Fátima
Capítulo 9
—Pongamos un anuncio en busca de testigos que en octubre de 1917 hayan
visto la danza del Sol en Fátima. Redacte usted el texto como mejor le
parezca. Por supuesto, no se van a presentar campesinos supersticiosos, sino
quienes sepan leer. Si los interrogamos, de seguro que alguna información
obtendremos. Creo que ése sea el mejor camino para alcanzar alguna
explicación. Lo que figura en los libros ni siquiera vale el papel en que fue
impreso.
La propuesta de Joâo de Vouga parecía atractiva y bien pensada.
Benini cortó un panecillo a la mitad, lo cubrió con lascas de jamón seco y
lo dejó intacto sobre el plato.
—¿Cree usted que se presentarían muchos testigos? —En Lisboa,
seguramente no; pero es aquí donde debemos poner el anuncio.
—Sin duda, se va a difundir por todo el país.
El mago pensaba en la publicidad y en la propuesta de Lossenkián: veinte
mil libras británicas por esclarecer el milagro de Fátima. Quizá sus éxitos de
los EE.UU. pudieran repetirse en Portugal…
—Si usted se aviniera, yo podría preseleccionarle a los testigos.
Joâo de Vouga siempre tenía una respuesta para desechar objeciones.
Aquella mañana, Benini hubiera preferido dormir hasta saciarse; haber
descansado toda la mañana, pasarla en una larga duermevela.
Luego de la función de la noche precedente, había estado con unos
admiradores oyendo fados en un local, hasta las tres de la mañana.
—Cheval…
El recepcionista del Avenida Palace había repetido varias veces la
contraseña. Benini con el auricular sobre la almohada, seguía sin darle
respuesta.
—Cheval, señor Benini. ¿Puede subir?
El mago le pidió media hora y colgó. Ojalá Jeremy hubiese estado allí.
¿De qué servía un sistema que no funcionaba? Su manager le había
aconsejado usar contraseñas para frenar la avalancha de sus admiradores y poder admitir en su suite sólo a aquellos visitantes con los que realmente
deseaba encontrarse.
Cheval, cheval…
Realmente no vinculaba aquella palabra a nada en particular. Luego, bajo
la ducha recordó la cabeza de las cicatrices, el hombre de los pelos cortos y
tiesos.
Benini se puso a pensar de qué manera podría quitarse rápidamente de
encima a aquel visitante. Quizá aduciendo una cita con Lossenkián, un
encuentro con una mujer joven cuyo nombre callaría discretamente, un
ensayo importante al que nadie podría tener acceso.
El mago no pasaba demasiado trabajo para inventar subterfugios. La mesa
del desayuno, en un salón confortable de la suite, ya estaba servida.
Cheval lo esperaba de pie junto a una ventana.
—Buenos días, señor. Podría haberlo esperado más tiempo. Sin duda ha
dormido usted poco.
—No debe ser difícil adivinarlo. Sin duda luzco espantosamente.
Benini puso la cara que solía usar en escena, para expresar
disconformidad.
—Joâo de Vouga, me llamo Joâo de Vouga, por si se le ha olvidado mi
nombre.
Era un alivio que el huésped le ahorrara la penosa pregunta. Benini tenía
una excelente memoria para rostros, y a lo largo de los años, podía recordar
detalles insignificantes.
Pero los nombres eran entidades demasiado generales y abstractas. El
portugués vestía un tropical claro y llevaba en la mano un sombrero de paja,
como si estuviera preparado para una excursión.
Benini tosió.
—Discúlpeme el mal estado en que me encuentro; y no es que me haya
olvidado de su cita, pero a veces estoy tan agotado.
—¿Estaba usted en el fado del Alfama? Ahí, todos se ven obligados a
trasnochar.
—¿Y cómo lo sabe?
—Todos los extranjeros se enamoran del fado. Deberíamos detestarlo.
La cantante que atendiera a Benini hasta las primeras horas de la mañana,
debía pasar de los setenta, aunque no tenía siquiera una cana ni una arruga en
el rostro.
Desde mucho antes habían desaparecido los admiradores del mago, pero
él permaneció en el local. Hechizado por la intensidad de la nostalgia, se dejó cautivar sin resistencia.
Se propuso regresar a menudo.
Tras haber agitado un poco la copa, Joâo de Vouga bebió un sorbo de
champaña.
—Y si lo prefiere, señor Benini, podríamos poner un aviso cifrado, para
mantener desde el comienzo su nombre al margen.
—Puede usted usar tranquilamente mi nombre.
El mago vestía una bata verde oscura y del bolsillo de la pechera le
colgaba un pañuelo amarillo. ¿Qué diablos preocuparía a aquel Cheval por la
aparición de su nombre en los anuncios?
La cantante no se le iba de la memoria. Sus ojos orlados de rímel, la estola
negra, los aretes de un rojo fuego y aquella voz. Tudo isto e triste, tudo isto e
fado.
Dos minutos después sonó el teléfono. Benini descolgó.
—Larga distancia de París. Espere un instante, por favor.
Jeremy informaba haber descubierto al padre de Julia.
—Françoise nos fue de mucha ayuda. Lo han arrestado por conspirar, pero
creo que todo se va a arreglar. Hace falta dinero, Carlo. Quiero saber si
podemos pagar.
—¿Cuánto?
El manager mencionó una suma, que correspondía a los ingresos de
Benini por una noche de actuación.
—¿Y puedes traerlo a Lisboa? Sería una estupenda sorpresa para Julia.
—Trataré; pero se va a demorar dos o tres días.
—Tómate el tiempo, aquí todo marcha bien. No te preocupes.
Benini se sintió aliviado. Montaría un espectáculo para su asistente
portuguesa, sin que ella nada supiera de los preparativos.
—¿Buenas noticias? —preguntó De Vouga, cuando el mago regresó a la
mesa.
—Sí; un asunto privado.
El hombre, con sus dos cicatrices en la cabeza, se rió como si fueran
viejos conocidos.
—¿Se encuentra entonces listo para este experimento?
—Déjeme pensarlo un poco más.
Cheval se puso de pie y se acercó a la ventana. El mago se quedó
mirándolo.
Muy a menudo había encontrado, entre sus admiradores, gente que quería
servirlo. Por su nombre, por sus atractivos. Mr. Andrews, con la intención de atraer espectadores, se había propuesto presentarlo en los primeros programas
ingleses de TV; pero Benini se había negado.
Si aparecía en TV, nadie querría entonces verlo en escena. Y luego
aquella bruja de Berlín. En cuanto Benini hubo abandondo el Kernpinsky ella
comenzó a seguirlo. Preparaba ungüentos curativos y quería que Benini los
probara.
El mago no se la pudo quitar de encima hasta abandonar Berlín.
—En los EE. UU. tuvo usted mucho éxito.
De Vouga se colocó ante la ventana, con su silueta a contraluz.
—¿Cómo lo sabe?
—Me he informado: aquí se publicaron varios artículos sobre su
desenmascaramiento de médiums falsos, del truco de las mesas itinerantes, de
las fraguadas poses de los espíritus para la reversibilidad del pasado, etc.
Benini dejó vagar sus recuerdos. La gente había asistido en masa a los
espectáculos porque era un enfrentamiento de fuerzas opuestas.
—Los médiums eran como los novilleros locales, y yo aparecía como un
matador internacional. Una lucha espectacular. Todos querían que las fuerzas
sobrenaturales resultasen más poderosas que mi magia. Fueron veladas
verdaderamente inolvidables.
—¿Y siempre triunfó usted?
—No hubo un solo médium que realmente poseyera las capacidades que
se atribuía. Todos resultaron fraudulentos. Si yo presentara trucos tan burdos
en mis funciones, me convertiría en un hazmerreír.
—¿No es usted creyente, señor Benini? —No, soy suizo.
De Vouga castañeteó con los dedos.
—¿Y lo sobrenantural no constituye para usted un desafío?
—No lo niego.
El mago ya había vuelto a olvidar el nombre de su invitado. En cuanto
Jeremy regresara de París le encargaría ocuparse de él. La idea del anuncio no
era mala, pero había que pensarla muy bien.
Cheval tendría unos treinta y pocos años; y no parecía peligroso.
—¿Conoce usted a Lossenkián?
—¿El millonario petrolero coleccionista de mujeres bellas, dueño de un
casino custodiado por groseros matarifes?
De Vouga hizo una mueca de desagrado.
—¿Quiero decir, si lo conoce en privado?
—¡Por favor! ¿Cómo habría podido relacionarme con Lossenkián? El que
le dé la mano se quema todo el brazo.
—¿Y tampoco lo ha visto durante las últimas semanas? —insistió Benini,
convencido de que Cheval venía por encargo ajeno. Y bien podría el
millonario andar en ese juego.
—Hasta hoy no lo he conocido personalmente señor Benini; aunque
lamentablemente no puedo demostrárselo.
El mago vio abrirse lentamente la puerta. La delgada hendija inicial fue
ampliándose, hasta asomarse la cabecita de una niña.
—¿Puedo jugar con la gata? —preguntó a Benini, en impecable inglés
oxfordiano. Llevaba un vestidito de seda rosa con cintitas azules en el pelo.
—Ha desaparecido —respondió Benini divertidísimo— pero si regresa te
la voy a prestar.
El mago volvió a mirar a su huésped, que parecía irritado con la
intromisión de la muchachita. Ella dirigió una guiñada al mago y cerró
modosamente la puerta.
—¿No le gustan los niños, señor?
—Sí que me gustan: tengo tres.
—Eso no prueba nada.
El mago fraguó el pretexto de que una admiradora lo aguardaba en el
teatro.
—Yo entiendo que nadie como usted, debería tener tanto interés por
esclarecer los enigmas de Fátima, señor Benin…
Cheval era, evidentemente, un hombre agudo.
—… máxime que hace veinticinco años, usted mismo resultó víctima de
la aparición, tal como he logrado establecer.
—Pero eso no significa…
—Por favor, óigame un instante; significa que allí, in situ, usted podría
demostrar que su público cometió una injusticia con usted y su arte. Sería
como saldar una vieja cuenta.
Cheval se sentó a la mesa del desayuno pero no tocó ninguno de los
manjares. El mago callaba. Pensaba en la sorpresa que le prepararía a Julia, si
Jeremy lograba traer al padre a Lisboa. Lo ubicaría durante la función
nocturna en el primer palco, y cuando necesitara un espectador en escena, lo
escogería para subir. Al mago le encantaba instrumentar sorpresas de ese tipo.
Quizá Julia perdiera el control y se fuera de su papel…—«Non c’è peggior
sordo di chi non vuol sentire[7]» —recitó De Vouga—. ¿Conoce el proverbio
italiano?
Benini asintió. ¿Estaba enterado Cheval de su pasión por citar proverbios
italianos?
—¿Qué papel juega usted en esta iniciativa? —le preguntó el mago, sin
mirarlo a los ojos.
—Simplemente, el estar tras las bambalinas. Ningún otro.
De Vouga se mostraba ahora muy serio.
—¿Y por qué se toma ese trabajo?
A Benini no le gustaba el altruismo festinado, ni mucho menos, la
posibilidad de un engaño. Pero el tal Cheval, en todo caso, no daba la
impresión de querer mantenerse en el anonimato.
—Si yo escribo la historia de que Benini ha desentrañado el enigma de
Fátima, la conocerán en muchos países europeos, y quizá en ultramar. Sería
una historia de primera…
—Pensé qué no trabajaba usted como periodista.
¿No me dijo eso?
—No tengo un puesto fijo, pero eventualmente hago mis cosas.
El mago asintió. Aquella media respuesta lo tranquilizaba un poco.
—Está bien —dijo. Me voy a tomar tres días para pensarlo. Cuando
vuelva usted por la respuesta, use la misma contraseña De Vouga se echó
hacia atrás.
—Pero ¿por qué perder tres días?
Benini reaccionó con mal humor.
—Porque jamás tomo una decisión repentina. Si usted conociera mi
trabajo en la escena, sabría hasta qué punto hay que ser cuidadoso con los
detalles mínimos. No puedo admitir ocurrencias aleatorias. Lo echarían todo a
perder. Y ahora le ruego me deje seguir dormitando un poco mis
ensoñaciones del fado.
Cheval se levantó y se pasó la mano sobre el traje tropical, que sin
embargo, no se veía arrugado.
—Pues muy bien: volveré dentro de tres días.
—Por favor.
El mago lo acompañó hasta la puerta.
La muchachita se había quedado de pie, allí mismo.
Él le acarició el cabello rubio.
—Todavía no ha regresado.
—Tengo tiempo —contestó la niña.
Benini cerró la puerta.
Estaba demasiado excitado para regresar a la cama.
¿Por qué no querría Cheval darle un par de días para reflexionar? ¿Por qué
tenía que ser tan impertinente? Jeremy estaría encantado: otra vez, como en los viejos tiempos, Benini mediría sus fuerzas. ¡Y esta vez contra la Virgen
María! Un combate espectacular, un show sin precedentes.
Ante eso, todo el dinero que ofrecía Lossenkián, sería una bagatela. En
todo caso, él en persona tendría que hablar con los testigos del milagro. Si el
tal Cheval los preseleccionaba, podría influenciar su visión del milagro. A él
podrían contarle muchas cosas. Benini sabía que con el paso de los años las
fantasías y rumores crecían y se llenaban de colorido. Y al fin de cuentas, por
honrar a la Madre de Dios, hasta el Universo podía permitirse un bailecito…
En eso recordó aquella falsa médium, que se pretendía capaz de hacer
visible al Espíritu Santo. Y muchos que habían pagado diez dólares por verlo,
se mostraban entusiasmados. La paloma se posaba en el borde de un cáliz
dorado, dentro de una aureola radiante, que luego se convertía en una fugitiva
lengua de fuego. Todo el que oyera a Mrs. Vanetti hablando en muchos
idiomas, quedaba convencido de haber visto al Espíritu Santo. Cuando Benini
inspeccionó su gabinete, en las cercanías de Chicago, no pudo establecer de
inmediato nada anormal; pero durante la actuación, le llamó especialmente la
atención un reflector, y descubrió que le habían adaptado un dispositivo
iridiscente. Mrs. Vanetti utilizaba humo de cigarros para convocar a la
paloma. Del áureo cáliz, surgía luego una pequeña explosión que disipaba el
humo.
Con veloces movimientos, ambos camareros despejaban la mesa del
desayuno, cuando sonó el teléfono.
—¡Otra vez! —se quejó Benini, e hizo señas a uno de los camareros para
que contestara.
—Uma senhora —dijo el hombre a media voz, y le extendió el auricular.
Benini la reconoció de inmediato.
—¿Eres tú, Olga?
—Hoy por la tarde voy a la ciudad y me alegraría poder verte.
—A mí tambien —respondió el mago—. ¿Tendrás algún tiempo para
dedicarme, Olga?
—Sí, tendré tiempo.
Él repitió la frase como en un trance.
—Digamos, entonces… ¿a las cuatro en el Nicola?
—Allí estaré.
—Muy bien, Olga, hasta entonces.
Ella colgó y Benini mantuvo el auricular pensativo.
¿Qué significaría aquella invitación? Su joven marido parecía muy celoso.
Quizá vigilara sus llamados. Y mucho se había sorprendido de oír a Isabela hablando inglés con su amiga.
Dio a los camareros una propina generosa y miró la hora. Para la cita
faltaban cuatro horas.
Salió al pasillo, de donde había desparecido la niñita; pero recordó la suite
donde jugaba. Caminó hasta un extremo y al doblar llamó a una puerta, que
abrió un aya uniformada.
—Es sólo para informar que ya ha regresado mi gata, y si la pequeña…No
tuvo necesidad de abundar: un copete rubio irrumpió dando grititos, y echó a
correr sobre la espesa alfombra hasta desaparecer junto al rellano de la
escalera, donde los dos angelicales portalámparas de hierro colado, seguían su
estática guardia, cubiertos por una oxidación verdosa que contrastaba sobre
los azulejos de Coimbra.
Al pasar de regreso, Benini miró hacia la planta baja y reconoció un
sombrero de paja. Era Cheval, reclinado en la baranda.
El mago se contuvo. No debía subestimar a aquel hombre. Y eso,
precisamente, lo aguijoneaba. Tuvo que reprimir el impulso de llamarlo.
Hubiera querido informarle que al día siguiente, ya podrían colocar el aviso
en los periódicos.