Fátima
Capítulo 1
—Apaguen la luz —ordenó Augusto Benini—. Quiero ver algo.
Al extinguirse una tras otra las centelleantes arañas y los focos de las
paredes, envueltos en doradas hojas de acanto, sólo quedó en la sala la
efímera incandescencia de los filamentos. Los catorce cirios ubicados bien en
lo alto, daban al local un poco de claridad. Benini se puso a probarlos uno por
uno. Verificó los artificios del candelabro. Lentamente recorrió con el índice
la superficie del contacto eléctrico.
—Señor Benini, ya no podemos hacer esperar más a los huéspedes —lo
apremió el maître.
—Pero yo sí. —Y no permitió que lo interrumpiera. Al cabo de unos
minutos, volvió a exigir:
—¡Enciendan la luz!Las flores rojas y blancas que adornaban la mesa
redonda, cambiarían de colores durante el curso de la noche.
Dos gigantescos ramos de tulipanes artificiales, de estupenda artesanía
holandesa, harían que todo huésped los tuviera por naturales.
De pronto, le molestó un tallo recto, que se erguía demasiado sobre los
otros. El mago estiró dos dedos expertos y lo torció hacia abajo, en una caída
grácil.
En el Tavares había un gran estruendo. El suntuoso restaurante lisboeta,
en la vecindad de la Praça Camôens, había cerrado sus puertas al público
general, para ofrecer el buffet de la première, con acceso exclusivo para quien
presentase la tarjeta de invitación con sus ribetes violáceos.
El maître, cuyo bigote se balanceaba bajo una narizota bulbosa perlada de
sudor, miró al dueño, absorto en los trajines del mago, para implorarle ayuda;
y por fin entablaron un diálogo de cuchicheos.
En ese momento, Benini dialogaba con su gata. Se alejó hasta un
cortinado, develó un pedestal y lo colocó en un lugar bien visible del salón.
Con un movimiento lleno de vigor, la gata se trepó de un salto, dio una vuelta,
dos, sobre sí misma, y por fin, se echó en lo alto.
Benini esperó paciente a que el animal adoptara la posición requerida.
Junto a la entrada, los inquietos huéspedes de la première, tamborileaban
sobre los cristales para exigir que se les franqueara el acceso.
El maître se retorcía las manos.
Lentamente el propietario del Tavares avanzó hacia Benini.
—¿Demora todavía mucho, distinguido maestro? —preguntó con voz
suave.
Su inglés sonaba como la cuerda de un arpa.
—« [1] La gatta frettolosa fece i gattini ciechi» —dijo Benini entre risas—.
No quiero fallos durante la función; pero descuide, que ya falta poco.
El propietario se alejó desalentado.
Benini, de pie, en silencio, paseó la vista por aquel salón en el que se daba
cita la más selecta sociedad de Lisboa.
Lo único que no había alterado en la decoración habitual era el techo, con
sus relieves de estuco dorado. Los lienzos blancos que necesitaba para sus
trucos de agua, colgaban alineados sobre unos alambres largos. Por prever las
incidencias de su próxima hora de actuación, no había echado siquiera un
vistazo al buffet. Descontaba que sería exquisito.
Pasó revista a los cirios, flores, el espejo que dentro de un cuarto de hora
comenzaría a regalar imágenes, las sillas explosivas, la gata dormida sobre su
pedestal…
—¿Dónde está Jeremy? —preguntó en voz baja. El sudoroso maître se
encogió de hombros. También el dueño sacudió la cabeza.
Su manager, que lo acompañaba desde hacía más de diez años, tenía
como una de sus características más constantes, el perderse en los momentos
más importantes. Y no era que el mago necesitase de su presencia; pero
lamentaba que Jeremy no compartiera con él, la reacción de sus primeros
espectadores en Portugal. Vendrían, como siempre, ávidos por curiosearlo
todo, con sus diferentes visajes de asombro. El mago disfrutaba los
inevitables intentos de su público por explicarse los trucos, sin atinar nunca
con lo que verdaderamente ocurría. No tenían idea de cómo ni dónde indagar
las causas de lo inexplicable.
En cada país, la perplejidad se expresaba de manera diferente. Los
italianos no reprimían su excitación y dejaban escapar gritos agudos; los
alemanes permanecían silenciosos, pero sobre la marcha, aplaudían cada vez
con mayor entusiasmo; y aunque se esforzaban por pasar inadvertidos, cuando
la admiración los rebasaba, estallaban en aplausos. En los muchos años de su
carrera, Benini había definido una tipología del asombro: los belgas, por ejemplo, abrían enormes bocazas y ojos desconfiados, y luego se escrutaban
unos a otros las rubicundas caras, como para verificar que no estaban
soñando; los ingleses no podían evitar algunas muecas de perplejidad, pero se
mantenían escépticos hasta el final, como dando a entender que ya habían
descubierto el quid de cada truco.
¿Cómo serían los portugueses?
Augusto Benini aguardaba expectante.
Ante la puerta aumentaba el gentío.
El enjuto propietario del Tavares, terminó por implorar a Benini. Sí, por
favor, que el señor mago autorizase de una vez a abrir las puertas. Debía
considerar que afuera esperaba lo que más valía y brillaba en Lisboa. Y era
evidente que estaba orgulloso. No dijo los poderosos, ni la alta sociedad, ni
los ricos, como eran los que podían costearse aquel buffet, a un precio que no
se ganaba un campesino del país ni en un mes de trabajo.
Benini no le respondió. Se lo veía concentrado. Reflexionaba una vez más
sobre la secuencia y el inicio de su segunda presentación nocturna.
Como función, le interesaba más que la première ya habida en el Coliseu,
que por cierto, resultara un éxito absoluto. Consideraba importante, en toda
première, incluir entre el surtido de trucos, algunas sorpresas contundentes, de
las que se siguiera hablando mucho después, cuando él se encontrara ya de
gira por otras capitales del mundo.
Durante la función del Coliseu, donde las entradas se agotaran, le habían
llegado algunas risas contenidas, fuera de lugar. Lo habían irritado. Hubiera
querido salirles al paso. Ocurrían en momentos para los cuales él no había
previsto ninguna risa. Sí, tendría que hablar con Julia, su asistente portuguesa.
Sin duda habría algo que cambiar en el libreto.
Augusto Benini levantó el brazo derecho y desapareció tras el telón de
brocado, con bordaduras de oro.
Como si se hubiera levantado la tapa de una colmena, los visitantes
arremetieron en tropel, desordenada y estruendosamente, gesticulantes,
excitados.
Los armiños de las damas relucían junto a los uniformes militares, verdes
y condecorados, que ostentaban variopintas escarapelas de laca; y
contrastaban con el negro liso de los dignatarios eclesiásticos, que ofrecían al
beso devoto, engarzadas en sus anillos, gemas rojas de muchos quilates.
De inmediato el público advirtió a la gata. La señalaban con el dedo, en lo
alto de su pedestal. Si uno de los presentes hubiese querido acariciarla, habría
tenido que encaramarse en una silla.
En las funciones de Benini, la gata negra desempeñaba un papel
importante: a veces se la veía en su sitio; pero de pronto se esfumaba; y volvía
a reaparecer siempre inadvertida. Bastaba una mirada fugacísima a lo alto del
pedestal, para controlarla. Los espectadores se estremecían. ¿Cómo era que
desaparecía? Nadie se daba cuenta tampoco, cuando de pronto, ¡zas!, ya
estaba de regreso. Y casi todos sentían, ante los manejos de aquella gata
estilita, una cierta frustración.
Para aquel truco, Benini se había inspirado en el Cheshire cat de Lewis
Carroll, en Alice in Wonderland. Un truco muy sencillo, pero de imponente
efecto. Augusto Benini disfrutó la avalancha. Venían para dejarse fascinar,
para aclamarlo. Su fama internacional había acaparado, desde antes de su
presentación los titulares de los periódicos.
Como prueba de su capacidad acompañado del jefe de la policía lisboeta,
había conducido un vehículo por las calles de la ciudad, con los ojos
vendados. Era un número que ya había realizado en otras ciudades. Y la
prensa, por supuesto, había comentado ampliamente el singular suceso. El
jerarca policial, que durante el recorrido despidiera olores dulzones y
penetrantes, también había sido honrado con una invitación para aquel
espectáculo nocturno.
Era un portugués obeso, que intercambiara una sola palabra con el mago
durante el trayecto. Parecía asustado y miraba hacia las calles con fijeza. Sin
duda, había supuesto que en cualquier instante se produciría el accidente.
Dentro del Mercedes Benz, había viajado con ambas manos aferradas al
asidero de marfil. Y tal era su expresión de espanto, que Benini mientras lo
observaba al disimulo, tuvo que esforzarse para no soltar la risa.
—¿Cuándo va a comenzar la función? —insistió el dueño del Tavares, al
verlo inactivo, tras el telón.
—Ya ha comenzado —respondió Benini; y le señaló los elevados cirios
que, ante una rápida castañeta de su mano alzada, se convirtieron en metálicas
espadas.
Un aplauso estalló de inmediato.
El propietario se volvió e hizo una reverencia al público, como si las
palmas fueran para él. Luego se compuso la voz para dirigirse al distinguido
público, y en fin, era aquella una especial alegría, en aquel marco festivo,
honorables huéspedes, tradición de la casa, excelencias del artista quien,
desde luego, a partir de ese día, sería considerado huésped de honor en su
restaurante…
En ese momento explotó una silla.
Risas. Más aplausos.
El propietario pareció algo contrariado.
Y el señor Be…nini, los saludaría poco después, personalmente según
cre…ía el patrón, habitualmente tan seguro de sí mismo, a menos que… en
fin, dada su ausencia…
Nadie le hacía caso.
La gata había desaparecido.
Tanta expectativa había suscitado desde el principio, que los huéspedes
desdeñaban el buffet. Las copas de champaña se mantenían intactas. Nadie
sacrificaba al paladar, su curiosidad por el misterioso animal.
Augusto Benini la reconoció enseguida.
La mujer con la estola roja de seda. Isabela. Muchos años antes, ella le
había seguido los pasos. Sí, Isabela, con su leve estrabismo y el cabello negro
rizado. ¿Cómo habría logrado aquella invitación? Benini no creía en
casualidades. ¿Sabría su manager que él la conocía?
Isabela. Con los años se había embellecido. Benini casi no había advertido
su entrada. Al presentarse, por fin, con un saludo cortesano, delante del telón,
no pudo quitarle los ojos de encima.
—Pensé que era usted mudo —le susurró después una dama.
—No, no —le respondió Benini—. Sé hablar. Lamentablemente no
conozco el idioma del país, pero eso tendrá su remedio. Ya he comenzado a
estudiarlo: Bemvindos e com muito gosto.
Hizo una reverencia.
Era un recurso habitual. Lo empleaba en todos los países cuyo idioma no
dominaba. Augusto Benini, el ilusionista mudo. Eso elevaba sus atractivos.
Durante la presentación sólo habló la joven que lo asistía. Era un texto
prolijamente elaborado, muy bien traducido; y las pausas habían sido
calculadas con precisión de segundos.
—¡Oh, la gata! —dijo Benini, nuevamente en inglés—. Ha vuelto a
perderse; pero nadie se inquiete, que ella siempre encuentra el camino de
regreso.
Sonrió un poco al señalar el pedestal vacío y de paso echó una ojeada a
Isabela, que estaba de pie, de espaldas al buffet. Observó que no lo miraba.
Los portugueses parecían, como los españoles, incapaces de ocultar su
asombro.
Un nuevo revuelo en el local.
Acababan de descubrir que los tulipanes blancos, repentinamente se
habían vuelto violetas.
Benini se sirvió unas rodajas de pescado al vapor, le roció una salmuera
de limón y añadió un poco de ensalada.
—¿Nos conocemos?
Se había ubicado junto a Isabela.
«¡Qué mirada!»
—¿De dónde?
—Luego —respondió Benini—; luego hablaremos.
No quería perderse la reacción de su público, cuando advirtieran el gran
espejo de pared, que ahora comenzaba a proyectar imágenes: obras del
Tiziano, Rembrandt, Da Vinci, El Greco. Hasta ese momento nadie las había
advertido.
Ya era tiempo de hacer que regresara la gata.
—¿Qué truco nos revelará esta vez? —le preguntó a boca de jarro un
señor rotundo, vestido de smoking blanco—. Me consta que en todas partes
revela usted a la prensa alguno de sus trucos. Me encontraba en París cuando
lo de las tres pelotas de tenis, dentro de la botellita.
—¿Quién sabe? —sonrió Benini; y se retiró.
Agradecía aquel interés por su trabajo. No era la primera vez que alguien
le rogaba revelaciones. Contra la costumbre de todos los magos, que jamás
daban a conocer sus artificios, Augusto Benini capturaba con ello la fantasía
de su público, a veces durante semanas. Unos trataban de adivinar qué truco
revelaría; otros promovían debates en la prensa, de modo que lectores y
espectadores pudieran solicitar la explicación del que más los motivara.
Benini sabía jugar con las esperanzas de su público.
Un hombre de pelo cortado al rape, estilo carcelario, le interceptó el paso:
—Permítame una pregunta…—Por favor, hoy no quisiera atender a
periodistas —objetó Benini, tratando de zafarse—. Ya se ha dado a conocer
que mañana estaré disponible para entrevistas.
—Ya lo sé —dijo el hombre. Su apariencia desentonaba a las claras en el
ambiente del Tavares: traje raído, corbata de lado, el nudo sucio—. Sólo me
interesa una pregunta: ¿Por qué se ha mantenido tanto tiempo sin venir a
Portugal?
Benini vaciló un momento antes de decidirse a responder.
—Tenía mis razones —dijo—. Pero no podríamos más tarde, mañana…
Un nuevo aplauso lo interrumpió.
El jefe de la policía, en lugar de su copa de champaña, tenía entre las
manos un cirio. De inmediato le formaron corro.
—¡Yo no hice nada! —decía el hombre pasmado.
En ese momento, comenzaron a acumularse sorpresas. Las miradas
derivaban en agitado vaivén desde el acuario, con sus relucientes pececillos
de colores, a la fuente surgida quién sabe de dónde y que lanzaba chorros de
vino blanco.
¡Ah, los líquidos trucos del maestro!
Augusto Benini se puso a escanciar obsequioso, en las copas de los
huéspedes, lo que ellos desearan. Y las diferentes bebidas, salían todas por el
pico de la misma jarra.
Atónitos, los invitados bebían a sorbitos, paladeaban, asentían, se reían al
comprobar la autenticidad de los sabores.
En eso, reapareció la gata en lo alto de su pedestal.
Dormía.
—Decía usted algo sobre las razones por las cuales…
El hombre trató de aprovechar un momento de silencio.
—Mañana; mañana podrá usted saber lo que desea; le ruego un poco de
comprensión… Benini apreciaba a los espectadores deseosos de formularle
preguntas, pero no así a los periodistas. Sabía que si lo hacían hablar
demasiado, se desgastaría su hechizo y dejaría de interesarles. Los huéspedes
se divertían, habla ban en voz alta, comentaban los distintos trucos. Bebían
poco. Necesitaban estar atentos a cada nueva sorpresa. Benini ganaba en
influencia sobre ellos. El suspense se había entronizado en el local. Al menor
movimiento, la elegante figura del mago atrapaba las miradas de todos
aquellos seres, ávidos por experimentar algo inusitado. Aguardaban la nueva
surprise, el sacudón emocional de lo inexplicable.
—Dada su fama ¿cómo es posible que no haya recibido usted mucho
antes alguna propuesta para venir a Portugal?
—¿Le bastaría con saber que aquí me tocó vivir una gran decepción?
—De ninguna manera —dijo el hombre. A Benini se le antojó en ese
momento que podía ser el hijo descarriado de una familia rica.
Entre los cabellos cortos le asomaban dos cicatrices en la cabeza. Benini
supuso que su inglés había recibido algún pulimento en Oxford.
—Fue un 12 de octubre —prosiguió Benini—. Y tanto me molestó que
nunca más he actuado en un 12 de octubre.
Y lo hago constar en mis contratos —añadió, en voz muy baja,
preocupado por no perturbar a los fascinados huéspedes—. Me habían
anunciado para una función en un teatro municipal al que no se presentó ni un
solo espectador.
Ni uno. De inmediato mandé desmontar el espectáculo y esa misma noche
abandonamos Portugal. Por cierto, en aquella época yo no era tan conocido
como ahora.
Y volvió a exhibir la risa que solía ofrecer desde el escenario cuando
aparentemente le fallaba algún truco.
—¿Y cuándo ocurrió eso? —musitó ahora el rapado. —Hace años, hace
muchos años; pero excúseme…Y lo dejó plantado.
Había visto que Isabela se disponía a abandonar el Tavares.
Al alcanzarla, le cogió una mano.
—¡Cuánto le agradezco que haya venido! Pero ¿no pensará marcharse
ahora, cuando viene precisamente lo mejor…?
—Lamentablemente, tenemos que despedirnos —dijo un poco
atropelladamente su pareja, que le apoyaba una mano en el hombro—. Nos
espera un largo viaje.
Isabela no miraba a Benini. Toda la noche se había comportado como si
quisiese pasar inadvertida.
—Por mi parte, estoy seguro de que veré su show muy a menudo—. El
joven llevaba una corbata que relucía con destellos plateados, motivos de
estrellas azules—. Porque una cosa así se ve muy poco; realmente muy
poco…
—¿Y usted? —le preguntó el mago a Isabela, sin soltarle la mano.
—Sí, también, seguramente que lo veré. Me ha gustado mucho; y sé de
qué hablo; yo misma suelo presentarme en público.
El mago preparaba argumentos para impedir que se marcharan, cuando su
manager se acercó a advertirle que era hora de dirigirse a los demás
huéspedes.
—Allá atrás, desde hace un rato, esperan el alcalde y su hija, que quiere
un autógrafo.
El mago persistió todavía durante un instante. «Quizá no sea Isabela…»
pensó al soltarle la mano.
Rara vez confundía un rostro. El hábito de observar a su público, para
detectar especialmente a los más escépticos, a quienes reconocía por las
trastiendas de sus ojos, lo había hecho un excelente fisonomista; y como tal,
con particular agrado, escogía candidatos al estupor. Pero además, cualquier
detalle le bastaba para grabarse un rostro: un lunar, una boca pequeña, el
lóbulo de una oreja más grande que el de la otra.
Tras la salida de Isabela, el mago procedió a firmar autógrafos; distribuyó
apretones de manos; regaló cortesías en varios idiomas y escribió dedicatorias al dorso de su retrato más en boga, donde se lo veía cuarentón, con su eterno
corte de pelo a lo Cristóbal Colón, ceñido marco para sus ojos entre pardos y
verduscos, que evocaban los colores de algunas plantas tropicales. Las
arrugas de la frente, las patas de gallo y comisuras de la boca, quedaban
cubiertas bajo una capa extra de maquillaje. Varias semanas atrás había
cumplido 51 años.
Exactamente setenta minutos tras la apertura de las puertas, Benini hizo
apagar la luz. Las agudas risas se acallaron. Cesaron estridencias y diálogos.
La ubicua figura del mago, de pie ante su público, invadía la sala desde los
numerosos espejos laterales.
La gata se desperezó en lo alto de su pedestal.
Julia anunció la inminente desaparición de Benini; pero que nadie se
preocupara. En noches sucesivas podrían admirarlo en el Coliseu.
Nadie se rió. La tensión crecía por segundos. Ayudada por el manager,
Julia cubrió al mago con una bandera portuguesa.
Detrás del telón se oyó un redoble de tambores.
Las velas fulguraron y una luz misteriosa surcó la sala.
Jeremy y Julia levantaron la bandera.
El gran Benini se había desintegrado.