Escritos de jazz
Jazz News, número 9, marzo de 1950
¿UNA CRÍTICA ABSOLUTA?
O es un sueño o no lo es
Es muy raro que se hable de un músico de jazz sin acusarlo de haber sufrido la
influencia, durante los meses de biberón, de Célestin Bandichou, en la época de la
pubertad, de «Rex» Doublezingue, y, más tarde, la del famoso Jonathan Ferguson
Brother. Muy raro y muy sencillo de entender: para hablar con libertad de un artista,
habría que tomarse la molestia de hacer algo más que un estudio comparativo de sus
obras, lo cual es mucho más agotador. Incluso cabe preguntarse si se podría encontrar
un solo músico del que se pueda reconocer la originalidad de las ideas, de la
sonoridad, del fraseo, del ataque, de la inflexión, en fin, de todo lo que constituye el
bagaje de un músico de ensueño. Creo que se podría citar a Johnny Hodges, Stuff
Smith, Harry Carney, Art Tatum… Aunque estoy convencido de que esta lista sería
objeto de un sinfín de discusiones. En todos los demás, la crítica de jazz estándar se
limita a admirar el despliegue de lo que fulano había empezado diez años antes.
Es indiscutible que ello encierra una parte de verdad, pero ¿por qué detenerse ahí?
Creo firmemente que Duke Ellington, Hines y los otros han plagiado a Chopin, ya
que emplean más o menos las mismas notas del piano.
No obstante, cuando dos sabios, en dos países diferentes, sin comunicarse entre
sí, se inventan más o menos en el mismo momento el mismo aparato (cosa que
sucedió con el fonógrafo, el teléfono, etcétera), ¿acaso se les acusa de haberse
copiado el uno al otro?
Se dice: estaba en el aire.
Si se busca bien, siempre se puede encontrar en la obra de un predecesor el
germen del hallazgo en cuestión. Incluso las palabras que utilizamos, ¿no fueron
inventadas por otros? Por mi parte, encuentro mucho más meritorio descubrir algo
nuevo a partir de abundantes materiales, ya que su organización y su manejo resultan
cada vez más arduos. Me parece muy meritorio formular o realizar algo que un
predecesor apenas logró esbozar, y quizá involuntariamente. Influencia, pues; pero
influencia empleada como materia prima, como punto de partida de otras búsquedas,
y sin que cuente demasiado en el juicio del que es objeto el músico.
Tratamos de alejar tanto el abuso de esta forma de razonamiento o de
clasificación (aunque resultaría muy cómoda; se podrían hacer series de artículos
titulados: dos grandes baterías, tres grandes trompetas, cuatro grandes tenores,
etcétera) que deberíamos llegar hasta el extremo de denunciar la influencia de Hawkins en Lester Young, y explicar todo el estilo de Young por medio del de
Hawkins. En efecto, ¿acaso Lester Young no intentó alejarse lo máximo posible del
estilo de Hawkins? Ésta era la base de la labor de inversión o de transformación que
llevó a cabo Lester Young, que, si Hawkins no hubiera existido, ¡tal vez habría
tocado como Hawkins!
Se entiende, pues, hasta dónde se puede llegar; pero hay que llevar las cosas hasta
el extremo para denunciar la estupidez de un razonamiento (lo cual puede volverse en
tu contra en el momento en el que menos te lo esperas).
Y estas pocas reflexiones nos llevan de forma natural hasta nuestra conclusión: en
lugar de describir un músico por comparación con otro, más o menos conocido por el
lector y al que no siempre le interesa, es preferible describírselo, en la medida de lo
posible, objetivamente, en valor absoluto. Situarlo en su época basta para definir sus
fuentes: no desdeñemos la influencia de King Oliver en Louis, aunque la forma de
tocar de este último sea fruto, tal vez, de su gusto por las judías rojas o por la música
de Guy Lombardo… A fin de cuentas, esto es un estudio de influencias, que podrían
mejorar el sempiterno menú que nos proponen los críticos de jazz.
MICHEL DELAROCHE