Escritos de jazz
Jazz News, número 10, abril de 1950
EDITORIAL
Tras muchos altos, bajos y medios, en el honor y en la dignidad, he aquí, al fin, un
editorial serio, pues ha llegado el momento de desvelarles mi batería (Kenny Clarke,
¡auxilio!…). Para mi alborozo, la gente se pregunta por qué Jazz News abunda en
bromas indignas del Os à Moelle[19] (a mí no me parece nada mal, el Os à Moelle,
pero me limito a citar lo dicho), por qué, sin avisar, desvirtuamos una fórmula de
enorme interés que convertía Jazz News en la primera revista de jazz francesa, por
qué ponemos por los suelos a gente a quien todo el mundo tiene en gran
consideración, por qué el doctor Gédéon Molle se arroga el derecho de babear sobre
jazz durante toda una página, por qué los editoriales tienen una maquetación
incoherente, por no decir ofensiva, por qué no se hace más crítica comparada, por qué
yo toco tan mal la trompeta, inspirado por el bebop; en fin, ¿por qué? Podría
responder que «porque sí», y estaría dicho todo, pero quiero explicarme, como he
anunciado al comienzo. A pesar de lo que piense Antoine Moreau, no vivimos en una
república de ciudadanos iguales: la prueba es que él es un lector estúpido mientras
que otros lectores son muy inteligentes. Así pues, hay que escoger. Escoger a los
buenos, a los confiados y bienintencionados. Los otros, que se vayan a freír
espárragos en fila india. Supongo que con los dos números anteriores hemos
disgustado a los de mucha clase, a los blandengues, a los avinagrados y a los
amargados, a la gente que duerme con pijama de franela, con calzones, y a los que se
ponen algodones en las orejas, a los que creen que Henry Bordeaux es un gran
escritor, que la policía está llena de gente honesta y que los jueces y los periodistas
tienen sentido del humor. No queremos a todos esos lectores, así que hemos tratado
de disuadirlos. El peligro es el mismo que cuando se emplea helecho macho para
matar la tenia, que se corre el riesgo de cargarse a la vez lo que se quería eliminar y
también a quien se quería salvar. Hemos corrido el riesgo, y hemos ganado: según
nuestras últimas estadísticas, nos quedan siete lectores. A partir de ahora vamos a
poder hacer alegremente, entre nosotros, una revista de jazz llena de sal ática, vamos
a poder considerar con un desdén sonriente los tímidos esfuerzos de nuestros
lamentables competidores, vamos a poder cerrar los ojos ante sus errores más burdos
y divertirnos con los demás; en suma, vamos a poder competir, con una calidad
absoluta, en la lucha por la supremacía de los productos franceses en los mercados
mundiales.