Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 30 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 28 MAGGIE HACE VEINTITRÉS AÑOS

Capítulo 28

MAGGIE

HACE VEINTITRÉS AÑOS

 

Hago un aspaviento.

—¿Estás…?

No termino la frase.

—Me parece que ya viene —llora Nina—. Aún es demasiado pronto y no sé qué hacer.

El dolor le hace contraer la cara y el cuerpo y agarrarse fuerte el vientre. De pronto caigo en la cuenta de la razón por la que le he estado escribiendo tantos justificantes para que se saltara la clase de gimnasia en las últimas semanas. Decía que era por dolores menstruales cuando, en realidad, era lo contrario: no quería que nadie la viera con el chándal de uniforme para las clases de educación física y le notaran la tripa. ¿En cuántas cosas más me ha mentido?

—Avisa a Jon, necesito a Jon —me suplica.

—No sé quién es Jon. —No debería fingir ignorancia teniendo a Nina, como la tengo ahora, en su momento más vulnerable, pero me sorprendo haciéndolo. Aunque esté conmocionada, sé que no quiero a ese miserable cerca de mi hija ni en esta casa—. Tú céntrate en respirar.

—Se llama Jon Hunter y es mi novio —dice, sollozando e hipando—. Tengo su dirección en el bolsillo del abrigo. Lo necesito, no puedo hacer esto sin él.

Me repugna oírla hablar de su relación.

—¿Tienes su teléfono?

—No.

—Entonces, no creo que me dé tiempo a ir a buscarlo. Además, no quiero dejarte aquí sola.

Ella no está tan convencida como yo.

—¿Pedimos una ambulancia? —dice, y se pliega sobre sí misma con una nueva oleada de contracciones que le sacuden el cuerpo entero.

—Esto lo podemos hacer tú y yo… juntas —le aseguro.

No es la respuesta que espera. Por fuera parezco serena, pero por dentro estoy histérica porque no sé qué hacer. Mi hija de quince años está embarazada por segunda vez, pero no puedo cortarlo de raíz con medicamentos obtenidos ilegalmente como la vez anterior. Este bebé está en camino.

Debo recomponerme, tomar las riendas de la situación y hacer lo mejor para mi hija, que no es precisamente pedir una ambulancia. No quiero llamar la atención innecesariamente sobre nuestra vida. Si intervienen los servicios sociales, Nina podría no salir bien parada del interrogatorio. Un estrés inoportuno puede tener consecuencias catastróficas y podrían privarme de la custodia. Tengo demasiadas cosas que ocultar.

Así que solo puedo hacer una cosa: traer al mundo a mi nieto yo misma. Ayudé en partos durante mi formación como matrona y, aunque fue bajo supervisión, dudo mucho que el procedimiento haya cambiado en los últimos dieciséis años. Pediré ayuda solamente si hay complicaciones y la salud de Nina corre peligro.

Me mira aterrada. Tengo que recuperarme de la conmoción y tranquilizarla.

—Te prometo que podemos salir de esta. ¿Te he mentido alguna vez?

Niega con la cabeza y yo doy gracias a Dios de que no sepa la verdad. Me acerco a la puerta y la oigo decirme muerta de miedo:

—¿Adónde vas? No me dejes, por favor —me suplica y me desborda la emoción de que me necesite tan desesperadamente.

—Vuelvo enseguida, tengo que ir a por unas cosas —digo.

Me quedo plantada al borde de la escalera, tapándome la boca para que no me oiga desmoronarme. ¿Qué clase de madre soy que permito que esto le pase por segunda vez sin haberme dado cuenta de su estado hasta que ya ha sido demasiado tarde? Todo esto es culpa de Alistair. Si pudiera, lo mataba con mis propias manos por habernos desbaratado así la vida.

Vuelvo a su cuarto lo más rápido posible, haciendo varios viajes cargada con toallas y sábanas limpias, cuencos de agua con antiséptico diluido en ella y tijeras esterilizadas. Luego me preparo y dispongo la habitación para lo que se avecina.

Mientras pasan las horas, le acaricio el pelo a Nina como lo hacía cuando era pequeña y estaba malita. Le aseguro que todo va a salir perfecto, a pesar de que sé que en cuanto el bebé asome la cabecita la vida de mi hija va a ser cualquier cosa menos perfecta.

—Me aterra lo que pueda pasar —dice.

—Todo va a ir bien. Estoy aquí.

—No, me refiero a cuando nazca el bebé. He estado leyendo cosas sobre mi enfermedad, sobre la holoprosencefalia. He visto fotos del aspecto que tendrá mi niña.

—¿Tu niña?

—Creo que es niña. Es lo que quiere Jon.

—No nos preocupemos ahora por el aspecto que tendrá —digo, aunque es lógico que Nina esté aterrada.

—No me veo capaz de verla… morir.

No sé qué decirle.

—Vale —digo, eso es lo único que se me ocurre—. Ya estaré yo con ella.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Entre contracciones, Nina me habla a grandes rasgos de una vida en la que llevo muchísimo tiempo sin participar. Me cuenta cómo conoció a Hunter y que no estuvo segura de haberse quedado embarazada hasta que fue demasiado tarde para hacer nada al respecto. Me explica cómo ha conseguido mantenerlo en secreto, me dice que su novio está deseando ser padre, pero que le partirá el alma descubrir que el bebé tiene malformaciones. Manifiesta su arrepentimiento por la forma en que se ha comportado. Se lo perdono todo.

La tarde se convierte en noche y después en madrugada hasta que, por fin, sé que el bebé está a punto de llegar. Y, en cuanto el feto corona, ya tengo en brazos a mi nieta. Ahora que la parte difícil de Nina ha terminado, me ocupo yo.

—¿Es niña? —pregunta mientras le corto el cordón umbilical con las tijeras impregnadas de antiséptico Savlon y lo pellizco con la pinza de plástico que uso para cerrar las bolsas de congelación.

Después de tanto dolor, Nina está casi inmóvil, demasiado asustada para incorporarse y verle la cara a su hija.

—Sí —contesto.

—Y tiene…

—Tengo que salir de la habitación un momento, cariño —respondo, envolviendo al bebé en una mantita calentita que he tenido en el radiador y dirigiéndome a la puerta—. Lo siento.

—No hace ruidos —dice Nina en voz baja—. ¿Puedo verla?

—Es mejor que no —contesto y cierro la puerta al salir.

Bajo corriendo las escaleras. No quiero hacerle más daño a Nina, con todo lo que ha sufrido ya, pero no dejarla ver al bebé es lo mejor. Esta es la decisión más difícil que he tomado en mi vida y debo ajustarme a la misma, por el bien de Nina.

Dejo a mi nieta sola en el sótano y vuelvo con Nina para ayudarla a expulsar la placenta y meterla en un cuenco donde enjuagarla antes de tirarla. Compruebo si hay desgarro y, para su edad, ha tenido suerte. El desgarro es pequeño y no ha habido rotura de fibras musculares, se curará solo. Nina no llora; de hecho, no expresa ninguna emoción. Le doy dos pastillas y un vaso de agua y espero a que se las trague.

—Dylan —dice de pronto—. Dylan.

—¿Qué es eso?

—Mi bebé. Así es como la voy a llamar.

—No es un nombre muy habitual para chica.

—Es por el cantante, Bob Dylan. Es el favorito de Jon.

—Pues así se llamará, entonces.

Intenta mover las piernas para bajarse de la cama.

—Tengo que contarle a Jon lo que ha pasado —dice, pero yo le aconsejo que se quede donde está—. Es que estará preocupado por mí…

«Lo dudo.» Quiero mantenerlos separados todo el tiempo posible.

—Ya habrá tiempo de sobra para explicárselo todo —le digo yo y ella está demasiado débil para discutírmelo—. Vuelvo enseguida —susurro, y regreso al sótano para hacer lo que hay que hacer.

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