Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 17 de 37

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Fátima

Capítulo 17

 

 

—Sabía que vendría —dijo Antonio—. Se lo adiviné en la forma como me

miraba. Se mostró renuente, pero me oía con evidente interés. Yo me di

cuenta.

De pie ante la casa encalada de rosa, Benini no perdía la sensación de que

alguien lo había seguido. Miró varias veces alrededor, pero no divisó a nadie.

La pequeña escalera que conducía al primer piso, era endeble. En algunos

peldaños la madera parecía podrida. Vicario le dio la mano.

—Una honrosa visita en mi casa —le dijo con humildad—. ¿Le ofrezco

un café? Mi mujer es especialista.

—Yo no quise ser descortés en el Avenida Palace, pero nada podía hacer

con las sugerencias suyas.

—No se preocupe, señor; estoy acostumbrado a que me desestimen.

La habitación adonde lo condujo Vicario estaba tan atiborrada de libros,

que resultaba difícil encontrar un lugar adecuado para sentarse.

—Me propongo resarcirlo por su tiempo —dijo Benini.

Quería liquidar de una vez la enojosa cuestión del dinero.

Miró alrededor.

—¿De qué vive usted? —si me permite la pregunta.

Antonio no podía decirlo con precisión; a veces le publicaban algún

artículo, recientemente le habían editado dos libros, que por cierto no podía

recomendar, porque tuvo que escribir sobre circunstancias que no lo

motivaban.

—Sobre Fátima no he publicado nada hasta ahora. Además, nadie lo

imprimiría. Figúrese señor, cuando se vive bajo el fascismo, en un régimen de

mano dura…

—Sin embargo, yo no lo siento.

—Comprendo que usted no lo sienta —dijo Vicario—. En eso le doy la

razón.

Benini le informó de su visita al cardenal Texeira, pero no mencionó la

crítica de sus actuaciones.

—Y esta grata visita ¿tiene alguna relación con Texeira? —preguntó

Antonio, mientras se pasaba una mano sobre sus cejas claras.

—No —mintió Benini, a sabiendas.

La enorme mujer apareció con el café, fuerte, dulce, y con un ligero gusto

a almendras amargas.

Benini sintió que se le aflojaba la tensión.

—Usted ha dicho que se ha intentado hacer desaparecer a Lucía. ¿Podría

probarlo?

—Si no pudiera, no lo habría dicho.

—¿Y podría darme a conocer esas pruebas?

Con su semblante anodino, Vicario no le daba la impresión de un

estafador; pero sus afirmaciones parecían tan aventureras… En fin, las

tomaría con pinzas.

—Después de que Jacinta y Francisco murieron, sólo quedó un testigo de

las apariciones marianas: Lucía. ¿La iban a dejar que siguiera desbarrando

para que toda la historia de Fátima terminara en un desastre? A la edad de

catorce años la metieron en un convento, donde vive desde entonces, bajo la

estricta vigilancia de su orden.

—Pero eso no es una prueba de que pretendieran hacerla desaparecer. Fue

a un convento, sí, pero vive en…

—Un momento, espere.

Vicario saltó de su silla como un atleta, y recorrió ávidamente el tercer

estante, con una mano muy blanca y lampiña. En medio del batiburrillo,

encontró la obra que buscaba y se puso a pasar páginas, con ojos febriles.

—Oiga esto —dijo por fin—, es la opinión de Antero de Figueiredo: «El

Obispo de Leiría propuso que la niña pastora de la Cova da Iría, recibiera

instrucción. Consideraba necesario, además, para protegerla, ocultarla de las

miradas del mundo. Sabedor de que le formularían incesantemente preguntas,

muchas de ellas molestas, y hasta desvergonzadas, decidió recluirla y tomar

las debidas precauciones para que nadie descubriera su paradero. Y hubo

quienes aconsejaron dejarla completamente en el olvido».

Este libro fue escrito por un católico que durante más de veinte años se ha

ocupado del caso Fátima. Y como él es de los que cree en el milagro, se le

escapan estas revelaciones. Pero permítame que le lea otro pasaje.

Con rápida manipulación, Vicario volvió a hojear el tomito encuadernado

en tela.

—«Lucía había sido un instrumento de Dios —leyó—, cuya obra ya

estaba en marcha; y esa obra, con la ayuda del cielo, crecería y perviviría por sí sola. Lucía, pues, debía desaparecer. Ya el mundo podía olvidarla, o

quizá… podría morir».

—Como prueba, no me parece terminante —dijo Benini.

—Para mí, sí. Lucía es el más importante de los testigos, y era vital que

no siguiera incurriendo en contradicciones, pues afectaba la credibilidad del

milagro. El Obispo de Leiría, si no era el promotor, estaba seguramente al

corriente de este juego; y cuando un fatimista convencido, como Figueiredo,

escribe algo semejante, es porque esos criterios ya se habían formulado.

—¿Y qué sucedió luego con la pastora?

—Lucía creció, como muchas monjitas, en distintos conventos, y aprendió

las reglas de su orden: el rezo y la obediencia. Y por supuesto, obedeció.

Cumplidos sus veinte años, se le encomendó redactar sus memorias. Ya las

apariciones de Fátima habían sido aceptadas e incluidas en los programas de

los gobernantes, que se servían de ella.

—Por favor —le imploró Benini—, ahórreme las consideraciones

políticas.

—Oiga también esto, donde Figueiredo transcribe las grandes dudas que

la propia Lucía tenía sobre sus visiones: «Con frecuencia pasaban

vacilaciones por mi ánimo. ¿No serían las apariciones de la Madre de Dios,

meras artes diabólicas, como se me había dicho muchas veces? ¿No estarían

mis oídos, sencillamente, embrujados?» ¿Se da cuenta, señor Benini? ¡Si

hasta ella misma dudaba!

Vicario hizo una pausa para observar la reacción del mago, y prosiguió,

en voz cada vez más baja:

—Yo parto de que todo el asunto fue planeado y dirigido por algunos

clérigos, validos de la ingenuidad de los niños. Es sabido que a Lucía, Jacinta

y Francisco, se les leyeron los informes de los pastorcillos de La Salette. Eso

lo ha confirmado la madre de Lucía. Y luego ¡qué casualidad! ellos mismos

presencian otra aparición. De hecho, se convierten en víctimas y objetivo

central de los intereses…En ese momento, Benini acabó de redondear

exactamente, lo que quería significar aquel portugués: los orígenes de la

colosal estafa, estarían en un modesto show pueblerino, que luego fue

creciendo hasta convertirse en una mascarada internacional.

Una y otra vez volvía el mago a preguntarse cómo habrían podido poner

todo aquello en marcha.

—Los campesinos que pueblan la región de Fátima son de los más pobres

del país; gente muy supersticiosa, siempre dispuesta a creer en lo sobrenatural

y, sobre todo, en cualquier cosa que diga la Iglesia. Ése es el punto de partida.

—¿Y el milagro del Sol?

Benini se dijo que debía ser más receptivo a las opiniones de Vicario.

Decididamente, no era un fantasioso. Eso ya estaba claro.

—El milagro del Sol debió de ser un fenómeno completamente natural: la

enorme propaganda, a nivel nacional, generó unas expectativas tan grandes

que todo podía ocurrir. Y a propósito, vea esto.

De otro montón de papeles, hizo aparecer un par de fotos. «Serviría para

prestidigitador», pensó Benini, y se puso a observar los rostros depauperados,

introvertidos, de unos campesinos. Las mujeres llevaban pañuelos negros

amarrados a la cabeza.

—¿Cree usted que quienes acaban de presenciar un milagro solar, se

verían tan retraídos? Parecen más bien creyentes; y aún diría más: creyentes

decepcionados. Por cierto, varios documentos informan que miles de personas

se sintieron frustradas.

—¿Hubo fotografías del efecto descrito?

—No existe ni una foto de la danza del Sol; y había muchos fotógrafos

presentes.

Benini le refirió que al día siguiente, uno de los testigos había vuelto al

lugar, donde observara la insólita media luz solar de la aparición.

—Sí, ese fue Quinto, corresponsal de A Ordem —dijo Antonio—. Hablé

con él una vez, en que lo encontré sobrio.

Le jugaron una mala pasada, por no informar lo que los lectores querían.

Benini siguió mirando las fotos.

Allí estaban los tres niños pastores, con sus expresiones sumisas,

simplonas, ropas raídas, y de la cabeza les colgaban hacia un lado, largas telas

negras, a modo de gorros frigios. Lucía mantenía las manos entrelazadas. Los

otros dos miraban indiferentes a la cámara. Los padres de los niños, rostros

quemados por el sol, miradas tristes. También ellos se tocaban con los gorros

negros, colgantes y ladeados.

—¿Cómo habrán podido adivinar los niños que el 13 de octubre se

produciría el milagro?

En eso entró la mujerona del periodista y murmuró algo a su oído.

Vicario la miró muy serio, pero no dijo nada. Y sólo cuando se hubo

marchado, respondió a Benini, casi tartamudeando:

—El misterio consistió, precisamente, en la divulgación y en la

expectativa.

—Entonces ¿piensa usted que quienes cocinaban el fraude les ordenaron

dar esa fecha?

—No era necesario; pudieron convencerlos de que dijeron lo que no

habían dicho, o de que mencionaron la fecha en sueños ¿qué sé yo? En todo

caso, el efecto lumínico no se produjo en el momento anunciado, sino una

hora más tarde, cuando paró de llover y salió el Sol entre nubes de tormenta,

muy móviles. Eso fue todo. Y ahora, permítame pasar rápidamente a otro

punto, pues el tiempo me apura un poco.

Benini ya estaba con la guardia baja, deseoso incluso de que Vicario

acabara de convencerlo. Demasiado bien sabía él, como experto en métodos

para crear expectativas, cuánta razón tenía aquel hombre, en lo que acababa

de exponerle.

—¿Ya conoce usted los tres misterios de Fátima?

—Sí; pero el tercero todavía no puede divulgarse.

—Dejemos eso aparte —respondió Vicario, con un ademán negativo—.

En el segundo misterio de Fátima, se dice que los rusos serían la causa de una

nueva guerra, y que debían apartarse del comunismo, pues de lo contrario,

sobrevendría una guerra mucho peor que la primera. ¿Se da cuenta?

Benini se encogió de hombros. Nada nuevo; era exactamente lo que había

leído en un libro de tapas verdes.

—Porque no fue Rusia quien empezó la guerra, sino Alemania, tres años

antes. Los rusos no son responsables de ninguna guerra; de modo que por

muy Madre de Dios que sea, Nossa Senhora se equivocó; o nada sabe de

política internacional, o bien… —y aquí hizo una larga pausa—… alguien

tiene interés por ver la historia de ese modo; y precisamente aquí, en Portugal,

donde los fascistas locales atribuyen al comunismo el origen de todos los

males. Y aun cuando nuestro régimen se mantiene neutral, es un hecho que

simpatiza con Hitler y los alemanes. De modo que para buscar apoyo entre la

gente humilde, ponen el secreto nada menos que en boca de la Madre de Dios;

y por fin, se las arreglan para que aparezca como si ella, ya desde 1917,

hubiera previsto las verdaderas causas de esta guerra mundial.

Volvió a bajar la voz.

—Nunca hubo los tales tres misterios: son un invento posterior. De eso

estoy convencido. El único misterio consiste en algo completamente

diferente.

—Pero sor Lucía comunicó el tercer misterio al papa.

—¿Está usted seguro? Y entonces, si el papa lo conocía ¿por qué calló?

Mucho tiempo he pensado cuál podría ser el tal misterio impublicable. Quizá

la fecha del fin del mundo, o la muerte de los niños, u otro horror cualquiera.

¿Se saldrá la Tierra de su órbita? Quizá una ola gigantesca inunde Europa. En fin, las especulaciones no conducen a nada. E insisto en que los misterios son

un fraude a posteriori.

Al mago le gustaban las reflexiones precisas de Antonio. Él sentía el

mismo aguijón, la misma obsesión, cuando buscaba soluciones para algún

truco. Se volvía testarudo, pertinaz.

—El verdadero misterio, o truco, si usted prefiere, es que los niños nunca

pudieran delatar a los autores de las apariciones. En todas las entrevistas de

los primeros años se limitan a mencionar un solo misterio, que no podían

revelar jamás a nadie. No se menciona ningún otro y en este sentido, es

curioso que a partir de determinado momento, Lucía se entregara a un llanto

convulsivo, cada vez que se abordaba el tema del misterio. Le sobrevenían

temblores y lloraba a gritos. ¿Por qué? ¿Porque le habían revelado algo

terrible? ¿O porque tenía miedo?

La mujer volvió a aparecer para otro coloquio susurrado.

—Dentro de un momento —le dijo Vicario; y volviéndose al mago—:

Mejor que terminemos por hoy. Ya seguiremos en otro momento.

Antonio se retorcía las manos. Parecía muy nervioso.

—¿Quiere que le pague ahora? —preguntó Benini.

Vicario hizo un ademán de rechazo.

—Márchese ya, por favor, ahora mismo.

Al abandonar el domicilio, Benini vio a dos hombres fumando de pie en la

escalera. Los saludó con un cabezazo desganado, y se marchó confuso, a

pasos rápidos. Al bajar la escalera estuvo a punto de tropezar.

Los dos hombres no parecían una visita de paso.

El mago caminó lentamente por la Rua Saraiva de Carvalho hacia la

Basílica. Quería ver la Iglesia donde el cardenal Texeira predicaba con su voz

tan bien timbrada.

¡Cuán diferente le había parecido esta vez Antonio! No le gustaban los

misioneros, pero éste había acabado por convencerlo.

La Basílica da Estrêla impresionó a Benini. Una construcción oscura, que

por fuera exhibía pomposas estatuas, esculturas, y una fachada repleta de

cargazones. Por dentro, sin embargo, se veía pelada casi, desprovista de todo

ornato, y producía un efecto hostil, de distanciamiento. Era un contraste

impresionante.

Qué diferentes eran las catedrales italianas; o la de París, con los juegos

de luces en sus vitrales. Éste, en cambio, parecía un edificio para aterrorizar.

Las lámparas de aceite eran su único adorno. La imagen del altar, algo

irreconocible, un simple recordatorio, de insólita especie. Lugar ideal para el terrorista Texeira. Benini se estremeció al pensar en una misa oficiada allí por

el cardenal, con su diabólica acritud. Por suerte, él nunca se vería en tan duro

trance, se dijo, con una sonrisa.

Tomó un taxi de regreso al hotel. Antes de acostarse necesitaba hacer un

par de anotaciones. El milagro, según Vicario, había sido la enorme

expectativa, la tensión. ¿Podría acoplar la idea a su proyecto?

Pensativo, se dijo que a ese Vicario, de todos modos, quería volver a

verlo.

Cuando le dieron las llaves de la habitación, un señor se dirigió a él. Le

pareció cara conocida.

—Tuvimos un encuentro ¿recuerda usted?

Benini lo examinó, con su cabeza algo ladeada.

—¿Teníamos cita?

—No.

—Entonces, discúlpeme —dijo Benini y comenzó a alejarse—. Para lo

que sea, tenga la amabilidad de dirigirse a mi secretario, en la habitación 227.

—Soy el Dr. Chorias. Hace unos días le hice una entrevista ¿recuerda?

Benini estaba decidido a no dejarse atrapar.

—Se llama mister Snow —añadió, y apresuró el paso hacia el ascensor—.

En la recepción le informarán si se encuentra disponible.

—Pertenezco a A Ordem. Usted me prometió que nuestro periódico sería

el primero en publicar su revelación de un truco en Portugal.

Benini frenó en seco y se volvió, como sorprendido. Luego retrocedió

unos pasos.

—Bien —dijo de pronto, con aire decidido—. Lo autorizo a divulgar que

el 13 de octubre, en Fátima, me propongo hacer bailar al Sol. ¿Le basta con

eso?

Y se quedó mirando al periodista católico.

—Pero…, vaya, no puedo…

—Sí, eso mismo; le estoy anunciando que voy a hacer bailar al Sol.

El Dr. Chorias palideció intensamente.

—Yo no puedo escribir eso.

—Pues no lo escriba. Me da igual. Yo he cumplido mi promesa.

—Pero eso es… ¡una blasfemia, señor Benini! ¡Usted no puede hacer eso!

El mago se había puesto de excelente humor.

—Yo siempre decido por mí mismo lo que puedo y lo que no puedo

hacer. Le sugiero que publique la noticia y no se pierda el espectáculo. Tendrá

oportunidad de vivir un nuevo milagro, pero esta vez, yo seré el creador.

Benini siguió riéndose mientras el ascensor subía.

« [10] Fatti un buon nome e piscia a letto. Diranno che hai sudato» y varias

veces, cada vez con mayor regodeo, evocó el proverbio aquel.