Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 31 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 29 MAGGIE HACE VEINTITRÉS AÑOS DOS DÍAS DESPUÉS

Capítulo 29

MAGGIE

HACE VEINTITRÉS AÑOS

DOS DÍAS DESPUÉS

 

No conozco esta zona de la ciudad, a pesar de que está a solo diez minutos en coche de donde yo vivo.

Con un plano detallado que llevo en la guantera llego a la dirección escrita en el papelito que he encontrado en el bolsillo del abrigo de Nina. Dentro encuentro también unos guantes de conducir de Alistair, de piel. Me los pongo. Aparco cerca de la calle pero no demasiado y espero. Al ser primera hora de la tarde, me he librado de casi todo el tráfico de la hora punta de la comida y aún falta para la del té. Sé que la hora es fundamental, pero, si me precipito y cometo un error, me arriesgo a que me vean. Dejo que pasen unos minutos y, cuando confirmo que no viene nadie ni a pie ni en bici, me armo de valor y bajo del coche. No echo el cierre para poder volver a subir rápido cuando termine.

La hilera de casas de cuatro plantas da al Racecourse, un parque histórico a tiro de piedra del centro de Northampton. Las viviendas de esta zona son de la época victoriana, pero muchas se han reconvertido en pisos. En el papelito pone 14a de Winston Parade, así que doy por sentado que los inquilinos viven en uno de esos edificios reconvertidos. Me sudan las manos según van descendiendo los números y llego por fin allí. Unos escalones de piedra conducen a la planta baja. Otro tramo de escaleras lleva al piso del sótano adonde me dirijo.

A la entrada del 14a, echo un último vistazo a mi alrededor para asegurarme de que nadie me ha visto y pulso el botón del portero automático. Aunque no hace ruido, espero por si los inquilinos lo oyen pero yo no. No contesta nadie.

Me asomo a la ventana, pero las persianas venecianas protegen el interior del exterior. Esta vez opto por llamar con los nudillos y, en cuanto mis dedos entran en contacto con la puerta, esta se abre suavemente. Lo he visto en películas de sobra para saber que el que una puerta se abra tan fácilmente no es buena señal, pero no me puedo ir. Quiero demasiado a Nina para hacerle eso, así que sigo adelante.

—Hola… —digo medio susurrando. Deseo con desesperación que alguien conteste, pero no hay respuesta. Me tiemblan los dedos y aprieto el puño para detener el temblor. Ahora me tiemblan las dos manos. Me las meto en los bolsillos del abrigo—. ¿Hola…? —repito, pero tampoco contesta nadie.

El interior está limpio y ordenado. Las paredes del pasillo que conduce a lo que supongo que es el salón, al fondo, están revestidas de papel tapiz de viruta de madera y pintadas de un color magnolia intenso. A la derecha la cocina estrecha y alargada está limpia y en la encimera hay una serie de frascos de espaguetis y otras pastas alineados junto a una panera. De la puerta del horno cuelga un paño con un estampado de un perro y hay unos cuantos platos en el escurreplatos.

Sigo avanzando con cautela y paso por un dormitorio. Dentro hay una cama de matrimonio que está hecha y cubierta con un edredón de vistosos colores. Me detengo a mirar atentamente. No sé qué me esperaba, pero desde luego era algo mucho peor cuidado que esto. Veo maquillaje y perfumes esparcidos por la superficie de una cómoda. Son de las marcas económicas de Yardley y Avon. Encima del cubrerradiador hay una foto enmarcada de Jon Hunter, con unas gafas de sol oscuras en lo alto de la cabeza, besando en la mejilla a su novia embarazada, Sally Ann Mitchell, que sonríe a la cámara.

Asomo la cabeza al interior del segundo dormitorio. En él solo hay una caja de cartón grande con una foto de una cunita de bebé en un lateral y cuatro láminas enmarcadas de personajes de Disney que aún no están colgadas de la pared. «Sally está preparando el nido», me digo y, por un instante, se me parte el corazón al pensar en todo lo que se está perdiendo Nina.

Cuando llego al salón, me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración. La suelto e inspiro hondo al verlo. Hunter está tirado en el sofá, en calzoncillos, completamente despatarrado, con la cabeza colgando hacia delante y la respiración profunda. O está inconsciente o dormido como un tronco, no lo tengo claro. Las cortinas están medio corridas, con lo que no lo veo bien, así que me acerco.

El televisor está en silencio pero encendido y la imagen parpadea y produce repentinos estallidos de luz por toda la estancia. Veo una cucharilla ennegrecida y vuelta bocabajo encima de la mesita de cristal, con un mechero al lado. Hunter lleva un tubo de goma enroscado al brazo fibroso y aún tiene una aguja clavada en la vena. Esa imagen de depravación choca con la normalidad de su hogar. El pecho le sube y le baja y decido que ha debido de perder el conocimiento durante el subidón. ¿Cómo demonios ha podido enamorarse mi hija de este desastre de hombre?

Me sobresalta un ruido a mi espalda. Vuelvo la cabeza y veo otra puerta. Está entornada y parece un baño. No soy una persona agresiva, pero estoy preparada para protegerme si fuera necesario. Pero el ruido no se acerca; es como el de un neumático desinflándose, solo que más esporádico. Me dirijo a él, abro la puerta con el pie y retrocedo enseguida por si sale alguien de repente.

Los goznes chirrían y la puerta se detiene bruscamente. Algo impide que se abra del todo. Me acerco muy despacio y entonces es cuando veo a Sally Ann Mitchell. Me mira, con sus grandes ojos azules abiertos al máximo. Está claro que la sorprende tanto verme como a mí verla a ella y por un momento ninguna de las dos se mueve, a la espera de que la otra reaccione primero.

No tengo mucha elección. Asiendo el cuchillo de cocina que llevo en el bolsillo, me acerco rápidamente a ella.

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