Escritos de jazz

Jim Harrison · Capítulo 3 de 59

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Escritos de jazz

Jazz News, número 6, junio de 1949

 

LUNES 9

 

Reseña objetiva y detallada de la velada en el Festival Internacional de Jazz

de Pleyel del lunes 9 de mayo, año 1949 de la era cristiana, año 29 de la era

bisónica.[4]

 

La velada estaba dedicada a la música bebop, como se la suele llamar, y me llegó al

corazón, aunque no lo tengo muy fuerte desde que Françoise me sedujo y no

tendríamos que pensar en otra cosa. Como era una velada consagrada a ese arte en

particular, no había demasiados rezagados aficionados a las marchas militares, sino

que los presentes fueron corteses. Aunque no muy corteses con los musiflupetones de

Vic Lewis, que rompieron el fuego, ni muy galantes con la encantadora

saxotenorfonista alta y rubia y deliciosa que, sin embargo, no se quedaba corta en

pullas ni en técnica y que tenía un estilo, a fe mía, inspirado en Lester Young, que es

un buen modelo. A mí me gustó mucho esa gran saxifornista, y me habría encantado

aprender a cantar con voz de tenor con ella, pero Vic Lewis no parecía muy a gusto.

A continuación tocaron Miles Davis, Tadd Dameron y Kenny Clarke con James

Moody y Barney Spieler, que estaba un poco emocionado, aunque es un tipo duro.

Pues bien, quisiera hablarles de Miles, que cada día de la semana tocó mejor que el

anterior, aunque aquel lunes la cosa ya fue sensacional. La víspera nos sorprendió no

reencontrar su estilo de acelerones y paradas facultativas, tan pausado; [5] gillespiaba

un poco más que en sus discos, pero el lunes 9 tocó un Embraceable You

absolutamente arrebatador. Tadd Dameron encontró una solución para el supuesto

callejón sin salida del bebop (que no es tal, pues). Tadd reintrodujo las líneas

melódicas continuas, pero deliciosamente contorneadas con sierra de alfarero. Tadd

tiene un sentido del piano extremadamente personal; a mí me gusta mucho su forma

de derramar los acordes de setenta y nueve formas diferentes, y me alegro de que se

quede en París. Después de Miles Davis tocaron Diéval con Hulin, Hubert Fol,

Soudieux y Ritchie Frost. Todos ellos tocaron muy bien. Hubert Fol estaba bastante

en forma; a veces, parece que le falten vitaminas, pero desde que se peina con un

mechón, ha resucitado. Ritchie pasaba medio desapercibido al lado de Kenny. Vaya;

de hecho, me había olvidado de Kenny y Moody, pero era una impostura: Moody

nunca había estado tan inspirado, y de Kenny hablaré en seguida. Hulin está

progresando, diría; tiene una bonita técnica, pero a ratos se lamenta su falta de

potencia. La verdad es que únicamente Dizzy y Fats Navarro saben combinar potencia y supertécnica.

Al fin escuchamos al pájaro, [6] al mismísimo Charlie, en su formación con Al

Haig al piano, excelente técnico al que le falta un poco de punch —aunque al piano,

conjugar una gran habilidad con todo lo demás exige ser un Tatum—, Tommy Potter,

el bajista más encantador que conozco, y que toca, Dios mío…, como para

deleitarse…, Kenny Dorham, que ha hecho progresos considerables respecto a las

grabaciones que conocía de él, y Max Roach, que dejó sin respiración a los más

difíciles de dejar sin respiración (aquellos que tienen una enorme caja torácica llena

de pulmones, of course). Todos los aficionados y los músicos esperaban con

impaciencia a Max Roach; en Francia, lo que más gusta son las secciones rítmicas,

tanto entre los amantes del New-Orleans como entre los fans del bebop. Max es un

maestro de la caja; puede pegar a los diversos platos un número de castañazos por

segundo absolutamente exagerado y desalentador. ¡Y qué despliegue! Pero es más

bien un batería en la línea de Cozy Cole, Drummers-machine y compañía que un

innovador como Kenny Clarke. Al escucharlos tocar juntos, uno se da cuenta de que

los dos rebosan de técnica, que Max tal vez toca con más ligereza y levedad, pero que

Kent tiene una imaginación delirante. A decir verdad, son dos baterías portentosos.

Al fin, Charlie Bird, que llegó al escenario con el ojo vidrioso como un zombi…,

y luego, el diluvio. Nos quedamos sin aliento, aturdidos, babeando (la nobleza obliga)

… Contamos y nos metimos de cabeza. Pero él no…