Fátima
Capítulo 2
El portero del Avenida Palace llevaba más de treinta años al servicio de la
puerta giratoria y nunca había presenciado semejante tropel.
Estaba habituado a lidiar con divas de la ópera, tan cargadas de joyas
como ligeras de cascos; a contemporizar con indescifrables encantadores de
serpientes; a inclinarse, todo sonrisas, ante emperejiladas y mundanas
señoras; a disimular cuando ancianos tan pudientes como beodos equivocaban
sus pasos y daban una o dos vueltas adicionales dentro de la puerta giratoria;
o a cerrar el paso a los dandies locales, sin un escudo en los bolsillos, y
siempre a la caza de huéspedes solventes que les costearan sus nocturnidades.
Los tenía clasificados. Al primer golpe de vista sabía distinguirlos. En cuanto
a los periodistas que ese día se aglomeraban junto a la recepción, pertenecían
—según su propio juicio y denominación— a la execrable especie de los
calumniadores.
—Tendrán que tener un poco de paciencia —chilló en el auricular la voz
de Jeremy Snow—. Enseguida estaré con ustedes.
En cuanto hubo colgado revisó los últimos detalles de su anunciada
aparición ante la prensa. Tenía que denotar, como siempre, una presencia
llena de señorío y distinción. Y su entrada debía provocar un indudable
impacto. Luego se dedicaría a escoger, concertar, preparar, seleccionar a
quién y a quién no, se le concedería una entrevista con el mago; como
asimismo, cuándo y durante cuánto tiempo serían admitidos.
Al día siguiente de su primera presentación pública, Benini nunca ofrecía
funciones. Procuraba un buen descanso, para luego dedicarse por entero a la
prensa. Su manager controlaba a los solicitantes.
—Señores, un poco de paciencia.
Dejaba que las palabras resonaran. Era parte de su estrategia. El tener que
esperar aumentaba las ilusiones, la expectativa, el interés. Para crear una
atmósfera adecuada, la espera ha sido siempre un factor indispensable. Desde
hacía tiempo, Benini y él habían desechado el invitar a los periodistas en
grupo. Se los recibía individualmente, de suerte que cada uno resultara beneficiario de alguna confidencia exclusiva. Jeremy sabía manipular la
honrilla de los periodistas. Los llamaba «enemigos útiles».Aquella mañana,
Benini acababa de despertarse. Odiaba tener que repetir las consabidas
respuestas a preguntas mil veces formuladas. Pensó en algún pretexto para
evadirse. Que Jeremy lo justificara; que adujera cualquier indisposición…
¿No consentiría en librarlo, siquiera una vez, de aquella jauría?
¿Habría suficientes fotos suyas? Seguramente le pedirían que volviera a
posar con su gata.
Miró el reloj. Faltaba una hora para el comienzo de la cargosa tarea. Tiró
del cordelito verde.
—Mis estimados señores: Mr. Snow los atenderá de un momento a otro.
Se les ruega un poco de silencio y compostura. No se encuentran ustedes en el
Cais do Sodré. Mientras tanto, Mr. Snow los invita a un café y un cognac en
el Salón Azul. Tengan la bondad de seguirme.
El portero se quedó mirando a los calumniadores, horda despreciable, que
jamás le dedicaba siquiera una mirada. Y ahora, para colmo, los invitaban. Se
emborracharían. Y si salían disconformes ¿de quién se quejarían? De él, por
supuesto, en primer lugar. Siempre había sido así. Una vedette de la ópera le
había jurado que nunca volvería a Portugal, pues de hacerlo tendría que
asesinar a un crítico lisboeta.
—Estimados señores, espero que el cognac sea de su agrado. Ése es
nuestro deseo. Aquí tengo unos números que deben ustedes escoger al azar
para establecer una secuencia de las interviews.
Al hacer su aparatosa irrupción en el local, el manager vestía un blazer
gris plateado, del que asomaba un pañuelito de seda rosa, en el mismo tono
que su corbatín de lazo. Usaba una barba densamente crecida bajo la papada,
muy acicalada, cuidadosamente erizada con el peine.
Jeremy evaluó la nutrida banda de enemigos útiles.
Procuró recordar a los más importantes y diferenciarlos de los que
representaban pasquines provincianos. Benini le había enseñado un truco para
distribuir los números según la secuencia más deseable. Nadie se daba cuenta.
Entre los presentes había sólo uno, a quien el manager no conocía.
Era un hombre de pelo muy corto. Jeremy se dirigió a él con el mazo de
números en la mano:
—¿De qué periódico?
Sin responderle, el hombre sacó un 22 azul.
En la cama, Benini se puso a estudiar la lista de invitaciones para la fiesta
de la première. Jeremy había anotado detrás de cada nombre, a quiénes y por qué motivos invitaría para el próximo show del Tavares. En todos los casos,
había incluido título y profesión. El desayuno en el Avenida Palace no dejaba
nada que desear. La alta sociedad portuguesa tenía apellidos sonantes, muy
diferentes a los de Londres o París. Títulos de nobleza como Reynolds de
Brandâo, con nombres dobles o triples. En París la gente se llamaba Colbert o
Landrú y con eso les bastaba. Sin embargo, el mago no encontró el nombre de
Isabela en aquella lista.
Media hora más tarde, en la sala de recibo de la suite se le sentó enfrente
un redactor de O Século. Para escribir, el hombre estiraba el dedo meñique
hacia arriba.
—No conozco ningún ciego que pueda guiar un auto —insistió—. Y usted
no es ciego. Hay, pues, sólo una posibilidad: necesariamente tiene usted que
haber visto algo, cuando viajaba en medio de las calles de Lisboa.
Benini cogió un puro de la cajita plateada, dispuesta sobre una mesita
junto al sofá. El hotel siempre averiguaba los gustos de algunos huéspedes
prominentes, para ponerles a disposición sus marcas favoritas.
Con toda calma, Benini quitó la vitola del habano y lo mordió por un
extremo. Tras una breve y experta manipulación, se dispuso a encenderlo.
Ocupaba una butaca cómoda dentro de una cómoda sala. Sólo le incomodaba
el tonto del periodista que tenía enfrente.
—El hecho de que no pueda usted explicarse cómo hago para conducir un
carro sin mirar, no debe inducirlo a valorar la posibilidad de que yo sea ciego.
Le aseguro que no lo soy. Pero, entre el ver y el no ver, existe una gama de
posibilidades intermedias.
Al mago siempre le había gustado aquel juego: so pretexto de esclarecer
algo, infundía mayor confusión en sus interlocutores. Cuando le tiraban de la
lengua sobre sus trucos, era raro que alguien lograra ubicarse sobre la pista
correcta. Benini era un maestro en estimular a los aficionados al error. Les
deparaba verdaderos rompecabezas.
Como decía su maestro en Ascona: «Il tempo tutto cancella. Il tempo non
aspetta nessuno[2]». A veces repetía estas frases y las traducía a la lengua del
país donde estuviese. El redactor, meñique en ristre, anotó con esmero:
«Tiempo, velocidad, estupefacción».
A la luz del sol se reflejaba la niebla azulosa del tabaco.
—Comprendo —admitió el redactor.
El mago sabía que no había comprendido nada; pero no se lo comentó.
Julia traducía ahora pasajes autobiográficos de Benini: su infancia en la
Suiza italiana; un padre severo, exitoso agente de seguros, que de regreso a casa se vanagloriaba de sus victorias profesionales; Agostini, su maestro de
magia, que como primer truco le enseñara a verter leche en una bolsa sin
humedecerla.
Dominaba este relato, tantas veces reiterado, al punto de que sin dejar de
hablar, reflexionaba sobre un nuevo truco para extraer agua de un lingote de
hierro.
—Un último favor, señor Benini: nuestros lectores se sentirían muy
complacidos de ver una foto suya con la gata.
Mientras el manager abría paso a los fotógrafos, Benini se puso a mirar
por la ventana. ¡Con cuánto agrado se sentaría ahora en la Praça Rossio, a
beber un café negro y a dormitar un poco!
Cuando posaba, con la vista fija en la gata, percibió el resplandor de la luz
de magnesio. Pero el animal ni abrió los ojos.
El número 2 correspondía a una periodista de A Lanterna, fascinada con
los trucos de agua. No obstante, tenía su teoría sobre la aparición de aquel
depósito con sus quinientos litros, donde nadaban pececillos multicolores.
La muchacha parecía contenta de que el mago tuviese que meditar para
responderle y mostraba complacencia al menear su pie derecho, como si
deseara que la invitaran a bailar.
Julia le tradujo que la madre de Benini era una sarda introvertida, que lo
había defendido contra las aspiraciones del padre, que pretendía iniciarlo en
los seguros. Ella insistió en que su hijo mayor aprendería el oficio de relojero;
y nadie mejor que aquel muchacho, que nunca había tenido un minuto de
retraso en nada. Poco antes de su muerte, Francesco Petri supo que aquel
aprendizaje había sido un fraude; y murió durante la Navidad de 1910,
horrorizado al ver explotar una silla, por artes de Carlo, como todavía se
llamaba el recién confeso aprendiz de mago.
—¿Su gata es siempre la misma? —inquirió la entrevistadora, entre
pizpireta y socarrona. En el Tavares me dediqué a observarla atentamente; y
descubrí que su piel es a veces más clara y otras más oscura.
Benini trató de replicar con alguna salida ingeniosa, pero no se le ocurrió
nada nuevo. Tuvo que apelar a un comodín, que ya había usado otras veces.
—A los gatos no les gusta tener que desintegrarse —dio una chupada a su
puro y alzó las cejas, para reforzar lo obvio del comentario—. Eso les afecta
los nervios; y por supuesto, los estados emocionales se reflejan en la piel…
La periodista celebró la respuesta con una risita y tomó prolija nota. Sin
duda la incluiría en su artículo.
Mediante un dispositivo que tenía sobre la butaca, el mago hizo una seña
a Jeremy, que apareció en el acto para preguntar a la joven:
—¿Desea usted una foto del señor Benini?
Para dar por terminada una entrevista, el manager acentuaba la nasalidad
de su timbre; y la habitual frialdad de su sonrisa se convertía en inequívoca
despedida. En el semblante de la periodista se pintó el desencanto. Miró la
hora y asintió:
—Sí, por supuesto, desearía una foto suya con la gata que se esfuma.
Al reírse exhibió una mala dentadura.
Benini posó. Sin gata.
¿Cuántas fotos quedarían de aquella donde explotaba su aire de
ensoñación romántica? Imbuido de un juvenil aplomo, con su corte a la
Colón, que usara desde la juventud, vestía una chaqueta de terciopelo gris con
pasamanerías de colores, que proyectaba en cambio, la imagen de un señor
serio, recién entrado en la cincuentena. El contraste resultaba eficaz: una
interrogante para el público. ¿Dónde radicaba exactamente el atractivo de
aquella foto?
—El que viene es muy importante —le susurró Jeremy, cuando se alejaba
para acompañar a la periodista hacia la puerta de la sala—. Es el Dr. Chorias,
enviado de A Ordem, un tío muy influyente.
Al número tres, pensó Benini mientras dedicaba a Julia una sonrisa pícara
y un guiño, le referiría la historia de cuando desgarrara de la casa para irse a
Ascona, como aprendiz del maestro Agostini.
El Dr. Chorias se inclinó deferentemente. Expresó su fervorosa
admiración al mago; admitió haber aplaudido sus excelentes actuaciones. Sí,
sí, nunca había visto a un mago que trabajara en escena con semejante ritmo.
—He presenciado a todos los grandes de Europa y siempre digo que
Benini es el más grande.
Se sentaron.
—¿Y cuál es el truco que nos va a revelar esta vez, Sr. Benini?
Hablaba inglés sin acento.
—Lamentablemente, todavía no lo sé; pero si lo supiera, no lo revelaría
hasta el final de mi actuación en el Coliseu. Ya me conoce usted…
—Sí, señor, pero aunque fuera un pequeño anticipo para nuestros lectores;
algo que sin duda contribuiría a aumentar las expectativas.
—Le prometo, señor, que usted será el primero…, digamos, en unas dos
semanas, en recibir la primicia.
El mago y su manager ya habían experimentado esta táctica en diferentes
ciudades. Se lograba un notable efecto: apenas un periódico comenzaba a dar
alguna información, todos los otros se esforzaban por imitarlo y multiplicaban
la difusión de las primicias.
—¿Qué opina usted de la guerra, señor Benini?
—¿Y a qué viene eso, señor?
La pregunta lo había tomado por sorpresa.
—¿No le maravilla que Portugal se haya mantenido al margen hasta
ahora? Benini se encogió de hombros.
Distraída, arrellanada en su butaquita, Julia divagaba.
—Los suizos somos bastante apolíticos —dijo Benini—; y eso, hasta
ahora nos ha dado buenos resultados; pero si insiste, sólo sé que esta guerra,
una vez más, hará un poco más incivilizados a los pueblos.
—¡Ah, pero Nuestra Señora de Fátima ha alzado una mano protectora
sobre Portugal! Todos le rezamos por la paz —el Dr. Chorias resplandecía al
hablar—. ¿No sabe usted que sus milagros sobrepasan las artes de cualquier
mago?
Benini se hizo explicar quién era la Señora de Fátima.
Por descontado, como periodista de A Ordem, el Dr. Chorias tenía que ser
un católico convencido. «Otra vez creencias milagrosas», pensó Benini. En
realidad, nada impedía que en Portugal hubiese tantos supersticiosos como en
los EE.UU. Por suerte, A Ordem ya había tomado fotografías durante las
actuaciones. No obstante, el Dr. Chorias solicitó el favor de un retrato del
mago, para su sobrina.
—Y no olvide que nuestro periódico será el primero en conocer los trucos
que usted decida revelar.
El mago le reiteró la promesa.
—Hora de almuerzo —dijo Benini, en cuanto el periodista se marchó—.
Tengo un hambre como si no hubiera probado bocado en toda la semana. —
Se tocó el pecho e inspiró profundo—. La invito, Julia.
La muchacha se mostró turbada.
—Bueno, yo…, no sé…, es que…
Por primera vez, Benini la veía trabada al hablar.
Le gustaba aquella mujer. Tenía el pelo de un rojo fuego, en mechones
rizados que le caían sobre los holluelos. Usaba mucha pintura en los labios.
Tenía un andar cadencioso.
Siempre que llegaba a un país cuyo idioma no dominaba, Benini
contrataba a una ayudante. El manager ponía avisos en los periódicos o recurría a agencias, para entrar en contacto con actrices a quienes daba cita
para evaluarlas; pero Benini decidía la elección final, sentado en la penumbra
de una estancia contigua, donde oía las voces con los ojos cerrados. Elegía sin
vacilar. El registro de Julia, entre mezzo soprano y contralto, era exactamente
el adecuado para explicar las incidencias escénicas. Naturalmente, en la
traducción se perdía el contacto directo con el público; pero si las actuaciones
se prolongaban, el trabajo de las ayudantes mejoraba y hasta podía resultar un
atractivo más del espectáculo. Era como si Benini se incorporara en ellas.
Tras una larga temporada en Estocolmo, el mago se había aprendido tan bien
el texto fonético en sueco, que durante las últimas presentaciones, se atrevió a
dirigirse directamente al público.
Julia tenía otro compromiso y Benini tuvo que almorzar a solas con
Jeremy. Durante un rato, el mago permaneció en silencio. Durante la mañana,
había hablado más que suficiente. Atraerse a los periodistas podía exigir tanto
esfuerzo como toda una velada en escena. El enviado de O Século era
realmente un asno. Pretendía haber visto de antemano todos los trucos. Y se
había atrevido a afirmar que desde Houdini, no había aparecido nada nuevo
en el ámbito de la magia.
—¿Puedes averiguarme quién es esa mujer que ayer se marchó antes de
tiempo del buffet? Me parece conocerla.
Jeremy hizo una mueca.
—¡Vaya! ¿A un solo día de la presentación y ya has vuelto a reconocer
una mujer interesante?
Benini cortó un trozo de carne.
—La conozco, con toda seguridad —dijo pensativo, mientras veía
derramarse sobre el plato el jugo rosado—. Hace años, viajaba para seguir
mis actuaciones. Su nombre es Isabela.
—¿Tendré que invitarla para una cena nocturna? —bromeó Jeremy, tras
echarse a pechos un generoso trago de vino.
—Estoy intrigado. ¿Por qué tenía que actuar como si nunca nos
hubiéramos visto?
—Hace ya muchos años que estuviste en Portugal —prosiguió Jeremy en
su juego—. Sin duda en aquella época eras más atractivo que ahora; o quizá
con los años te hayas vuelto demasiado impresionante… ¿No la habrás
asustado?
Benini no estaba de humor para seguirle la corriente. Otro pensamiento
ocupaba su atención; pero sobre eso no quiso hablar con su manager. El
Dr. Chorias, de A Ordem, había tenido razón en un punto:
En una Europa en guerra, Lisboa era una buena elección para una estancia
prolongada. Ya lo habían tenido en cuenta al estudiar las ofertas para aquella
temporada. Lamentablemente, los honorarios no correspondían del todo con
las exigencias del mago.
La guerra ya lo había alcanzado en Francia. Una de sus presentaciones, en
una romería, fue interrumpida por soldados que se habían lanzado a la caza de
mujeres jóvenes. Y Benini, para proteger a su ayudante, le ordenó vestir un
traje de hombre y dejarse poner un bigote de utilería. La guerra había
empezado hacía ya tres años y cada vez se extendía a nuevos territorios.
Augusto Benini no creía en el azar. Sabía muy bien que aquella guerra
obedecía a una serie de acontecimientos explicables. Los alemanes buscaban
vengarse por la humillante derrota en la guerra precedente. Hitler se proponía
el dominio del mundo. Pero lo que más tranquilizaba a Benini, era saber que
el Führer se hacía aconsejar por astrólogos. Eso lo conduciría a la ruina.
—¿No cree usted, señor, que los seres humanos necesitan de lo irracional,
de lo ilusorio? —indagaba Benini, por la tarde, frente a un periodista de O
Mensageiro—. Le aseguro que muchos quisieran verse hechizados, o incluso
engañados. Existe mucha gente convencida de que yo puedo encantarlos, lo
cual, naturalmente, no es así; pero ellos lo creen porque no saben explicarse
cómo funciona algo; y por supuesto, me atribuyen poderes sobrenaturales.
Julia, con la cabeza algo echada hacia atrás, traducía con seguridad y una
voz firme. Durante la pausa de mediodía se había cambiado de ropa y se veía
más elegante de lo necesario. El periodista, un hombre esbelto, la observaba
con avidez. A esas alturas, casi no le prestaba atención al mago.
Después de haber enterrado al esposo, la viuda Benini regresó a su nativa
Cerdeña, donde exigió que su hijo se encargarse en lo adelante de sostener a
la familia. Siempre había sido así entre ellos.
—Toda esta gente del Tessino habla italiano, pero no son italianos —
había dicho la madre, como si temiera que su hijo criado en Suiza, no
cumpliera con las tradiciones de sus antepasados.
Carlo, que entonces tenía 19 años, la tranquilizó: con su magia ganaría lo
suficiente. Y ella lo dejó hacer.
—Debo confesarle que mi arte produce lo suficiente para que yo haya
podido construirme una modesta casa campestre en Cerdeña.
Benini no lograba recuperar la atención del periodista. Observó sus ojos,
pardos claros, uno ligeramente más azulado que el otro. Miraba a Julia con
gran intensidad. Y a ella por cierto no le disgustaba. El mago se levantó. —
¿Necesita usted una foto o…?
Benini carraspeó.
El periodista ni lo miró. Sus ojos eran sólo para Julia.
Le hablaban en silencio.
En eso entró Jeremy.
—La entrevista ha terminado, señor. Si necesita Ud. alguna otra
información… —y tras pararlo de la butaca con un apretón de manos, lo
arrastró fuera de la habitación.
El mago se despidió casi con hostilidad y le pidió a Jeremy que dispusiera
una pequeña pausa.
—Dime una cosa, Julia: ¿por qué se reía la gente, ayer por la noche,
cuando me aparecí en escena sobre la bicicleta? En el libreto habíamos
acordado que tú dirías: «Aquí viene Benini, esta vez sobre dos ruedas y no
sobre dos piernas». ¿Acaso resulta esto tan cómico para oídos portugueses?
Julia se ruborizó.
A veces, Benini presentaba a una mujer cubierta de velos y encaramada en
lo alto de aquella bicicleta plateada, lo cual también provocaba risas.
—No es que sea tan cómico, señor Benini; pero cuando un hombre monta
bicicletas, aquí se piensa que es un…, no sé cómo expresarlo… uno al que le
gustan los hombres.
Benini pareció enfurecerse.
—¿Y por qué no lo dijiste durante los ensayos? ¡Es imperdonable, Julia!
Tendrás que responsabilizarte más con el trabajo. Si la prensa me presenta
como un homosexual, resultaría muy decepcionante.
El mago hizo llamar a Jeremy para discutir el enojoso imprevisto. El
manager inglés, con un sentido muy certero para imaginarse lo que los
periodistas podrían hacer con aquello, se mostró alarmado, pero se sobrepuso:
—Hoy mismo pensaré algo que nos permita replicar, Carlo. Pero, vamos,
no se debía hacer esperar más tiempo a los periodistas…
No obstante, desde ese momento, Benini se vio muy abstraído. Por
primera vez, sintió temor ante su próxima aparición en escena. En todo caso,
el número de la bicicleta quedaría suprimido del programa; y sin sustitución.
Aunque el público no tuviera otra cosa de qué reírse, por lo menos no se
reirían a costa suya.
A la mañana siguiente, se hizo leer los titulares.
«UN ENCANTADOR QUE NO PUEDE ENCANTAR»
«UN MAGO DEBE VENCER AL TIEMPO»
«BENINI Y NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA»
Mientras Jeremy recortaba los artículos, preguntó a Benini si la raíz de
Fátima estaría relacionada con la palabra italiana fata.
—En absoluto —sonrió Benini—. Es un nombre árabe.
Y al evocar a la Fata Morgana, se quedó absorto.
—¿Y sabes lo que quiere decir morgana en italiano?
El inglés sacudió la cabeza sin levantar la vista de sus tijeras.
—Quiere decir «espejismo».
Y desentendido de Jeremy, se puso a dar zancadas con las manos cogidas
a la espalda. Durante un buen rato estuvo cavilando. Cavilando sobre algo que
no se le había ocurrido hasta ese instante.