Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 18 de 37

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Fátima

Capítulo 18

 

 

Habla Ricardo López, Ricardo López fala, el hombre de las eternidades,

competente en asuntos de la otra vida, encargos moderados y excesivos,

satisfacción a clientes agonizantes, Ricardo López, marmolista, a quien nadie

ha podido ocultar la verdad, y lo de Fátima, qué bendición, excelentes

resultados, pan para los pobres, algunas ganancias, gracias a Fátima se vivía

mejor, sí sí, una bendición para toda la comarca, y para mí, prosperidad en el

comercio, quién mejor que Ricardo López, familiarizado con lo milagroso,

entendido en vírgenes, mujeres sin vientre, cuerpos esbeltos pero sin lujuria,

como los niños, lisas por delante, sin pechitos, sin nada de lo que hay en este

mundo, rostros delicados, tiernos, sonrientes, pura bondad, indulgencia,

pureza, pulcritud, sí, todo artísticamente reflejado sobre la dura piedra, sobre

la madera, la cera, figuras repetidas muchas veces, madonas a granel,

camiones de madonas, de yeso, de hierro, de plomo, de plata, en medallones,

en rosarios, Ricardo López, marmolista de vírgenes, experto y admirado señor

del arte virginal, que nunca ha aspirado a nada extraordinario, ni al halago, y

por eso sus obras salían en serie como bollos de panadería, lo que pidieran, un

emblema, una efigie de recuerdo para el largo retorno de los peregrinos, para

romeros padres e hijos, para la protección de las madres, para el resguardo de

los hogares, para la oración, para el beso, un amor de estampita, la Madre de

Dios, de Dios la Madre, al alcance de cualquier bolsillo, por millares,

brincando del Cielo a Fátima y de Fátima al Cielo, sí sí, que todo el mundo se

la llevara a casita.

Trompetas del Apocalipsis, del jefe de la seguridad se decía que nunca

daba la cara, hombre sin rostro, secretísimo portador de secretos, y yo con una

venda sobre los ojos, tela negra con mohos de polilla, me llevaron por calles,

atravesamos puentes en un coche que olía a sudor y perfume, el jefe de la PIDE

te quiere hablar, y yo preguntándoles si ya se había muerto, y ellos, amenazas,

sin ningún disimulo, el jefe no se andaba con paños tibios, tú, rata de

cementerio, y jugueteaban con mi joroba, te llevamos a él y tú respondes, el

hombre te quiere hablar de cosas importantes, y si te pide nombres, más te vale decírselos, pues si no, lo tuyo va a ser rápido, sí, el jefe de la PIDE,

Agostinho Lourenço, del que se dice que mandó fusilar a los marineros

amotinados con la artillería de los guardacostas, el del asesinato en Tarrafal, y

no hubo monumento para los amotinados, Policía Internacional e de Defesa

do Estado.

Al comienzo fue fácil, piezas individuales, nosotros las preparábamos por

nuestra cuenta, para viudas ricas, para extranjeros de los países ricos, para las

iglesias y el clero, recordatorios, souvenirs del santo lugar de Fátima, y luego

llegaron órdenes, reglas, gordos mamotretos de cómo tenía que verse la

Virgen, que el corte del rostro así, qué tal rasgo asao, Nossa Senhora tenía

que tener un rostro bondadoso, indulgente, y hasta ordenaron cómo tenía que

ser la caligrafía de Fátima, y yo pensé que nosotros no podríamos lograrlo,

pero los señores de la Iglesia estaban muy empecinados, tenía que ser una

sola efigie, siempre la misma y de ninguna otra forma, ninguna multiplicidad,

Madona igual a Madona igual a Madona, y sólo estaba permitida una

expresión, a Cristo le había ido mejor, retratado con cientos de rostros, pero

aquí había un patrón y no se podía variar la efigie, tenía que ser en serie, ésa y

ninguna otra.

Electroshocks, cámaras de tortura, sangre petrificada, sangre achicharrada,

sabuesos, columpios, testículos arrancados de subversivos recalcitrantes,

negativos y pertinaces, desaparecidos que formaban una lista más ancha que

el Tajo, y a mí también me llevan ante el jefe del PIDE, aporreos, salvas de

ametralladoras, Inquisición de Salazar y Cerejeiras, del cardenal patriarca de

Lisboa, ojos de artistas quemados, manos quemadas de pianistas, subversivos

inoculados en prisión con el bacilo de la tuberculosis, especialistas de la

Gestapo, luego de la CIA, para ese cliente yo no quería trabajar, no trabajo

para carniceros, verdugos de mis amigos, que cuando estudiantes iban todos

los meses a las misas de las Festividades Marianas, armados con porras y

pistolas que escondían bajo los capotes, acostumbrados a la sangre y al poder,

y yo a la muerte marmórea, a cuidar de la última imagen, me iban a destrozar

la joroba, yo no quería a la PIDE como cliente, aunque desapareciese en las

mazmorras de Caixias, en una borrachera de sangre, uma coisa sagrada, al

servicio de las buenas causas, de las causas buenas para los malvados.

Un corazón que sangre, coraçao, una nubecilla de humo azul, un rosario

con espinas verdaderas, manos desgarradas, llagadas, Ave María dolorosa, el

corazón como un florero, el florero de la Virgen, el corazón lleno de sal y

pimienta, el corazón como orinal para los más achacosos y luego la nube azul

bordada en alfombrillas al pie de las camas, en colchas floridas, estampada en mantequeras, el corazón coronado, acribillado de espinas, pero reluciente,

irradiando, resucitando, el corazón en su forma más cruenta, destrozado y

expuesto, todavía veo tambalear los sepulcros, estallar el mármol de las

canteras, y la nubecilla azul que nunca se eleva, azul puro sobre un blanco

amarillento, corazón en forma de nube, o como abridor de latas, o en el cierre

de una cremallera o en un calzador de zapatos, la nube en forma de corazón

como toalla de baño, como salida de baño, como lápiz de labios, como petaca,

como espejito de bolsillo con la Virgen en la tapita de la derecha, un corazón

de nube para cada familia, sombrilla, infamia, cofrecito, para cada peregrino

una nube, para cada peregrino un corazón, que todo el que venga a la Cova se

lleve uno, eso era riqueza.

Con los ojos vendados, conducido a una habitación, silla de hierro, olor a

sangre, piso de piedra, y luego las voces, es él o no, voz de flauta, alta,

chillona, siempre en un solo tono, y yo ahí, y le oigo chillarme al oído, no

temas Ricardo, y yo me enderezo sobre la silla de hierro, con las manos libres,

quiero que me vea muy sereno, muy seguro, y me digo que no es un hombre

sino una columna, un pedestal, y le destruyo la nariz con el cincel, pero otra

vez hace silencio, la flauta enmudece, y qué será lo que quiere, se ha sentado

bastante lejos, he contado los pasos, López Ricardo, grita él ahora, tienes

relaciones con los más altos círculos y sabes quién tiene dinero y qué es lo

que piensa cada uno, sabes quién se despide pronto de la vida y todo lo que

descarga de su conciencia, y te confiesan muchas cosas antes de morir, y por

eso tú, López Ricardo, trabajarás para nosotros, y yo, vacilante, tambaleante,

empiezo a sentirme mal, trabajar para la PIDE nunca, pero no me confío, no me

atrevo a negarme, cobardía, impotencia, rabia, o como se diga, pero no estoy

dispuesto a mover un dedo para la voz de flauta, y hago como si nada hubiera

entendido y le pregunto cómo quiere que se vea el monumento, y le propongo

un brazo muy poderoso que lleve la antorcha de la verdad, la antorcha de la

buena fama, pero la flauta gruñe, sobre eso todavía no ha pensado nada,

primero el servicio y luego el arte, primero, saber si yo estoy dispuesto a

compartir mi saber con ellos, les tendré que soltar lo que sepa, delatar,

denunciar lo que los grandes señores siempre esconden, y me darían una lista

con nombres de los que querían sobornar, me acribillaron a preguntas, yo era

el tío ideal, sabueso, y la flauta chillona bajando el tono, conspirativa,

intrigante, los agudos carnavalescos me llegaban ahora suavecitos, y el sudor

me corría entre las piernas; nunca había pasado tanto miedo, no repliques, no

contestes, me decía yo, todavía es demasiado pronto, yo no puedo iniciar algo

tan prematuro, primeros pensamientos, últimos días, necesitaríamos un plan, una señal, un símbolo, el flautista me toca ahora en una sola cuerda, y vuelve

a remilgarse, pero ya la cosa no es de monumentos que asusten a las personas,

él quisiera amor, belleza, mostrar esperanzas, iría de incógnito a Prazeres a

ver si encontraba algo para su tumba, y yo lleno de miedo, asustadísimo,

intentando nuevas proposiciones, pero ya, vámonos de aquí, y me bajan de la

silla de hierro, el olor a sangre en aquella habitación es horrible, aterrorizado

voy, y sé de qué hablo, mucho sé de terror, y él me corta y dice que primero la

lista, y oigo sus pasos, y se acerca, cada vez más, y se detiene junto a mí, con

su cuerpo perfumado como una diva de la ópera, debía ser macizo, ancho de

caderas, no te vamos a hacer nada si tú haces lo que queremos, y es él, estoy

completamente seguro, el jefe de la PIDE en persona, el mayor torturador del

país, y yo, pobre artista por encargos, ojos vendados, me quito la venda del

rostro y él se vuelve, qué haces López Ricardo, y yo le digo que necesito luz

para mi trabajo, que necesito ver quién encarga mi arte, y lo veo de espaldas,

ancho como un ataúd de angelito, reluce la gorra con su cinta dorada, y como

le rompí la flauta se puso a llamar a los guardias con su voz de sepulcro, y me

hace sacar al patio, y se pone a vociferar órdenes, no sé qué me dio de repente

por verle la cara, y mi venda caída al piso podía ser mi salvación o mi muerte,

y muy de prisa me sacaron de la casa, manos amarradas, ciego por la capucha

que me encasquetaron.

Un rosario de perlas cadavéricas de cristal de roca, así caemos al rosario

de rodillas, oh, Fátima, Señora Nuestra, oh, sabia Virgen de las más altas

santidades, invocada en todas las novenas, y para contar sus oraciones, en

vísperas y maitines, en laudes y prima, los monjes de antes hacían cuentecitas

con palo de rosa, con rosal de Indias, rosarios probados durante las grandes

Cruzadas contra infieles, rosarios venerados por los asesinos de media

humanidad, consagrados a aniquilar la barbarie turca cuando la victoria naval

en Lepanto, juramentos rezados, Dios juramentado, rosarium, cuentas o

perlas de la Eternidad, éxito de ventas en Fátima, como todo lo santo.

Seguí durante tres días en el miedo, mirando a todos los rincones,

atisbando en las calles por las que pasaba, paranoico, inquieto, pálido, y para

que no vinieran los esbirros, mantuve cerrado el negocio, duelo, vacaciones,

motivo de bodas, enfermedad, ausencia, ilocalizable, qué podía hacer si

volvían a cogerme, sería mi última salida, sin regreso, y todo por haber visto

al jefe de los jefes, al que manda quebrar todas las costillas, rostro hinchado,

muecas de gordo, nariz redonda como una papa, figura inservible para

estatua, habría mucho que martillar, deshonrado, verdugo de los señorones,

pero de pronto cedieron, como si hubiese fracasado la idea de convertirme en sabueso de la PIDE y yo me comporto como si nada, tranquilo, ellos me ven,

están allí aunque yo no los vea, se ocultan en los hilos de mis teléfonos, tras

las esquinas de mis paseos por la blanca ciudad, me espían hasta en el puerto,

en el cementerio, pero nadie se dirige a mí, quieren pillarme en falso, ver si

me acerco a un negativo y pertinaz, de los que tienen opiniones equivocadas,

de los que quieren subvertir y derrocar, para entonces abofetearme,

torturarme, matarme, sin quitarse el rosario del cinto, para darse gusto

apaleándome con una cruz bien gorda, adeusinho.