Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 21 de 37

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Fátima

Capítulo 21

 

—¿Qué decir del caso Fátima? Como autor de estas líneas, y con los debidos respetos,

declaro no haber visto nada que me permitiera avalar la ocurrencia de fenómenos

sobrenaturales. Se trata, pues, de mi visión personal, que no pretende ser idónea ni calificada.

Por ello, incluyo también observaciones de otras personas, muy diferentes de las mías. Sólo

aspiro a describir hechos.

Al día siguiente de la aparición, el domingo, volví a ver aquella maravillosa luz en el mismo

lugar. Y grande fue mi decepción al no ocurrir lo que parecía anunciarse a mis ojos fuertemente

impresionados. Habían transcurrido tres horas de ininterrumpida lluvia cuando de pronto, casi a

la misma hora en que los niños pastores oraban el día precedente, salió el Sol entre nubes

rápidas. Y aquella decepción mía, nos reitera lo que ya sabemos por el viejo aforismo latino:

«Quod volumus, facile credimus». (Creemos de buen grado lo que deseamos).

Los explotadores de la supersticiosa población campesina, se afanan ahora por vincular el

milagro con sus propios intereses de lucro, y ya se disponen a ofrecer como pruebas, las

declaraciones de algunos espíritus fuertes, llenos de fe, para que todos, sin ninguna prueba,

creamos en el milagro. Y de buen grado las divulgan; pero a nadie le gustaría que el milagro de

Fátima, fueran fechorías de jesuitas.

 

Cuando el mago descubrió a Antonio Vicario a la entrada del escenario,

rogó a su manager que redujese al mínimo el aluvión nocturno de

admiradores. No aceptaría entrevistas ni invitaciones. Se limitaría a firmar

algunos autógrafos y nada más.

—Llévalo al camerino de Julia y vigílalo, Jeremy. No podemos cometer

ningún error.

Y mientras firmaba y garabateaba su retrato en tarjetas de entrada,

servilletas y fotos, no dejaba de pensar en su último encuentro con Vicario,

que terminara de modo tan sorprendente. Mantenía fresca la expresión de los

dos hombres que aguardaban fumando, al pie de la escalera.

—¡Ay, cuánto me gustaría acariciar a su gata negra! —dijo una señora

que llevaba en la cabeza una tela rosada de tul, con pajaritos pintados.

—No es posible, señora —respondió el mago—. A esta hora ya está

durmiendo. Figúrese: aparecer y desaparecer tantas veces resulta un ejercicio

extenuante.

Tras un cuarto de hora, el mago se vio libre por fin. Se puso su abrigo.

Después de cada actuación siempre le daba un poco de frío. Y al llegar al camerino de Julia, la vio que dialogaba con Vicario, a quien la intensa luz, le

daba una expresión más aburrida aún. Se acentuaba la rigidez de sus pequeñas

comisuras tensas. Y la fijeza de su mirada, producía ahora un efecto, como si

se esforzara por mantener los ojos abiertos.

—¿Debo quedarme? —preguntó Julia y se acercó a Benini—. Pienso que

sería muy bueno si…

Augusto Benini no acabó de captar qué pretendía.

No, no la necesitaba. Y la despidió con un gran cumplido.

—Te has convertido en mi voz, Julia; en la mejor voz que he tenido.

El mago dejó a Jeremy Snow de posta a la puerta del camerino. Sin

mencionar nombres, le dijo que no quería interrupciones aunque la

conversación durara toda la noche. Y Jeremy sabía que cuando el mago

expresaba tales deseos, debía prestarles atención.

—Por amor de Dios, señor Vicario, antes de abordar nuestro asunto,

dígame quiénes eran aquellos dos personajes que lo esperaban en el zaguán de

su casa.

Antonio Vicario sacudió la cabeza.

—Créame que no soy un cobarde, pero no puedo responder a esa

pregunta. Sólo puedo decirle una cosa, no debemos volver a vernos.

Benini miró hacia el espejo del ropero. La tensión del reciente espectáculo

parecía habérsele impreso en el semblante.

—¿Se lo prohibieron esos mismos señores?

Vicario asintió.

—Me vigilan a sol y sombra. Ni siquiera estoy seguro de que no me hayan

seguido hasta aquí. Desde luego, tomé mis precauciones. Mi mujer, que me

asiste en todo, me hizo una seña convenida cuando me paré a la entrada del

escenario. Eso me garantiza que no traigo cola.

—Bien —dijo Benini aliviado—. Necesitaba esa seguridad. Debe usted

comprender que también estoy implicado.

—Naturalmente —respondió Vicario—, pero descuide, que si ocurriera lo

peor, no lo arrastraré conmigo.

El mago emprendió otro ataque al preguntarle si los dos señores eran del

servicio secreto, pues él ya había tenido dos veces, por cierto en Inglaterra,

experiencias con esa institución.

—No quisiera hablar de eso con usted señor Benini. Es realmente muy

peligroso. El mago sacó un estuche de cuero adornado de plata y ofreció un

puro a Vicario.

—Gracias, no fumo.

Benini observó con atención a su informante. Lo que él sabía hasta ese

momento de Vicario era suficiente para tener la seguridad de que no le estaba

haciendo un doble juego. Y tampoco parecía un cobarde.

—¿Y a qué ha venido si es tan peligroso? —preguntó el mago, tras

demorarse un buen rato en hacer girar el puro sobre la llama de una cerilla. La

primera chupada lo distendió.

—Quiero llevar la cosa a su término. ¿No comprende usted eso?

—¿Qué significa llevarla a su término?

Benini se aferró a la curiosa expresión.

—Haga la prueba de decirles lo que yo le informo y luego verá si lo

autorizan a darlo a la luz pública.

Benini se echó a reír. Cuando algo amenazaba con salirle mal en escena,

recurría a una risa similar para que los utileros redoblasen su atención.

—Debió usted entenderme mal, señor Vicario. No voy a divulgar nada.

Soy un mago, un ilusionista con, digamos, cierta propensión a lo

especulativo; y naturalmente siento un gran interés por los milagros, que de

modo general no son precisamente…

—Lo ocurrido en Fátima no ha sido ningún milagro y puedo demostrarlo

—interrumpió el informante.

—¿Y por qué no lo divulga usted mismo?

—No puedo —respondió con vehemencia.

—¿Se lo prohíben los dos tíos de marras?

Vicario guardó silencio.

Se sentaron frente a frente sobre unas incómodas butacas de cuero,

rodeados de tafetán, encajes y volantes. Sobre el tocador repleto de

cosméticos, se alzaba un espejo orlado de lamparillas rojas y verdes.

No era precisamente la atmósfera ideal para un diálogo serio.

Benini se puso de pie y caminó hacia la puerta.

Jeremy leía sentado sobre un taburete alto. De vez en cuando le enviaban

de Inglaterra literatura homoerótica. Le llegaba en un papel de embalaje

marrón, con remitentes de nombres cifrados.

—¿Qué pasa? —preguntó el manager—. ¿Te demoras mucho? Tengo

hambre.

Benini cerró la puerta sin responderle.

—Señor Vicario, dígame lo que tiene que decirme; y si la cosa, en efecto,

es tan peligrosa como usted sostiene, yo también creo que no debemos volver

a vernos. Me ocuparé de que pueda regresar a su casa sin ser advertido.

De la pequeña nevera situada debajo del tocador, el mago sacó dos

botellas de agua mineral.

 

Un día 13 de un mes dado, una niña pastora divisó sobre un roble solitario la imagen de la

Madre de Dios. Se llamaba Lucía y no podía haber tenido mejor nombre para servir de vocero,

tras una luminosa aparición de la Virgen. Y este ser lleno de luz, tenía sus amiguitos: un niño de

nueve años, llamado Francisco, predestinado quizá para recibir en su cuerpecito enclenque,

también él, los sagrados estigmas de Cristo; y Jacinta, de siete, cuyo nombre recuerda una flor

blanca de inmaculada pureza.

Mientras sus compañeritos experimentaban una profunda emoción, sólo los ojos augurales de

Lucía pudieron observar el fenómeno celestial; y sus extáticos oídos fueron los únicos que

captaron aquellas palabras de infinita consolación. El sábado siguiente, el prado de Fátima se

llenó de curiosos y creyentes que querían vivir aquel milagro como otrora lo vivieran en Francia,

hombres y mujeres que no sabían si se les anunciaban prósperas o adversas fortunas. Pero la

Virgen de Fátima sólo volvió a aparecer para los ojos de su amada Lucía. Era tiempo de lluvia y

el Sol se había mantenido oculto tras espesos nubarrones. De pronto en un tono imperioso la

pequeña ordenó a los presentes cerrar sus paraguas, pues había llegado el momento exacto de la

aparición. Algunos dijeron haber visto al Sol en movimiento, cubierto de momentáneas manchas,

y que tras abandonar su lugar en el cielo se había puesto a girar sobre su propio eje. Hubo

quienes a la luz de la esfera solar vieron el rostro de la Virgen María. Y hubo miles que no vieron

nada.

No fue sino un fenómeno de sugestión colectiva que prendió entre una multitud ávida e

implorante. ¿A quién puede extrañar que la Virgen preconizara por boca de Lucía la necesidad

de instaurar la paz en el mundo? ¿Pudo haber mejor motivo para una aparición de la Madre de

Dios sobre la Tierra? Pero sigue siendo sorprendente que se aproveche lo sagrado y

sobrenatural para vender postales de unos niños rústicos, y que la credibilidad en esos niños

fortalezca la fe de tantas almas católicas.

 

Antonio Vicario bebió un sorbo de agua.

—Hubo muchos que en su momento, nada creyeron de lo escrito por los

fatimistas; pero las voces escépticas fueron simplemente aplastadas.

Aunque tenía una serie de preguntas, el mago se propuso no interrumpir al

periodista.

—Existió un convenio secreto al que con toda certeza se adhirieron el

párroco Ferreira, prior de Fátima; su superior jerárquico, el padre Faustino,

vicario de Olival; y posiblemente el padre Da Silva, que luego fuera

nombrado obispo de Leiría. Fueron ellos quienes planearon el milagro. Ya

desde las primeras apariciones, que no ocurrieron por cierto en 1917 sino dos

años antes, habían iniciado con los niños un juego perverso. En la primavera

de 1916, Lucía declaró haber visto una figura sin rostro, envuelta en lienzos.

Muchas veces la interrogaron al respecto y siempre respondió de manera

contradictoria. La primera aparición maravillosa fue un chasco, pues Lucía

salió huyendo.

Para la segunda ocasión, los confabulados actuaron con mayor

prudencia…

El inglés de Vicario no era especialmente bueno. Benini tenía que

esforzarse para entenderlo.

—Utilizaron una estatua. Lucía siempre dijo que la dama apenas

sobrepasaba el metro de estatura. Sin duda era una escultura; quizá la misma

que los niños de Fátima veían en la capilla. Para la aparición, escogieron un

domingo, en que los pobladores no salen al trabajo en los campos. Fuera de

los niños, no hubo nadie presente. También utilizaron los días 13 de cada

mes, pues en la creencia popular, están consagrados como de mal agüero.

Tras ocultar la efigie entre las ramas del roble, utilizaron un espejo para

producir refracciones que los niños tomaron por rayos celestiales. Y alguien

debió impostar su voz en un tono agudo, como sucede cuando un hombre

imita a una mujer.

Benini recordó, en efecto, lo que dijeran los niños al Visconde de

Montelo: la madona nunca se rió ni hizo gestos; y su rostro se mantuvo

siempre inmóvil. El mago se había preguntado por qué los niños nunca

comentaron su sorpresa ante la voz aflautada de la aparición: ellos debieron

esperar que la Madre de Dios se expresara en un tono más grave y solemne.

—Además, en un reportaje de mediados de 1917, publicado en O Século,

Lucía declaró haber visto una muñeca muy bella, con pendientes, envuelta por

un halo de santidad. ¿Cree usted que algún joyero haya sido admitido en el

Cielo?

—Puras suposiciones suyas, señor Vicario, aunque debo admitir que muy

divertidas.

—Pero, señor ¿qué más pruebas quiere?

Antonio defendía sus convicciones con firmeza. Era extraño que no se

hubiera atrevido a divulgarlas.

—Lo he comprobado, he reunido todos los recortes de periódico. ¡Y

créame que no fue fácil! Corría el riesgo de levantar sospechas.

—Perdóneme, no quería interrumpirlo.

Benini se molestó por no haberse guardado aquella observación.

—¿Y qué nos está indicando el hecho de que se valiesen de una efigie de

la Virgen María? Primero: que los niños, ya familiarizados con la de la

iglesia, pudieran reconocerla de inmediato; y en segundo lugar, las estatuas

son mudas y saben guardar secretos. Si el cómplice hubiera sido un ser dotado

de habla, los confabulados habrían corrido el peligro de sus infidencias. Y

debiera usted leer los interrogatorios de octubre, cuando ya se habían producido las seis supuestas apariciones. ¿Por qué cree usted que en todas sus

declaraciones la niña Jacinta se limitara exclusivamente a aquella primera

aparición? ¿A qué atribuir la imprecisión de sus recuerdos sobre las

apariciones siguientes? Yo afirmaría que no hubo tales apariciones; aunque

admito que pudo ocurrir la de agosto, cuando los niños estaban solos otra vez.

El mago se movió inquieto en su silla.

—No pretenderá usted que con una sola aparición se haya fraguado toda

esa historia para los niños…

—¡Exactamente eso es lo que sostengo! Los niños vieron, en efecto, la

efigie de la Madre de Dios sobre el roble, pero esa única vez en que les

ordenara regresar los 13 de cada mes, siempre a la misma hora. Durante esta

primera aparición, Francisco se encontraba demasiado lejos, ocupado en

rescatar unas ovejas que se habían internado en un maizal. De ahí que sólo

viera a la Virgen, pero sin alcanzar a oírla. Y luego está aquel secreto que los

niños no podían divulgar.

Vicario hizo una larga pausa.

Benini seguía preguntándose si aquel hombre no sería un imaginativo

exaltado. Sin embargo, sus conclusiones parecían certeras.

—Los niños no podían revelar que la dama de blanco les había ordenado

seguir incondicionalmente las indicaciones del vicario de Olival y callarlas

ante cualquier otra persona. Aposentada en lo alto del roble, debió

amenazarlos con tormentos espantosos. Y seguramente les anunció sus

próximas cinco apariciones. «Todo lo que yo quiera deciros, os lo comunicará

el Padre Faustino Ferreira cuando vayáis a confesaros. Éste es un gran secreto

que nadie debe conocer. Si lo reveláis, iréis al Infierno. Seguid en todo las

indicaciones del padre Faustino». Por ello, los tres niños reaccionaban

siempre con tanto temor, cuando se les preguntaba sobre los tales secretos. Y

eso prueba también, que los tres misterios de Fátima se inventaron a

posteriori, por inequívocos motivos políticos.

—Si existió, en efecto, esa confabulación ¿por qué habría de mantener la

Iglesia tanta reserva sobre Fátima? Trece años pasaron, antes de que las

apariciones se reconocieran como un milagro de la Virgen.

—Es obvio: la Iglesia temió que se descubriera el complot: había huellas

comprometedoras que no se pudieron borrar hasta que Salazar instaló su

dictadura. Para ese entonces, Jacinta y Francisco ya habían muerto y Lucía

estaba recluida en un convento, lejos de la región. Y el milagro no se

convertiría en una iniciativa verdaderamente promisoria hasta que Silva fue

nombrado obispo de Leiría, a cuyo distrito pertenece Fátima.

—Su criterio es, pues, que los niños fueron objeto de un trabajo

persuasivo. ¿Piensa usted en una suerte de hipnosis que los habría obligado a

declarar lo que se les ordenara?

—Sólo con Lucía, por ser la mayor. Y precisamente a eso se debe que las

declaraciones de los otros dos, resultaran siempre tan imprecisas. Francisco se

escudaba en que sólo había visto a la madona, pero nunca la oyó; y Jacinta,

por lo general, se remitía a su prima, que todo lo sabía.

Ya el rompecabezas parecía armado; pero no obstante, el mago tenía la

impresión de que aún no estaba completo.

—Fátima es la historia de una maniobra fraudulenta que con el curso del

tiempo, fue adquiriendo dimensiones colosales. En el confesionario, el vicario

de Olival imbuía a Lucía de lo que iba a ocurrir durante la próxima aparición;

y llegado el momento, la niña devota veía y oía todo lo ordenado, que luego

transmitía a los más pequeños. Jacinta y Francisco, confundidos por verse de

pronto en el centro de un gran interés generalizado, atribuían todo el ajetreo a

los mensajes que les confiaba la Madre de Dios, a través de Lucía. No hay

que olvidar que la propia Lucía había expresado con frecuencia algunas

dudas. Y mal que le pese, señor Benini, tampoco se pueden soslayar los

términos políticos del caso; pues desde que se hiciera el anuncio de los tres

misterios, la Iglesia concibió vincularlos a su anhelada derrota del

comunismo. Llegaron al extremo de afirmar que ya en 1917, la Madre de

Dios había comunicado a los niños su dolorosa preocupación por lo de Rusia.

Y este aspecto, de indudable interés para el Vaticano, habría contribuido

grandemente a apresurar la legitimación de las apariciones en Fátima, como

escenario de una victoria augural del Inmaculado Corazón.

Augusto Benini comprendió por qué el informante no podía divulgar sus

pruebas. Eran un material explosivo que podía estallarle entre las manos.

—¿Es usted creyente, señor Vicario?

—Sí, por supuesto.

—Quiero decir… ¿no le asaltan dudas al descubrir semejante complot?

—Yo aspiro a que nuestra Iglesia prospere sin semejantes embustes; pero

hasta que eso ocurra en Portugal, pasarán siglos todavía. Aquí impera la

ortodoxia, una fe severa, y no se nos toleran desviaciones.

Por segunda vez, Benini intentó indagar sobre los dos hombres que viera

en casa de Vicario; pero tampoco obtuvo respuesta.

Al despedirse contó doscientos escudos.

—Espero que este dinero le sea útil.

Vicario intentó rechazarlo, dijo que era demasiado.

—Quédese con él. De sobra se lo ha ganado: he oído una historia increíble

sobre un milagro más increíble todavía.

 

Ya habíamos perdido nuestras esperanzas de ver algo sobrenatural, cuando de pronto, cesó

la lluvia y nos encegueció la luz del Sol. Fue entonces cuando se oyeron los primeros gritos. Yo

pensé que quizá fueran los sacerdotes: «¡Alabado sea el Señor!» Muchos se pusieron a rezar y

gritaban sus pecados en público. La intensa luz generaba imágenes que se le quedaban a uno

prendidas en los ojos. Yo sólo vi algo azul, sin ningún otro color, y me saltaron las lágrimas.

Durante un rato no vi nada más; pero de repente oí como si se hubiera encendido un fuego, y vi

una rueda grandísima que comenzaba a girar, cada vez más rápido, hasta que se extinguió el

fuego. El Sol se convirtió entonces en un disco plateado y opaco. Y al rato, de nuevo oí como si

algo se hubiera encendido, y el Sol empezó otra vez a girar, pero ya era de otro color, hasta que

por fin se apagó; y así sucedió una tercera vez, hasta que por fin todo se acabó y el Sol volvió a

su lugar. Y mucho nos impresionó la coincidencia del prodigio aquel, con el anuncio de las

siguientes apariciones.