Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 30 de 37

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Fátima

Capítulo 30

 

Treinta y cinco años, cinco meses y siete días había tenido que esperar, hasta

que por fin se le concedió la audiencia. Athanasios, el monje, no había cesado

de enviar cartas, súplicas, ruegos, ni de asegurar que para el día y hora que se

le indicaran, acudiría a Roma.

Aquel viernes lo recibiría el papa.

Una semana antes había llegado Athanasios a la metrópoli italiana. En un

ala de las Catacumbas de San Sebastiano, encontró un refugio apacible, y en

cuanto se hubo instalado, ya casi no salió de los alrededores.

La ciudad lo intimidaba: sus extensas plazas, los monumentos colosales,

las avenidas anchísimas, todo parecía confabularse para infundirle espanto.

Sólo los parques de hermosos árboles le ofrecían alguna tranquilidad. El resto

le resultaba demasiado imponente. Y lo peor eran los templos. ¡Cuánta

reverencia a la muerte! En todas las iglesias había sarcófagos llenos de

huesos, armarios con reliquias que exaltaban la santidad y la muerte, como

paradigmas para los vivos. ¡Como si todos los creyentes debieran ir por el

mundo cargados de hondas aflicciones! Sí, el culto de la muerte era una

constante en todas las imágenes: reinos de dolor habitados por almas

atormentadas, por seres patéticos con rostros de una amargura cadavérica.

Hasta los ángeles lo ahuyentaban. Y por doquier campeaban los demonios

espantables, la cruz, padecimientos, castigos, muerte. Como si la vida se

hubiera hecho para castigar. Y luego, el oro. Muchísimo oro. Tanta pompa

áurea lastimaba ya los ojos de Athanasios. Nunca había alegría en las

imágenes. Ni siquiera el inmenso Reino de los Cielos parecía un lugar de

beatitud.

A Athanasios se le había dicho que si no se cortaba el pelo y la barba, el

Santo Padre no lo recibiría. Para la audiencia era indispensable presentarse

debidamente pelado. Contra su voluntad, Athanasios se avino, y en la mañana

de aquel viernes se puso en camino para cumplir el requerimiento.

Tras haber recorrido media ciudad, un barbero romano le colocó un

banquito en la acera, ante la puerta de su tienda, decidido a dar un espectáculo a sus vecinos. De inmediato lo apodó Monte Capelli y anunció que haría un

trabajo primoroso con aquella pelambre salvaje.

El monje lo dejó hacer y se abstrajo del carnaval que le formó. Pensó en la

gata y las estrellas de la Acrópolis. Luego memorizó algunas líneas del

Evangelio de Judas, que quería discutir con el papa.

—¡Pronto, signore Monte Capelli! Ahora sí parece un hombre de verdad

—exclamó el barbero y le pasó un espejo mientras se reía a mandíbula

batiente y abría una boca desdentada.

Athanasios se estremeció.

Lo había dejado calvo como a un preso.

«Un corte humillante», pensó.

Sobre las baldosas de una acera romana refulgía, plateado e inerte, su

orgullo de tantos años.

—No tengo ni una lira para pagarte —le dijo Athanasios, con la cabeza

algo ladeada.

—No importa —y el barbero se guardó las tijeras en el bolsillo de su

túnica—, ha sido un placer servirte.

Y pidió a los circundantes que aplaudieran. Applausi.

Athanasios abandonó la Via Barbiere.

Faltaban dos horas para la cita convenida.

Necesitaba entrar a una iglesia. Debía serenarse. Sin darse cuenta, poco a

poco, había ido excitándose.

¿Qué le diría el Santo Padre? ¿Le reconocería su empeño de tantos años?

¿Admitiría las buenas nuevas contenidas en el Evangelio de Judas?

Del Circo Agonale salió al Corso Vittorio Emanuele, enfiló hacia el Foro

dell’Imperio Fascista y luego subió a la iglesia de Santa María in Aracoeli.

Este «altar del Cielo» lo habría mandado erigir Augusto, cuando la Sibila de

Cumas le vaticinara el advenimiento del Hijo de Dios.

Athanasios penetró por una de las naves laterales. Al hacer una profunda

reverencia su cabeza rapada espantó a unos feligreses.

Tomó asiento en la última hilera y fijó la vista en los elevados artesones

del techo. En esas dos horas podría echar un vistazo a las tumbas de los

jerarcas eclesiásticos.

«Me va a recibir el Papa —pensó— y parezco un fugitivo de galeras».

No le había quedado tiempo para cambiarse su túnica de lino. Las

catacumbas estaban demasiado lejos.

«Espero que el Santo Padre sepa apreciar mi modestia», pensó

Athanasios.

De pronto oyó una voz, como si alguien hablara junto a él.

—La imagen del Niño Jesús que veis aquí, fue tallada en la madera de un

olivo del Huerto de Getsemaní, por un fraile franciscano del siglo XV. El buen

hermano no tenía suficientes colores para terminar su obra, pero en su ayuda

vinieron los ángeles y la terminaron. Durante el regreso por mar, en medio de

una tempestad inclemente el hermano dejó caer la talla al agua; pero ella flotó

y alcanzó por sí sola el puerto de Livorno. Y un día de Navidad, una señora se

robó la imagen de un pesebre. Eso le costó una grave enfermedad y su

confesor le aconsejó que la devolviera, pero ella no quería obedecerlo. Y

entonces, en medio de la noche, la imagen por sí sola regresó al Capitolio y

las campanas de la basílica tañeron de manera milagrosa. El papa León XIII

coronó solemnemente esta imagen del Santo Bambino el 2 de mayo de 1897.

Y ahora, recémosle: «Amoroso Niño Jesús, salvador de nuestros pecados,

Dios y Rey nuestro, te brindamos todo el amor de nuestros corazones. Amado

Jesús, dígnate aceptar esta ofrenda y para que te sea grata, enciéndenos con el

fuego de tu divino amor. Permite así que nuestras almas se postren ante tu

altar, para llevarte la humilde ofrenda de nuestra miseria. Amén».

Al oír estas palabras, Athanasios abandonó la iglesia sin mirar la santa

imagen. Estaba seguro de que era un niño triste, de severa mirada y ojos

atormentados. Evidentemente, la grata nueva aún no había llegado a Roma.

Durante la última hora, previa a su audiencia, el monje se estuvo en la

plaza de San Pietro, al pie del obelisco que mandara construir Calígula.

¡Uff! Había llegado casi a asfixiarse en aquella iglesia; se le había

acelerado el pulso, y aún tenía, el aliento cortado. Su primera visita a San

Pietro le había resultado insípida. Ahora, por el contrario, sentía indignación.

¿De modo que eso era el centro de la fe, del poder católico? ¿Puro mármol

y pompa?

Siguió un largo rato muy conturbado.

Trató de apaciguarse con la vista de las palomas grises, blancas, negras.

Observó a los que leían los periódicos bajo las columnatas de Bernini.

Podía ser un escenario idílico, pero él se sentía amenazado, como si el

obelisco fuera a derrumbarse y las columnatas giraran en una danza satánica.

Hasta las palomas le parecieron por momentos águilas monstruosas; y entre

los lectores de periódicos, creyó detectar expresiones perversas.

Echó a caminar y tuvo que contener el paso. Lo apremiaba un deseo de

salir corriendo hacia algún lugar apacible.

Así llegaron las tres de la tarde, la hora en que debía presentarse. Un

sacerdote lo condujo hasta el Portone di Bronzo, y lo hizo pasar en medio de la guardia suiza. Athanasios se alegró de poder pasar por allí acompañado.

Bordearon el Camposanto y entraron al Palazzo. Las primeras imágenes

de los altos muros, exhibían angelotes sonrientes, querubines juguetones, un

San Pedro bonachón, la coronación de María. Más adelante, una sucesión de

estatuas griegas, pero sin sus partes cubiertas con hojas de encina. Siguieron a

lo largo de varios pasillos, donde vio mapas del mundo, regalos de los

soberanos, oro, gemas, más oro, diamantes; salas cubiertas de rojos

cortinados, sedas purpúreas, hasta desembocar en una estrecha escalera que

los condujo a la planta superior, donde se hallaba la Sala delle muse, de lujo

exorbitante.

Athanasios rogó al sacerdote caminar más despacio, pero aquél le

respondió con un susurro:

—¡Ni que yo fuera menor que tú! ¡Muévete!

Y mantuvo su paso tirado.

Athanasios tuvo la impresión de que las imágenes le hacían muecas, que

las estatuas se repantigaban, y que hasta las propias alfombras se movían.

Subieron al cabo por una escalera de caracol y desembocaron en otra más

estrecha.

La sala en la que Athanasios debía tomar lugar, junto a una mesa de roble

labrada, ostentaba en las paredes gobelinos franceses con anecdotario de

Tierra Santa: milagros expresados en el estupor y beatitud de los

predestinados; Cristos que distribuían consuelos y salvaciones, siempre

recibidas con recobrado aliento; escenas muy diferentes de las que viera en

las iglesias, algunas llenas de alegría.

La alta puerta se abrió y un cardenal le salió a su encuentro, con pasos

firmes.

—Ya nos conocemos —le dijo tajante; pero Athanasios no recordaba

haberlo visto. Solamente su nariz muy recta le trajo una vaga reminiscencia.

El papa estaba sentado en la estancia contigua, sobre un trono dorado,

bajo palio, con los ojos cubiertos por unos lentes velados. Su rostro parecía

una máscara de cera. Athanasios cayó de rodillas y le besó el sello del anillo,

tal como le ordenara el cardenal.

—Tú eres Athanasios, el griego. Hemos sometido a prueba tu envío. No

existe ningún Evangelio de Judas. Ve con Dios.

El cardenal lo tomó entonces con suavidad por un hombro, lo hizo

ponerse de pie y lo condujo hacia afuera.

La audiencia había terminado.

Sólo cuando se encontró nuevamente en la sala de los gobelinos,

Athanasios balbuceó:

—Pero, el manuscrito…

—Hemos sometido el manuscrito al microscopio.

Está en lengua aramea, eso es cierto. Pero la piel sólo tiene cincuenta años

—dijo el cardenal.

—Sí, claro, porque…

Athanasios se detuvo en seco. En ese momento reconoció al cardenal. Era

el que asistiera a su exposición en el convento de Marienberg, el mismo que

se llevara su propia falsificación. Y supuso que si revelaba su truco, lo

obligarían a entregar los rollos legítimos. En materia de colecciones el

Vaticano era insaciable.

Para que el monje no se equivocara en el camino de regreso, el mismo

sacerdote lo condujo escaleras abajo por las mismas salas y pasillos.

¿Había visto al papa, realmente? ¿Qué le había dicho?

Ni siquiera recordaba su rostro. ¿No sería un demonio lo que viera

sentado en aquel trono?

Athanasios no percibía ya los objetos que se ofrecían a su paso. Una

tormenta nacía en su interior.

Se habían negado a admitir su buena nueva.

No se quedaría ni un solo día más en Roma. Una avasallante urgencia lo

incitaba a huir de aquella ciudad impía. Le daba lo mismo adónde fuera a

parar.

Echó una última ojeada a San Pietro. En aquella plaza donde se

congregaban devotas multitudes, tuvo la certidumbre de haber visto las

entrañas de la Madre Iglesia. Y no halló en ella un corazón palpitante de

amor, sino una máscara de la muerte.

Largo era el camino de regreso hasta su catacumba, pero lo hizo sin un

solo alto. Le apremiaba recoger sus dos atados de rollos. Agradecería a las

mujeres del vecindario su hospitalidad, las comidas y bebidas que le

brindaran, y tomaría cuanto antes el camino de Ostia. Necesitaba remozar su

espíritu ante el mar, en las islas, bajo noches estrelladas.

Al llegar a su refugio, a eso de las seis, no halló sus cosas. Nada había

quedado de ellas. También los rollos habían desaparecido.

Una mujer llamada Giovanna le abrió la puerta de su casa. Sí, ella había

visto a dos hombres bajar a las catacumbas, pero no los había visto con sus

bultos. Sin duda, los habría reconocido.

Athanasios se puso en marcha. Roma le había costado su cabello y sus

tesoros. Y en lugar del papa lo había recibido quizá un demonio. Pero sabía

de memoria su Evangelio. Y camino de Ostia comenzó a recitarlo en voz alta.

 

Y cuando llegó el tiempo de expulsar a los romanos del país, todos nos dispusimos a la

lucha. Jacobo exigía no más titubeos ni tardanzas. Y los demás estábamos de acuerdo. Pero

sólo yo, el segador, había concebido un plan. Para que Jerusalén se alzara, propuse

estrangular a los invasores que nos quitaban el sueño, en sus propias guaridas.

Éramos suficientes hombres para decapitar la jefatura romana. Así quedarían las

legiones a la deriva. Pues una cosa estaba clara para todos nosotros, los soldados no sabían

actuar sin órdenes estrictas. Estaban habituados al mando.

Eran la calamidad que vedaba a Israel convertirse en el pueblo elegido. La opresión de

aquel régimen cruel, pesaba demasiado sobre nuestros hombros y nos impedía vivir en el

amor al prójimo.

Mas Jeshua no quiso atender a nuestros apremios.

Pese a habernos predicado que para poder vivir según la nueva fe debíamos sacudirnos

el yugo romano, nada quiso saber de mi plan para eliminar a Pilatos y sus esbirros.

Y así se nos opuso aquel hombre a quien todos amábamos, aquel maestro que todos

venerábamos, que sabía sanar a los enfermos como no lo harían mil médicos juntos, el

Jeshua purificador del templo, el que convirtiera el agua en vino, que enseñara a caminar a

los arboles, y a los pájaros a inmovilizarse en el aire; el Jeshua que provocaba la lluvia

donde no había caído una gota en cuarenta días; el que devolviera a sus padres un niño que

se creía huérfano.

Y convertido ya en el guía aclamado por nuestro pueblo, todos voceaban su nombre al

verlo aparecer, Jeshua, Jeshua, todavía los oigo chillar sus ruegos, las súplicas de nunca

acabar, curaciones, milagros, hazme esto, hazme lo otro, y acababan por arrebatárnoslo,

por separarnos de él.

«La fortaleza no caerá hasta que se pudran sus cimientos», nos dijo una vez, y alzó las

manos para apaciguarnos. Y otra vez: «La obra no se consumará si comienza con sangre».

De todos modos, aun sin él, nosotros llegamos a un acuerdo. Y los demás me

encomendaron persuadirlo de que desapareciera por un tiempo de Jerusalén; y si se

negaba, estábamos decididos a amarrarlo para mantenerlo oculto durante los días de la

rebelión.

Pero en la noche de la fiesta del Passah, nuestro plan llegó a conocimiento de las

autoridades. Nunca supimos quién fue el delator, pero procedía de nuestras filas. Los

romanos conocían ya todos nuestros pasos, y quiénes éramos los conjurados. Y también

conocían nuestro plan para proteger a Jeshua.

Cuando lo apresaron en Getsemaní, sólo lo defendió Simón, que le arrancó una oreja a

Malchus. Los otros se acobardaron.

Cuando yo llegué, era ya demasiado tarde, y los demás habían huido del lugar. Con esos ya no podía contar para enfrentar los peligros de un alzamiento. Los romanos despertaron a los sacerdotes judíos y les ordenaron hacerle un juicio

sumario.

De inmediato, comenzaron a fabricar la cruz.

Cuando nos reunimos, se decidió actuar sin demora, pues sabíamos que Jeshua estaba

perdido. Echamos suertes para que uno de nosotros tomara la cruz por Jeshua en medio de

la multitud. Y los dados señalaron a José. De modo que él, y no Jeshua, pereció en el

Calvario.

Y cuando el héroe del pueblo resucitó tres días después, una inmensa multitud se

congregó en Jerusalén. Durante aquellos días, los romanos se vieron en un gran aprieto.