Entre nosotras

John Marrs · Capítulo 6 de 48

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Entre nosotras

Capítulo 4 NINA

Capítulo 4

 

NINA

 

Sigo a mi madre por la escalera mientras sube los peldaños de uno en uno. Veo cómo se le tensan los músculos de los brazos fibrosos cuando se apoya en la barandilla para tirar de su cuerpo. Los dos últimos años le han pasado factura y ya no se sostiene con la misma seguridad de antes. Es como si temiera que, yendo más rápido, pudiera perder el equilibro y caer de espaldas. Si eso pasara, ya estoy yo aquí para agarrarla.

La mayoría de nosotros, en algún momento de nuestra vida adulta, nos resignamos a que nuestros padres van a ir apagándose poco a poco delante de nuestros ojos y que no vamos a poder hacer nada para impedirlo. No soy una excepción. A pesar de todo lo que ha pasado entre Maggie y yo, me encoge el corazón saber que llegará un día en que ya no la tendré aquí conmigo. A veces me sorprendo plantada al pie de la escalera con los ojos cerrados, escuchándola pasear nerviosa por el suelo de madera de su cuarto y leer en voz alta algún libro. Me pregunto si hará ruido para llenar el vacío de la habitación.

Una vez le dije que es como un fantasma deambulando por la casa mucho antes de morir. Rio y me contestó que ella siempre me estará vigilando, aun desde la tumba. Percibí cierta malicia en su comentario, pero, curiosamente, me consoló. Compartir la casa con un espíritu retorcido es mejor que estar sola. Quedarme sola me aterra más que ninguna otra cosa en el mundo.

Llegamos a su planta y gira a la izquierda por el corto descansillo y abre la puerta del baño de un empujón. Intenta cerrarla al entrar, olvidando que siempre se va a quedar algo entornada. La espero fuera, sentada en el primer peldaño de la escalera mientras oigo correr el agua del grifo. Es martes por la noche, así que se va a preparar un baño. Las rutinas establecidas, como esta y nuestras comidas juntas, son útiles porque nos permiten saber qué esperar la una de la otra. Salvo cuando se sale del guion y hace alguna estupidez como robar un sacacorchos. Entonces es como si diéramos un paso adelante y dos atrás. Aun así, no me rindo.

He encendido el calentador al llegar a casa, pero solo lo justo para que el agua esté tibia a lo sumo. Esta casa sale muy cara y mi sueldo y su pensión no dan para mucho. Hubo una ola de frío en enero y febrero, con lo que hace semanas que se nos acabó la subvención estatal de combustible para el invierno. En cuanto pase la Semana Santa, enseguida llegará el verano y ya no tendremos que poner la calefacción tan a menudo.

—Te he traído otro libro —le digo desde el descansillo y la oigo meterse despacio en la bañera.

—Gracias —contesta.

—Te lo dejo en tu cuarto.

Vuelvo a la planta baja y regreso con un libro en cuya cubierta aparece la silueta de un cadáver pintada con tiza. Me pregunto si sus lecturas favoritas serán un reflejo de la oscuridad que se oculta bajo su superficie.

Dejo el libro en una de las dos mesillas y me siento atraída por la ventana. A excepción de un coche en movimiento, todo está tranquilo fuera. Contemplo el parpadeo de las pantallas de televisión en el salón de algunos vecinos y me pregunto qué estarán viendo. A esta hora de la noche, será algún culebrón. Cuando era niña, solíamos reunirnos en torno a la tele para ver Coronation Street y EastEnders. Bueno, lo hacíamos mamá y yo. Papá terminaba de leer los periódicos o se subía a su despacho a diseñar edificios.

Fuera, nuestra vecina Louise sale de su casa y recoge algo del maletero del coche. Le veo el barrigón a la luz de la farola. Mamá tiene razón: está embarazada, clarísimamente. Sin pensarlo, me llevo las manos al vientre y me sorprendo acariciándomelo como si creciera una vida en mi interior. Sé que no; es imposible. Mis entrañas son como una máquina vieja y rota a la que le faltan piezas. Aun así, eso no frena el anhelo.

Levanto la vista al cielo de naranja tostado y púrpura y me alegra que hayan llegado ya las noches luminosas. Ahorré el dinero de la subvención que me pagan por cuidar de un familiar dependiente y me he regalado una mesa de jardín nueva con cuatro sillas de mimbre. No tardarán en llegar. No necesito tantos asientos, tampoco es que venga mucha gente de visita, pero una única silla solitaria quedaría muy triste.

Por un momento, me imagino cenando con Maggie en el jardín una noche cálida de verano. Estaría bien hacer algo que sea distinto para nosotras pero normal para otras familias. Luego lo descarto tan rápido como se me ha ocurrido. Si no la puedo dejar sola con un sacacorchos unos minutos, ¿cómo puedo estar segura de que no será un peligro para ninguna de las dos si la saco de casa?

Me miro de reojo el reloj; lleva quince minutos en la bañera y el agua se debe de estar enfriando. Camino de la puerta del baño, veo sus gafas de leer dobladas en la mesilla de noche. Algo brilla y me llama la atención, así que entro de nuevo en el dormitorio para verlo más de cerca. Ha intentado esconder un muelle del colchón debajo de la funda de las gafas, pero sobresale la punta. «Buen ojo», me digo, satisfecha de mí misma pero decepcionada por ese otro acto de rebeldía por el que ahora voy a tener que vengarme. Con el extremo afilado del muelle, le aflojo el tornillo minúsculo de una de las patillas de las gafas. Me guardo el tornillo y el muelle en el bolsillo del pantalón y dejo las gafas donde estaban, bien dobladitas.

—¿Ya estás lista? —le pregunto desde la puerta cerrada del baño.

—Me estoy poniendo el camisón —contesta, y vuelvo a oír un ruido metálico; luego aparece limpita y resplandeciente.

La sigo a su cuarto y la veo acercarse a la ventana arrastrando los pies.

—Vale —digo—, levanta la pierna —y ella me complace, porque ya conoce nuestra rutina bien ensayada. Saco la llave que llevo en el bolsillo y suelto el candado que lleva sujeto a la argolla del tobillo. La cadena cae al suelo con un golpe seco. Le engancho una cadena mucho más corta al tobillo y le echo la llave. Esa cadena no se extiende mucho desde la estaca. Una vez más, la tengo confinada en su cuarto—. Bueno, te he limpiado el cubo con lejía —añado y miro hacia el balde de plástico azul y el rollo de papel higiénico del rincón—. Te veo en un par de días.

Más tarde prepararé el desayuno y la comida de mañana y se los dejaré a la puerta de su cuarto por la mañana, antes de irme a trabajar. La cena puede esperar hasta que yo vuelva por la noche.

Cierro la puerta con llave al salir y me quedo plantada al borde de las escaleras con los ojos cerrados. Ojalá no tuviera que ser así, de verdad. Pienso en una frase que leí una vez en una carta escrita por una de mis autoras favoritas, Charlotte Brontë: «De los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Me pregunto si eso incluye también a los miembros de la familia.

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