Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 37 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 35 NINA HACE DOS AÑOS Y MEDIO

Capítulo 35

 

NINA

HACE DOS AÑOS Y MEDIO

 

Sentada frente a mí en mi salón tengo a una trabajadora social que se llama Claire Mawdsley. A sus pies hay un maltrecho bolso de color camello atestado de carpetas y en el regazo tiene un montón de documentos.

A petición suya, ya le he enseñado la casa y el jardín. Cuando ha tomado nota de lo inestable que está la barandilla de la escalera me he visto obligada a decirle que ya he llamado a un manitas para que la arregle. No es verdad, pero en cuanto se vaya me meto en Google y busco uno. También ha observado que no hay protección delante de la chimenea y que las esquinas de la mesita de madera del salón son puntiagudas. Le he asegurado que será fácil poner unos protectores.

No se le ha escapado nada a su ojo bien entrenado.

—Eso no será hiedra venenosa, ¿verdad? —me ha preguntado, señalando las hojas verdes que trepan por el cobertizo del fondo del jardín.

—¡No, no, qué va! —le he dicho, pero la verdad es que sí podría serlo.

Esta tarde la arranco por si acaso. Cuando he visto alzarse su sombra sobre el parterre, me han dado ganas de pedirle perdón a Dylan y decirle que no pretendía reemplazarla, pero no he podido porque eso es precisamente lo que pretendo en el fondo.

Mientras Claire busca el siguiente formulario que debo rellenar, pienso en las cosas espantosas que he leído en internet de algunos posibles padres adoptivos cuyos trabajadores sociales han considerado que sus viviendas no eran aptas para un niño. Algunos han tenido que mudarse para que les autorizaran la adopción. Aunque no es mi intención vivir siempre aquí, espero que nuestra casa pase la inspección, porque aún no puedo independizarme.

La observo en silencio mientras escribe y calculo que tendrá cuarenta y pocos. Tiene muy marcadas las arrugas de la frente y el pelo encrespado y gris, lo que me hace pensar que le ha tocado enfrentarse a alguna cosa en su trabajo que la ha hecho envejecer prematuramente.

—Si sigue adelante con el proceso, es muy posible que la visitemos un total de cinco veces —dice—. El resto de mi visita de hoy la dedicaré a hacerle preguntas sobre quién es, qué razones tiene para adoptar, cuáles son sus puntos fuertes y sus puntos flacos, etcétera.

Hablamos de la relación con mis padres y le cuento que no he tenido contacto con mi padre desde que nos dejó. Me pregunta cómo me siento al respecto y le digo que ya no me preocupa por qué lo hizo ni adónde fue porque él se ha perdido mucho más que yo. Es mentira, claro. Aparte de aquel año yermo de después del nacimiento y la muerte de Dylan, dudo que haya pasado un solo día en que no haya pensado en lo distinta que podría haber sido mi vida si mi padre aún formara parte de ella. Lo echo tanto de menos ahora como entonces.

Quiero caerle bien a Claire, de verdad, pero sé que no solo voy a tener que mentir sobre papá durante este proceso.

—¿Podría hablarme un poco de sus relaciones?

—¿Qué le gustaría saber?

La verdad es que hay poco que decir. Me dejó embarazada a los catorce un hombre al que quería y que era casi diez años mayor que yo, mi cuerpo chapucero asesinó a nuestro bebé meses después y no he vuelto a ver a su padre porque lo metieron en la cárcel por asesinato. Si menciono algo de eso, no van a caber en mi expediente más alertas.

—¿Ha tenido muchas parejas estables?

—He tenido tres.

—¿Cuánto duró la relación y por qué rompieron?

Pienso rápido porque no esperaba que fuera a pedirme detalles.

—La primera fue con Jon, siendo adolescente y estuvimos juntos hasta que yo tenía veintipocos —empiezo—. Nos conocimos en el colegio y, luego, cuando terminamos los exámenes preuniversitarios, vivimos juntos un tiempo en un piso del centro… —Me interrumpo mientras imagino un piso situado en el sótano de una vivienda urbana enfrente de un parque grande. Nos veo a Jon y a mí dentro con nuestra rutina cotidiana, yo leyendo un libro mientras él pulsa las cuerdas de su guitarra y la música flota en el aire. La imagen parece tan auténtica que me pregunto si no será en realidad un recuerdo olvidado hace tiempo. «No puede ser», decido, y retomo la pregunta de Claire—. Perdone —digo, aclarándome la garganta —. Tengo muchos recuerdos felices de esa época. El caso es que Jon era músico, pasaba mucho tiempo fuera de casa y nos fuimos distanciando poco a poco.

—¿Y sus otras parejas?

En vez de decirle la verdad, me invento a dos exes ficticios.

—Mi segundo novio estable fue Sam. Nos conocimos por unos amigos y estuvimos juntos un par de años. —Procuro tocarle el corazoncito—. Él estaba deseando tener hijos y, como le he comentado antes, por mi enfermedad, eso era algo que yo no podía darle, así que al final nos separamos. Y más recientemente he estado saliendo con Michael. También en ese caso se interpuso entre nosotros el problema de los bebés y la relación no progresó. Es difícil encontrar a un hombre que no quiera tener hijos, salvo que ya los tenga de una relación anterior.

—Lo que le voy a preguntar no es agradable —continúa Claire—, pero no estaría haciendo bien mi trabajo si no abordara el tema. ¿Espera en el fondo que tener un hijo, aunque sea adoptado, la haga más atractiva para posibles parejas futuras, como si eso la convirtiera en una especie de familia en potencia? ¿O cree que es porque quiere hacerlo mejor que sus propios padres?

Me viene a la cabeza una imagen de papá. Es la segunda vez que pienso en él hoy. Antes, mientras buscaba un suéter por el fondo del armario, me he encontrado un sobre acolchado con tarjetas de cumpleaños antiguas que papá me ha ido mandando a lo largo de los años. El mensaje es siempre el mismo: «Te quiere, papá». El que me diga que me quiere y el que nunca se haya olvidado de la fecha significan que, por muy lejos que se haya ido, aún se acuerda de mí. Aunque solo sea una vez al año, es algo. He pensado muchas veces en intentar encontrarlo, contratando, a lo mejor, un detective privado o pidiendo que me dejen ir a uno de esos programas de la tele que te reúnen con los familiares perdidos, pero, cuantos más años pasan, más resignada estoy y acepto que ha transcurrido ya demasiado tiempo.

Medito la pregunta de Claire antes de contestar.

—En absoluto. Quiero darle un hogar a un niño porque es algo que puedo hacer. Aunque hubiera tenido un hijo biológico, habría terminado planteándome esta opción igual.

A Claire parece satisfacerle mi convicción. Me hace más preguntas, pero no menciono en ningún momento a Dylan porque comprobaría los registros y no hay registros de ella. A mi pequeña nunca la registramos ni bautizamos oficialmente. A todos los efectos, no fue más que parte de mi mundo y del de mamá, pero solo yo sé hasta qué punto ha moldeado su pérdida el resto de mi vida.

Mamá no tiene ni idea de mis planes de adopción ni sabe que, mientras ella está en el trabajo, hay una trabajadora social sentada en su salón. Sé que se lo tendré que contar pronto, pero he disfrutado ocultándoselo de momento. Al principio, mi hijo o hija y yo viviremos aquí, pero en cuanto tenga oportunidad nos mudaremos a un sitio propio. No quiero pasarme toda la vida bajo este techo. Un cambio nos irá bien a los tres.

—Muy bien —dice Claire de una forma que indica que esta primera evaluación ha terminado. Le da un último trago al té, que debe de estar helado ya, y coge el bolso con todos mis formularios rellenos. Su gesto sigue siendo amable, así que pienso que he superado la primera fase. Me levanto a la vez que ella—. Necesito que me mande por correo electrónico los nombres y las direcciones de seis personas, tres de ellas ajenas a su familia, que puedan dar testimonio de que la consideran una persona apta para adoptar.

—Sin problema —le digo.

Como me lo esperaba, ya tengo a tres personas del trabajo que me han dicho que me ayudarán encantadas.

—También tendremos que hablar por lo menos con dos de sus exparejas —añade Claire con naturalidad.

Eso no me lo esperaba.

—¿Por qué? —pregunto.

—Es lo habitual.

—Pero no tengo ni idea de dónde viven ahora.

—No pasa nada, ya me dará algún dato más y nos encargamos nosotros de localizarlos. —Me dice que pronto tendré noticias suyas—. Como comparte esta casa con su madre, tendremos que hablar con ella también, claro. Pero tranquila —añade—, que lo está haciendo muy bien.

Sus palabras deberían tranquilizarme. Sin embargo, cuando sale y cierro la puerta, empiezo a agobiarme. Empiezo a agobiarme mucho. La verdad de mi relación con Sam es que yo ya sabía que estaba casado cuando lo perseguí, pero me había enamorado de las fotos de sus tres hijos que subía a las redes sociales, de hecho, había más imágenes de los niños que de sí mismo. Me dije que, si lograba tenerlo a él, también tendría una familia. Luego le conté a su mujer lo nuestro; ella le perdonó y él me dejó. Y Michael cortó conmigo cuando me pilló siguiéndolo en una salida nocturna de trabajo. No me cogía el teléfono ni me contestaba a los mensajes y me puse en lo peor: que estaba con otra. Fue la gota que colmó el vaso, por lo visto, y me acusó de «demasiado posesiva». Hasta que no se puso en contacto con la policía varios meses después, no dejé de plantarme en su trabajo y en su piso sin previo aviso.

Así que voy a tener que encontrar un modo de eludir la petición de Claire. Y pensar en cómo voy a camelarme a mamá para que colabore. Todos los padres quieren ser abuelos y seguro que, cuando la convenza de que estoy segura de que esto es lo que quiero hacer, me apoyará sin dudarlo.

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