Entre nosotras
Capítulo 20 MAGGIE HACE VEINTICUATRO AÑOS
Capítulo 20
MAGGIE
HACE VEINTICUATRO AÑOS
No sé nada de música moderna ni lo que escuchan los críos ahora, pero sé que el hombre con el que está saliendo Nina está en un grupo de aquí. Me vuelvo loca pensando en dónde puedo averiguar más sobre ese grupo para tener un punto de partida. Tomo un par de atajos cuando limpio el consultorio y termino pronto; después, cojo un bus al centro. Desde allí, Spinadisc, una tienda de discos de la que habla Nina, está a escasa distancia a pie, cuesta abajo.
Hay una decena de adolescentes en la tienda, con el uniforme del colegio aún puesto, ojeando los expositores de los cedés o probándose camisetas con nombres de grupos que yo no conozco estampados en la pechera. Por los altavoces de las paredes atruena una música rock que me sacude los huesos. No entiendo cómo los empleados pueden centrarse en su trabajo rodeados de ese ruido un día sí y otro también.
¿Cuándo me he quedado tan desfasada? A los cuarenta y cuatro, soy prehistórica comparada con el resto de las personas de la tienda. Por el aspecto, distingo a Oasis de Blur cuando los veo en Top of the Pops y, por supuesto, recuerdo a los que empezaron en los ochenta, como Madonna, George Michael y Prince, pero todas esas caras nuevas apiladas en los expositores me son completamente ajenas.
Repaso los sencillos hasta que encuentro uno de The Hunters y reconozco al amigo de Nina en el centro de la foto de cubierta. Miro alrededor y las paredes están forradas de pósteres de vivos colores. Algunos anuncian el lanzamiento de discos nuevos, otros son pósteres a la venta. Hay una sección dedicada a la escena musical de Northampton. Exploro las paredes con la vista y encuentro una imagen mucho más grande del grupo de Hunter. Debajo hay una lista de fechas de los conciertos que van a dar este mes por todo el país. Enseguida me llama la atención una: es de un concierto que hay esta noche, a solo diez minutos de donde estoy ahora. Miro el reloj. Son las cinco de la tarde. Me pregunto si Jon Hunter ya estará allí con su grupo, preparando el equipo. No esperaba esta oportunidad. Vacilo mientras lo medito. Que yo vea, no me queda otra que plantarle cara. Necesito que deje en paz a Nina.
Mi corazonada es cierta. Cuando llego, las puertas del Roadmender están cerradas, pero, a la vuelta de la esquina, en uno de los laterales, hay una salida de incendios con las puertas abiertas y sujetas por unos extintores rojos. Dos jóvenes repulsivos están descargando amplificadores y estuches de guitarras de una furgoneta y metiéndolas en el edificio. Merodeo por la acera, en parte porque quiero ver a Hunter en terreno neutral y en parte porque aún no sé bien que decirle. Pasan cinco, diez, quince minutos hasta que por fin sale y se dirige al rincón de un aparcamiento pequeño, se pone de espaldas a la calle y se enciende un cigarrillo con una cerilla. Inspiro hondo antes de abordarlo.
—Jon Hunter —empiezo, y las palabras casi se me atragantan.
Se vuelve a mirarme. El blanco que rodea sus iris grises está sonrosado y enmarcado por anillos oscuros. Su piel es tan clara que parece que lleve años sin ver la luz del sol. Tiene las mejillas hundidas y está delgado como un palo, pero, a pesar de esos defectos, es asombrosamente guapo para ser hombre. Le da otra calada al cigarro y, por el olor, me queda claro que no es solo de tabaco lo que fuma.
Sin abrir la boca, enarca las cejas como preguntando «¿Y usted quién es?».
—¿Puedo hablar contigo un minuto, por favor?
—¿De qué?
—De mi hija.
—¿Que es…?
—Tu novia. —Su cara me dice que no tiene claro de quién le hablo, con lo que o Nina y él no van en serio o no es de los monógamos. Teniendo en cuenta a qué se dedica, me inclino por lo último—. Nina Simmonds —le aclaro.
Abandona de inmediato la chulería y se pone a la defensiva.
—No sé lo que le habrá contado, pero…
—Por favor, no me insultes negando vuestra relación —lo interrumpo, disfrutando de la sensación de tener la sartén por el mango—. Sé que estáis saliendo. Os he visto juntos con mis propios ojos, besuqueándoos en un pub.
—Besuqueándonos —repite, y se ríe, o de la palabra o de mí, no estoy segura—. No tiene de qué preocuparse, no vamos en serio.
—Eso espero, porque es una colegiala de quince años —digo—. Pero ¿ella lo sabe?
—¿El qué? ¿Que tiene quince años? Digo yo que sí. De todas formas, me dijo que tenía dieciocho, así que yo no tengo la culpa.
A mi recién recuperada seguridad se une una recién adquirida frustración.
—No me tomes por imbécil. ¿Sabe ella que probablemente no es más que una de una larga lista de tontorronas?
—Mire, no me está gustando nada esta conversación —dice—. ¿Qué quiere?
—Quiero que me prometas que no la vas a volver a ver.
Hunter suelta otra carcajada y se le escapa una bocanada de humo de la boca.
—¿Que quiere que «le prometa»? ¿No prefiere que hagamos un juramento de pulgares o un voto de girl scout?
—A lo mejor tú prefieres que vaya a la policía y te denuncie… —espeto.
Se le borra la sonrisa de la cara.
—Dudo que lo vaya a hacer.
—¿No? La comisaría de Campbell Square está a cinco minutos de aquí. Voy a ir ahora mismo.
Doy media vuelta y noto su mano en el hombro. Me obliga a mirarlo. Estoy a punto de protestar, pero él habla primero, con la cara más pegada a la mía de lo que me gustaría. Le huelo el tabaco en el aliento.
—Dudo que lo vaya a hacer —repite—. ¿En serio cree que a Nina le va a gustar que se entrometa?
—Acabará entendiéndolo.
—No se engañe. Lo único que va a conseguir es verla menos todavía. La odiará por acabar con lo nuestro y seguirá huyendo de usted para volver conmigo.
—Es mi hija, no un juguete con el que entretenerte.
—Es las dos cosas. Ya me ha contado lo mucho que le fastidia estar con usted y que es la culpable de que su padre se marchara. Basta que yo chasque los dedos para que se venga a vivir conmigo y usted se quede sin nadie.
—La policía no permitirá que eso ocurra.
—Si me investigan, también les dirán a los servicios sociales el peligro en que la ha puesto usted dejándola quedarse a dormir en mi casa.
—¡Yo no sabía que estaba contigo! Me dijo que iba a casa de una amiga.
—Da igual. Mire, su hija es muy complaciente, le gusta hacer feliz a la gente. A usted no, claro. Pero le aterra pensar que yo vaya a desaparecer como hizo su padre. Y eso significa que ella hará lo que yo le diga con tal de no perderme. Y si para eso tiene que mentir sobre usted, lo hará también. Si usted me jode, yo la voy a joder también. —Me suelta el hombro, le da una calada larga al cigarro y lo lanza al aire con dos dedos. Aterriza detrás de una mata de dientes de león—. Doy por sentado que hemos llegado a un acuerdo —dice, y no me queda otra que asentir—. Por cierto —añade—, lástima que no tenga usted más hijas. Uno o dos años más joven habría sido perfecta.
Luego me guiña el ojo y vuelve dentro con parsimonia.
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