Fátima
Capítulo 4
Podíamos, sin enceguecernos, mirar al Sol de frente. Parecía llamear, y se movía de arriba
abajo; y era como si disparara sus rayos en diferentes direcciones, y todo lo tiñó de hermosos
colores: los árboles, las personas, el aire y la tierra. Pero lo más sorprendente era que el Sol no
hacía daño a los ojos. El silencio se enseñoreó de todo el escenario. Todos mirábamos a las
alturas. De pronto, el Sol pareció detenerse y luego comenzó a bailar como si se precipitara
desde el cielo, sobre nosotros. Y ése fue, por cierto, un momento terrible. El Sol parecía temblar
y bambolearse y se convirtió en una rueda de fuego que amenazaba con desplomarse sobre la
multitud. Las personas gritaban: «Moriremos todos, nos va a matar». Otros invocaban a Nuestra
Santa Virgen, y le pedían ayuda u ofrecían actos de arrepentimiento. Finalmente, el Sol detuvo
sus movimientos. Al ver que seguíamos con vida, todos respiramos aliviados. La maravilla que
anunciaran los niños se había cumplido.
Esta actividad que había comenzado Benini, le era completamente
inusual. Desde hacía muchos años, sólo se interesaba por libros que trataran
del tema de los magos y la magia. Y sus colecciones, en la amplia villa de
Cerdeña, llenaban muchos libreros. Le gustaba poner a prueba los nuevos y
viejos trucos. Conocía la mayoría de ellos.
Lossenkián hizo que le entregaran sus libros sobre Fátima en el hotel. El
mago encontró una nota: «Lea. Debe usted leer. John».
La historia comenzaba en el año de 1915, cuando un ángel se apareció en
una pradera ante tres pastorcillos que cuidaban ovejas. De pronto vieron una
estatua blanca como la nieve. Una estatua alumbrada por los rayos del sol.
Benini anotó en un bloc que Jeremy le había traído a la suite:
«Reflexionar sobre un nuevo truco: persona resulta de pronto visible sobre la
escena».
Un año más tarde, en primavera, Lucía, Jacinta y Francisco vieron sobre
los olivares a un joven, brillante como un cristal, alumbrado por los rayos del
sol. Quedaron hechizados, sin habla. El ángel les gritó: «¡No temáis: rezad
conmigo!» Y les enseñó una oración: «Oh, Dios mío: creo en ti, rezo por ti,
confío en ti, te amo; y te imploro piedad para quienes no creen en ti, ni te
rezan, ni te aman ni confían en ti».
Los niños pastores quedaron completamente conmovidos ante aquella
aparición, a la que de inmediato honraron con dádivas, penitencias y
flagelaciones. Francisco comenzó a llevar, día y noche, un cilicio que le
mortificaba las carnes; pese al calor del verano, no tomaban agua; y en el
lugar del milagro, ofrendaron racimos de uvas escogidas.
Benini anotó: «Delirio religioso». Pensó en sus experimentos de
desmistificación en los EE.UU. ¿Qué se podría haber hecho en Portugal con
esos pobres niños?
Una vez más, el ángel se les apareció en las horas calientes del mediodía.
—Rezad mucho —les dijo—; pues muy pronto, los sacratísimos
corazones de Jesús y María, harán para vosotros una obra de inmensa piedad.
Ofreced siempre dádivas al Señor. Yo soy el Ángel de la Guardia, el Ángel de
la Paz, Ángel de Portugal. Recibid todos los trabajos que el Señor os envíe.
Durante su tercera aparición, en septiembre de 1916, vieron al ángel
portando un cáliz y en la otra mano, una hostia de la que caían gotas de
sangre. Y así celebró con ellos la Santa Comunión.
El mago dejó a un lado el libro. Le divertía imaginarse cálices
suspendidos en el aire, comuniones y espíritus volanderos que en medio de
una gran guerra, se presentaban como ángeles de la paz.
—Jeremy —dijo por el micrófono, después de haber discado el número de
la habitación—, quisiera que no me molesten durante las próximas horas.
¿Has logrado por fin averiguar algo sobre Isabela? Pienso siempre mucho en
ella. « [4] Donne e bicchiere sono sempre in pericolo».
No, hasta ese momento, John no había tenido ni un minuto libre; andaba
en negociaciones con Buenos Aires, para planear la gira de la temporada
siguiente.
—Están poniendo dificultades, Carlo.
En el año 1917, durante un domingo de mayo, se apareció a los niños por
primera vez, sobre un roble, una mujer de incomparable belleza. Primero
vieron un relámpago y luego a la dama, que irradiaba con una luz más clara.
Lucía diría después: «Era así de alta y tendría unos dieciocho años». (El
«así» de Lucía, era poco más de un metro).
Llevaba un vestido de blanco impoluto y un rosario con perlas blancas en
las manos. Un manto bordado con hilos de oro le cubría la cabeza y el cuerpo.
La Señora sólo habló con Lucía, que entonces tenía diez años. Jacinta, de
nueve, las oyó hablar. Francisco, con sólo siete, no oyó nada. La dama ordenó
a los niños que todos los días 13 de cada mes, se presentaran en aquel lugar,
siempre a la misma hora. Los niños preguntaron si ellos también irían al Cielo. La dama les dijo que sí. Luego Lucía preguntó por dos de sus
amiguitas:
—¿Ya está en el Cielo María de las Nieves?
La dama de blanco confirmó que sí.
—¿Y Amalia?
La dama respondió:
—Ésa permanecerá por siempre en el Purgatorio.
Luego de haber ordenado a los niños que rezaran e hicieran ofrendas,
desapareció en medio del intenso resplandor solar. Los niños quedaron
embelesados.
Augusto Benini anotó: «¿El truco de los espejos? Quizá una variante, con
virgen en suspensión».
Aunque los niños se habían juramentado para no decir nada, Jacinta
reveló su experiencia. La madre de los dos menores, consideró que todo
aquello era fantasía infantil.
También la madre de Lucía quedó firmemente convencida de que su hija
mentía.
Un mes después se presentaban en la Cova da Iría sesenta curiosos. Esta
vez la Virgen volvió a presentarse de blanco y repitió su pedido de que todos
los días 13 se apersonaran en aquel lugar; que rezaran diariamente el rosario y
anunció que muy pronto los dos niños menores entrarían en el Cielo y sólo
Lucía permanecería un tiempo sobre la Tierra. Luego la dama abrió sus
manos y mostró un corazón erizado de espinas que la herían por todas partes.
Lucía dijo después: «Nos dimos cuenta de que era el Inmaculado Corazón
de María, abrumado por los innumerables pecados del mundo».
El mago hizo una anotación en su bloc: «Presentar un corazón
ensangrentado, lleno de espinas, en el escenario, carece de todo atractivo».
Luego entró en acción el cura de la parroquia que, como confesor de los
niños, los instó a que tomaran conciencia de que aquella aparición podía
haber sido treta del demonio, que quizá estuviera esgrimiendo sus malas artes
contra ellos.
Los creyentes comenzaron a construir un arco de piedras en la pequeña
colina de las apariciones y circundaron el roble con un murito.
El 13 de julio, ya había cuatro mil personas esperando a la dama junto a
los tres niños pastores. Y también esta vez sólo los tres escogidos vieron a la
Virgen radiante. Ella les deparó en aquella ocasión una breve vista del
Infierno.
Era el primer misterio de Fátima. Un gran mar de fuego bajo la tierra y
sumergidos en este fuego, afanaban demonios y almas humanas, negras o de
colores broncíneos como carbones incandescentes. Algunos cuerpos
expelidos hacia lo alto, caían luego como chispas ingrávidas de una colosal
ignición.
Lucía dijo luego que daban unos gritos quejosos, deplorables: «gritos de
dolor y desesperación que nos hicieron temblar de horror».
Augusto Benini se hizo servir un trago por el roomservice: oporto con
champaña y jugo de limón. Luego anotó en su bloc: «Visiones del Infierno
dignas del Bosco. Pintura tremendista cristiana, intimidatoria e ingenua».
En esta aparición, la dama habló por primera vez sobre el inminente fin de
la guerra; pero muy pronto habría otra guerra mucho más terrible, si no
cesaban de ofender al Señor. Era necesario —¡segundo misterio de Fátima!—
que Rusia se apartara de todas sus extraviadas doctrinas. Así se aliviaría el
Inmaculado Corazón, que propiciaría además, una comunión expiatoria para
los comunistas. Portugal siempre se mantendría fiel a las creencias
verdaderas. La dama les reveló también un tercer misterio, pero les pidió que
lo mantuvieran en secreto: Lucía diría después: «El tercer misterio sólo lo
conoce el papa».
Los creyentes reunidos no vieron mucho de esta aparición. La temperatura
bajó un poco y se levantó una brisa suave que mitigaba el enorme bochorno.
Al final de la visita se oyó un leve rumor. Entonces la mayoría de los
entusiasmados testigos, presenció un fenómeno sobrenatural: los tres
misterios contienen la embajada de Fátima.
A la una de la tarde cesó la lluvia. El cielo se tornó gris y el paisaje quedó inmerso en una
extraña luz. Todo parecía velado. El tono nacarado se convirtió en plata, como de luna; y luego
se abrieron las nubes e irrumpió el Sol, que giraba en círculo. Un grito estalló en todas las
gargantas. El pueblo cayó de rodillas sobre el suelo fangoso. La luz se tornó azulosa, como la
que entra por las ventanas de las iglesias, y envolvió a los presentes. Luego fue amarilla, tal cual
si todo se mirase por un cristal. Manchas amarillas cayeron sobre los pañuelos blancos y los
vestidos negros de las mujeres. Los fieles lloraban e imploraban con las cabezas descubiertas
durante el milagro que tanto habían esperado. Los segundos se convirtieron en horas. Así de
intensa fue aquella experiencia.
En la mañaña del 13 de agosto de 1917, el jefe policial de Vilanova de
Ourém, a cuyo distrito pertenece Fátima, arrestó para interrogar, a los tres
niños videntes. Debían divulgar los misterios, si había algunos; o de lo
contrario, explicar por qué habían mentido a tantas personas. Los amenazó
con echarlos a una olla con aceite hirviente y freírlos en ella. Al mismo tiempo, otros miles de personas se presentaron en el lugar de la aparición,
junto a la Cova da Iría. Oyeron un trueno y vieron un rayo; y asimismo, sobre
el roble, una nube encantadora. Y entonces, ya no fueron sólo los niños
pastores quienes veían algo, sino muchos creyentes.
Benini reflexionó sobre sus posibilidades de hacer ver una nube que
irradiara como un arcoíris. Tendría que hablar con su amigo el químico
Brander. Seguramente encontraría algún procedimiento.
El domingo 19 de agosto, la dama se apareció en otro lugar: Valinhos;
pero esta vez, como si quisiera alternar sus presentaciones, sólo a los niños,
que allí pastoreaban sus rebaños. Se dirigió a los tres. Mencionó una gran
maravilla que daría a conocer en octubre. Les ordenó que siguieran rezando el
rosario, y que en el lugar de las apariciones, debía levantarse una capilla. En
cuanto los niños hablaron de esta visión, comenzaron a llover los donativos.
Un mes después, para la quinta aparición, el número de peregrinos había
aumentado a veinte mil. Todos querían ver a los niños y pedirles que
intercedieran, para el regreso de un soldado o por la curación de enfermos.
A mitad de la cosecha se congregaron sobre el campo de la familia Santos
y esperaron el milagro. Muchos tuvieron la suerte, hacia el mediodía, en un
cielo sin nubes, de ver una bola de luz. De pronto, desde el firmamento
cayeron flores blancas que se disolvían sobre el suelo. La señora habló
nuevamente a los tres niños. Les dijo que en octubre se presentaría por última
vez, junto con San José y el Niño Jesús y renovó su pedido de que recogieran
dinero para levantarle una capilla. Cuando desapareció la bola de luz, cesó la
lluvia de flores. Augusto Benini sacó la cuenta de que veinte mil visitantes a
cinco escudos producirían trescientos mil escudos. No estaba mal como
honorarios para una función vespertina.
Setenta mil fueron los presentes en la Cova da Iría aquel 13 de octubre de
1917. Era una multitud que no se abarcaba con la vista. Un día frío y lluvioso.
Eran gentes de todos los estamentos. Los periódicos de Lisboa habían enviado
reporteros.
La multitud vio sobre el roble una nube blanca que se levantó y bajó tres
veces. Luego se elevó a unos cinco metros, como una nube de incienso. La
dama anunció a los niños el fin de la guerra y les ordenó que siguieran
rezando. Lucía diría después: «el más apremiante pedido lo hizo con
verdadera tristeza en su voz, y era de que no se siguiera ofendiendo a Dios
Nuestro Señor, que ya había sido demasiado ofendido». Y luego se produjo el
milagro del Sol.
El mago se sorprendió mucho al enterarse de cuánta gente pretendía haber
visto aquello. El libro, encuadernado con una tela verde clara, en el que estaba
leyendo, citaba una multitud de testigos, y entre ellos, al Dr. Almeida Garrett,
profesor de Coimbra, un respetable científico de aquellos años.
No estoy de acuerdo con ciertas descripciones que oí sobre lo ocurrido en Fátima. Se ha
dicho que el Sol aparecía como un disco opaco de plata. El color era más claro, más intenso y
más luminoso. Tenía el brillo de una perla. En nada se parecía a la luna de una noche clara. Se
veía más bien como una rueda de nácar brillante. Tampoco podía decirse que el Sol se viera a
través de la hierba. El cielo estaba cubierto de cirrus, que aquí y allá dejaban ver un pedazo de
azul, y las nubes corrían de Oeste a Este, pero no oscurecían la luz del sol. Uno sacaba la
impresión de que derivaban tras el Sol, si bien a veces se teñían de tonos rosados o de un azul
transparente. El disco del Sol no permaneció inmóvil en el cielo; y no era el destello vivo de la
luz de las estrellas. Se volvía sobre sí mismo en locos remolinos. De pronto surgieron gritos de
terror. El Sol comenzó a girar sobre sí mismo, siempre a la misma velocidad. Se desprendió del
firmamento y se acercó a la Tierra teñido de un rojo sanguíneo. Amenazaba destruirlo todo, con
su furia monstruosa y fueguina. Yo elevé mis ojos hacia objetos más cercanos, que se habían
teñido de amatista. Del mismo color era la sombra que proyectaba sobre la tierra una encina, a
mi lado. Yo temí entonces que mis retinas pudieran dañarse. En todo caso, era una claridad
inverosímil, en que todo se veía de un color purpurino. Poco después, oí a un campesino, que
estaba junto a mí, gritar: «Miren, esa mujer se ha puesto toda amarilla». Y en efecto, todo lo que
me rodeaba se veía como damasco avejentado y amarillo. La gente se veía como si padeciera de
fiebre amarilla. Este fenómeno que yo refiero aquí lo presencié en perfecto estado de salud
mental y sin ser víctima de ninguna perturbación emocional. Otros deberán explicar lo sucedido.
Augusto Benini había experimentado a menudo y con mucha gente, qué
significaba creer. Podía detectar cuando alguien estaba sinceramente
convencido, completamente seguro, sin ninguna duda; conocía los rostros
embobados, como ungidos de una santidad primitiva, y los ojos embelesados
de los seres llenos de fe.
Y entonces anotó: «Se puede también engañar a setenta mil personas.
Habría que probar con la danza del Sol».
Durante los años veinte, se había dedicado a desenmascarar a farsantes
que se atribuían propiedades mediúmnicas, espiritistas, exorcistas,
muevemesas, profetas y resucitadores, echadores de buenaventura y toda
clase de truqueros. A todos los había desenmascarado. Con una gran campaña
publicitaria, patrocinado por una publicación de ciencias naturales, anunció
que al primer médium legítimo que lograra convencerlo de sus capacidades,
se le otorgaría la suma de cincuenta mil dólares. En todo el país, en los
lugares donde Benini se presentaba, aparecieron carteles donde se leía:
«Oferta única: Cincuenta mil dólares por un médium verdadero».
Benini asistió a cónclaves espirituales, tomó parte en sesiones, en torno a
mesas galopantes; oyó sonar campanitas para convocar a los espíritus.
Sometió a prueba las voces que se daban a oír, desde el pasado. Y también
desenmascaró a farsantes baratos, que lo mismo soltaban un par de nudos de
una soga a escondidas de los espectadores, que memorizaban datos, poco
antes localizados en una biblioteca.
¿Cómo se hace temblar una mesa? Un pequeño clavo, apenas visible
sobre la superficie, y un sobrante en el anillo del espiritista que pudiera
enganchar el clavo.
Apenas se iba la luz, el farsante ponía su mano en el lugar adecuado,
Benini lo cogía, golpeaba la mano y hallaba el clavo. Y muchas veces
mostraba este truco en sus shows.
Sacaba a los ayudantes de los truhanes de los escaparates, encontraba
tocadiscos que habían sido escondidos dentro o debajo de los asientos, y
demostró que cuando Mrs. Crandon quería poner a hablar a sus espíritus,
accionaba un pequeño pedal.
Le resultaba particularmente divertido exigir a los médiums que
demostraran sus capacidades ante el público. Una vez se enfrentó a
Mrs. Donohue, que afirmaba poder ver lo que cualquier espectador presente
en la sala, hubiera comido ese día. Tenía esa aptitud desde su infancia. «La
mirada intensiva». Así se llamaba su número. Benini la invitó y anunció el
suceso, también esta vez con la promesa de pagar los cincuenta mil dólares.
Esa noche, en el recinto del teatro de Carlisle, Penssylvania, no cabía un
alfiler. Para comenzar, el mago anunció que al final de su presentación subiría
una mujer que podía ver lo que contenían los estómagos de los espectadores.
Se produjo una gran risotada.
Benini hizo sus trucos en vertiginosa sucesión y tras una larga pausa, para
que el banco trajera el dinero, inició la segunda parte de aquella actuación y
puso la tentadora suma sobre una mesita dorada, vigilada por su gata negra.
La médium subió al escenario. Benini le mostró el dinero y contó los
fajos.
—Será suyo, Mrs. Donohue, si pasa usted la prueba. Se oían volar las
moscas en la sala. Nadie se movía. Nadie abandonó esa noche el teatro.
Benini escogió a los espectadores.
Mrs. Donohue se concentró.
—Papas y guisantes.
—Correcto.
—Pan y queso.
—Correcto.
—Salchichas y papas.
—Correcto.
El mago trajo a otras personas al escenario.
—Usted hoy no ha comido.
—Exacto.
—Huevos y pan.
—Así es.
El público empezó a aplaudir como si todos se hubieran juramentado.
Daban muestras de creer en esta inmigrante irlandesa que tenía rostro de
santa, un cabello rubio ensortijado, ojos soñadores y labios llenos de
circunspección, piadosos casi. Benini vio cómo la gente se afanaba.
Todos querían ser traspasados por aquella mirada. También a esos los
hizo subir. La médium todo lo sabía. No se engañó ni una sola vez. Entonces,
Benini hizo pasar a su ayudante.
—¿Qué ha comido Mr. Kurtz?
—¿Y Mrs. Keynes?
—¿Qué he comido yo?
La médium irlandesa entrecerró los ojos.
—Mr. Kurtz comió al mediodía, pavo con zanahorias y papas;
Mrs. Keynes comió pescado y patatas fritas; y usted Mr. Benini, comió una
ensalada rusa.
En cuanto se acallaron los aplausos el mago pidió silencio.
—Se equivoca usted —comenzó lentamente—. Lo que ha dicho es
lamentablemente falso. Y para demostrarlo ruego al acreditado notario John
Snyder, como asimismo al propietario del Golden Lyon, que suban al
escenario.
El obeso notario explicó que él había estado durante todo el día con
Benini y sus dos asistentes. Había estado personalmente presente durante su
almuerzo de mediodía. Luego se presentó el propietario del restaurante y leyó
el menú. Sopa de gallina, cake con frijoles, arroz con leche.
—Se ha equivocado usted, Mrs. Donohue. —Le extendió una mano—. Es
lamentable que no se pueda llevar todo ese dinero ¿verdad?
La irlandesa sacudió la cabeza. Estaba completamente turbada. En la sala
se produjo un tumulto.
—Damas y caballeros: les ruego un momento de silencio. Voy a
explicarles por qué se encuentra tan consternada nuestra médium. Como
oyéramos que ella podía ver los contenidos gástricos, quisimos asegurarnos de que no seríamos víctimas de ninguna trampa. En la parte anterior del
restaurante, se sentaron tres actores con pelucas y un poco de maquillaje en
los rostros, que representaban a mi asistente y a mí, cuando en la realidad,
nosotros almorzábamos en la trastienda, Mr. Synder puede atestiguar de esto.
Todo el que nos vio sentados allí, se equivocó. Las comidas que nuestra
médium nos ha atribuido correspondían a la verdad, pero no fuimos nosotros
quienes las comimos, sino nuestros dobles.
—¿Y los otros? —gritó alguien desde la tercera fila.
Benini despidió a la desilusionada médium del escenario. En los EE.UU.
ya no se presentaron ante él otros espiritistas para someterse a pruebas en
público. La asistencia al «Benini’s Magic Circus» disminuyó
considerablemente. El mago hizo un memorial y compareció ante el Congreso
de los EE.UU.
«Nunca he encontrado a un médium que tenga capacidad verdaderamente
sobrenatural. Son todos farsantes. En América se producen anualmente
millones de estos engaños sin que las autoridades tomen medidas para
proteger a sus ciudadanos. Creen abiertamente que se trata de una religión.
Yo probé a más de trescientos médiums.
Son falsos profetas que medran a costa de la ingenuidad pública».
Cuando Jeremy Snow entró a la suite del mago, encontró a Benini
durmiendo plácidamente. Sobre el piso yacía abierto el libro verde sobre
Fátima.
—¿No quieres presentarte hoy, Carlo? Ya son las seis pasadas.
—He soñado —bostezó el mago— con un menú en el que sólo había para
comer un poco de sol. Sabía maravillosamente.