Fátima
Capítulo 5
Acrópolis de Atenas, crepúsculo matutino. Athanasios, el monje, se afanaba
en los preparativos de su misa. Tras disponer la custodia, el cáliz y el hisopo,
preparó el incensario junto a la cruz griega, que erguía sus dos ejes de igual
longitud.
Aquella mañana, en que cumplía sus treinta años, Athanasios se proponía
ofrecer una revelación. Era la Pascua del año 1900. Por primera vez, los fieles
conocerían un fragmento de su traducción. Y luego le oirían un sermón
ilustrativo.
De aquél, su hallazgo, el monje no se había separado durante los últimos
siete años. Como documento, le era fuente de constantes y renovadas
inspiraciones. Su comunidad, a la que reunía en domingos alternos en lo alto
de la Acrópolis era todavía pequeña pequeña. Sin embargo, el número había
crecido hasta cinco mujeres y tres hombres. Las mujeres traían regularmente
golosinas, bollos, dulces, pasteles de almendra y tortas de miga rellenas con
carne, que él ingería lentamente, y de las que a veces lograba vivir una
semana completa. En ocasión del último encuentro, había sugerido que los
hombres trajesen para beber en la Pascua un poco de Demestika y Ouzo. Y
esperaba que aquel día lo complacieran.
Athanasios podía vivir con muy poco. Los años que pasara en Tierra
Santa fueron de gran precariedad. De no haber encontrado su maravilloso
rollo de cuero, habría dado aquellos años por muy sufridos y casi estériles;
pero en verdad, resultó generosamente premiado. Aquella vida tan dura, había
valido la pena.
Por lo general, a la misa quincenal solía acudir también una gata.
Esperaba a que la comunidad se retirara y luego iniciaba una danza en torno
al monje. Daba dos pasos hacia él y luego retrocedía uno. Athanasios hablaba
con ella como con una hermana y le echaba un poco de su comida. Pero
aquella mañana, la gata no había comparecido. La vida en lo alto de la
Acrópolis, en la ciudadela de aquel templo que tanto había cambiado de
amos, transcurría para él como un lánguido río de llanura. Pasaba los días copiando su hallazgo y sólo se interrumpía para cumplir con su programa de
oraciones. Muy rara vez se le acercaba algún visitante, de los que venían a
apreciar las viejas reliquias. Nadie parecía ya necesitar de la fortaleza que
protegía al Partenón. Algunos ingleses, que mucho le gustaban, o franceses, a
veces alemanes, llegaban a curiosear; pero los griegos acudían por lo general,
sólo en domingos. El resto de la semana lo pasaba generalmente solo.
Athanasios amaba la soledad, y sobre todo, el libre flujo de su
pensamiento bajo las noches estrelladas. Sentía crecer las alas de su espíritu; y
amaba también los tórridos días del verano, que convertían a Atenas en una
metrópolis fulgurante. Muy pocas veces, cuando se le agotaban las
provisiones, bajaba a la ciudad. Los atenienses le decían «el monje loco», al
verlo caminar entre ellos con su larga túnica de lino, su cinturón de cuero y en
sandalias. Desde su ingreso al primer monasterio, ya no se había vuelto a
cortar el pelo ni la barba. Y no lo irritaba que lo llamaran «el monje loco».
Por el contrario; pensaba que así lo recordarían mejor para hacerle
eventualmente alguna limosna, cuando lo vieran de pie, silencioso en medio
de las calles.
Sólo una vez alguien le había pedido un dracma, pero Athanasios jamás
poseyó dinero.
Cuando los primeros asistentes a misa se hicieron presentes, con ellos
venía también la gata gris. Athanasios se levantó y los animó por señas a
acercarse.
Ese día pronunciaría un sermón, que sus visitantes jamás olvidarían. Sería
el comienzo de un nuevo camino.
Mucho se alegró de poder contar esta vez a nueve personas. Los hombres
eran cuatro, y en efecto, habían traído vino. Athanasios saludó a su feligresía
con apretones de manos y pronunció la bendición pascual. Luego tomó la cruz
griega y encabezó la procesión.
—Ascendamos por el camino de la santidad —dijo, con poderosa voz.
Lo siguieron, cantando sus canciones. Él rezaba y la comunidad repetía
sus rezos. Al llegar a las ruinas del Templo de Eros, Athanasios sacó el texto
que había escogido para aquel día de bienaventuranza y pidió a los fieles que
se sentaran. La gata se ubicó en un lugar central.
Al comenzar la lectura, las palabras del monje rebotaron suavemente entre el
mármol de las ruinas.
Y así hubimos de decidir qué día sería el más favorable para dar una señal. Era
necesaria una señal que provocara la tormenta y acabara con la inmovilidad. Sabíamos que
sólo de ese modo se cumpliría el mandato. Y escogimos a Jeshua para explorar el Templo.
Simón quería acompañarlo, pero Jeshua exclamó: «Si me apresan solo, no habrá más
que un prisionero».
Ya Jesús había corrido el peligro de que lo apresaran.
Yo lo seguí a escondidas tras las esquinas, portales y columnas; y lo vi entrar al templo
de madrugada. De inmediato se le reunieron gentes alrededor. Él se sentó entre ellos e
indagó sobre los sufrimientos que padecían.
Aparecieron entonces los escribas y fariseos, que conducían a una mujer sorprendida en
adulterio, a quien exhibían para que todos la viesen y pudieran señalarla con el dedo.
Y entonces dijeron a Jeshua: «Fue sorprendida en adulterio; y en la Ley de Moisés está
escrito que las adúlteras han de morir lapidadas. Y tú, ¿eres obediente a la Ley?»
Yo me puse a temblar, pues era una trampa que le tendían, para ponerlo a prueba. Poco
nos importaba el matrimonio. Los que andábamos con él, vivíamos en libertad y ofrecíamos
nuestro amor a todas las que lo necesitaran.
Y he aquí que en vez de darles una respuesta, Jeshua se acuclilló y comenzó a dibujar
signos sobre el suelo. Pero ellos lo apremiaban con preguntas. Por fin, a grandes voces y con
enfáticos ademanes respondióles: «Quien no haya pecado nunca, que lance la primera
piedra».
Yo hube de contenerme para no saltar adelante.
Pero Jeshua volvió a acuclillarse y siguió dibujando sobre la tierra. Los había fulminado con el rayo de su pensamiento y terminaron por apartarse. Por fin
cuando quedó solo con aquella mujer, se levantó para preguntarle: «¿Dónde están los que
iban a juzgarte?».
«Se han marchado», comenzó a decir ella con voz queda. Una suave sonrisa se dibujó en
su rostro.
«Bien», dijo Jeshua, «vayámonos».
Pero los fariseos vieron a Jeshua apartarse del templo con la adúltera y dijeron: «Allá va el que se dice hijo de Dios. Sin duda ha de enseñarla a arrepentirse de sus
infamias».
Yo los seguí en secreto, y cuando el sol lanzaba sus últimos hálitos rojos sobre los
arbustos, encontré a Jeshua unido a aquella mujer en un lugar apartado, y juntos cantaban
la más alta canción del amor.
Yo guardé el secreto y nada dije a los demás de lo que había visto. Cuando Jeshua regresó a sus discípulos, nos ordenó: «Hemos de dar nuestra señal al
tercer día».
El sol estaba todavía alto cuando Athanasios terminó la lectura del texto.
Miró los rostros de sus fieles y captó en ellos una leve sonrisa.
Sólo uno parecía descontento.
—Hoy es el Día del Señor; de ese Señor que nosotros hemos escogido —
comenzó a decir Athanasios, en su sermón—. Y es una hora de felicidad, pues
en ella se nos revela que ese Jeshua, a quien creíamos perdido para siempre,
vive de verdad. Lo prueba este texto, que os he leído, donde Nuestro Señor
Jesucristo, a quien yo llamo por su nombre hebreo de Jeshua, nos comunica
una buena nueva.
Y con ella nos dice: «Olvidad las viejas leyes y los mandatos de la
tradición; preparaos a iniciar una nueva vida que comienza en el amor».
—Jeshua nos enseña a desprendernos de anticuadas prohibiciones; y con
ello quiere validar nuestra necesidad de amor; quiere persuadirnos de que
entre los humanos hace falta amor, y no leyes que condenan, ahogan y
extinguen toda chispa de vida, que apenas alumbra. Jeshua nos ha dado su
propio ejemplo de que la vida es alegría; y debemos alegrarnos con él, y
comprender que ni él ni sus jóvenes apóstoles se entregaban a penosas
tribulaciones, sino que recorrían la Tierra Santa para divulgar la necesidad de
alegría. Es una excelente nueva la que Jeshua nos ha traído en este día.
Al ver un pajarillo pequeño y verdoso revoloteándole encima, Athanasios
interrumpió el sermón. El ave se le posó en un hombro, como si allí hubiese
encontrado su nido. Y fue entonces cuando percibió los semblantes de su
feligresía. Hasta ese momento, había hablado con los ojos cerrados, y ahora
veía en los rostros una mezcla de desconcierto y regocijo. Sólo uno sacudía la
cabeza. Durante la pequeña pausa, este uno también captó con nitidez el
embeleso de los demás fieles.
—Jeshua nos transmite su alegre mensaje —prosiguió Athanasios—. Sin
embargo, nuestra Iglesia ha hecho de él un paradigma del martirio: y en su
nombre nos pide arrepentimientos y nos induce a echarnos luctuosas cenizas
sobre la piel. ¿Y qué quiere decirnos este texto, escrito por alguien que junto a
Jeshua, ha medido con sus pies la Tierra Santa? Nos enseña que no hemos de
mejorar con sufrimientos, sino por obra de la alegría; y que no vivimos para
arrepentirnos, sino para alcanzar el amor. Ha llegado, pues, el día del amor.
¡Amaos los unos a los otros! ¡Aleluya!
Cuando Athanasios terminó su sermón, breve para no cansar a los fieles, dio
la comunión y pronunció las bendiciones. Entonces comenzaron los
cuchicheos. Y aquellos fieles, confortados por el insólito sermón, se
abrazaron como era el uso después de los servicios de Pascuas; pero no
dejaban de preguntarse: «¿De dónde se nutre Athanasios para pronunciar
estas palabras sobre Jesús?».
El monje oía los comentarios y guardaba silencio.
Ellos parecían maravillados, pero confundidos. Nunca habían oído, en el
seno de su Iglesia, algo semejante.
Athanasios hizo que descorcharan dos de las botellas de vino aportadas y,
para festejar el Día del Señor, dio de beber a cada uno de sus fieles.
—Ése debe ser un texto apócrifo —dijo el nuevo fiel.
—No —replicó Athanasios—; es de un evangelio que hasta ahora no se
había dado a conocer; pero cuando la curia lo acepte, se divulgará en todas
partes.
—¿La curia? —preguntó el hombre, que vestía un traje negro, con chaleco
y corbata blanca.
—Para oficializar el evangelio, he enviado una copia a la curia romana —
anunció el monje—. Y como su contenido nos muestra a Jeshua bajo una
nueva luz, espero obtener pronto la respuesta.
—¿Y quién redactó ese evangelio?
—Judas.
—¿Cuál Judas?
Athanasios vaciló un instante antes de responder:
—Judas Iscariote.
—¿El que traicionara al señor?
—El mismo.
El hombre del traje negro, su pelo oscuro cortado casi al ras y con dos
anillos de oro en la mano derecha, no hizo ningún gesto.
—Hermano, ese evangelio es falso. Te lo digo con plena certeza.
—¿Y cómo puedes saberlo con tal certeza?
Dos horas más tarde, Athanasios estaba nuevamente solo y reflexionaba
sobre el efecto de aquella misa. Su comunidad había reaccionado con alegría
ante la buena nueva. Estaba contento. Por lo menos había logrado
desencadenar su asombro. Sin duda, volverían para oír más sobre aquel
Evangelio de Judas. Y pensó en la bella Helena con su voz tan afinada. Luego
durmió hasta la noche. El vino lo había puesto somnoliento.
De pronto despertó agitado, cuando ya oscurecía. El mismo señor de porte
circunspecto había regresado.
—Dame el texto, que quiero estudiarlo —le dijo, esta vez con una
expresión casi amistosa—. Yo también soy sacerdote y somos hermanos en el
Señor.
—¿Ya no lo consideras falso? —replicó Athanasios, frotándose los ojos.
—También los textos falsos pueden dejar muchas enseñanzas.
El sacerdote se había quitado sus costosos anillos. Sobre sus dedos
veíanse ahora dos bandas más claras.
Athanasios propuso leer juntos todo el evangelio para poder discutirlo,
pero el sacerdote rechazó la oferta.
Dijo que no tenía tiempo y sólo había venido para obtener el evangelio en
préstamo. Para eso había escalado la Acrópolis. Además, no quería pasarse la
noche entera bajo la cúpula del cielo.
—No estoy acostumbrado a pernoctar así.
—Pero aquí la noche brinda un espectáculo que ninguna criatura humana
ha logrado imitar: las estrellas azules titilan a lo lejos; bólidos y cometas
fulguran al surcar el cielo. Es algo hermoso y siempre diferente…
—¿Sabes que te llaman el monje loco?
—¿Y qué daño pueden hacerme los nombres que me pongan los
atenienses? ¿Acaso el Señor no ha prometido a los locos el Reino de los
Cielos?
—A los pobres de espíritu, querrás decir —objetó el hombre, que se
llamaba Georgios.
—Es una mala interpretación del Sermón de la Montaña. Hermano mío:
los pobres de espíritu son simplemente las personas que han quedado
disminuidas en el aspecto espiritual.
De inmediato trabaron una disputa exegética.
Georgios consideraba que sólo los tontos debían poblar el Reino de los
Cielos; y Athanasios insistía en que debía aceptarse a todos los débiles, por
ser los más necesitados de la ayuda del Señor.
—Él nunca se ha ocupado de los otros. Precisamente por su amor a los
ciegos, sordos, baldados, ulcerosos y otros infelices, es que Jeshua se ha
convertido en el Señor de los débiles.
—No lo llames Jeshua. Tú eres un griego como yo, y debemos llamarlo
Jesús.
—Yo llamo a mi señor como me place.
El sacerdote se irguió y descargó un golpe en el rostro de Athanasios.
—Y ahora dame el rollo o me lo llevo por la fuerza.
El monje se había quedado como pasmado ante semejante brutalidad.
No había imaginado que aquel hombre pudiera atacarlo. Le imploró
clemencia.
Por suerte, conservaba la copia de una primera traducción entre sus
pertenencias y entregó a Georgios la que tenía entre manos, sin comentarios.
El sacerdote ni se dignó mirarlo. Se marchó sin agradecimiento ni
disculpas.
Y en su diálogo con las estrellas, comprendió Athanasios que la amada
Acrópolis ya no le ofrecería seguridad. Ya no le serviría como fortaleza. Y sin
duda, aquel ataque no habría de ser el último.
Durante la noche siguiente desapareció. Y con buen compás de pies,
abandonó para siempre aquella ciudad que tanto significara para él.