Fátima
Capítulo 29
La mujerona hablaba sin freno. Vestía de luto. Se había puesto un sombrero
negro con velo. Calzaba zapatos marrones muy oscuros. Su voz y los gestos
estaban cargados de una agresividad que Benini no entendía. Al principio no
atinaba a reaccionar.
—Espere, por favor —le dijo al fin—, voy a llamar a mi ayudante.
¿Cómo hacer para comunicarse con Julia desde el interior de un
invernadero? Y la mujer no paraba de hablar.
El Jardín Botánico no era precisamente un buen lugar para asimilar la
andanada de odio que le estaba descargando la mujer de Antonio Vicario.
De buena gana la habría hecho desaparecer para quedarse a mirar las
orquídeas, la colección de cactus o los arbustos africanos.
De pronto, comenzaron a reunirse algunos curiosos y los señalaban con el
dedo. Porco Dio ¿Qué hacía él allí, recibiendo aquellas miradas hostiles, sin
comerla ni beberla?
—Venga conmigo, vamos al hotel —y con cierta rudeza, tomó a la mujer
por un brazo.
Cuando Benini se la llevaba hacia afuera un guardián se les interpuso.
Benini sacó unos billetes, y de mala gana le dio una elevada propina. En la
calle encontraron un taxi. La mujer de Vicario se tranquilizó un poco, pero no
paraba de hablar.
—Please —le imploraba Benini—, vamos al hotel…, necesito
traducción… I don’t understand.
Con las manos, con los ojos, la portuguesa no dejaba de incriminarlo.
Un cuarto de hora después, ya en el vestíbulo del Avenida Palace, la
mujer mostró mayor compostura. Dejó de hablar y miraba en derredor,
insegura. Con inquietas manos se acomodaba incesantemente unos rizos bajo
el sombrero.
El mago hizo llamar a Julia. Tuvo suerte. Unos minutos más y no la
habría encontrado en el hotel.
—Por favor, trátala con dulzura; está muy consternada.
Benini prestó atención a lo que hablaban. ¿Qué pretendería de él aquella
mujer? Era evidente que lo increpaba, pero hablaba con tanta vehemencia y
rapidez que el mago sólo captaba palabras sueltas, sin lograr hilvanar una idea
central.
Había ido a pasearse por los gigantescos invernaderos de Lisboa, con
ánimo de reflexionar sobre lo conversado con Alfred Beimel. Necesitaba ver
con mayor claridad su situación. Se encontraba en un dilema: era obvio que si
renunciaba al anunciado espectáculo en Fátima, perdería mucho prestigio;
pero si lo realizaba ¿no haría realmente el juego al cardenal Texeira y
compañía? No veía nada claro. Por otro lado, no sabía si obedecer a la suma,
nada desdeñable que le depositara Lossenkián, o atender a las expectativas de
un público inmenso, al que no podía defraudar.
—Dice que tú tienes la culpa de la muerte de su esposo; que tú lo
traicionaste; que en cuanto entró en contacto contigo…
—¡Julia, eso no es cierto! Dile que no es cierto.
Julia tradujo con suavidad. Se la veía muy seria, pero sin ningún
dramatismo. La mujer la oía con los ojos clavados en el mago.
Quizá Alfred Beimel tuviera razón, pero en aquella ciudad atiborrada de
anuncios, no había retroceso posible. ¡Y menos mal que en los carteles no
aparecía su retrato! Lo habrían reconocido en todas partes. En ese momento,
era lo que menos deseaba.
—Dice que su esposo nunca quiso escribir nada sobre Fátima; que
siempre lo había mantenido todo en secreto; y que tú lo traicionaste…
—Absurdo, esta mujer tiene que comprender que yo no tengo culpa…;
pero ahora pregúntale si hay algo que…, en fin, si puedo ayudarla de alguna
forma.
Al mago, aquel encuentro le resultaba tanto más desagradable, cuanto que
se sentía sinceramente afectado por la muerte de Vicario. Ya era innegable
que Joâo de Vouga lo había utilizado como señuelo para los propósitos del
Opus Dei. Obvio: una organización llamada precisamente «la Obra de Dios»,
y empeñada como tal en capturar a los difamadores del milagro divino, se
había servido del Gran Benini para detectarlos. Y el mago nada pudo hacer
para evitarlo. Quién se hubiera imaginado un plan tan artero…
—Necesita marcharse de Lisboa con sus tres hijos.
Dice que ya no puede vivir más aquí.
Julia había bajado la voz hasta hacerla casi inaudible.
—Actualmente vive en casa de una tía, porque su domicilio está bajo
vigilancia.
—¿Cuánto? Pregúntale cuánto necesita. Yo la voy a apoyar. Dile eso.
¡Qué dilema! Se había metido en un juego cuyas reglas él no había
impuesto ni conocía. Y que había un juego en marcha, era evidente.
¿Lossenkián se saldría con la suya? ¿O ganaría el cardenal Texeira? ¿Quién
movía los hilos? ¿El Opus Dei? ¿Los servicios secretos? Benini hubiera
querido llevar el caso a su abogado, que se hallaba en Italia, envuelto en la
guerra.
—Lo principal no es el dinero —tradujo Julia—. Dice que por cierto lo
necesita para sus hijos; pero lo que más le importa es que cumplas lo
prometido a su marido. ¿Le pregunto qué quiere decir con eso?
Benini asintió callado.
Él había pensado en redactarle una renuncia a Lossenkián. Algo sin
evasivas ni rodeos, palabras claras: «A pesar del compromiso no me
encuentro en capacidad de llevar adelante el milagro planeado. Entiendo que
el Proyecto Fátima no es realizable». De aquellos términos el millonario debía
sacar la conclusión de que sería imposible montar el aparato de trucaje,
necesario para el espectáculo.
Julia seguía tratando de convencer a la mujer de Vicario.
Habían comenzado a discutir. Era evidente que la muchacha había
asumido su defensa; y gracias a su excelente dicción, el mago le entendía
mucho. Ahora argumentaba que él era un mago, no un periodista.
—Dice que tienes que llevar lo prometido hasta el final; que debes dar
publicidad a todo el material que su esposo te proporcionó; todo lo que
durante años ha reunido. Muerto ya, ella no tiene nada que temer. Él entregó
su vida y tú debes divulgar la verdad.
—Eso no puedo hacerlo, Julia. Díselo. Haré todo lo posible para que ella
pueda abandonar Lisboa a salvo. Si es necesario mi propio chófer la sacará
del país, y no carecerá de apoyo financiero.
Benini ya no podía sostener la mirada negra de aquellos ojos negros. Se le
antojó que despedían una terrible oscuridad y se volvió para mirar hacia la
calle. A través de la ventana se mecía la copa de un árbol.
Si aquella mujer declaraba a la prensa que su esposo había sido una
víctima del mago, echaría a rodar una bola de nieve que ya nadie podría
detener.
Julia dejó de traducir. Hablaba ahora en voz baja, como con una amiga a
quien procurase consolar. Por fin la senhora Vicario sacó un sobre de su
chaqueta.
—Te pide que leas esto y juzgues por ti mismo; y no deja de lamentarse
de que su marido se viera contigo. Está convencida de que fuiste su ruina.
Benini volvió a refugiar sus ojos en la calle. Ojalá aquella mujer lo dejara
ya en paz con sus absurdas acusaciones.
—Quiere que tú lo vengues.
—¿Pero cómo? ¿Por qué? —Benini no se dio cuenta de que había alzado
la voz—. Con eso no lo va a revivir.
La mujer también se puso a gritar, con ojos desorbitados y labios tensos.
—Dice que tú sabías quién era el que… que tú tenías contactos… el
cardenal Texeira… que tú lo mencionaste.
—Yo ni siquiera supe nunca quiénes eran los dos hombres que
aparecieron de pronto, cuando me hallaba en su casa…
El empleado de la recepción se acercó para pedir un poco de moderación.
Por favor, estaban molestando a los demás huéspedes.
Benini tomó el sobre y echó un vistazo a los papeles, notas garabateadas,
recortes de periódicos.
—Quiere que su esposo no haya muerto en vano.
—¿Y qué puedo hacer yo? Pregúntale.
El mago se había puesto muy nervioso. Ahora volvía a sentir sobre sí toda
la rabia de aquella mujer, su odio, la desesperación.
Jeremy Snow se les incorporó, y en cuanto le explicaron lo que ocurría,
hizo un aparte con Benini.
—Tienes que salir de aquí de inmediato. Yo me encargaré de ella. Déjala
de mi cuenta.
Con alguna vacilación al principio, Benini se dirigió a la recepción y pidió
su llave.
La señora Vicario pareció cogida por sorpresa y no atinó a decir nada. De
inmediato, Jeremy asumió su papel, y una media hora después se apareció en
la suite acompañado de Lossenkián.
—Carlo, el exterior ha reaccionado —exclamó el millonario—. ¿No hay
nada que beber aquí?
Lossenkián derramó un fajo de periódicos extranjeros. Había marcado los
artículos con cruces:
—Mire lo que dicen en Francia: «Por fin un rayo de luz en estos días
turbios». Y también los ingleses lo celebran: «Benini, a pesar de la Virgen
María». Hasta los alemanes lo encuentran divertidísimo.
Benini se excusó con el millonario.
—Un momentito, John.
Y preguntó a Jeremy en qué había terminado la cosa con la mujer de
Vicario.
Por toda respuesta, Snow se puso el índice sobre los labios.
De ahí en adelante, la conversación resultó muy unilateral. Pese a que el
millonario quería celebrar el éxito, Benini guardó durante largo rato un
obstinado silencio. Se mostraba muy turbado.
—¿Y cómo cree usted que va a reaccionar el clero? —preguntó por fin.
John Lossenkián soltó la risa. Sobre el pecho, su camisa abierta dejó ver
un crucifijo dorado.
—El clero, el clero… Unos cagones todos, Carlos. ¿No se lo he dicho ya?
No quieren ningún espectáculo. Pero a nosotros qué nos importa. Ellos
querrían celebrar los veinticinco años de las apariciones con una alocución del
papa, pero por radio, sin siquiera acudir al santuario. Eso es lo que Texeira
está divulgando. No quieren que suceda nada en Fátima, pero nosotros no nos
vamos a dejar intimidar.
¡Bah! Esos no son enemigos para nosotros, Carlo.
Benini se hubiera encerrado a descansar. Era lo que más deseaba. Todo
aquel torbellino le resultaba agotador. Se veía cada vez más tenso.
—Por favor, veámonos dentro de unas dos horas. Necesito reposo.
—¡Oh, no! —protestó Lossenkián—. Ahora mismo nos vamos a Berlenga
a comer un pulpo bien condimentado. Y tomaremos un par de copas. ¡Venga!,
ya verá cómo se recupera.
No pudo quitárselo de encima.
¿La mujer de Vicario no lo estaría acechando en las inmediaciones del
hotel?
En Berlenga, cuyas vitrinas exhibían mariscos y pescados frescos, los
huéspedes sólo tenían que escoger y la casa les preparaba su elección.
Lossenkián era un habitué. El camarero colocó una mesa a la entrada y la
cubrió con un mantel blanco.
El millonario hablaba incesantemente de su amigo, el invencible, el que
en Fátima haría bailar al Sol.
Enseguida aparecieron los primeros huéspedes a solicitar autógrafos.
—¿Ya ha comenzado usted los preparativos, Carlo?
El millonario cortó rebanadas redondas de pan fresco y le pasó una grande
a Benini. A la suya le quitó con cuidado la miga blanca y dejó las cáscaras
sobre el mantel.
—Sí —respondió el mago, algo evasivo—, todo marcha sobre ruedas.
—Me alegra oírlo.
El callejón donde se encontraba el local de Berlenga relucía con el último
aguacero. A ambos lados había tiendecitas que al mediodía mantenían
cerradas sus persianas. Por allí, el mago había comprado un sombrero en los
primeros días.
—Puedo parecerle inoportuno, Carlo, pero ya no me siento capaz de
contener mi curiosidad. Todavía falta mucho hasta el 13 de octubre.
—Apenas dos semanas —lo interrumpió Benini—. Tendrá usted que
calmarse, hombre.
Benini ya sabía que Lossenkián reclamaría de inmediato un supuesto
derecho; y en efecto, antes de que sirvieran el pulpo, el millonario comenzó a
acosarlo.
—No se lo diré a nadie, puede estar usted seguro. Recuerde que tenemos
un pacto, Carlo.
—Lo sabrá después del espectáculo, nunca antes. Es muy riesgoso.
Además, así lo acordamos.
El mago tampoco sabía lo que ocurriría en Fátima. Se había limitado a
discutir algunos detalles con Brander, pero sin llegar a ningún acuerdo
definitivo. Y por cierto, aquello lo inquietaba un poco. Pero no podía revelar
la verdadera situación.
El pulpo era exquisito. Venía abierto a la mitad. La carne salada de los
tentáculos y patas, se sumergía en las propias entrañas sazonadas con hierbas
y condimentos picantes.
Bebían vinho verde.
—¿Qué pasó por fin con Isabela, Carlo? No me ha hecho usted ningún
comentario. Después de todo, debería agradecerme que Alberto esté en
Egipto. Por cierto, ha actuado muy bien allá; logró un contrato perfecto.
Benini abocinó los labios.
—Excelente este plato. Realmente excelente. Voy a volver a menudo por
aquí.
Berlenga, el corpulento dueño del local, se les sentó a la mesa.
—Dice que quiere apostar conmigo —tradujo Lossenkián— a que no
logra usted menear el Sol. ¿Cuánto le apuesto? ¿Cinco, diez, veinte mil?
Benini se echó a reír.
—Puede apostar usted todo lo que tenga.
Apostaron dos cajas de champaña francesa y Berlenga ofreció poner la
comida por cuenta de la casa.
—¿Y será usted capaz de mantenerme ignorante todo este tiempo? —
preguntó Lossenkián, mientras se secaba la cara con una servilleta grande.
En el hotel, Jeremy le refirió su gestión con la mujer de Vicario.
—Me aceptó todo lo que le propuse. Ya debe estar llegando a Oporto.
Benini se sintió aliviado.
—Le di suficiente dinero; y Benno se encargará de trasladarla con sus
hijos hasta Galicia. Tiene por ahí un cuñado. Te manda decir que no olvides
su pedido. Al final se había arrepentido de haberte increpado tanto. Te
aseguro que estaba completamente apaciguada; pero eso también tienes que
agradecérselo a Julia.
—Ya lo sé —admitió Benini, con una expresión de gran cansancio.
« [18] Bisogna rompere la noce se si vuol mangiare il nocciolo».
—Quiero que esta noche tengamos una reunión después del espectáculo.
Y me interesa que Beimel también esté presente. Informa a todo el mundo.
Hay que tomar una decisión.
Y pidió quedarse solo porque necesitaba un poco de reposo.
El mago comenzó a desvestirse. No acostumbraba a dar participación a
sus colaboradores en decisiones importantes, pero en aquella situación
necesitaba promover un coloquio.
Corrió las cortinas. ¿Por qué querría Lossenkián, con tanto apremio,
enterase de lo que iba a ocurrir en Fátima? Era admisible, por supuesto, su
curiosidad; era una constante en su vida profesional. Benini estaba
familiarizado con todas las tretas que le tendían sus espectadores, ávidos por
enterarse de sus trucos, pero la forma como Lossenkián lo había abordado,
traslucía algo más que mera curiosidad. De la hielera tomó un par de cubitos,
los envolvió en un pañuelo y se lo colocó sobre la cabeza.
En el contrato habían acordado expresamente, que el millonario no
conocería los trucos hasta después del espectáculo; y por su parte, quedaba
obligado a guardar el secreto.
Benini se recostó en la cama. El frío en la mollera comenzaba a aliviarlo.
El rostro distorsionado de aquella mujer, su mirada asesina, la risa sonora
de Lossenkián, su sarcasmo, desfilaban en su memoria. No había dudas de
que el millonario podía rivalizar con Texeira, un cardenal era poca cosa
contra él.
En eso, tuvo una idea.
«No haré nada —se dijo—. Absolutamente nada.
Todo el espectáculo saldrá de la publicidad y de las propias expectativas.
La gente acudirá a Fátima persuadida de que va a ver algo grandioso. Y
cualquier cosa que ocurra se convertirá en sensación. Eso, no voy a montar
nada; ningún truco, ningún espectáculo. Y como el cielo se va a transformar de todos modos, la gente creerá haber participado de un milagro. El Proyecto
Fátima consiste en no emprender nada. Quizá llueva como ocurrió hace
veinticinco años, y al cesar la lluvia todos verán un milagro. Quizá
desaparezca el Sol tras las nubes, y cuando reaparezca, otro milagro».
Se excitó tanto, que ya no pudo conciliar el sueño.
«Sí, sólo necesito azuzar las expectativas durante las dos semanas
próximas. Un par de mentiras en público, comentarios para dejar perpleja a la
gente: todos deben quedar convencidos de que el 13 de octubre se producirá
la danza del Sol».
Se quitó el hielo de la cabeza, colocó dos almohadas contra el espaldar y
adoptó una postura más erguida.
«Si todos creen que puedo hacerlo, nadie dudará. Aceptarán haber visto
algo, porque eso es lo que desean. Ahí está todo el misterio, en la expectativa.
Por cierto, algo que no le resultaba extraño. Siempre había sabido adelantarse
a sus espectadores. Lo fundamental era crear una atmósfera de tensión a la
espera de que sucediera algo. Ésa era la condición previa de toda maravilla».
Sintió deseos de llamar al manager para discutir aquella idea.
«Puedo hacer que Brander se marche. Ya no lo necesitamos. Sólo nos
quedará acudir el día indicado y tomar parte en el milagroso acontecimiento,
consistente en que no ocurre nada. ¡Vaya prodigio!».
Dos horas después, Julia llamó a la puerta.
Benini le hizo lugar para ofrecerle que se sentara a su lado y cuando la
tuvo cerca le dio un beso.
—Sé muy bien cuánto me has ayudado, Julia. Ésa mujer me habría
asesinado. ¿Viste la furia que despedían sus ojos? Yo sentía como si me
apuñalara. Y tú, tan serena, tan segura de ti…
—Y eso que no traduje todos sus denuestos —dijo Julia, con la cabeza
reclinada en un hombro del mago—, usaba expresiones que yo no podría
repetir.
Durante un minuto, Benini estuvo a punto de confesarle lo que acababa de
ocurrírsele; pero prefirió mantenerla pegada a su cuerpo, con aquel cabello
rojo fuego desparramado sobre su pecho desnudo.
—Esa senhora tiene mucho miedo, Carlo. Lo que le ha sucedido al esposo
demuestra que no podría vivir a salvo en Lisboa. Y Jeremy fue tan dadivoso
como nunca me lo imaginé, porque cuando se trata de mi salario…
—Te lo vamos a subir Julia.
—No lo digo por eso. Es que Jeremy, literalmente, la ha comprado. Así lo
veo yo: le pagó su silencio. No me parece correcto dar dinero para compensar una muerte. Jeremy es un cínico.
Benini le acariciaba el cabello.
Ella lo dejó hacer y se arrimó más a su cuerpo.
—¿Qué otra cosa habríamos podido hacer? —preguntó él.
Julia no respondió.