Entre nosotras
Capítulo 42 NINA HACE DOS AÑOS
Capítulo 42
NINA
HACE DOS AÑOS
Estoy sentada en una de las salas de reuniones de la biblioteca, enredando con el móvil, cuando me entra otra solicitud de amistad en Facebook. Esa vez no la ignoro. Aparto el paquetito de mi almuerzo y la estudio con detenimiento.
La foto de perfil es la misma que la de la solicitud de ayer y pertenece a un tal Bobby Hopkinson. Miro a ver si tenemos amigos en común, pero no. ¿Por qué insiste tanto? Doy por sentado que me confunde con otra. Sin embargo, me puede la curiosidad y hago clic en el botón de confirmación; siempre lo puedo bloquear después si es necesario.
No soy usuaria habitual de las redes sociales. Me encargo del Twitter y el Facebook de la biblioteca, pero hago lo justo. De hecho, acepté la responsabilidad porque a nadie más le apetecía. En cuanto a mi cuenta de Facebook, la mitad del tiempo ni me acuerdo de que la tengo. La creé hace años por capricho y a veces me paso un mes entero sin mirarla. Alguna que otra vez espío a alguna de mis antiguas compañeras de colegio con la esperanza de que su vida se haya estancado como la mía, pero suelen tener el perfil repleto de fotos de maridos, niños, casas bonitas y vacaciones al sol. Entonces las bloqueo por si les da por contactar conmigo.
Echo un vistazo al perfil de Bobby. Vive en el condado vecino de Leicestershire, a unos cuarenta y cinco minutos de aquí. Miro a ver si se trata de un perfil falso, pero, si lo es, el que lo lleva se ha tomado muchas molestias, porque hay decenas y decenas de fotografías de él en álbumes que se remontan a 2011. Claro que también podría haberle robado la vida online a otro. Lo cierto es que podría estar cualquiera al otro lado de ese teclado. Se leen noticias de ciberestafas a todas horas. A lo mejor es un preso con acceso a un móvil, un asesino en serie o un estafador profesional que vive en la otra punta del mundo. Hoy tengo la paranoia exacerbada.
—Hola —me dice por Messenger.
«¡Qué imaginativo!», pienso yo.
Hago una pausa. ¿De verdad quiero entablar conversación con un desconocido? No tengo nada mejor que hacer durante los próximos quince minutos, hasta que llegue algún cliente, así que contesto.
—Hola.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—Bien, gracias. ¿Tú?
—Fenomenal. Soy Bobby, por cierto.
—Ya. He visto tu perfil.
—Ah, vale. —No tengo claro qué espera que le diga a continuación ni por qué le estoy contestando—. ¿Estás ocupada? —dice después.
—Estoy en el descanso de la comida.
—¿A qué te dedicas?
—Trabajo en una biblioteca. ¿Tú?
—Soy periodista.
—¿De qué medio?
—De un periódico de Leicester. Soy el jefe de redacción.
—¿Esta es una conversación de trabajo, entonces?
—No, no, qué va —contesta y añade un emoji sonriente. Vuelvo a echar un vistazo a su foto. A lo mejor no tiene intenciones ocultas y solo está siendo amable—. Probablemente debería dejarte en paz —dice—. Tengo una entrega urgente.
—Vale —respondo.
—¿Hablamos en otro momento?
—Claro.
—Genial.
Se despide con una X a la que no quiero verle ninguna connotación. Sin embargo, cuando vuelvo arriba, a la suite de negocios, me conecto y descubro que tiene perfil en Twitter y LinkedIn. También encuentro la foto con la que firma sus artículos en la versión electrónica del Leicester Mercury.
Esa noche, ya en casa, oigo a mamá abajo, cargando el lavaplatos mientras yo veo la tele en mi cuarto. Me entra otra notificación de un mensaje de Bobby en Facebook.
—¡Hola! —escribe.
—Hola —contesto yo.
No sé por qué, pero me complace volver a tener noticias suyas. Dudo que los antidepresivos me hayan hecho efecto ya en un solo día. Apenas los llevo en la sangre.
—¿Qué haces? —pregunta.
Y hablamos un rato de programas de televisión. A los dos nos gustan los dramones; tenemos el mismo gusto en películas de suspense, actores y actrices. La conversación es desenfada y fluida y me siento como si estuviera hablando con un viejo amigo. Repaso sus fotos, pero esta vez me fijo en si tiene media naranja. Sé que soy mayor que él y en sus álbumes aparecen sobre todo chicas de su edad. Su «situación sentimental» confirma que es soltero y no ha habido ninguna foto suya con el sexo opuesto en más de un año.
A pesar de tener gustos similares, también tenemos nuestras diferencias. Aunque no soy la fea del baile, tampoco soy la típica mujer que llama la atención a los hombres. Él es joven y atractivo mientras que yo soy del montón. Él lleva ropa de moda que refleja su edad y yo soy más de lo que aún me vale y que lleva en mi armario desde que Britney y Justin aún eran pareja.
Interrumpe nuestra conversación por el Messenger la voz de mamá que sube las escaleras.
—Estoy preparando un chocolate caliente para tomarme una taza antes de acostarme, ¿te apetece?
—No, gracias —contesto.
Niego con la cabeza. Mi madre me devuelve a la realidad. Me estoy engañando si pienso que a este Bobby puede interesarle alguien que aún vive con su madre. ¿Qué puedo ofrecerle yo? Cuando la conversación siga su curso normal y descubra lo lerda que soy, dejará de contestar a mis mensajes y me quedaré hecha una mierda. Así que ¿qué sentido tiene esto?
Tomo las riendas de la situación y apago el móvil por la noche.
Cuando me despierta la alarma del radiorreloj por la mañana y vuelvo a encender el móvil, ya tengo dos mensajes esperándome: uno es la continuación de la conversación que tuvimos Bobby y yo anoche sobre cine y el segundo es un alegre «¡Buenos días!» con un emoji de un sol sonriente.
—¿Te acostaste temprano? —me pregunta.
—Sí —miento—. Perdona, estaba cansadísima.
En contra de mi buen juicio, le complazco y sigo hablando con él mientras me ducho, me visto para ir a trabajar y me preparo el almuerzo para llevar. Mamá me mira en la cocina al verme inclinada sobre el móvil. No me ofrezco a explicarle con quién hablo y ella tampoco me pregunta. Después del desastre de la adopción, ya no tiene derecho a saber nada de mi vida privada.
—Me gusta mucho hablar contigo —me escribe cuando voy en el autobús.
A mí me pasa lo mismo, pero no lo reconozco y termino reaccionando contra él.
—Te voy a ser sincera —le digo-: me pregunto quién eres en realidad. Yo no uso mucho las redes sociales, no tenemos amigos comunes y nuestros caminos nunca se han cruzado. ¿Cómo me has encontrado?
—Andaba curioseando en los perfiles de antiguos amigos de Northants y tú me saliste como sugerencia de «personas que quizá conozcas».
Es factible, supongo, pero tengo la sensación de que me oculta algo.
—Entonces, ¿mandas mensajes a muchas mujeres así porque sí?
—No, no, qué va —protesta—. Tú me pareciste amigable.
«Le parecí amigable», repito para mis adentros. Amigable, como un perro viejo de fiar al que te dan ganas de acercarte a acariciar.
—¿Y eso lo has deducido de mi foto? —pregunto—. La viste y pensaste: «Mira, esta mujer mayor “parece amigable”, voy a saludarla».
—Bueno…, sí. Perdona, te he ofendido, ¿verdad? No era mi intención.
—Estoy en el trabajo, tengo que cortar.
Me desconecto de Facebook para no caer en la tentación de comprobar si me ha vuelto a escribir. Pero eso no me impide pensar en él.
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