Escritos de jazz
Jazz News, número 9, marzo de 1950
LAS GRANDES FIGURAS
A propósito de la orquesta Ellington
Periódicamente, en la prensa especializada se leen afirmaciones perentorias de este
tipo: «Duke ha tomado el camino de lo fácil», «Ellington ya no es lo que era», «Antes
había grandes solistas; hoy en día, ya no hay ninguno». La más admirable, en su
concisión, es, sin duda, la de un tal Fox, en el PL Yearbook of Jazz 1946: «Resulta
irónico constatar que Ellington haya alcanzado la celebridad en Estados Unidos en el
momento en el que sus composiciones han llegado a su nivel más bajo, y en el
momento en el que en su orquesta, desmantelada, los hombres de base han sido
reemplazados por nulidades».
Semejantes declaraciones se prestan a sonreír, e incluso a gritar «¡Ja, ja!» de
forma muy ruidosa en las narices del señor Fox, tras haber comido ajo, el colmo del
desdén.
Es cierto, a menudo Ellington tiene que grabar historias sin demasiado interés,
con señores de voz de ternera cantando melodías muy sentimentales.
Pero el sentimiento es tan bueno… Ello sólo demuestra, a lo sumo, que Duke es
menos libre de elegir el programa que en 1935.
Y es que desde 1935 la industria discográfica ha adquirido mayor importancia. Y,
en consecuencia, el director comercial tiene más voz que en el pasado. Así, si se
quiere vender un periódico de una tirada de ochenta mil ejemplares, hay que llamarlo
France-Dimanche y rellenarlo de historias para conserjes, ya que en Francia hay
muchos más conserjes que intelectuales, y es justo que se trabaje para ellos (y ellas);
del mismo modo, en Estados Unidos hace falta Perry Como y Al Hibbler, y tocar las
melodías de éxito, que —es una verdad reconocida, tal y como afirman todos los días
en Down Beat— jamás han sido de una tontería tan desoladora ni de una pobreza tan
grande.
Por lo demás, que los discos recientes de Duke sean tan malos… habría que
discutirlo. Depende de los gustos…
Por eso no lo discutiremos, porque en ese ámbito, como en tantos otros, todo
radica en afirmaciones gratuitas.
Pero si, por casualidad, uno escucha en la radio una retransmisión de Duke
tocando para que la gente baile, o una grabación realizada en tales condiciones, la
evidencia resulta cegadora: Duke Ellington jamás ha tocado su instrumento tan bien.
Su instrumento, es decir, su orquesta. Es preciso reconocerlo: cuando publicó Trumpet no End, Ellington desmintió por completo a quienes aseguraban: «Ellington,
sin sus solistas…, está perdido».
Cuatro trompetas, cuatro solistas, ninguno de los cuales tocaba en la formación de
1930-1940, aquella de la que se solía decir: «Era el apogeo». Y un disco igual, si no
superior, a los de los años 1939-1940.
¿Acaso la gente no se da cuenta de que Ellington suscita solistas cuando los
necesita? ¿Quién hizo a Jimmy Blanton?… ¿Su madre?… No, Ellington.
¿Quién hizo a Barney Bigard?…
Ellington.
Por otra parte, el caso de Barney Bigard me recuerda una historia muy curiosa.
Una historia de cine. La cuenta Pudovkin, el gran director de cine ruso, al que cedo la
palabra:
Kuleshkov y yo hicimos un experimento muy interesante. Cogimos varios primeros planos de
una película cualquiera del conocido actor Mosjukin. Escogimos planos estáticos y
completamente inexpresivos; grandes primeros planos apacibles. Ensamblamos aquellas fotos,
que se parecían todas entre sí, con otros trozos de la película, en tres combinaciones diferentes.
En la primera, el gran plano de Mosjukin iba seguido, de inmediato, por la imagen de un plato de
sopa en una mesa. Era manifiesto que el actor miraba la sopa. En la segunda combinación, el
rostro de Mosjukin aparecía junto a un ataúd en el que reposaba el cadáver de una mujer. En la
tercera, el primer plano iba seguido por la imagen de una niña que jugaba, divertida, con un oso
de peluche. Cuando presentamos estas tres combinaciones a un público que desconocía el
secreto del montaje, el resultado fue asombroso. Los espectadores estaban arrebatados por el
juego del artista. Subrayaban sus sentimientos de densa melancolía, inspirados por la sopa
olvidada; se mostraban emocionados y conmovidos por la profunda tristeza con la que
contemplaba a la muerta, y admiraban la sonrisa ligera, dichosa, con la que vigilaba los juegos
de la niña, PERO NOSOTROS SABÍAMOS QUE EN LOS TRES CASOS EL ROSTRO ERA
EXACTAMENTE IGUAL.
Sin embargo, no basta con combinar diferentes fragmentos en un orden u otro. Es necesario
poder controlar y manipular la duración de tales fragmentos, ya que la combinación de trozos de
duración variable tiene un efecto comparable al del ensamblaje de sonidos de diferente duración
en música, creando el ritmo de la película… [18]
No me reprocharán (aunque lo diga, si me lo reprochan, me echaré a llorar) esta
larga cita, ya que ilumina el caso de Bigard de modo sorprendente. Bigard no ha
perdido su técnica. Podría tocar como tocaba con Duke.
Bigard ha perdido a su director.
Cuando Duke dirigía un solo de Bigard, el montaje era tan hábil que uno tenía la
tentación de atribuirle todo el mérito a Bigard.
Del mismo modo, en una película se suele decir: «Fulano está fantástico en esta
película… ¡Y está fatal en tal otra!…». Y la gente se sorprende. Jamás se piensa que
el mérito (en ambos casos) es, ante todo, del director, a no ser que se trate de grandes
actores, por supuesto.
El caso de Rex Stewart es idéntico. Sin la llamada «atmósfera ellingtoniana», Rex
se hunde en la vulgaridad más espantosa. Se objetará que algunos músicos que han
abandonado a Duke han conservado todas sus cualidades: Cootie Williams o Ben Webster, por ejemplo.
Ya se sabe. Pero ¿acaso no es sorprendente que uno de los grandes logros de
Cootie, sin Duke, sea la Fiesta in Blue que grabó para Columbia, con el fondo sonoro
de un excelente arreglo, excelentemente «fundido» por Benny Goodman y su
orquesta, que se desvanecían por completo ante Cootie, proporcionándole un marco
bien diseñado, en el interior del cual el pincel de pistones del artista desplegaba el
arco iris de sus colores más brillantes? (Ahí quisiera yo seguir las trazas del alfarero
que tanto le gusta a Marguerite).
Respecto a Ben Webster, escuchen las grabaciones que ha hecho sin Duke, y
escuchen su solo en Chlo-E. Verán qué diferencia. Los solos son igual de buenos,
pero ¡qué relieve adquieren con Duke!…
Y volvamos a los últimos discos de Ellington, que, por las razones ya señaladas,
suelen ser grabaciones de melodías que están de moda, más o menos lamentables.
He aquí una canción: It’s mad, mad, mad, con voz de Dolores Parker, una buena
cantante negra de estilo blanco.
¿El tema?… Cualquier melodía de éxito construida a partir de un corte clásico,
pero el arreglo, la ejecución, la precisión, la exactitud (y, añadámoslo, en los elogios a
Columbia, la grabación) son absolutamente irreprochables.
Cojan cualquiera de estos Ellington recientes: Sultry Serenade, en la que toca el
bueno de Tyree Glenn (el tema conocido entre nosotros como Working Eyes); toquen
cualquiera de esas canciones.
Es cierto; Duke no siempre se ha tomado la molestia (que, por otra parte, no se
merecían los temas en cuestión) de hacer unos arreglos tan seductores como los de
Raincheck, Jack the Bear o Giddybug Calop.
Pero, escuchando la maravillosa maquinaria que es su orquesta, ¿de verdad creen
que ha perdido alguna de sus cualidades?
Por el contrario, ahora Duke se adentra en el terreno del swing y de la perfección
en la ejecución, mucho más allá de lo que hizo Lunceford.
Y Duke siempre cuenta con grandes solistas, se llamen Baker, Nance o Glenn, ¡en
lugar de Williams o Nanton!
Tanto da.
Mientras toquen con Duke… Tarde o temprano, algún día escucharán una
pequeña retransmisión… y se preguntarán: ¿quién es? Nadie es capaz de tocar así…
Y será Duke.
Un señor que es capaz de pensar por veinte.