Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 6 de 37

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Fátima

Capítulo 6

 

 

Apenas se hubo alzado el telón, sonó un disparo. De inmediato se oyó otro.

En la platea gritaron algunos espectadores. Otros se pusieron de pie en los

palcos. Desde la última fila del Coliseu se oyó un voz que gritaba: «¡Socorro,

socorro!».

Siete segundos después, Julia se presentó junto al micrófono, en un largo

vestido blanco con una capucha negra de piel.

—¡La maravilla mundial! ¡Magia de Augusto Benini!

No se preocupen, damas y caballeros, que no está herido.

Al ámbito espacioso del teatro medieval volvió lentamente la calma. Por

descuido, y de tan asustada que estaba, una señora había dejado caer su

pañuelo sobre el público de la planta baja. Las redondas lámparas de los

palcos se hallaban apagadas. No obstante, las figuras de estuco centelleaban al

reflejo de las candilejas. Benini apareció detrás de bambalinas y se

desabotonó la chaqueta. Julia, con su voz de contralto, anunció:

—Damas y caballeros: esta noche serán ustedes víctimas de un rapto.

Transportados hacia un mundo ilusorio, presenciarán el más intemporal de los

espectáculos. Prepárense, pues, para vivir insólitas experiencias

suprasensoriales. Augusto Benini les ruega un máximo de atención y que

nada de lo que haga en escena, deje de ser observado.

Necesita ojos expectantes que puedan seguir sus movimientos, más

rápidos que un torbellino.

El mago actuaba como un artista olvidadizo que hubiese llegado a la

escena indebidamente preparado.

—¡La gata! Ha olvidado su gata —dijo Julia riéndose.

Un rumor circuló entre el público.

Y fue entonces, cuando la Cheshire hizo su aparición, danzando

majestuosa, en cámara lenta. Benini la cogió en sus brazos y la depositó al pie

del esbelto pedestal. Luego castañeteó los dedos y la gata negra saltó sobre el

madero dorado, del que se agarró con fuerza. En pocos segundos había alcanzado su alto sitial. Dio una vuelta, dos, y acabó por echarse con plena

confianza.

Estalló un aplauso.

—Observen ustedes la gata con gran cuidado. Traten de captar el

momento en que decida desaparecer. A su vez, procuren observar su regreso.

Pero ¿qué les parece si volvemos ahora al asesinato ocurrido en escena?

¿Alguien podría asegurar que los tiros oídos fueron, efectivamente,

disparados? ¿Había aquí algún guardia? ¿Estaban los fusiles cargados con

verdadera munición o eran sólo balas de fogueo? Necesitamos en escena dos

eficientes asesinos, que se presten a disparar contra nuestro mago.

Augusto Benini miró al público. Pese a la clara luz de las candilejas,

podían reconocerse algunos rostros. La función se había vendido casi

completa y el Coliseu albergaba casi 800 personas. No estaba mal para una

velada de miércoles…

Los dos hombres que Julia escogió subieron a escena. Uno era un policía

que propuso disparar con su propia arma.

—Para que no nos pueda hacer ningún truco —comentó.

El otro era un profesional del tiro circense que declaró haber sido

campeón portugués de cortas distancias con calibre pequeño.

—Por favor, prueben las armas y la carga.

Mientras Julia se quitaba su capucha de piel, el tirador profesional revisó

su fusil.

Benini se ubicó dentro de un marco de madera. Su cara desapareció tras

un escudo de hierro. El pecho y los brazos quedaron libres, como objetivo

para los disparos.

Luego, desde la cintura hacia abajo, quedaba otra vez protegido por el

metal. Naturalmente, a nadie se le hubiera ocurrido revisar la chaqueta de su

smoking rellena de vidrio molido; ni el chaleco ni la falsa camisa, que

también estaba protegida con forros antibalas.

El policía apuntó con precisión, al medio del corazón. Luego vino el ex

campeón, que hizo tres disparos.

El aplauso fue fenomenal.

—¡Un hombre al que ni siquiera un policía puede matar!

El mago descubrió la presencia de Isabela en el primer palco.

Alcanzó a ver a su joven acompañante que le pasaba un brazo sobre los

hombros. Llevaba un vestido de pronunciado escote, que parecía prolongarle

su rostro delgado, de nariz vertical, labios llenos. Había regresado, pues, antes de lo que Benini esperaba. Pero en aquel momento no podía dedicarle

atención. Julia acababa de anunciar los trucos de naipes.

Benini, sobreactuando una fingida torpeza, se puso a mirar hacia lo alto de

la columna. La gata Cheshire ya no estaba en su sitial. Y nadie entre el

público pudo observar el fugacísimo instante de su desaparición. La maniobra

dispersiva había sido un éxito.

Benini se había iniciado con los trucos de naipes. En Verscio, la pequeña

aldea de Cento Valli se había presentado un mago, por cierto muy talentoso.

Extraía huevos de orejas y narices, duplicaba monedas y realizaba maravillas

con las barajas. Carlo Petri quedó embobado. No se perdió ninguna de las

actuaciones y permaneció siempre muy cerca del mago (un tal Magini), hasta

descubrir dónde había escondido la paloma, súbitamente desaparecida ante

decenas de ojos infantiles.

¡Ah, los juegos de naipes! Miles de horas de práctica, decenas de

manipulaciones, a cual más compleja, que se efectuaban rápida o lentamente,

según deseara desviarse la atención del espectador en uno u otro sentido, con

tal o cual ritmo. Así logró Carlo las posiciones correctas de sus dedos, unas

manos flexibles y la capacidad de inducir en cualquier espectador, la visión de

lo fantástico; de modo que cuando necesitara efectuar, sin ser visto, una

manipulación con la izquierda, todos estuviesen atentos por ver una carta

surgir en su mano derecha. Muchas veces, le bastaba con una simple mirada

en la dirección pertinente, seguro de que todo espectador lo imitaría

celosamente, sin tomar consciencia de que justamente allí, hacia donde no

miraba, ocurría el engaño.

Los trucos de cartas, tan sencillos que cualquiera creería poder seguirlos

con la vista, eran la mejor preparación para una velada con trucos de ilusión.

Benini triplicó unos ases y escondió un ocho de corazón en la manga.

Luego, tras abandonar el mazo, se lo sacó de la cartera a un espectador.

Ofrecía su espectáculo para Isabela, que le sostenía la mirada, según pudo

constatar desde el escenario. El joven que la acompañaba, con su traje azul

oscuro de dos piezas, nada supo de aquellos intercambios. Cuando Benini

dirigía sus ojos al primer palco, él sonreía.

El número de levitación que se ofrecía después de la pausa, había sufrido

variaciones. Excluida la bicicleta, en escena apareció una estructura plateada

sobre la cual se tendió una asistente.

—Presenciarán ahora a esta dama, que sin entrar en trance, se elevará ante

sus ojos. Espectáculo único, que ningún otro mago del mundo es capaz de

ofrecer.

Al cabo de una semana, el trabajo de Julia era tan perfecto, que ya Benini

sentía la satisfacción de ver a los espectadores hechizados. La sugestión de su

lenguaje, un chiste, el anuncio de un acontecimiento especial, obraban como

amarras y cepos, de suerte que nadie podía dejar de seguir los trucos en la

dirección deseada por el mago.

—Necesitamos de alguien entre el público, que observe de cerca el

ascenso de la dama de los velos.

Augusto Benini escogió a Isabela. Ella vaciló un instante pero se levantó

para descender por una escalerita hacia el escenario.

Julia le preguntó su nombre y la presentó al auditorio.

—Preste usted mucha atención y si detecta algún truco, interrumpa la

función. Todos los presentes en la sala verán desde ahora por sus ojos.

Augusto Benini volvió a admirar sus ojos ligeramente oblicuos. Ya antes

lo había cautivado la ligera alteración que provocaban en la simetría de su

óvalo facial.

Situado de espaldas al público, percibía su perfume.

Mientras la orquesta tocaba una melodía introductoria, para el truco de la

levitación, Benini dijo:

—Muy cortés de tu parte que me hayas localizado tan rápido. Isabela

desvió la vista.

Sus ojos no estaban dirigidos a la dama en suspensión.

Miraba a un punto imaginario en la parte trasera del telón.

—¿Por qué me negaste en el Tavares? De inmediato supe que eras tú.

Ella no contestó. Se mantuvo erguida e inmóvil.

—Antes deseabas viajar conmigo, Isabela. ¿Es posible que ya no te

acuerdes?

—Ya no —dijo ella con voz apenas audible—. Mi marido…

—No te preocupes. Está mirando hacia otro lado. No puede vernos ni

darse cuenta de que estamos hablando.

Muy lentamente, la dama comenzó a alzarse de la argéntea estructura.

Ascendía en posición horizontal, como si durmiera. Los velos de gasa

colgaban a sus lados como pendones.

El público hizo silencio. Era el gran silencio de la espera, de la tensión

ante la inminencia de lo sensacional.

Los portugueses se comportaban de manera diferente que los españoles.

Esperaban hasta que el número resultara exitoso y luego estallaban en

aplausos. Su comportamiento se parecía más al de los ingleses y también

podía notarse en ellos un algo de escepticismo.

—Con qué gusto me encontraría contigo… Benini se le acercó otro poco

sin tocarla. Ella respiró con más intensidad. —No puede ser; mi marido nunca

lo permitiría. Y no tiene ninguna idea de lo que sucediera antes.

—¿Antes?

Benini alzó una mano para dar la orden de llevar la ascensión hasta su

punto más elevado.

—Antes nos amábamos, y si tú no hubieras sido tan joven…

—Ahora estoy casada.

Isabela seguía hablando sin mirarlo.

Julia se dio cuenta de que dialogaban, pero por más que se esforzara, nada

oyó. Y sospechó que no por azar, el mago había escogido a aquella

observadora para subir a escena.

—¿De modo que lo de antes se acabó?

El mago alcanzó a rozar levemente el brazo de Isabela, que retrocedió

temblorosa.

—¡Por favor, no!

—Llámame. Estoy alojado en el Avenida Palace.

—Ya lo sé —replicó de inmediato Isabela, mientras se estiraba con una

mano sus nigérrimos cabellos.

Julia se les acercó, lo cual no estaba previsto. Tenía casi la misma estatura

de la observadora.

Poco antes de estallar el aplauso frenético, Isabela comenzó a dar unas

palmaditas casi infantiles.

—¿Satisfecha? —preguntó Julia en un tono algo burlón que Benini

advirtió de inmediato.

—¡Una ma…aravilla! —tartamudeó Isabela—. Es inexplicable, pero la

muchacha estaba realmente suspendida en el aire… y tapándose el escote con

ambas manos, se inclinó para saludar.

Al desplazarse en retirada, el vestido de tafetán se le balanceaba con la

cadencia del paso.

El mago despidió a Isabela, de regreso al palco, con un beso en la mano.

Ambas mujeres se miraron de frente.

Habituado a recibir sobre su persona la atención del público, Benini

esperó a que Julia anunciara los trucos de agua, para observar al joven que

ahora abrazaba a Isabela.

Tenía la cabeza de un rojo intenso. Después lo vio besarla.

«Un rival de poca monta» —pensó el mago.

Durante el número con las bolas de billar, Benini siguió cosechando

aplausos. Vino después el de la campana que sonaba sin tener ningún badajo.

De sus espectáculos. Benini sólo excluía los que consideraba trucos de

tortura: esposas, chalecos de fuerza, vejigatorios, columpio y otros números

que exhiben la capacidad para desmaniatarse, ofrecidos por casi todos los

ilusionistas. Al igual que muchos profesionales del circo repudian el

espectáculo con animales amaestrados, Benini detestaba semejante repertorio.

Tras el último aplauso el mago abandonó la escena.

La gata lo siguió como parte de su sombra.

En su camerino, Benini encontró una gigantesca botella de champaña,

modelo Nabucodonosor, con una nota colgada al cuello: «¿Qué es lo que

produjo la danza del Sol en Fátima?».

Jeremy irrumpió en el cubículo.

—Creo que Julia está algo picada por tu escaramuza con Isabela. ¿No te

parece un poco imprudente enamorar en escena? Cualquiera podría verte…

Benini puso el semblante que solía usar cuando un truco le resultaba

exitoso.

—Al contrario, nadie lo notó. Todos estaban observando el ascenso de

Irina. No hice sino aprovechar el favor del momento —y señalando a la

enorme botella de champaña, preguntó:

—¿Estuvo aquí?

—¿Quién?

—Lossenkián.

—No; la envió con alguien.

Augusto Benini se sentó ante el espejo de la mesita de maquillaje y se

quitó de la chaqueta unas hombreras de algodón.

—Están demasiado flojas: cuando me muevo un poco más rápido, tienden

a salirse —y le pasó la chaqueta del smoking a Jeremy.

—Ponle un telegrama a John donde diga: «Me alegraría poder saludarlo

personalmente durante la función».

Y agrégale que me voy a tomar su botella con una bellísima portuguesa.

—Sea —dijo Jeremy Snow, con una especie de suspiro.

Jeremy se entendía mejor con jovencitos, pero desde su llegada a Lisboa

había tenido demasiadas cosas que organizar y no había podido disponer de

ninguna oportunidad para establecer contactos amorosos. Además, había que

andarse con cuidado, porque la homosexualidad era severamente castigada

por los fascistas.

—En realidad, lo único que pretendo es consumar una escaramuza galante

iniciada hace muchos años, y lamentablemente inconclusa.

Snow se asomó a la puerta y gritó algo hacia el pasillo.

—Nos quedan diez minutos —comentó.

Era la parte más pesada del show. Ahora tocaba atender a los cazadores de

autógrafos, a los portadores de ramos florales, a los que deseaban los mejores

destinos, de todo corazón etc., y que eventualmente formulaban alguna

invitación a casas de familias distinguidas.

Mientras vaciaba sus bolsillos y se quitaba los pantalones surcados de

hendeduras, por donde desaparecían innumerables cajitas plegables, el mago

se puso a pensar si Isabela se decidiría a llamarlo.

—Jeremy —llamó en calzoncillos— ¿dónde es que vive mi Dulcinea? «Il

primo amor non si scorda piu[5]».

—En el Estoril, en una mansión, por cierto muy lujosa.

—¿Por dónde está el casino?

En ese momento, los entusiastas del mago, que apenas acababa de

cubrirse con una bata, comenzaron a agolparse junto a la entrada. Cuando el

tropel creció demasiado, presionaron sobre la puerta y Jeremy estuvo a punto

de caer trastabillando, contra el guardarropa. Cuando recuperó el equilibrio,

pidió un poco de orden: que por favor no formaran molote, pues de ser así, el

Sr. Benini no podría recibirlos.

—¡Por favor, Julia! ¿Dónde estás?

Jeremy no sentía particular simpatía por aquella ayudante pelirroja. Era

demasiado segura de sí misma; diariamente presentaba nuevos reclamos;

gustaba de hacerse rogar; y al contrario de otras intérpretes, no demostraba

gratitud por la posibilidad de trabajar con el gran Benini.

Tras acomodarse la pechera, el mago se ajustó su bata de seda negra. Y ya

completamente relajado, encendió un cigarro, embutido en una boquilla

larguísima.

De una ojeada, observó a sus visitantes. Isabela no figuraba entre ellos.

—¿Por qué no comenzamos? —dijo en voz baja a Jeremy Snow—. Es

mejor acabar cuanto antes.

Aunque todos lo contemplaban extasiados, unos reían, otros lo miraban

con una fijeza reverente, y había quienes, en cambio, ni siquiera se atrevían a

mirarlo de frente.

Aunque Benini disfrutaba de este entusiasmo, ya no le proporcionaba

ninguna excitación. Al cabo de treinta años, durante los cuales había pasado la mayor parte del tiempo en giras, no existían ya reacciones del público que

le fueran desconocidas.

Julia logró abrirse paso a través de los admiradores.

Vestía un abrigo largo.

—Mister Benini, quisiera comunicarle que he decidido renunciar.

—¿Qué? —gritó Jeremy—. ¿Te olvidas que has firmado un contrato?

Augusto Benini exhaló dos anillos de humo sin decir nada. Su ayudante,

con la que había logrado una colaboración tan armoniosa en escena, parecía

decidida. ¿Habría que suspender las funciones nocturnas durante algunos

días?

—Quisiera conocer tus razones, Julia; pero no ahora, ni aquí. Como ves,

estamos muy ocupados. Por favor, permíteme que conversemos más tarde. Si

hay algún motivo…

El mago se colocó detrás de ella, para ayudarla a quitarse el abrigo.

Sus rizos rojos cayeron sueltos sobre su espalda. Llevaba el vestido

blanco que solía ponerse para la primera parte del espectáculo.

Cuarenta minutos más tarde se marcharon los últimos admiradores. Benini

siempre bosquejaba su propio retrato y al pie anotaba su nombre con grandes

mayúsculas.

Luego añadía su foto, el lugar y fecha del encuentro. Eso era lo que

codiciaban los fanáticos: el recuerdo documentado de una gran velada junto al

gran Benini.

—Jeremy, creo que es mejor si hablo a solas con Julia.

Benini se apretó el cinturón de la bata.

—¡De ningún modo! Ésa es tarea mía —protestó Jeremy—. El contrato es

bien claro: hay una cláusula que contempla la eventualidad de una dimisión, y

ahí está bien establecido que debe anunciarse, por lo menos con ocho días

de…El mago había observado que Julia se disponía a ponerse el abrigo.

—Diez minutos, por favor, dame diez minutos —le pidió. Y volviéndose

a Jeremy, dijo en tono autoritario—: Por favor, déjanos solos.

El manager conocía ese tono, que Benini rara vez usaba. No era la primera

vez que enfrentaban la renuncia de una ayudante. No era la única vez que

alguien del personal creaba dificultades durante una gira. Era normal que eso

ocurriera cuando se viajaba con un grupo de hasta quince colaboradores. Pero

si la voz del espectáculo no resultaba buena, el propio Benini se sentía

incapaz de presentarse. Cuando el manager se hubo marchado, el mago

anunció:

—Ha llegado la hora de descorchar esta botella: estoy sediento.

—No hay ninguna razón para beber champaña, mister Benini.

—¿Por qué me das ahora ese tratamiento tan horrible?

El mago quitó la delgada lámina de plomo que recubría el corcho de la

gigantesca botella. Julia se veía insegura. Mantenía la vista fija en las tarjetas

rosadas y amarillas que pendían de los ramos de flores.

—Lo siento mucho, Julia, pero yo no he querido herirte. Esa dama a la

que invité a escena, tiene conmigo una relación muy especial…

—No necesita explicarse, por favor…

Julia tenía los ojos húmedos.

—Pero ¿qué ha sucedido, Julia?

Ella sollozó en voz baja, apenas audible.

—Isabela es una vieja conocida, una historia de hace muchos años.

—Mi padre ha sido arrestado —lo interrumpió Julia, tajante.

Durante un instante muy prolongado, Benini trató de entender lo que

sucedía. El padre de Julia, que pertenecía a una célula de la resistencia

francesa, había caído preso de los nazis en París.

—No hago sino sufrir y pensar en mi padre. Así, no puedo trabajar.

—Me he equivocado —dijo Benini, y le puso el abrigo sobre los hombros

—. Ya no hay motivos para tomar champaña.