y puñetera ignorancia? ¿Cómo voy a pedir clemencia si de verdad creo que lo que hice era lo que debía hacer?

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Capítulo 52

MAGGIE

HACE DOS AÑOS

 

Algo me pesa muchísimo en la cabeza, me la hunde completamente en la almohada y me impide moverla. Intento levantar los brazos para incorporarme, pero tengo la fuerza de un bebé. Me llevo la mano despacio al cuero cabelludo para deshacerme de lo que me retiene, pero lo único que me noto es el pelo. Lo tengo apelmazado y grasiento al tacto. Entonces me doy cuenta de que la presión no viene de fuera, sino de dentro.

Me entra el pánico. Esto debe de ser lo que uno siente cuando le da un ictus: el corazón ha dejado de bombearme sangre al cerebro y se me van muriendo las neuronas. Necesito ayuda. Hago un esfuerzo por mover el cuello, que tengo tieso como un madero. Un dolor punzante me lo recorre por la izquierda, se propaga por la nuca y lo hace aún más insufrible. Quiero abrir los ojos, pero no es tan fácil. Al final, sendos conjuntos de pestañas se despegan y vuelvo a ver la luz, aunque me cuesta enfocar. Estoy completamente desorientada. Donde sea que me encuentre es un sitio gris y lúgubre, lleno de objetos que no puedo identificar. Poco a poco, me voy incorporando en la superficie sobre la que estoy tumbada, que es blanda al tacto, quizá se trate de cojines. No llego muy lejos porque cada centímetro me desata más punzadas en la cabeza. No tengo fuerzas para continuar.

Oigo una voz que sale de la nada y me alarma.

—Deja que te ayude. —Parece que venga de un casete reproducido a mitad de velocidad—. Dame los brazos, Maggie —prosigue y, de repente, sé quién es.

Nina está aquí, pero suena distinta.

—Gracias a Dios —mascullo, con la garganta seca y la voz quebradiza. Deslizo la mano por mi alrededor hasta que por fin topa con la suya—. Necesito una ambulancia.

Me suelta la mano y noto el calor que irradia de su cuerpo cuando se inclina sobre mí, me agarra por debajo de los brazos y me levanta hasta dejarme más o menos incorporada. El dolor de cabeza me cambia de lado y me obliga a inspirar hondo. Ojalá me hubiera dejado donde estaba.

Con los dedos, me separa los labios y me mete en la boca algo pequeño y de textura suave. Lo siguiente que noto es algo húmedo y frío pegado a la boca, y luego líquido que me chorrea por la barbilla.

—Toma un sorbo de agua y bebe —me dice Nina.

Me parece un esfuerzo monumental tener que pedirle otra vez que

llame a emergencias, así que hago lo que me dice sin cuestionarlo. Si está aquí conmigo, estoy a salvo. Así que vuelvo a cerrar los ojos, me quedo dormida y sueño con ella cuando era un bebé. Lo único que yo quería era a mi precioso bebé…

Vuelvo a estar apenas consciente, pero me revienta la cabeza como si me estuvieran despedazando el cráneo con un martillo neumático. Alargo la mano hasta que noto la de Nina y me calma de inmediato. Esta vez, cuando abro los ojos e inspiro hondo, el espacio que me rodea ya no huele a rancio. Me resulta familiar pero nuevo a la vez.

—Despacito —me aconseja Nina y me ayuda a incorporarme. Me echa la cabeza hacia atrás y la rigidez del cuello me hace llorar de dolor—. Abre los ojos un poco más —me dice, y noto que me los limpia con un paño húmedo y frío. Luego me escuecen dos gotas en cada uno de ellos—. Tranquila, te vendrán bien —añade Nina.

Con voz ronca le digo que me duele muchísimo la cabeza, y me ofrece una pastilla. Tengo la boca seca y trago agua de la botella como si acabara de encontrar un oasis en el desierto.

Al final se aguzan mis sentidos y me consuela ver que estoy en casa y en mi cuarto. Está más oscuro de lo habitual.

—¿Qué me ha pasado? —pregunto.

Nina entrelaza los dedos con los míos. Los suyos están calientes y los míos fríos.

—Moxydogrel —susurra.

—Moxy… ¿qué?

—Moxydogrel —repite.

Se hace el silencio y mi mente aturdida salta de un recuerdo medio hecho a otro intentando recordar de qué me suena la palabra. De pronto caigo en la cuenta y sé que me lo ha visto en la cara porque me clava los dedos en los míos como garras.

Me palpita el corazón tan fuerte como la cabeza y casi parece que se me vaya a salir del pecho.

«¿Qué sabe?»

Ya no quiero estar aquí; tengo que irme. Intento levantarme de la cama, pero Nina me tiene atrapados los dedos con tanta fuerza que, si me muevo una pizca, me los va a partir como si fueran ramitas.

«¿Qué sabe?»

Con la mano libre, me froto los ojos y le escudriño el rostro. Parece tranquila, pero sé que hay algo al acecho bajo la superficie porque lo he visto antes. Un distanciamiento que me resulta familiar. Somos como dos escorpiones, rodeándonos la una a la otra, con las colas venenosas hacia arriba y a la espera de que la otra ataque primero. Pero yo estoy demasiado débil para enfrentarme a ella, y lo sabe, porque ha sido ella la que me ha debilitado así.

«¿Qué sabe?»

Miro hacia la ventana y me confunde la ausencia de los visillos y que en su lugar haya unas persianas blancas. Tampoco hay moqueta y la tarima está al descubierto. El resto del dormitorio parece igual.

Al final Nina me suelta la mano y da un paso atrás. Bajo las piernas al suelo y me siento en la cama. Por primera vez, soy consciente de que llevo sujeto al tobillo algo pesado que me retiene. Levanto la pierna y veo una especie de grillete con cadena.

—¿Qué… qué me has hecho? —pregunto, con los ojos encendidos de miedo.

—Debería preguntarte lo mismo —me replica.

—Nina, me estás asustando. ¿Por qué haces esto?

Entonces se encoge de hombros y la sonrisa que me dedica es gélida como el Ártico.

—Dime tú la razón. Tienes donde elegir.

«¿Qué sabe?»

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Capítulo 53

 

NINA

HACE DOS AÑOS

 

Observo fascinada como los ojos aterrados de mi madre revolotean por el dormitorio intentando detectar lo que ha cambiado desde la última vez que estuvo en él, hace diez días. Le he dejado los muebles y la cama, pero me he llevado las comodidades. Ya no hay joyas en el joyerito de nácar del tocador, apenas hay maquillaje en el estuche, no hay bragas en los cajones ni zapatos en el armario. Pero todo eso ya lo averiguará por sí misma más adelante. Me ha costado mucho esfuerzo y organización durante las últimas semanas llegar a este momento y su reacción está haciendo que cada segundo del tiempo invertido merezca la pena.

Me han instalado ventanas nuevas con triple acristalamiento y cristales irrompibles en el descansillo, el baño y el dormitorio, y un carpintero me ha puesto unas persianas aquí dentro por las que Maggie puede ver el exterior pero nadie puede verla a ella. El obrero al que contraté no me preguntó para qué era la vigueta de acero que le pedí que insertara en el centro del suelo del dormitorio ni la argolla metálica que soldó a ella. La uso para enganchar las cadenas a medida de mamá que compré en una web fetichista alemana. Y a la mujer que me instaló el techo, el tabique y la puerta insonorizados del descansillo le dije que era para evitar que mi hijo, que es aficionado a tocar la batería, me volviera loca.

La víspera del comienzo de las obras de la casa, fue cuando, por primera vez, le eché a Maggie en la comida Moxydogrel, el mismo medicamento con el que ella me había drogado a mí hacía un montón de años. Dado que, según la fecha de caducidad estampada en el envase, las pastillas habían caducado hacía unos trece años, probé yo una primero y, al ver que me dejaba fuera de combate toda la tarde, supe que podía dárselas a ella. La tuve encerrada en el sótano hasta que los obreros terminaron su trabajo. Le puse pañales de adulto por si se hacía pis o caca estando inconsciente y me puse una alarma en el móvil para pasar a verla cada ocho horas y poder darle de beber, alimentarla a cucharadas con comida para bebé fácil de digerir y meterle más pastillas cuando despertara.

Llamé al consultorio para decirles que había pillado una especie de gripe y, cuando dos compañeras de trabajo se plantaron en casa con táperes de sopa casera y un ramo de flores, les dije que a Maggie acababan de llevársela al hospital porque por lo visto había sufrido un ictus. Las pruebas posteriores revelaron que podía haberle causado demencia vascular. Sus compañeras no volvieron a verla ni a saber de ella.

Más adelante dije en el consultorio, y a Elsie, la vecina, que la había llevado a casa de Jennifer, en Devon, para que se recuperara. Después me puse en contacto con Jennifer y repetí el diagnóstico, pero cambié la ubicación y le expliqué llorosa que no me había quedado otro remedio que meter a Maggie en una residencia.

Seguir: parte 2 de 5