Entre nosotras
Capítulo 34 NINA HACE DOS AÑOS Y MEDIO
Capítulo 34
NINA
HACE DOS AÑOS Y MEDIO
Estoy tan nerviosa que me tiemblan las manos. Me las meto en los bolsillos de la chaqueta para que no lo note nadie.
Me estoy arrepintiendo. ¿Y si me rechazan nada más verme? ¿Y si me dicen que soy muy mayor o que tengo muy poca preparación o me lo deniegan sin más, sin darme una explicación? No sé si quiero entrar, pero el sensor ya me ha detectado y las puertas correderas se han abierto. Se vuelven a mirar a la recién llegada y me reciben con cálidas sonrisas. Eso neutraliza temporalmente mi aprensión.
El edificio municipal del condado de Northamptonshire abrió hace poco y huele a nuevo, justo al contrario que mi biblioteca, que huele a moho. Había olvidado que un lugar de trabajo puede oler a carpetas gruesas y muebles de madera y no solo a páginas viejas y seres humanos. Salpican los pasillos unos tablones de anuncios móviles, cada uno de ellos con detalles del acto que se celebrará esta noche. En la mayoría se han pinchado carteles con imágenes de niños (modelos, supongo) de todas las edades y hay folletos y paquetes informativos en mesas de tijera.
—Hola, soy Briony —me dice una mujer vivaracha según se me acerca.
Me tiende la mano y su sonrisa le engulle la parte inferior del rostro. Será más o menos de mi edad, pero tiene menos patas de gallo.
—Nina —digo—. Nina Simmonds.
—Encantada de conocerte, Nina. Supongo que has venido por las jornadas abiertas sobre adopción y acogida. —Asiento con la cabeza—. Genial. ¿Te has registrado en nuestra web?
—No. He decido venir al salir del trabajo.
—No pasa nada. —Me pasa un formulario en un portapapeles y un bolígrafo para que anote mis datos—. ¿Un poco nerviosa? —Asiento de nuevo—. Bueno, pues no te preocupes, que aquí somos todos muy majos. Solo necesitamos tus datos básicos, no es nada intrusivo.
Según empiezo a escribir, estoy a punto de darles mi dirección del trabajo porque no quiero que me manden nada a casa antes de que le cuente a mamá lo que voy a hacer. Además, quiero estar convencida de que esto es lo correcto para mí. Veo una escapatoria y marco la casilla que dice que prefiero que me contacten por correo electrónico en vez de correo ordinario.
Llevo semanas viendo el cartel de las jornadas abiertas pinchado en el tablón de anuncios de la biblioteca. De vez en cuando me llamaba la atención e imaginaba cómo sería ser la mamá de la pequeña desesperada de la fotografía. Cuanto más la miraba, más pensaba en Dylan, y más consciente era de que el que mi cuerpo defectuoso me hubiera arruinado las posibilidades de ser madre biológica no significaba que no pudiera criar al hijo de otros. He perdido muchas cosas, pero el instinto maternal no.
A veces me consume el deseo de ser mamá y anhelo por encima de todo el amor de una criatura. Quiero moldearla, conducirla a la edad adulta, ayudarla a no cometer los errores que yo he cometido. Aun cuando se haga mayor y abandone el nido, quiero creer que pensará en mí con cariño y me agradecerá que la eligiera. Los padres y los novios te pueden dejar, pero a un hijo siempre lo llevas en el corazón. Mira Dylan. La llevo en el corazón, desde luego.
Relleno el formulario mientras Briony me asegura que no estoy sola y que esta noche hay aquí muchos otros posibles padres sin pareja, como yo. Me lleva a un puesto de bebidas y me invita a que me sirva lo que quiera mientras me explica lo que significan la acogida y la adopción. Paseo la vista por el resto de los presentes. Hay gente de todas las edades y etnias, casi todo parejas, aunque también unos cuantos solteros. Me pregunto cuáles serán sus circunstancias. A lo mejor tienen un cuerpo como el mío, que asesina a los bebés.
—Te dejo esto —me dice Briony y me entrega un paquete informativo —. Te dará una idea de lo que se espera de la entrevista y de las fases siguientes en caso de que desees continuar. Ahora, si te parece bien, te voy a meter en una lista para que charles con dos de nuestros adoptantes. Tranquila, es una conversación informal y te resolverán todas las dudas. Tienes que esperar unos diez minutos, ¿te parece bien?
—Sí, genial —contesto.
Me sirvo un té y me deja sola para que hojee la información. Cuando por fin vuelve, viene seguida de una pareja joven. Me presenta a Jayne y a Dom y yo los sigo a una zona con asientos. Adoptaron a dos gemelas hace tres años, me explica Briony, y los anima a que me cuenten su experiencia.
—No te voy a engañar y decirte que ha sido fácil —reconoce Jayne—. Cuando decidimos que queríamos darles un hogar, tenían cuatro años y muchos problemas de conducta.
—¿Como qué?
—Sus padres biológicos las tenían asilvestradas. Les dejaban hacer lo que querían, sin normas ni límites, no iban al colegio, solo comían porquerías, no salían a jugar y no sabían leer ni escribir. Nos hemos pasado los tres últimos años ayudándolas a alcanzar el nivel de los otros niños de su edad.
—¿Y qué tal?
—Lo estamos consiguiendo —contesta Dom con orgullo—. En cuestión de desarrollo, llevan como un año de retraso y, aunque hemos tenido que hacer un gran esfuerzo, también ha sido superreconfortante.
—Hará falta mucha paciencia —digo, preguntándome si yo podría ser tan buena como ellos.
—Sí, la paciencia es importante, pero, sobre todo, necesitan amor — prosigue Dom—. Es lo único que necesitan estos críos: saber que están a salvo y seguros contigo y que no los vas a abandonar.
«Eso lo puedo hacer», me digo, porque conozco bien la sensación. Charlamos más rato, luego hablo con otra pareja adoptante y, por último, con la trabajadora social. Y cuando quiero darme cuenta, ya son las diez de la noche y ha concluido la jornada.
—¿Qué tal ha ido? —me pregunta Briony con una sonrisa mientras me pongo la chaqueta—. ¿Te hemos desanimado o sigues interesada?
—Sigo interesada, desde luego —contesto, y lo digo en serio. Sin contar a Dylan, dudo que haya deseado algo tanto en toda mi vida.
—¿Solo la adopción o te plantearías también la acogida?
Niego con la cabeza. Jamás podría ofrecerle todo mi amor a una criatura para que después se la lleven al cabo de una semana, un mes o incluso años. Ya he perdido demasiado como para ofrecerme voluntariamente a perder más.
—La adopción es lo que más me llama —respondo con firmeza—, así que ¿qué tengo que hacer ahora?
—Como tenemos tus datos de contacto, te mandaremos un correo electrónico a finales de esta semana y empezaremos el proceso. Habrá más formularios por rellenar, comprobaciones de antecedentes penales, referencias, entrevistas, evaluaciones psicológicas, visitas a domicilio, cursos a los que asistir… Es un viaje largo y no hay garantías. Puede llevarte meses superar todos los procesos y que luego tardemos años en encontrar una criatura adecuada para ti.
—No me importa —contesto—. Tengo todo el tiempo del mundo.
Cuando salgo y me dirijo a la parada del autobús, voy flotando hinchada de un entusiasmo que no recuerdo haber sentido jamás. Puede que haya encontrado mi vocación. Tengo la sensación de que al final voy a ser madre.
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