Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 35 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 33 NINA

Capítulo 33

 

NINA

 

—Tengo que enseñarte una cosa —dice Maggie con urgencia. Se acerca aprisa a la ventana, haciendo sonar la cadena como el fantasma de Marley —. Ven.

A pesar del hematoma facial y el diente perdido, esta noche he decidido que debemos pasar página y cenar juntas. Es la primera vez que nos vemos cara a cara después de su intento de fuga de hace diez días. Esta no es la bienvenida que esperaba y la miro con el recelo habitual.

Examino enseguida toda la habitación. Ha puesto la otomana debajo de la ventana y la huella del asiento mullido parece indicar que ha estado un buen rato allí sentada. No veo nada más fuera de lo normal, pero eso no significa que no lo haya. Solo puedo fiarme de Maggie mientras yo tenga la sartén por el mango. Sin embargo, después de lo ocurrido la otra noche, quiero pensar que no cometerá el mismo error dos veces.

—¿Qué pasa? —contesto mientras me saco del bolsillo la llave del grillete.

Ni caso. Está plantada junto a la persiana, señalando hacia la casa de enfrente de la de Elsie.

—¿Ves esa ventana? —me pregunta, y creo que se refiere a aquella que está tapada casi por completo con pintura blanca—. Veo perfectamente lo que está pasando dentro.

—¿Y ese es el notición? ¿A quién llamo primero, al Daily Mail o a la CNN?

—Déjame terminar —espeta y luego se da cuenta de su error. Espera a ver cómo me lo tomo, pero lo dejo correr.

—Vale, sigue.

—¿Conoces a la familia que vive ahí?

—Nos hemos saludado un par de veces que he pasado por ahí, creo. No me he fijado mucho.

—Porque anoche vi a la madre zurrarle a la niña.

—¿A qué te refieres con «zurrarle»?

—Me refiero exactamente a lo que estás pensando.

—¿Me estás hablando de un azote en el culo o de una torta en la cara?

—Te estoy hablando de que le dio tal bofetón en la cara que la estampó contra la pared y cayó al suelo.

Se me eriza el vello de la espalda. No tolero la crueldad con los niños, los animales ni los ancianos, aunque soy consciente de lo paradójico que es esto último. Me acerco a la ventana para verlo mejor.

—¿Y estás segurísima de que no te equivocas?

—Sí, estoy segura de que eso fue lo que pasó.

—No paras de decir que estás segura, pero ¿viste cómo le daba el bofetón?

Titubea una milésima de segundo, demasiado para mi gusto.

—Aunque le hayas contado al mundo que he perdido la cabeza, aún me considero compos mentis —contesta en un tono que evidencia que la he ofendido—. A esa niña la han tenido encerrada en su cuarto toda la noche hasta esta mañana. Sufre maltrato y abandono.

Maggie me mira a los ojos porque las dos vemos los paralelismos entre sus circunstancias y las de esa niña. La diferencia entre ellas es que una niña no ha podido hacer nada que merezca semejante abuso.

—¿La has visto esta noche? —pregunto.

—Antes la han vuelto a encerrar como una hora; después ha venido su padre y la ha dejado salir. Hay que hacer algo, Nina.

Si Maggie está siendo sincera, pues no, no podemos dejar que una cría sufra, pero ¿y si está confundida o equivocada? ¿O si este es otro de sus planes de huida? ¿Se estará aprovechando de mi buen corazón para producirme una falsa sensación de seguridad?

—Vuelvo en unos minutos —le digo, y me marcho.

Me detengo a la puerta de su cuarto y me giro, buscando de nuevo un indicio de que hago bien en ser cauta, pero ella está a lo suyo. No se mueve de donde está, pegada a la ventana. Quiero pensar que me está diciendo la verdad.

Vuelvo con una bandeja en la que traigo la cena de las dos. Nos sentamos una al lado de la otra en la otomana, comiendo salchichas y puré de patatas del plato apoyado en el regazo y observamos la ventana de la niña del otro lado de la calle. Ninguna de las dos menciona nuestra pelea.

Es la primera vez que como con ella en su cuarto. Coge un cuchillo metálico para cortar la salchicha y ambas nos damos cuenta a la vez de que se me ha olvidado traerle uno de plástico. Me enfurezco conmigo misma: hace un instante me estaba diciendo que tengo que ser prudente y, mira, le acabo de proporcionar un arma. Le da la vuelta al cuchillo y me lo pasa, con el mango por delante.

—Da igual —me sorprendo diciéndole y ella sigue usándolo.

—Está rico —comenta—. ¿De qué son las salchichas?

—Estaban de oferta en Sainsbury’s —digo—. Llevan trocitos de chile.

—¿De chile? Me gusta. De pequeña te encantaban las salchichas con puré de patatas.

—Ahora a estos platos los llaman comfort food, comida que te reconforta.

—Mi comfort food es la ternera, asada con patatas y buñuelos de Yorkshire.

—Yo no consigo que mis buñuelos suban como los tuyos.

—Es cuestión de calor. Si la temperatura del horno es demasiado alta, no terminan de subir. Alistair era un desastre en la cocina, ¿sabes?

Me sorprende que mencione a papá. Lo hace con naturalidad, como si habláramos de él a todas horas. Y nunca lo llama «tu padre». Lo ha desprovisto de su título de progenitor. Yo le he hecho lo mismo a ella.

—¡Qué va! —le replico—. Siempre cocinaba los fines de semana. Yo solía ayudarle.

—Ya, pero siempre se dice que o eres repostero o cocinero y él, desde luego, era repostero. ¿Qué me dices de aquella vez que yo estaba con el herpes zóster, hizo la cena él y metió los palitos de merluza en el microondas quince minutos? Cuando los sacó eran como pisapapeles.

Eso me hace sonreír.

—Yo no era mucho mejor —digo—. ¿Te acuerdas de cuando tuve que hacer una sopa de verduras para la clase de Economía Doméstica? Me metiste el frasco de especias entre los ingredientes y pensé que tenía que vaciarlo entero.

Maggie rio.

—Nos costó disimular cuando trajiste aquello a casa. Con una sola cucharada ya nos abrasaba la boca.

Me sobreviene la necesidad de hacerle esa pregunta que ya le he hecho tantas veces pero que ella se niega rotundamente a contestar. Nunca me ha contado la verdad sobre papá. Abro la boca, pero esta vez me lo pienso mejor. Estoy tan acostumbrada a sentirme resentida con ella que este alto el fuego no me lo esperaba y me sorprendo agradeciendo el momento en el que nos encontramos ahora.

—¡Lo ha vuelto a hacer! —grita Maggie, devolviéndome al presente. Miro enseguida a la ventana—. ¿Lo has visto? ¡Le ha vuelto a dar un bofetón a su hija! —Estaba demasiado pendiente de Maggie para verlo, pero al mirar a la casa de enfrente veo que madre e hija vuelven a discutir. Observo atentamente, esperando otra agresión física, pero solo hay gritos. ¿Habrá visto Maggie de verdad lo que cree haber visto? ¿Puedo fiarme de su palabra?—. Hay que ayudarla —dice categóricamente—. Hay que llamar a la policía. —Me conmueve su entusiasmo, pero niego con la cabeza—. ¿Por qué no?

—Porque querrán saber desde dónde he sido testigo de las agresiones y yo no veo ese dormitorio desde la planta baja ni desde la primera.

Maggie me lanza una mirada asesina y me siento como una niña que ha decepcionado a su progenitor con sus travesuras, pero no puedo exponerme así y arriesgarme a ser objeto del escrutinio exterior.

—¿Y si contactas con servicios sociales? —dice—. De forma anónima.

—No sé. Seguro que reciben falsos chivatazos todos los días. ¿Cuánto se tarda en investigar una denuncia? Los padres negarán el maltrato y, si no hay lesiones visibles y la niña no respalda mis acusaciones, se irán de rositas y se lo pondrán más difícil a la cría.

—Lo que no podemos hacer es dejarlo estar.

Percibo su frustración.

—No digo eso, solo que tengo que pensármelo bien.

—Yo no voy a pegar ojo sabiendo lo mal que lo está pasando esa niña a un paso de mi casa. Su hermano y ella estarán mucho mejor en acogida. Deberían darles esos niños a alguien que los cuide como…

No termina la frase, consciente de su error. Ya no me mira.

—Sigue —le digo—. Supongo que ibas a decir «Que los cuide como lo haría una familia de acogida». Esa es otra oportunidad de la que me privaste, ¿verdad?

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