Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 33 de 37

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Fátima

Capítulo 33

 

 

Ven a la claridad, esclarécete, que ya está cerca el tiempo de morir, todos los

dioses han sido invitados en tu ayuda, y aunque alejados, no se harán rogar,

espíritus serviciales, no hay que atraerlos con señuelos como al ganado tonto,

y ya saben ustedes, Ricardo López, siempre listo para la vida y sorprendido

ahora por el llamado de la muerte, sí, el hombre por quien hablan las piedras,

por quien se prostituye el mármol.

Abundancia de los granos más nobles, de lo más hermoso que consume un

cementerio, da gusto verlo y olerlo, porque donde el mármol se quiebra se

perfuma la tierra, con aromas que viajan en el polvo transparente, mármol

fresco, puro y virginal, que viaja en las alas del viento, junto con la piedra

calcárea y cristalina; que viene del país donde la guerra atruena; desde

Schupbach, desde Franconia y Hessen-Nassau recibo yo las mercancías, y el

mármol alemán me llega desde montañas rojas, y mi preferido Arabescato,

desde Carrara, y también el verde alpino que brilla con sus coloridas vetas de

intensa luz, al gusto de los griegos, cuyos estratos gemelos cantan y dialogan;

y uno puede oírlos como enseñaba aquel Capo di cava, sí, raudales, cascadas

de mármol se rinden a mis manos, y en aquel año ya tenía yo trescientos

operarios, ya el Edificio López S.A. se había inaugurado, Sociedad Anónima

con agentes en todas las plazas importantes de nuestro hermoso país, pues

cuando de morir se trata, hay que contar con López S. A., que cumple

encargos en silencio, según rezaba mi lema comercial publicado en todos los

periódicos, y al pie añadíamos una imagen del más hermoso panteón erigido

por mis manos, y al pie las direcciones y teléfonos, y todo el que emprendiera

su último viaje, a quién acudiría si no a Ricardo López.

Aquella mañana, exactamente a mediados de abril, viajo yo hacia Fátima

porque el obispo quiere hablarme, de un encargo muy grande según dicen,

pero yo voy de mala gana, más que nada para no desairar a mi representante,

que hacía marchar mi negocio de manera inmejorable, y fue un extraño viaje,

mi corazón comienza a atascarse cada diez latidos, y yo contando como si

fueran los golpes de un tambor, y pom pom pom y cada tanto se me para, y veo como un hueco negro, y vuelvo a contar, pom, pom, siete, ocho, nueve y

pausa, y luego pom, pom, como si nada, y yo, marmolista rico en viaje de

negocios, mirando las bellezas del paisaje, carro descapotado, nunca he

sabido de qué marca, pero sigue la punzada en el pecho, y le pido por fin al

conductor que se detenga, necesito descanso, reposo, y ya no me importa

llegar en hora, y me siento en una pradera con ambas manos sobre el mármol

oscuro.

Mi corazón retorna por fin su marcha, los caminos de mi sangre ya están

de nuevo despejados, y también se renueva mi interés, he vuelto a perder el

miedo tras haber pensado que nunca más me libraría de él, pues aunque uno

por oficio se codee con la muerte, como otros con el hierro o la madera, nadie

resulta invulnerable cuando ella viene por nosotros, y entonces le digo al

chófer que vaya lento, muy lento, por favor, da igual a qué hora lleguemos, no

quiero ser enterrado en Fátima y el chófer me lleva, me remolca por

desconocidas carreteras, loma arriba, el pesado coche gime y yo siento que

me alivio, que mejoro más y más, me siento un poco débil pero así sucede

siempre después de un ataque, por eso os hablo en voz tan baja, vosotros ya

me comprendéis, en voz muy baja, ya habrá tiempo de gritar cuando se parta

el mármol.

Bueno que haya usted venido, aunque ya ha pasado la hora de almorzar,

pero de todas maneras puedo hacer que le sirvan un vinho verde frío, el

obispo viste de civil, hombre lleno de dignidad, yo prefiero beber agua, agüita

clara, ah, dice él, pero no es usted como yo me imaginaba, y, digo yo, que yo

sí sé por qué prefiero el agua, pero pasa un rato antes de que ordene

atenderme, no quiere omitir su oración de mediodía y ahí permanezco yo a la

espera, sentado en la estancia fría, sin ornato, sin cuadros, como sala de

audiencias, sólo una cruz gigantesca, todo concebido para que el visitante de

inmediato se sienta traspasado por los fríos que soplan sobre Fátima incluso

en el verano caliente, y por más escudos que había ganado allí con mis

souvenirs, no quería quedarme en Fátima, lugar de santurrones, falso nimbo,

falso olor de santidad, lugar adonde van los pobres para ser felices y nunca lo

consiguen, lugar de los enfermos donde muy pocos se curan, lugar de

esperanzas traicionadas, y no quiero, aunque el obispo me haga ahora el

mayor de los encargos, quiero marcharme, aire, aire, coger carretera de

inmediato, aunque se me vuelva a parar el corazón.

Me codeo con los grandes, cardenales amarillos, generales violetas, el

presidente, el jefe de la PIDE, armadores verdes y sus mujeres color café, en la

cúspide de mi fama, comerciante exitoso, una vida regalada, los mejores vinos, manjares exquisitos, de sepulturero a constructor de mamarrachos, del

andrajo al terciopelo con bordados, del pico y la pala a los bustos artísticos,

finamente burilados, y ahí estoy yo, sentado, cansado, liquidado, en la fría

estancia, frente al crucifijo, como si la sangre se me hubiera caído sobre esa

tierra impía, y el obispo haciéndome esperar, como si yo fuera un monaguillo,

y ya estoy por largarme cuando viene él con rápidos pasos, sin disculparse y

empieza a hablarme de negocios.

Quiere una enorme cantidad de las más nobles piedras, Carrara blanco, y

quiere saber si yo puedo hacer que se lo envíen, y yo, que cuánto mármol, que

para qué, tengo que saberlo y él dice, tenemos un plan, eso ya lo sabía yo, de

modo que los peregrinos que llegan a Fátima tengan que arrastrarse de

rodillas durante el último tramo, y yo digo que me parece mal, que me parece

horrible, y él ni me oye, insiste en que todo debe ser muy diferente, queremos

un camino que baje desde la explanada que está junto a la iglesia, hasta la

Capelinha donde apareció la Virgen, y que luego circunde la capilla, todo el

camino del ancho de un metro, quizá de dos, todo en mármol blanco, o

Travertino, dependerá del precio que yo les ofrezca, naturalmente incluida la

mano de obra, óptimo, digo yo, y qué piensan hacer con eso, y me dice, el

tramo debe usted hacerlo deslizar de modo que baje por esa colina pequeña

hasta la hondonada de la capilla y luego vuelva a subir de modo que a los

peregrinos se les haga más larga y dolorosa la llegada y así lograremos

facilitarles la contricción, el arrepentimiento en su más expresiva y elevada

forma, las promesas hay que cumplirlas, y yo siento otra vez mi coraçao que

comienza a detenerse al décimo golpe, y luego al octavo, y pido que hagamos

una pausa en el diálogo para tomar agua fresca; sí sí, como no, y el propio

obispo sale a conseguírmela.

Expiaciones, castigos, severidad, dolor a manos llenas, eso es lo que gusta

a los príncipes de la Iglesia, y que las ovejillas lleguen a ellos bien sumisas,

campesinos sudorosos y ensangrentados, o pescadores con la piel llagada por

haber desafiado el sol de los mares, empleados, funcionarios arrastrados,

genuflexos, enmudecidos para orar, la fe en el látigo, siempre avasallar a los

creyentes, y que ninguno olvide depositar su limosna en el cepillo de las

ánimas, y los que quieran asegurar el brinco al cielo, pues que recen muchos

rosarios, y les den vueltas y más vueltas, rodillas ensangrentadas,

humillaciones, nunca creer de manera vertical, arrastrados siempre, porque la

chusma debe darse su lugar en la mugre, entre el polvo, y mostrar una fe de

rostros desfigurados por el dolor, ya podrán reír cuando hayan pasado los

tormentos, ya podrán abrazarse, cansados pero felices, una vez recorrido el camino de la expiación y el sufrimiento, del martirio, y aun cuando coman

pollo con pan y ensalada, es importante que primero se humillen, que se

alejen, que sean algo diferente de la iglesia blanca, de la fe blanca y pura, de

la Madona amorosa, pura y blanca, que sepan bien la escoria que son.

No, le digo yo, no lo haremos, ese no es trabajo para un marmolista, y el

obispo enrojece sorprendido, cómo es eso señor López, no comprendo, el

mármol es su cosa, y el traslado no puede ser tan difícil, siempre nos hemos

entendido bien, hemos estado codo con codo, por qué esta actitud ahora, y yo

le digo que la piedra no se ha hecho para eso, para chupar sangre de rodillas y

que por ella fluya hacia la Virgen, no me gusta arrodillarme ni ver a nadie en

semejante fe, yo no quiero que los creyentes sufran, y entonces me mira el

obispo enrojecido, con los ojos gordos, hinchados, y en la fría habitación

crece la tirantez, sube la marea.

Conozco el odio de estos hipócritas, que adornan sus mentiras, los

conozco cuando se viran, vacilan, dan vueltas, cuando inventan lo que la

gente quiere, el obispo de civil, el general en tenida de muerte, el jefe de la

PIDE en su disfraz de inocencia, los que torturan, disuaden, desmoralizan,

masacran, nada dejan de ensayarlo, otros pagan, odio a estos canallas y al

final siempre siento cómo se solazan, se alegran, se sacian y luego eructan

palabras, palabras sobre el orden y la fe, la armonía y la esperanza, cuando

hambrean a todo un pueblo, con las manos entrecruzadas, y en actitudes

reverentes contemplan los altares de la patria a los que nos sacrifican como

víctimas, imprescindible es fingir, mendacidad secreta, y no, digo yo, que no

construiré ese camino de dolor aunque me paguen el doble, y el obispo rojo

como un cangrejo se alborota, se enfurece y quién soy yo, si él lo quiere

puede anular todos mis contratos, parar todos mis negocios, aplastarme como

a un piojo, y estalla en su rabia, un López cualquiera, que nunca ha sido nada,

un simple sepulturero, ayudante de ayudantes, un inútil, con una sola palabra

suya me destruye si quiere, y nadie más me encargará bustos para el más allá,

o acepto el encargo o acepto mi ruina, pero aquella ha sido mi última palabra,

y digo eso y tomo mi sombrero y el obispo brama como si yo lo hubiera

golpeado, y pelea, y quien no tiene fe en la Iglesia tampoco tiene Dios, y

monto en mi carro y le digo al chófer, sácame de aquí, rápido, bájame a

Nazaré, quiero llegar a la costa, caminar, sentir las olas, quiero terminar mi

día, y entonces me baja lentamente, camino de curvas, pero falta siempre un

golpe, un golpe de mi corazón, y se produce un silencio, una pausa, se

detiene, un solo golpe.

Sin embargo, he visto los inicios del kilómetro y medio de suplicio, metro

y medio de ancho, mármol blanco sobre la tierra, una colina que desciende en

suave declive, un cuadrado alrededor de la capilla y allá vuelve a subir el

camino del sufrimiento, diseñado para que el peregrino se martirice

arrodillado, para que implore con la cabeza derrotada sobre el pecho, mujeres

de negro, rostros de amargura, pañuelos en la cabeza, pesados rosarios, los

hombres las sostienen de las axilas para que no se desplomen de dolor, los he

visto, camino del mármol, de la opresión, obra de Spínola Sociedade

Anónima, contratistas, y no con buenos materiales, un mármol mal pulido de

modo que aumente el viacrucis de los pobres mientras esperan al término la

redención de sus pecados, la cura de una enfermedad, alivio el dolor,

inclinados para honrar a su señor, así lo exige el obispo, y ése es el odio que

marca mis últimos días. Y no callaré mi ira, aunque la voz muy pronto se me

niegue.