Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 19 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 17 MAGGIE HACE VEINTICUATRO AÑOS

Capítulo 17

 

MAGGIE

HACE VEINTICUATRO AÑOS

 

Mi intuición materna me advierte de que Nina me oculta algo y, aunque no sé exactamente qué es, me parece que no me va a gustar.

El momento es de lo más inoportuno porque he tenido que dejar un poco de lado a mi hija para centrarme en nuestra situación económica. Somos una familia con una sola fuente de ingresos y nos han cambiado el interés fijo de la hipoteca por uno variable, con lo que ha subido la cuota mensual. No pienso vender esta casa hasta que se congele el infierno, así que, además de trabajar como recepcionista en el consultorio, me he tragado el orgullo y ahora estoy haciendo horas extra como limpiadora. La necesidad obliga y aquellos de mis compañeros que están al tanto de mi situación conyugal me han apoyado mucho. Además, voy a presentar mi candidatura al puesto de coordinadora de consultas cuando se jubile Lizzy el año que viene.

Por haber ampliado mi jornada laboral, Nina y yo apenas nos hemos visto. Ella, al salir de clase, se ha encontrado con una casa vacía y, cuando yo llego, ella ya ha cenado y está encerrada arriba, en su cuarto, haciendo los deberes. No me gusta vivir así, pero tengo poca elección.

Camino de la oficina de correos, caigo en la cuenta de que hace más o menos un año que Nina tuvo el aborto y aún me ando con pies de plomo con ella. Ahora los jóvenes maduran mucho antes que en mi época, así que procuro acomodarme a los tiempos que corren y ser una madre más moderna. He restado limitaciones a sus salidas y le he puesto una hora de volver a casa algo menos estricta para cuando sale con sus amigos. Le he pedido que reduzca la ingesta de alcohol y la he obligado a prometerme que, si va a tener relaciones con un chico, no lo hará estando borracha y se asegurará de que él lleva protección. Dudo que esté preparada para este mundo adulto, pero, no pudiendo encerrarla en el ático, ¿qué otra cosa voy a hacer? Solo espero que con una correa lo bastante larga siempre pueda volver a casa.

A lo mejor me estoy obsesionando con querer ser su amiga y no estoy poniendo demasiado empeño en ser su madre, pero quiero caerle bien y que deje de verme como esa enemiga que espantó a su padre y le dijo que jamás tendría hijos propios. De entre todas las cosas que lamento, haberle dicho eso en su momento de mayor vulnerabilidad es una de las que más.

Quisiera pensar que hemos superado las peores secuelas de lo de Alistair, pero soy realista. A lo mejor estoy siendo hipervigilante, pero ando siempre al acecho de algún indicio por si está metida en algo que yo no aprobaría o me está mintiendo.

Anoche me la crucé por el pasillo cuando ella salía del baño, envuelta en una enorme bata blanca. Hacía meses que no se la ponía, pero, de repente, le ha vuelto a coger cariño. Al verme, se bajó las mangas y se la ciñó fuerte al cuerpo y, por un segundo, se me pasó por la cabeza que pudiera estar escondiendo marcas de pinchazos en los brazos. Luego me dije que no podía ser tan estúpida de estar drogándose, aunque eso explicaría sus constantes cambios de humor. Aun así, no me quito de encima la sensación de que está pasando bajo mi propio techo algo de lo que no estoy al tanto.

Nina me tiene tan preocupada que no oigo ni veo el coche cuando voy a cruzar hasta que me pita furioso. Retrocedo y veo al conductor hacerme la peseta. La maternidad me va a matar.

—¿Te encuentras bien, Maggie, cielo? —oigo que me preguntan a mi espalda. Al volverme, veo a la madre de Saffron, Erica.

—Ah, hola —digo, sonriendo.

—Casi te atropellan.

—Iba distraída pensando en mis cosas. —Veo que lleva puesto el uniforme de Tesco—. ¿Sales o entras?

—Acabo de salir —contesta Erica, poniendo los ojos en blanco—. He entrado a las siete de la mañana, así que por hoy ya está bien. ¿Qué tal tú?

Me dan ganas de contestar «Estoy sin blanca, no puedo ni pagar la hipoteca, mi hija me odia y la vida que antes adoraba ahora es una mierda», pero no lo hago.

—Bueno, ya sabes… —respondo vagamente.

—¿Qué tal Nina?

—Esta noche se queda a dormir en vuestra casa, ¿no?

—¿En la mía? —me pregunta perpleja.

—Sí, hoy es martes, ¿no? ¿No se queda siempre a dormir en tu casa los martes?

Le he dado permiso a Nina para pasar la noche en casa de Saffron dos veces por semana, los martes y los viernes. Su amiga no me entusiasma (es demasiado terca para mi gusto), pero he preferido hacer algunas concesiones. Como esta. Al menos si Nina está con Erica sé que está a salvo.

—¿Eso es lo que te ha estado diciendo? —replica Erica—. Perdona, cielo, pero lleva semanas sin quedarse a dormir en nuestra casa. Saffy y ella tuvieron una bronca de las gordas por un muchacho y no le he visto el pelo desde entonces.

Titubeo, incapaz de recuperarme lo bastante rápido para fingir que

estaba enterada de esto pero me ha despistado. Noto que me pongo colorada. Ninguna de las dos sabe qué decir después, así que le dedico a Erica una sonrisa de medio lado y me marcho.

Nina termina de cenar justo cuando acaba Neighbours y sube corriendo a coger la bolsa de fin de semana y la mochila del colegio.

—Hasta mañana —masculla, cerrando la puerta de la calle al salir.

Merodeo por el salón, observándola desde detrás de los visillos y dándole un poco de ventaja; luego agarro el abrigo y el bolso y la sigo. Que haya hecho caso omiso de mi consejo de no ponerse los auriculares cuando va por la calle me favorece porque no tiene ni idea de que su madre le pisa los talones. Ataja por el Racecourse Park y rodea el casco antiguo hasta la estación de autobuses de Greyfriars. Entro detrás de ella al cavernoso edificio de ladrillo rojo y me escondo tras una máquina expendedora mientras ella se mete en los aseos públicos. Sale diez minutos después completamente maquillada y vestida de otra forma. Viste a la moda actual, holgada, algo que no favorece mucho su figura. Lleva los vaqueros rotos por la rodilla y le veo los tirantes del sujetador. Guarda la bolsa y la mochila en una taquilla y prosigue su viaje sin vacilación. Se mueve con demasiada soltura para que esta sea la primera vez que lo hace. ¡Qué estúpida he sido confiando en ella!

Nina se dirige al centro y se mete en el pub Prince William. Lleva aquí desde que tengo uso de razón, pero nunca he entrado ahí. Hay por lo menos una decena de motos aparcadas una al lado de la otra a la entrada, en la acera. Nina sonríe y habla con el portero como si se conocieran bastante. Él no le pide el carné y señala hacia el fondo del local de conciertos.

Me veo tentada de seguirla dentro, pero me arriesgo demasiado a que me vea y no quiero montarle un numerito en público. Desde donde estoy, en la acera de enfrente, la veo cruzar el pub y pasar a la terraza del fondo; luego la pierdo de vista.

No puedo dejarla así, sin más. Retrocedo unos pasos y exploro la zona. A la derecha del pub hay una cafetería de comida basura con dos plantas. Por el cartel de la puerta veo que está abierta hasta medianoche. Pido un té y un rollito de salchicha, subo a la planta de arriba y me instalo en una mesa junto al ventanal que da a la terraza del pub, donde veo a Nina. Me siento como una entrometida, observando a la gente desde allí arriba, pero no puedo quitarle los ojos de encima a mi hija ni a sus amigos. Se ha sentado encima de un hombre de pelo largo que, aun de lejos, veo que es bastante mayor que ella. Alrededor de su mesa hay más hombres y mujeres, ninguno de su edad. Me pregunto si sabrán que solo tiene quince años.

Se cogen la mano, con los dedos entrelazados, pero cuando piensa que nadie la ve, desliza la suya por debajo de la mesa y le acaricia la entrepierna. Por un lado me avergüenzo de ella, pero, por otro, nos culpo a su padre y a mí por haberla empujado a ser tan desvergonzada.

Lo único bueno de este horror de noche es que Nina es la única que bebe de una de esas botellas circulares tan características de Orangina. Los demás beben cerveza o vino. Además, aunque fuman, Nina se abstiene.

La observo un par de horas largas hasta que su amigo y ella hacen ademán de irse. Son los primeros en levantarse. Bajo corriendo las escaleras, salgo a la calle y veo que vienen hacia mí, cogidos del brazo. Me quedo helada cuando se detienen y el corazón me da un bote al pensar que Nina me ha visto. No es así. Lo empuja a un portal y lo besa. Me escondo detrás de una furgoneta, aterrada y sopesando mis opciones. Quiero llevármela a rastras a casa, pero mi lado racional me lo desaconseja. Nuestra relación es tan frágil que tirar de cualquiera de los hilos que aún nos unen podría distanciarnos para siempre. Podría intentar razonar con ella, pero sé por experiencia que no me va a escuchar. O puedo hacer lo que estoy haciendo ahora: nada. Hasta que tenga tiempo para valorar los pros y los contras de mi siguiente paso, opto por lo último. Así que me quedo donde estoy y dejo que pasen por delante de mí y desaparezcan en la oscuridad de la noche.

Me siento fatal y completamente inútil, pero antes de marcharme vuelvo al pub y veo que sigue de servicio el mismo portero.

—Hola —empiezo—. La pareja que se acaba de marchar… ¿sabe quiénes son? —Me mira extrañado—. Ah, no soy ningún bicho raro — aclaro—, es que me parece que él era alumno mío. Me resulta familiar.

—Lo habrá visto en la prensa —contesta-: Jon Hunter, el cantante de The Hunters. Muy buenos, por lo que dicen.

—Ah, lo he confundido con otro, entonces —digo, y emprendo el camino de vuelta a casa, sola.

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