Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 29 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 27 NINA HACE VEINTITRÉS AÑOS

Capítulo 27

 

NINA

HACE VEINTITRÉS AÑOS

 

Oigo el leve «Hola» de mamá en la planta baja y sé que ya no puedo mantener en secreto mi embarazo más tiempo. He hecho todo lo posible por ocultarlo, pero tengo muchísimo dolor y la necesito. Cuando abre la puerta, tarda un momento en procesar lo que está viendo.

—Lo siento, lo siento —empiezo, antes de ponerme a aullar otra vez.

—Estás… —dice, pero no termina la frase.

—Me parece que ya viene. Aún es demasiado pronto y no sé qué hacer.

Solo hay otras dos personas en el mundo que saben que estoy embarazada: la mujer del centro de planificación familiar que me lo confirmó y no me perdió de vista hasta que dejé de hiperventilar y Jon, que se enteró hace apenas unas semanas.

Yo estaba tirada en un colchón en la casa de un amigo suyo donde nos habíamos quedado a dormir después de una fiesta. Cuando desperté de madrugada, lo tenía frente a mí. Estaba desnudo, sentado y fumándose un cigarrillo. A veces pienso que no duerme nunca o que es como un vampiro que solo cobra vida por las noches. Vi que me miraba fijamente la tripa. Pensaba que me había tapado con una sábana, pero me había dejado un trozo al descubierto. Al darme cuenta, tiré de la sábana para taparme entera, pero ya daba igual. Jon tenía los ojos clavados en lo que yo llevaba semanas ocultándole y la luz de la mañana lo iluminaba perfectamente. El juego había terminado: Jon sabía que estaba embarazada.

Oí el chisporroteo del cigarrillo cuando lo apagó en la pared y vi caer al suelo la ceniza incandescente. Luego me noté su mano caliente en la tripa. Me miró a los ojos, pero no pude sostenerle la mirada.

«Ya está —pensé—. Aquí es donde termina lo nuestro.» Hasta hacía nada había tenido suerte porque casi no se notaba. Después, a medida que se iba agrandando, empecé a ponerme ropa más gruesa y amplia. No me quitaba ninguna prenda cuando lo hacíamos, y menos si llevaba el uniforme del colegio, que a Jon le ponía muchísimo.

No estaba preparada para tener aquella conversación con él porque sabía que aquello lo espantaría como mamá había espantado a papá después de haber hecho algo para disgustarlo tanto que se había visto obligado a abandonarnos. Los hombres son así, ¿no? Cuando pasa algo gordo que no saben gestionar, lo usan de excusa para dejarte y no los vuelves a ver. Como papá: no paraba de decirme que yo era «su niña», pero eso no bastó para que se quedara. A lo mejor por ello yo había empezado a acostarme con tíos casi inmediatamente después de que se largara: andaba buscando a alguien que me quisiera tanto como él, pero me lo planteé mal.

Y no sabía cómo iba a superarlo si Jon me dejaba también, porque él lo es todo para mí. No podía perder a nadie más. Así que cerré los ojos y me volví de lado.

—¿Estás… embarazada? —me preguntó Jon—. ¿Es mío? —Me volví bruscamente y le lancé una mirada asesina. Supo enseguida que había metido la pata—. No me lo puedo creer —dijo, meneando la cabeza—. ¡Es genial! Voy a ser papá.

Titubeé, convencida de que lo había oído mal.

—¿Cómo?

—Que voy a ser papá —repitió—. ¡Es increíble!

—¿En serio? —repliqué sin aliento—. ¿Lo dices de verdad?

—¿Por qué no iba a decirlo de verdad? —Me cogió la cara y me besó apasionadamente. Yo no quería que parara, pero, cuando lo hizo, se encendió un canuto y, cuando le dio unas caladas, alargué la mano para darle una yo también y él apartó la suya—. No puedes fumar esta mierda si llevas un bebé dentro —me advirtió—. Ni tabaco ni alcohol ni pastillas, todo eso se va a acabar. Podría producirle malformaciones al bebé.

«Producirle malformaciones —me dije—. Producirle malformaciones.»

La súbita constancia de la realidad me paralizó. Deseaba tanto ser feliz que, por un momento, había olvidado mi enfermedad, había olvidado que aquel nonato ya sufría malformaciones irreparables. Aunque la gestación llegara a término, el bebé no sobreviviría. Ya había estudiado mi trastorno en una revista médica de la biblioteca y también había visto la foto de un bebé con holoprosencefalia. Me puse malísima. Supe que no tendría un cerebro útil y que su carita no sería una cara normal, sino un pedazo de boca aquí y de nariz allá y un ojo en el centro de la cabeza, como los cíclopes. Y que moriría a los pocos minutos de nacer. Así que, por muchas bebidas energéticas, anfetaminas y coca que me metiera y por más canutos me fumara, no podía hacerle más daño a mi bebé que el que mi propio cuerpo ya le había hecho.

Pero no podía contarle nada de eso a Jon porque no quería perderlo. Me eché a llorar otra vez.

—Tranquila —me dijo, y me hizo la cucharita sin quitarme la mano

del vientre—. Mi Lolita va a tener otra Lolita —añadió en voz baja.

Pasaron las semanas y mi cuerpo se expandió. Era como si el hecho de que Jon lo supiera le hubiese dado pie a inflarse como un castillo hinchable. Y en vez de obsesionarme con lo inevitable, me permití imaginar un final feliz para los tres.

Empecé a decirme que mamá y las pruebas que me habían hecho de niña estaban equivocadas y que yo no era portadora de aquellas alteraciones cromosómicas. Me convencí de que el aborto del año anterior no se había debido a mis entrañas dañadas, sino que había sido cosa de mala suerte y que, cuando aquel bebé naciera, estaría sano. Era más fácil refugiarse en la fantasía que en la verdad, y yo no paraba de recurrir a ella.

—¿Qué pasará cuando lo tenga? —le pregunté a Jon una tarde.

Habíamos quedado en una cafetería de camioneros situada a las afueras de la ciudad. Aun estando ya en el interior, llevaba las gafas de espejo y se había peinado el pelo hacia atrás con gomina. Tenía toda la pinta de estrella del rock. Una gotita de sangre le había calado la manga larga de la camiseta blanca y le había dejado una mancha.

—¿A qué te refieres? —respondió, arrastrando las palabras mientras removía el azúcar del café.

Yo estaba demasiado cansada como para haber ido a verlo tocar la noche anterior, pero di por supuesto que estaba resacoso.

—Me refiero a que dónde vamos a vivir los tres. ¿Podemos vivir contigo?

Bostezó y se despatarró en el asiento.

—Mi piso no es sitio para un crío, ya lo sabes.

—No lo sé porque no he estado nunca.

—Ni creo que quieras porque es un tugurio y es donde ensaya el grupo. No es lugar para un niño, por eso duermo siempre en casa de algún colega. ¿Por qué no te quedas con tu madre?

—Porque se va a poner como un basilisco cuando se entere de que estoy embarazada.

—Pues pide una vivienda de protección oficial. Están obligados a cuidar de las mamás adolescentes.

—Podríamos pillar una juntos —propuse esperanzada.

—Sabes que no puedo hacer eso.

—¿Por qué?

—Por tu edad. Tienes quince y te quedaste embarazada con catorce. Si eso se hace público, podrían detenerme y sería el fin de lo nuestro y del grupo. Y estamos a puntito de firmar con una discográfica grande —dijo, señalando ese «a puntito» con el índice y el pulgar para darle mayor énfasis a lo cerca que estaban del éxito—. No querrás estropeármelo, ¿verdad? Todo esto lo hago por nosotros. Solo tienes que esperar a que pase, después nos iremos a algún lado juntos. Te lo prometo.

Imaginé por un instante la casa que tendríamos, la vida que llevaríamos y lo felices que podríamos ser, hasta que me sacudió la realidad: por mucho que quisiera convencerme de otra cosa, los médicos no se habían equivocado. Yo no estaba destinada a tener la vida que tanto ansiaba.

Me eché a llorar y esperaba que Jon me preguntara por qué estaba tan triste de repente, pero no me dijo nada. Luego, cuando el sol me dejó ver los ojos que ocultaba tras las gafas, vi que los tenía cerrados. Se había quedado dormido.

Aunque querría que Jon estuviera aquí, me alegro de que sea mamá la que está conmigo ahora. En cuanto se recupere del susto, sabrá lo que hay que hacer. Siempre lo sabe. Y ella podrá decirle que lo que le ha pasado a nuestro bebé no es culpa mía. Ella se lo hará entender y él no me dejará.

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