Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 33 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 31 NINA

Capítulo 31

 

NINA

 

El aroma dulce del bizcocho de chocolate que estoy haciendo impregna la cocina. He batido la harina, los huevos, el azúcar, el cacao en polvo, la levadura y la sal con una cuchara de madera y con la fuerza bruta humana de toda la vida, como solía hacer papá. Ahora se están enfriando las dos mitades en una rejilla metálica, sobre la encimera.

Antes de fregar el bol, no puedo resistir la tentación de pasar el dedo por lo que ha quedado para probarlo. No he comido mucho en los últimos días, desde que el dentista me extrajo los restos del diente que Maggie me partió. La inflamación ha bajado, pero aún hay hematoma.

He pensado mucho en papá esta semana y, estando en la cocina, me viene a la memoria un recuerdo suyo de mi infancia. Yo estoy a su lado con un trapo rojo en la mano y él me pasa los platos limpios para que los seque. No tendré más de diez años y estamos cantando los grandes éxitos de ABBA que suenan en el equipo de salón, la estancia contigua. Todos los fines de semana papá nos hacía un bizcocho o un pan desde cero y yo lo ayudaba.

Ahora, siempre que horneo algo, que tampoco es tan a menudo, la verdad, imagino que estoy justo donde me encuentro ahora, delante de la pila, y mi yo de diez años está a mi lado, tan dispuesta a ayudar como yo entonces. Puedo ver el reflejo de Dylan en la ventana y me sorprendo explicando en voz alta qué ingredientes hay que echar en el bol primero y por qué, y que hay que tener paciencia mientras se hornea el bizcocho y no estar abriendo el horno todo el rato para ver cómo va. Cuando pestañeo, se desvanece.

Recuerdo poco de lo ocurrido después de que mamá se llevara a Dylan. Sé que me encerré completamente en mí misma y que durante casi un año me desvinculé de todo el mundo. Poco antes de cumplir los dieciséis, mamá me ayudó a ir dejando poco a poco los antidepresivos y fui volviendo despacio al mundo. Pero enseguida quedó claro que yo ya no podría llevar la vida que había llevado hasta entonces. No encajaba en la misma rutina, las mismas pandillas ni el mismo colegio. Había sufrido demasiadas pérdidas como para volver a ser aquella chica. Así que tuve que convertirme en otra persona.

Maggie empezó a trabajar en tres sitios distintos para poder pagarme un profesor particular que me pusiera al día y, después de un año de esfuerzo, aprobé por los pelos los exámenes de siete de las asignaturas necesarias para obtener el diploma de secundaria. Bastó para que entrara en Northampton College y pudiera prepararme las pruebas preuniversitarias de Lengua y Literatura.

Por el bien de mi cordura, me había quitado a Jon de la cabeza. Ya no escuchaba su música…, ni la suya ni la de nadie. No iba al centro, no mantuve mis amistades ni leía revistas ni periódicos. Dejé de hacer todo lo que me recordara la vida que había terminado tan dolorosamente, pero seguía preocupándome encontrarme con Jon por la calle cualquier día. No obstante, estaba convencida de que sería ya una estrella del rock de esas que hacen giras mundiales y habría dejado ya muy atrás este poblacho.

Fue una nueva amiga de la universidad la que me hizo pedazos ese sueño.

—¿Viste el informativo local anoche? —me preguntó Stacie Denton mientras comíamos en la cafetería de la facultad. Stacie, una chica rolliza que vestía de gótica, toda de negro, se alejaba demasiado de la norma para tener muchos amigos, pero las dos adorábamos a Charlotte Brontë—. ¿Te acuerdas de aquel chico de la zona que cantaba en The Hunters?

De pronto resucitó en mi cabeza una imagen de Jon tocando en el Roadmender.

—Más o menos —contesté.

—¿Recuerdas que lo metieron en la cárcel por asesinar a su novia embarazada? Pues ayer presentó una apelación brutal para que le repitan el juicio, pero se la han denegado. A mí me gustaba bastante.

Era demasiada información para procesarla de golpe. Me fingí enferma para librarme de las clases, me despedí de Stacie y fui corriendo al Chronicle & Echo. Una vez allí, me senté en la recepción y empecé a hojear números antiguos del diario y a ponerme al día de lo que me había perdido. Buena parte de la historia no tenía sentido. Su novia embarazada era yo, no esa tal Sally Ann, y yo estaba vivita y coleando. Jon jamás había sido agresivo conmigo. Además, cuando se metía, Jon estaba tan colgado que era incapaz de moverse siquiera y menos aún habría podido hacer daño a nadie. Solo pude suponer que mamá lo había sabido desde el principio, pero no me lo había contado por no hacerme daño.

Me suena el móvil y me devuelve al presente. No sé cuánto tiempo he estado absorta en mis pensamientos, pero el agua de fregar ya está tibia y yo tengo las manos blancas y arrugadas. En la pantalla del teléfono veo que es tía Jennifer, la hermana de mamá, la que llama. Dejo que salte el buzón de voz. Llama cada quince días para saber cómo está mamá de «su enfermedad» porque su propia incapacidad, la esclerosis múltiple, le impide venir a ver a Maggie a la residencia que me he inventado. Anoto en un cuaderno las cosas que le digo cada vez para no contradecirme, pero ¡Dios, qué complicado es no perder el hilo de tus propias mentiras!

Me seco las manos, le mando un mensaje y toco con un par de dedos la superficie del bizcocho para comprobar si está a la temperatura adecuada antes de extender la mousse de chocolate por la base. Cojo la manga pastelera, la lleno de crema de mantequilla y empiezo a decorar el bizcocho con el nombre DYLAN. Por último, añado veintitrés velas que compré ayer en el supermercado, una por cada año que hace que di a luz.

—¡Felicidades! —digo y las dejo arder un minuto o así antes de soplarlas yo misma y pedir un deseo que jamás se cumplirá.

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