Fátima
Capítulo 22
Benini nunca había visto aquel corte. Eran tocones de pelo ralo, entre gris y
plateado, del largo de un centímetro, surcados por una tajante raya al medio.
La mujer vestía un traje caro, de rayas pespunteadas a mano. Sobre su blusa
blanca, una cadena de plata con un crucifijo artísticamente trabajado.
Joâo de Vouga presentó al personaje como la hermana Margarida.
Habían llegado sin anunciarse. Benini les ofreció asiento.
¿Qué estaría tramando ahora el azul?
Sus dos cicatrices habían desaparecido bajo un pelo más crecido ya.
Por el momento, el mago se propuso no decirle que al día siguiente
tendría lugar la conferencia de prensa. Con eso lo sorprendería.
—La hermana Margarida se ha propuesto demostrar científicamente la
realidad histórica y biológica de la Inmaculada Concepción. Como en una
ocasión abordamos el tema y usted lo desechó un poco a la ligera…
—Y con ese antecedente ¿supone que yo pueda ser útil a la hermana?
—Le propongo oírla. Fue ama de llaves en casa de una gran familia
portuguesa hasta que comenzó a padecer de una enfermedad casi incurable;
pero gracias a la Iglesia, que le dispensó su ayuda, logró sanar e ingresó a la
orden de las Carmelitas, donde comenzó sus estudios. Y actualmente se ha
propuesto esa tarea tan especial. Pero lo mejor es que ella misma se la
explique.
La voz de la hermana Margarida sonaba metálica y grave. Por la
traducción de Joâo de Vouga, Benini se enteró de que así como Eva fue la
madre de los seres pecaminosos, María lo fue del Redentor; y que en todas las
viejas religiones existía un mito de la virginidad: ahí estaba, por ejemplo
Atenea, brincando de la cabeza de Zeus; y la propia Eva, que no fuera
concebida, sino fabricada con una costilla de Adán, pero que a fin de cuentas,
el Cristianismo no necesitaba operar con mitos.
—Nosotros podemos documentar científicamente nuestros dogmas.
En fin, siempre se había hablado de unos supuestos hermanos de Jesús;
pero ya estaba terminantemente demostrado que se trataba de medios hermanos, procedentes del primer matrimonio de José.
—José nunca tocó a María.
A Benini lo sorprendió de pronto una extraña sensación, algo le decía que
aquella hermana sentada frente a él, era un hombre. ¿Se debería su
maravillosa curación, de la enfermedad incurable, a un cambio de sexo? Tenía
pómulos muy prominentes y sobre el labio superior, la sombra de un bigote.
Joâo de Vouga, por primera vez, vestía un traje elegante.
—Si he entendido bien ¿se propone usted demostrar el dogma de María,
embarazada por obra del Espíritu Santo y no por cohabitar con su esposo?
—Más aún, más aún —respondió la monja viril—, la Inmaculada
Concepción implica además, que la propia María, indemne del estigma
hereditario, fuera concebida sin pecado. El protoevangelio de Jacobo nos
enseña que Ana, madre de María, no podía concebir y suplicaba al Señor que
la hiciera fértil, hasta que fue oída. «La viuda ya no será viuda y la infecunda
podrá parir». Ésta sería la prueba escrita de que la Conceptio Immaculata
habría de cumplirse.
—Pero eso sólo significa que el mismo efecto se logró dos veces —
respondió el mago.
Joâo de Vouga le rogó en inglés que no interrumpiera a la hermana
Margarida porque era algo tímida. Benini no tenía en modo alguno esa
impresión.
El dogma eclesiástico de la Conceptio Immaculata contiene cuatro tesis:
María concibió a Dios, lo cual está atestiguado ya desde el siglo III por
Alejandro de Alejandría; María, incluso en el sentido biológico, siguió siendo
virgen después del parto; ella misma fue inmaculadamente concebida, lo cual
significa que Ana no tuvo comercio carnal con Joachim, por lo que fue
admitida en el Cielo.
—¿Y hay que creer todo eso?
—Eso puede demostrarse —replicó Joâo de Vouga.
—La afirmación de la fe es la única fuerza motriz de la vida. De ese
modo, María se convierte en arquetipo de todas las mujeres creyentes.
La hermana Margarida se cruzó de piernas. La raya de los pantalones
estaba impecablemente afilada.
Ante todo, se planteaba la pregunta de si el himen de María se había
mantenido intacto. No existían hasta el momento fuentes confiables, pero
había algunas referencias de que el parto se produjo sin dolor y de que no
hubo impuras secundinas, de las que envuelven al feto.
—María concibió a Jesús como a un rayo de luz, aun que otros la
imaginan como una zarza ardiente, que nunca se consume.
La hermana Margarida miraba con la fijeza extraviada de una máscara.
—¿Y cómo se supo, pues, que el parto transcurrió sin dolor?
—Eso puede usted encontrarlo en San Agustín, donde dice: «Fue
fecundada sin pecado y por eso mismo, concibió sin dolor». Esta cita tiene
más de mil quinientos años.
Mientras traducía, Joâo de Vouga no apartaba sus ojos de Benini. Era
como si intentara probar sus reacciones ante cada afirmación de la hermana.
Sonó el teléfono.
Era Jeremy, que anunciaba un llamado de Olga y preguntaba si iba a
responder.
—Sí, pásalo —dijo el mago.
Isabela le informaba a través de su amiga, el lugar de la cita. Era el parque
de Montserrate en Sintra, a la una.
El mago se hizo repetir la hora.
—Allí estaré.
Imaginó que Isabela, tras despedir al celoso cónyuge en el aeropuerto, se
dirigiría de inmediato a Sintra. «La memoria più prodigiosa è quella di una
dona innamorata[13]», pensó Benini y se volvió a sus visitantes. Tras
disculparse por la interrupción, que atribuyó a su urgencia por fijar una cita
importante para el día siguiente, se dio cuenta de que había aceptado el
encuentro a la misma hora que la conferencia de prensa. Debería rogar a
Jeremy que informara a la prensa. Esa podía ser incluso una buena alibi, en
caso de que el chileno no volara hacia El Cairo.
¿En qué atuendo iría a la cita?
Joâo de Vouga le preguntó de pronto si estaría dispuesto a financiar la
prueba científica de la Inmaculada Concepción.
En el curso de su carrera artística, se le habían presentado las más
extrañas proposiciones: En Nueva York, un hombre le rogó dar a conocer
públicamente su salto desde el Empire State Building, que llevaría a cabo sin
paracaídas; una mujer en Copenague aseguraba que los daneses eran quienes
aguantaban más jarras de cerveza en el mundo y se le había metido en la
cabeza organizar un concurso internacional. En algunos casos, había topado
con iniciativas más serias: alguien le propuso anunciar que intentaría
recuperar con sus artes, la efigie robada de un altar barroco en Baviera; y si
no tenía éxito, que donara a la iglesita la gruesa suma del rescate. En París,
una mujer le rogó ayuda para encontrar a su hija raptada. Lo creía clarividente, pues como tal aparecía en escena cuando daba nombres y
direcciones de espectadores escogidos al azar.
—¿Y qué le induce a creer que yo estaría dispuesto a subvencionar la
prueba de un dogma religioso? —respondió Benini, ya de pie.
Aunque De Vouga trataba de insistir, el mago dio por terminada la
entrevista.
Al despedirse, Joâo de Vouga le preguntó si mantenía su palabra de
llevarlo consigo cuando fuera a Fátima.
—Recuerde que me lo prometió.
—Se lo haré saber oportunamente, senhor.
Ya en la puerta, la hermana Margarida le extendió una mano floja, inerte,
nada masculina.
Benini le deseó mucha suerte en sus investigaciones científicas.
Al mediodía, informaba a Jeremy de su encuentro con ambos místicos.
—Este Portugal se está volviendo cada día más incómodo —dijo el
manager—. Ya sería hora de largarnos.
—Pero no antes de la presentación en Fátima. Quizá dos o tres días
después.
Snow arrugó la nariz.
—¿Ya has definido lo que vas a hacer?
—Todavía no lo sé exactamente; pero si el sábado resulta bien nuestro
efecto luminoso con el Cristo, puedes estar seguro de que en Fátima será un
éxito cualquier cosa que representemos. Pensarán que la Madre de Dios
desciende porque yo así lo quiero.
Comieron Porterhouse —steaks con habichuelas verdes— y bebieron un
«Weissherbst» seco, mientras ultimaban detalles para la conferencia de
prensa.
Jeremy Snow no estaba de acuerdo con que el mago no asistiese.
—¡Eres tú quien debe dar la noticia! Si lo hago yo, muchos periódicos la
omitirán.
—¿Y mi cita con Isabela? —protestó el mago, con un mohín de súplica.
—Mira, la conferencia será a las doce en punto; pero empezaremos unos
diez minutos después. Lo único que tienes que hacer es anunciar el
acontecimiento. Quedamos en que «Cristo está triste» y que el efecto se
producirá exactamente 48 horas después. A partir de ese momento ya podrás
desaparecer. Pero necesito que eleves la tensión tú mismo. Me ocuparé de
tener un coche dispuesto, que te lleve a Sintra. Son sólo 30 kilómetros. Llegarás con tiempo de sobra. Tu tarea es crear tensión. No necesitas agregar
nada. Sólo un poco de tensión, ¿de acuerdo?
Benini asintió.
—En todo caso, haz que también concurra Brander, aunque no diga nada.
Es un excelente observador y a lo mejor se le ocurre algo.
Con los años, habían aprendido a ser muy cautelosos en los anuncios, a
planearlos minuciosamente. Era necesario calcular qué podía revelarse y qué
debía mantenerse oculto. Una frase de más podía estropear todo un plan.
Esa misma noche, víspera de la conferencia, Brander se ocuparía, con un
grupito de ayudantes, de escalar la estatua del Cristo, para aplicarle la
sustancia colorante. Después de tres calentamientos sucesivos, la cabeza
comenzaría a cambiar de color, hasta quedar completamente roja.
—¿No nos queda algún hombre libre? —preguntó Benini, mientras se
hurgaba los dientes con un palillo.
—¿Para qué?
—Necesito uno de confianza de nuestro equipo. Me gustaría uno de los
tres suizos. Necesito que siga a Joâo de Vouga y averigüe adónde se dirige
después de la conferencia de prensa.
Sospechaba que Joâo de Vouga jugaba con dados cargados. Suponía
incluso que toda aquella comedia con la hermana Margarida, había sido pura
escenificación para no perder el contacto.
—¡Bah! Manía persecutoria —bromeó el manager—.
Te agitas por cualquier cosa. Es verdad que el hombre tiene sus rarezas,
pero de ahí a que sea un peligro…
Benini siguió en sus trece. No era la primera vez que tropezaba con gente
así. En los EE.UU., alguien había intentado estafarle una fortuna con un truco
refinado. Le ofrecieron revelarle el secreto de un vidrio líquido y frío con el
que podría instrumentar maravillas en escena. Pero como él no tenía el dinero
disponible en ese momento, le dieron cita en un lugar donde le habían tendido
una emboscada para secuestrarlo. Por fortuna él había informado a su
manager del paradero, y en el último minuto pudo salvarlo la policía.
—Óyeme, Jeremy, no estoy pidiendo nada del otro mundo. ¿Qué
dificultad puede haber en seguir a De Vouga? Seguramente va a asistir a la
conferencia de prensa. No se la va a perder. Y mientras yo viajo a Sintra,
insisto en que Fritz o Kurt lo sigan. Quizá se pueda averiguar algo sobre este
hombre. Figúrate que nada sé de él; y me inquieta, porque él sí conoce algo de
mis ideas y proyectos.
De postre pidieron un pudín Molotov, creación del chef, coronado de
merengue aparatosamente flambeado con licor de huevo.
—Después de esto tendré que echar una siesta —dijo el mago, que había
comido demasiado de aquella carne especiosa—. Quizá sueñe un poco con la
Inmaculada Concepción y el desperdicio de placeres.
El manager le refirió sus vanos intentos por atraer a un jovencito a una
aventurilla. En Lisboa parecía no haber ningún invertido.
—No hay un bar, ningún lugar donde dar una cita. ¡Ni me hables de
desperdicios!
Aquella noche durante la representación ocurrió algo extraordinario. El
mago había aparecido en escena con cierto desgano, que atribuyó a la mucha
carne del mediodía.
—¿Vino tinto? Sírvase, por favor.
Benini escanció de la jarra, para una espectadora adornada con una peca
grandísima en la nariz. Tras probar, la mujer comenzó a gritar entusiasmada:
—¡Fantástico! Es el vino de mi tierra.
El mago sirvió luego un licor verde al hombre de la butaca vecina y
cerveza oscura a una mujer de la tercera fila que hacía rato la reclamaba.
Luego señaló al escenario y en ese preciso momento estalló la enorme
pecera.
Un frenético aplauso resonó en la sala. Benini no supo qué decir. Se había
inundado todo el escenario. Julia caminaba de puntillas sobre los charcos.
¿Cómo pudo ocurrir aquello?
El aplauso no cejaba.
El mago pensó en los equipos que se hallaban debajo del escenario.
Eso costaría un turno extra de trabajo nocturno.
Luego de una breve pausa, continuó el espectáculo como si nada hubiera
ocurrido. Julia se puso unos zapatos que ya no hacían juego con su vestido
rojo. Benini hizo desaparecer un Goldfisch en el bolsillo de su chaqueta, para
soltarlo a la primera ocasión en un vaso con el que se enjuagaba la boca tras
las bambalinas. Por su parte, la gata amenazaba con abalanzarse desde el
pedestal, a perseguir los pescados que brincaban dando coletazos sobre el
piso.
Cuando por fin cayó el telón, Snow irrumpió en el escenario.
—¡Nadie se vaya hasta aclarar por qué estalló el acuario! Es una orden.
Cuando se vació el Coliseu, entraron los operarios. Cada uno tenía su
propia explicación. Demasiada presión de agua; la pecera era demasiado peso
para aquella armazón; había demasiadas piedras y adornos en el agua, decía un suizo, que insistía en haberlo advertido varias veces. Otro pretendía haber
visto caer desde arriba una bola metálica, en el momento en que Benini
llamaba la atención de los espectadores hacia la escena.
—Eso también lo habría notado yo —objetó Benini —y también los
espectadores que estaban con la vista fija en la pecera.
Julia preguntó si podía marcharse: su padre había tenido una nueva crisis.
Desde su arresto en París, no lo abandonaban las pesadillas. Deliraba. A plena
luz del día veía sangrientas cabezas cercenadas.
Benini la autorizó a marcharse.
—¿Cuánto tiempo nos tomará reparar los destrozos? —preguntó Benini.
—Para mañana, imposible, Carlo —respondió Jeremy—. Y habrá que
renunciar a la pecera durante algunos días.
Benini tomó de manos del manager unos añicos de cristal recogidos al
fondo. Eran pequeñísimos.
—Tal parece como si hubiera ocurrido una explosión.
—¿Cómo iba a producirse una explosión dentro del agua?
Jeremy recordó de pronto que los fanáticos aguardaban, como todas las
noches, a la entrada el escenario. Benini se había olvidado de ellos.
—Y ahora, ocúpate de tus admiradores. Yo me las arreglaré solo. Voy a
inspeccionar las instalaciones de abajo y a asegurar que puedan secarse.
Mañana encontrarás todo en orden. Vete tranquilo.
El mago cogió su abrigo y se dirigió al camerino.
Apenas había redactado las primeras dedicatorias, le formularon la
pregunta que él mismo procuraba responderse.
—¿Cómo logra usted que la pecera explote?
El mago hubiera jurado que ninguno de los espectadores tuvo barruntos de
que había ocurrido un accidente.