Fátima
Capítulo 36
Benini llegó a toda prisa, pero demasiado tarde, al lugar del crimen.
—¡Deténganse, deténganse! —gritaba—. Dejad al hombre en paz.
Aquella mañana se había despertado hacia las cinco y le había rogado a
Isabela que abandonara su cama. Necesitaba pasar en completa soledad las
horas que lo separaban de su presentación. Salió hacia la enorme explanada,
donde acampaban grupos de peregrinos, cubiertos con las mantas que habían
llevado. Visitó el escenario e inspeccionó los preparativos para el vuelo del
ángel Beimel. Hacia las siete, aplacado ya, regresó al hotel para tomar su
desayuno. El local estaba repleto de clérigos: negras sotanas parroquiales,
púrpura cardenalicia, rojo episcopal. Benini había observado a la concurrencia
con sentimientos encontrados. Ojalá nadie lo reconociera.
—Lo habéis asesinado.
El mago se inclinó sobre el viejo muerto y observó sus greñas hirsutas,
con pegotes de sangre. El cadáver mantenía los ojos abiertos. Benini observó
a la multitud que los rodeaba. Había odio y miedo en aquellas miradas.
—¡Lo habéis asesinado! ¿Qué os había hecho?
Durante el desayuno, había ojeado en las páginas de los periódicos, los
primeros comentarios sobre el inminente acontecimiento. Hasta la prensa
extranjera había enviado corresponsales. En Londres, el Daily Mirror titulaba:
«Benini danza con el Sol». Por lo menos, así lo transcribía A Republica. Hasta
mediodía, el mago permaneció enclaustrado en su habitación. Sumergido
durante largo rato en la bañera, pensó en su prohibida aventura con Isabela.
Una y otra vez lo asediaba la imagen de aquella muchedumbre peregrina. El
tener que actuar ante ellos no lo intimidaba. En el fondo, todos deseaban su
éxito. Para eso habían ido a Fátima. Para creer. ¿Acaso el cardenal no lo había
prometido? «Ordenarás a tu grey presentarse el 13 de octubre en Fátima…
Quiero que todo Portugal oiga mi voz…» En su pastoral, Texeira había citado
casi textualmente la patraña que le recitara Julia. Más le preocupaba su
nocturna presentación en el Coliseu, de Lisboa. ¿Cuántas palabras le harían
falta para divulgar ante el público su opinión sobre el caso Fátima? ¿Cuál sería su verdadero papel en aquellas circunstancias? ¿Aceptarían la verdad?
¿En qué términos debía expresarse? Durante largo rato había reflexionado
aquella tarde. ¿No sería mejor abordar el asunto en un tono irónico, al modo
de Jeremy? ¿O con la indignación de un Beimel?
El corazón del viejo había dejado de latir. Al intentar tomarle el pulso, el
mago sólo había sentido sus propios latidos. Su túnica de lino se veía muy
sucia, las sandalias desgarradas. La pierna izquierda le colgaba hacia un lado.
—¿Qué haces aquí, Carlo? Tienes que subir a escena. Comenzamos
dentro de diez minutos.
Era Jeremy que se había acercado, pero el mago lo oía como si estuviera
muy lejos, mientras cerraba con cuidado los párpados del viejo.
Por la mañana, Benini había dejado que sonara el teléfono sin contestarlo.
Ni respondió tampoco a los reiterados golpes en su puerta, ni a la nota que le
deslizaran por debajo. Siguió pensando en sus comentarios para la función
nocturna en el Coliseu. Las explicaciones de lo sucedido en Fátima no debían
exceder los tres minutos. Luego explicaría cómo lo había logrado; se referiría
al cardenal Texeira y su visión de la Virgen María, para terminar con algunos
comentarios sobre el fraude del año 1917.
En un papel había anotado algunas frases que Julia debía traducir
cuidadosamente al portugués, para utilizar durante la función. No más de tres
minutos. Lo cual no constituiría una interrupción que afectara para nada su
show. La haría durante la segunda parte, ya hacia el final. Se imaginó la
avidez con que el público esperaría sus comentarios. Todos debían suponer
que algo diría sobre lo sucedido en Fátima.
—No voy a presentarme, Jeremy.
—¡¿Qué?!
—Que no me voy a presentar; no aquí; no en este lugar.
—¡Pero, Carlo! ¡Tú no puedes ahora…!
El manager se inclinó y siguió en un susurro casi rabioso:
—¡…echarte atrás! Tenemos contratos firmados…
—No quiero repetírtelo, Jeremy. Rescinde todo lo que he firmado.
Nos vamos de regreso a Lisboa. Y ocúpate de que los obreros del
escenario entierren a este pobre hombre aquí, para que estos idiotas no se
ensañen con el cadáver.
Jeremy Snow, muy alterado, se esforzaba por mantenerse ecuánime.
—¡Ésta es la presentación más importante de tu vida, Carlo! Durante
semanas no hemos hablado de otra cosa; de los efectos, de la propaganda, de
la multitud… Y si ahora no te presentas…
Aún sin poder apartar la mirada de aquel semblante surcado de arrugas,
que tanto se parecía al de su abuelo sardo, Benini tomó conciencia de que se
hallaba en una situación absurda. ¿Qué hacía él allí, arrodillado y de smoking,
con su roja capa de seda tremolando junto al cadáver?
—¿Y cómo se lo explico a Lossenkián y a los espectadores? ¡No me
atrevo a subir al escenario para anunciar que se suspende el espectáculo!
Benini guardaba silencio.
Su corazón latía fortísimo. Como nunca. Tuvo la impresión de que todos
en derredor lo oían. Había visto volar palos y piedras. Al llegar al lugar, dos
sacerdotes, con todo el peso de sus cuerpos, brincaban enfurecidos sobre el
viejo tendido por tierra. Le daban coces en las piernas, la cabeza, las costillas.
Pero entre los presentes, el mago no reconoció a ninguno de los asesinos. Y
llegaban más y más curiosos, que se mantenían distantes, como en un círculo
mágico.
—¡No puedo creer lo que me dicen, Carlo!
Era Lossenkián, del brazo de su joven amiga, vestida de raso negro.
Snow le informaba, en inglés, en voz baja, pero muy excitado.
—¿Se ha vuelto usted loco, Carlo? —lo interrumpió el millonario—.
Todo Portugal espera su danza del Sol. No puede usted defraudarnos.
—No me voy a presentar —ratificó Benini en voz baja—. Aquí, no me es
posible.
Lossenkián comenzó a hablarle con rudeza.
—¡Pamplinas! ¡Tiene que subir al escenario! Ése es su lugar.
Benini no respondió. En mente se le agolpaban las imágenes del brutal
asesinato. Veía una y otra vez al anciano derribado por tierra, lapidado,
aporreado.
—Debo decirle que si no se presenta usted, le retiro mi amistad. ¡Y tendrá
en mí a su peor enemigo!
El millonario se interrumpió atónito, al ver que el mago se agachaba para
cargar entre sus brazos a aquel viejo harapiento y ensangrentado, y con él se
alejaba hacia el bosque.
No era pesado. Un esqueleto envuelto en un sudario de lino mugriento.
Sin decir una palabra, con el muerto en brazos, Benini se abrió paso entre la
multitud. Snow y Lossenkián se miraron estupefactos y luego le siguieron los
pasos. Al llegar a un claro, casi al borde de la explanada, Benini depositó el
cadáver en tierra.
—Haz que lo entierren aquí, Jeremy, a la sombra.
—Bien, primero el entierro y luego la función, —dijo Lossenkián.
Benini sacudió la cabeza.
—Ahora mismo regreso a Lisboa.
—¡Carlo, por lo que más quiera, no sea usted loco!
Todo Portugal espera por su presentación.
El millonario hablaba a gritos ahora, y su muchacha lo miraba con cierto
temor.
Snow, tieso, rostro inmóvil, parecía un soldado en guardia de honor junto
al cadáver.
El mago le echó una última mirada, y al ver que su semblante había
adquirido de pronto una expresión de serena beatitud, se sintió algo
reconfortado.
Se volvió, sin despedirse, y se alejó de prisa hacia el hotel.
—Es inútil, señor Lossenkián —dijo el manager—, cuando Benini ha
tomado una decisión, no hay quien lo disuada.
Lossenkián echó a correr en pos de Benini, rogándole, gimiendo,
invocando su amistad, que por favor, que cómo iba a hacerle aquello, y
mencionaba el monto de su inversión, el contrato, el gran espectáculo, su
Fátima, la oportunidad única…
El mago lo ignoró por completo y siguió inmutable en su marcha.
Cuando llegó al hotel, fue directo a su habitación, y en pocos minutos
mudó de atuendo. Ante sus ojos persistían las imágenes de los garrotazos, de
las pedradas, del brutal homicidio. Nunca podría olvidarlo. Nada ni nadie lo
resarciría.
En la recepción lo esperaba Lossenkián, que volvió a adoptar un tono
amenazante.
—Nunca podrá usted comprenderlo, pero en este lugar ya no puedo
actuar. Adiós.
Durante el viaje en su Benz, Benini comenzó a preguntarse si todavía
valdría la pena desenmascarar el viejo fraude de Fátima, esa noche en el
Coliseu. ¿No sería más sensato limitarse a la función? El recuerdo de Vicario
comenzó a asediarlo. Necesitaba tomar una decisión antes de llegar a Lisboa.
Una vez allí, dedicaría mucho tiempo a concentrarse en lo que determinara
hacer por la noche.
Una sola vez en su vida había dejado de presentarse a un espectáculo
anunciado. Había sido en Bruselas, víctima de un fuerte acceso de fiebre.
Durante tres noches sucesivas había subido a escena con más de 38 grados;
pero al terminar la cuarta, después del último telón, cayó al piso desmayado. Él mismo se prescribió un día de reposo, contra la opinión del médico belga,
que insistía en hospitalizarlo por dos semanas.
En cuanto pasaron Santarém, Benini ordenó un alto para tomarse dos
bicas en un paradero, al borde de la carretera. El café fuerte y caliente lo
despertó. Se preguntó cómo se las arreglaría Lossenkián en Fátima, para
enfrentar el inminente descrédito.
Tres horas más tarde llegaba a Lisboa.
—Permítame felicitarlo, señor Benini —dijo el portero del Avenida
Palace.
El recepcionista le dio un caluroso apretón de manos. Otro tanto hizo el
gerente, que llegó casi corriendo desde su oficina.
—¡Todo Lisboa comenta su éxito!
—¿Cuál éxito? —preguntó el mago.
El corro que de inmediato se formara en el vestíbulo, celebró el chiste con
risas exageradas.
Benini rehusó comentarios y firma de autógrafos.
Adujo un gran cansancio y pidió su llave. En la suite durmió hasta la
llegada de Julia, que le trajo la prensa vespertina.
—Un triunfo en toda la línea —comentó muy excitada, y se puso a leerle
los titulares. «Benini, ante cien mil personas, demostró que puede hacer bailar
al Sol».
«Benini versus María: uno a uno».
«El suizo y su milagro solar».
Julia rebosaba entusiasmo; quería detalles, que Benini le contara todo lo
de Fátima.
El mago se mantuvo muy parco y, por fin, confesó:
—No hice nada en Fátima, me marché antes de la presentación.
Y no le dijo nada más.
Aunque muy sorprendida, Julia se dio cuenta de que no debía acosarlo con
preguntas.
—¿Quieres que te deje solo?
Vestía su blanco traje de noche. La cabellera roja se le veía recién
peinada. Ya estaba maquillada para la función.
—Sí, por favor, después hablaremos.
Julia se despidió con un beso en la mejilla y abandonó la suite.
Él ojeó los periódicos. En vano buscó información sobre el viejo
asesinado ante sus ojos.
Esta vez había fotos de la danza del Sol. Se veía un remolino de fuego y
su cola gigantesca. Evidentemente, Brander se había encargado de todo el
trabajo.
Faltaban todavía cien minutos para su presentación en el Coliseu. De pie
en el baño, apoyado contra el mármol de una pared, el mago se miró al
espejo. Había tomado la decisión de presentarse, pero no mencionaría lo de
Fátima.
Poco después, se internaba por un pasillo lateral del Coliseu, en dirección
al escenario. Al divisar el enorme gentío, se bajó el ala del sombrero, pero de
todos modos lo reconocieron cuando ya iba llegando a la portezuela de hierro
que comunicaba con los camerinos. Y ya no pudo defenderse. Tuvo que
firmar autógrafos en periódicos, servilletas, camisas; pintar su retrato sobre
tarjetas de visita, y hasta sobre la palma de una mano. Duró más de un cuarto
de hora hasta que pudo por fin desaparecer tras la puertecilla metálica.
Su manager lo esperaba adentro, reclinado contra el guardarropas, en
actitud guasona.
—Je, je. No habías contado con esto ¿eh, Carlo? El convoy acababa de
llegar desde Fátima. Era evidente que Jeremy había bebido. Se lo veía
bastante entonado.
—Lo hicimos sin ti.
—Hablaremos de eso después de la función, Jeremy. Ahora tengo que
salir a escena.
En el recinto de los artistas, había más de cincuenta ramos de flores. Sobre
una mesa de vidrio se amontonaban tarjetas de felicitación. Obviamente, los
rumores habían llegado desde Fátima antes que las notas de los
corresponsales.
Benini comenzó a maquillarse. Con el lápiz de cejas trazó un par de
líneas. Luego se empolvó para cubrirse algunas manchas rojas sobre la piel.
—¿Cuánto te falta? —preguntó Julia, asomada de medio cuerpo a la
puerta—. El maestro de escena espera la señal para empezar…
—Dame dos minutos, por favor.
Aquella noche, el mago había decidido ceñirse estrictamente a sus artes de
manos. No apelaría a chistes innecesarios. Tampoco haría salidas hacia el
público, ni siquiera cuando llegara el momento de ejecutar los trucos de agua.
Se limitaría a la rutina. Nada más.
Sin embargo, apenas apareció en escena, estalló un aplauso como no lo
había oído nunca en los treinta años de su carrera.
Tras reiteradas reverencias, ademanes, gestos de que ya se daba por
suficientemente aplaudido, el mago no lograba que el público dejara de
palmotear y acabara de sentarse. Apeló a la orquesta. Los hizo levantarse para
que compartieran sus aplausos y les pidió que empezaran sin más.
Sonaban ya los primeros acordes de la obertura, pero tampoco daban
resultado. La gente seguía aplaudiendo de pie y coreaba su nombre.
Benini optó entonces por despedirse con una profunda reverencia y
desapareció tras el telón. Esperó casi un minuto a que mermara la algarabía e
hizo salir a Julia, con el encargo de anunciar que el señor Benini no aceptaría
más aplausos hasta que terminara el espectáculo. Y así, poco a poco, se logró
tranquilizar a la sala.
Los trucos de cartas funcionaron normalmente.
La espectadora que encontró en su cartera de mano un as de pique, actuó
muy desenvuelta.
—¿Y qué nos dice de Fátima? —le gritó alguien desde la primera fila.
Benini vaciló. Intentó proseguir su función, pero la misma voz seguía
acosándolo. Una y otra vez repetía la misma pregunta, y cada vez en voz más
alta.
Benini miró hacia la platea. Al contraluz de las candilejas y reflectores, le
era imposible localizar al de la pregunta. Y ante tanta insistencia, convencido
ya de que el hombre seguiría interrumpiéndolo hasta obtener una respuesta,
Benini rogó a Julia que se la tradujera:
—No puedo decir mucho sobre Fátima. Por lo que sé, constituye una
gigantesca maniobra de fraude. Lo que hacen los sacerdotes en Fátima con la
pobre gente, es truhanería; y mucho peor que todo cuanto he visto en los
EE.UU. En lugares como Fátima, germinan las guerras…
Desde la platea, un agudo chillido estremeció la sala. Benini reconoció la
voz de Isabela.
Cuando intentaba ponerse a cubierto, un primer disparo lo alcanzó en un
hombro. No obstante, logró refugiarse detrás de una caja hierro.
—¡Julia, desaparece, vete de aquí!
Ella se echó de bruces sobre el piso.
Otros tiros alcanzaron el decorado.
—¡Telón! —gritaba Benini—. ¿Por qué no bajan el telón?
Y con una mano se cogió el hombro del que manaba sangre. Por fin, cayó
el telón de terciopelo rojo.
—¿Qué ha pasado?
El maestro de escena corrió hacia el mago.
—Me han baleado.
El maestro quería ir por un médico, pero Benini exigió que llamaran a
Jeremy.
Dos minutos después, el manager aparecía en el escenario.
Del otro lado del telón, el público parecía haberse amotinado.
—Alguien debe salir a anunciarles que se les devolverá el dinero de las
entradas.
—No, que no salga nadie —gritó el mago—. Pueden tirotearlo.
El manager le inspeccionó la herida.
—No te preocupes, todavía no me ha llegado la hora —dijo Benini.
El hombro sangraba profusamente. Tenía la bala adentro.
—¿Oíste de dónde venían los disparos?
—Tienen que haber tirado desde las primeras filas —respondió Benini.
—¿Dónde está Julia?
—Aquí estoy.
Estaba de pie detrás de la armazón plegable sobre la cual, durante el
segundo acto, rodaba la pecera sobre el escenario.
—¿Te hirieron? —le preguntó Benini.
—No —dijo Julia mientras se acomodaba el peinado y se alisaba el
vestido—, y ahora voy a calmar al público.
—¡De ningún modo! —gritó Benini—. ¡No la dejen!
Pero Julia ya había desaparecido hacia el proscenio.
—Mañana —dijo Benini en voz baja—. Mañana repetiremos la función.