Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 24 de 37

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Fátima

Capítulo 24

 

La multitud congregada a los pies de la esbelta efigie del Cristo, era poca.

Benini y su manager habían contado con una mayor concurrencia.

Snow lo atribuyó a la actitud reservada de la prensa. Por cierto, todos los

periódicos habían comentado en sus primeras páginas el aviso del mago, y la

hora había sido anunciada en titulares destacados. No obstante, la respuesta

del público podía considerarse muy escépitca. ¿Qué podía ocurrir con la

enorme estatua? ¿Salir volando? ¿Ascender a los cielos?

—Quizá fue un error no haber descrito con mayor precisión lo que iba a

ocurrir —se lamentó Jeremy—. Pienso que la designación del efecto ha sido

demasiado poética. Los periódicos no podían hacer demasiado.

El artículo más insidioso lo había publicado A Ordem, junto a una breve

información sobre la conferencia de prensa habida en el Salón Azul del

Avenida Palace, aparecía un extenso comentario del cardenal Texeira.

«¿Cómo se atreve este mago a escarnecer nuestro sacratísisimo símbolo?

Cristo no debe ser víctima de propagandas viles. ¿No habrá otros lugares

donde este suizo descreído pueda consumar los engendros de su fantasía, por

cierto muy fértil? Observemos exactamente qué se propone. Con las santas

imágenes nadie debe permitirse chanzas».

Benini se hizo traducir por Julia las biliosas líneas del anciano cardenal.

Insistió mucho en la exactitud de la traducción con todos sus matices. Le

molestaba el tono general y la mordacidad.

En eso llegó Brander con un termómetro en la mano.

—Creo que el efecto va a ocurrir a las doce en punto; a más tardar uno o

dos minutos después.

Benini se rió.

—Mejor un poquito después que antes de tiempo.

—¿Había contado usted con más espectadores? —preguntó el químico

alemán, que pensaba abandonar Lisboa esa misma noche.

—Sí —admitió Benini—, pero los de hoy contarán lo que vieron. De

todos modos alcanzaremos el objetivo. Además, se me ha ocurrido otra idea, y voy a rogarle que se quede unos días más.

De pronto divisó a Isabela, que lo saludaba con una mano. Llevaba un

vestido claro de verano y zapatos verdes con punteras rojas.

Benini le tiró un beso.

—Es verdaderamente una belleza —comentó Snow, de pie tras el mago.

—¿Qué dijo usted, señor Snow? —preguntó Julia, sentada a la izquierda

de Benini en una silla de tijeras.

En vano había intentado ella averiguar algo sobre el famoso efecto, del

que tanto hablaba el mago con su administrador. Sobre ese punto, también los

demás miembros del equipo callaban obstinadamente.

Eran las doce menos diez.

Seguían llegando limusinas de las que se apeaban personalidades de

rango. Extraño que Lossenkián no se había hecho presente.

—Un poco inquietante el artículo del cardenal ¿no crees?

Jeremy hizo la pregunta con una mano apoyada sobre el hombro del

mago.

—¿Inquietante? Eso es lo que él quisiera. ¿Quién creerá ser? Se merece

una lección.

—Por favor, Carlo, ten cuidado. Tenemos que pensar también en términos

comerciales.

—Ya lo sé —admitió Benini en voz baja.

Al mismísimo pie de la estatua, como si desde allí pudiera verse mejor,

estaba Joâo de Vouga. Vestía descuidadamente. En un rincón de la boca,

apretaba un cigarro.

Kurti había informado sobre los movimientos de Joâo de Vouga. Después

de la conferencia de prensa, lo había seguido en un taxi hasta la Basílica da

Estrêla, donde permaneciera varias horas. Luego había tomado un tranvía del

que se apeó en Largo Graça y allí lo vio penetrar en una pequeña vivienda.

Antes de marcharse, el suizo tomó nota de lo inscrito en una placa, adosada a

la puerta: «O. D. Lisboa». No supieron a qué atribuirla. Pero nadie conocía el

significado de aquella siglas.

Era ya mediodía.

Brander miró a lo alto. La temperatura era la prevista. En ese momento el

fluido químico debía actuar sobre la cabeza…

—¿Se está volviendo roja? —inquirió Snow.

—Todavía no —dijo Benini.

Aunque el efecto se demorara, el mago sabía que podía confiar en el

trabajo de Brander.

En eso apareció Lossenkián con su joven amiga.

—¿Qué tal, Carlo? ¿Está seguro de no haber prometido demasiado?

Espero que no decepcione a la gente. Bueno ¿qué es lo que pasa ahora?

—Mire allá arriba —replicó Snow.

En ese momento comenzaba la decoloración. La cabeza del Cristo se

oscurecía notoriamente, pero no de rojo sino de verde.

Benini miró al químico alemán.

Brander se le acercó:

—No es ningún error, señor Benini. Yo mismo escogí el color. El rojo no

me parece tan viable.

Benini se molestó pero sin demostrarlo. Snow sacudió la cabeza.

Los «¡ah!», «¡oh!» del público iban en crescendo.

Lossenkián se puso a aplaudir con los brazos en alto.

—Ved aquí al mayor mago de Europa… ¿Qué digo? ¡Del mundo! Señor

Benini no sin envidia, me descubro ante usted.

La cabeza del Cristo exhalaba un ligero vapor.

Jeremy Snow rogó a Julia que se dispusiera a traducir las palabras del

mago.

—Damas y caballeros, les agradezco haberme deparado en el día de hoy,

la confianza y esfuerzo de acudir a este lugar distante. Y ya ven ustedes, ha

ocurrido una transformación en el momento exacto que yo predijera. Bueno,

no tan exacto, porque ha habido una demora de setenta segundos. De todos

modos, quiero aprovechar la presencia de todos ustedes, para invitarlos el

próximo 13 de octubre a Fátima, donde me propongo hacer danzar al Sol.

Respetable público, creo que ninguno de ustedes debe perderse el

acontecimiento.

Cuando Julia terminó la traducción ya no hubo frenos. Los reporteros se

abalanzaron sobre Benini, el manager y la traductora, en pos de más detalles e

informaciones.

Joâo de Vouga, en puntas de pie, gritaba sobre las cabezas del gentío:

—¡Cuidado, señor Benini! ¡No se atreva usted! Lossenkián se mostraba

radiante. Cualquiera creería que celebraba el éxito de su propia empresa.

Terminó por levantar el brazo del mago, como si ya hubiese cumplido su

anunciada hazaña con el Sol.

—¡Allí estaré yo, señores! —gritaba.

Arrastrada por la avalancha, Julia tuvo que protegerse con las manos en

alto.

Mientras tanto, la cabeza del Cristo había vuelto a su color claro.

Ya el fluido se había evaporado. Dos reporteros que se atrevieron a

escalar la estatua hasta su parte más elevada, declararon al bajar, que no

habían encontrado huellas del milagro.

Eufórico, Jeremy Snow contaba a los fotógrafos presentes. Eran más de

treinta. La maravilla quedaría atestiguada en imágenes.

—¿Cómo piensa instrumentarla? —preguntó a gritos el enviado del

Guardian.

El mago pensó que debía desmaterializarse cuanto antes, pero Lossenkián

lo mantenía firmemente cogido por un brazo.

—He organizado una pequeña reunión, Carlo —le dijo al oído, con

energía—. Por favor, venga con nosotros. Isabela también viene —y lo miró

de frente, cejas arqueadas, mientras con el índice se bajaba un párpado.

—Me ha convencido —respondió.

Un tropel se puso en marcha. Julia pasó trabajo para abrirse paso hacia el

mago.

Por fin, lograron partir, con el coche de Lossenkián a la cabeza.

Desde un recodo alejado, vieron que los espectadores seguían comentando

el hecho con grandes muestras de excitación, Snow sonreía feliz.

—Ya verás que esta vez las noticias van a ser menos anodinas. ¡Qué

diferente es todo cuando se desata el entusiasmo de la gente!

—Eso ya lo sabíamos —dijo el mago—, los anuncios en rueda de prensa

resultan siempre muy secos. Esto es diferente…

¿Cómo abordaría el reencuentro con Isabela? Estaba seguro de que

Lossenkián había vigilado cada uno de sus pasos.

La caravana descendió hacia la Costa da Caparica: arbustos calcinados,

tierra oscura; un verano largo y caliente.

Junto al portón de la villa blanca, dos sirvientes en uniformes verdes

saludaron la entrada de las limusinas.

—¿No quieren refrescarse un poco?

Lossenkián fue el primero en apearse y había retomado inmediatamente

las iniciativas.

—Podríamos nadar un par de piscinas antes de comer.

—Le agradezco, no me hace falta —respondió el mago. En un pequeño

grupo divisó a Isabela, que dialogaba con un señor robusto.

—Bien, entonces, pasemos a comer. Lo necesito.

El buffet era espléndido.

Benini casi no comió.

El manager llenó su plato.

—Debo hacerle un cumplido, Carlo.

Lossenkián hablaba alto, para que todos pudieran oírlo.

—Sepa que cuando se me dijo que algo iba a acontecer en la estatua, de

inmediato me imaginé lo que usted planeaba. Y le hago ahora una confesión,

media hora después de su rueda de prensa, dos de mis hombres montaban

vigilancia junto a la estatua del Cristo, donde permanecieron cuarenta y ocho

horas sin quitarle la vista de encima.

También puedo confirmar que no estuvo usted allí, ni otras personas que

hubieran podido llamar la atención de mi gente. Ha sido una demostración

inobjetable, maravillosa. ¡Brindo por su talento, Carlo!

Todos levantaron sus copas.

Benini brindó luego, aparte, con su químico alemán, que permanecía

serio.

—Podríamos jugar una partida de ajedrez, o un poco a la ruleta.

Tengo arriba un pequeño salón privado. En todo caso, necesito conversar

con usted mano a mano, Carlo.

El mago estuvo de acuerdo, pero antes de retirarse sostuvo un breve

diálogo con Snow y luego se acercó al otro extremo del buffet, donde Isabela

seguía dialogando con su pequeño pero macizo interlocutor.

Benini la saludó.

—¿Se conocen? —preguntó el hombre, de cuya calva se desprendían dos

imponentes patillas, que le llegaban al mentón.

—Lo he visto en escena —dijo Isabela—. Soy una admiradora de su arte.

Benini la hubiera abrazado, pero Isabela se mostraba distante. «L’amore

di carnevale muore di quaresima[15]».

—¿Le gustó lo de la estatua?

—Excelente, no podemos explicarnos cómo pudo usted anunciarlo… A

Fátima van a acudir no menos de cien mil personas.

Hablaba con voz firme, sin titubeos.

Julia se les acercó. Ante Isabela, sus ojos despedían chispas.

—¿No estuvo usted una vez en escena con nosotros? —le preguntó en un

tono desdeñoso.

El mago advirtió la tensión entre ambas. Notó también que el gordo se

mordía los labios. No podía ocultar su malestar.

—¿Vamos a nadar, Carlo? —preguntó Julia, que se le colgó de un brazo.

—¡Que va! Me ahogaría. Pero ve, si quieres.

Lossenkián tiene trajes de baño de todas las medidas. Julia no aceptó la

sugerencia. Se quedó de posta a su lado sin quitarle la vista de encima a Isabela.

—¿Cuánto tiempo más va a permanecer en Lisboa?

Isabela miró de frente a Benini. En ese momento no parecía ya tan

indiferente.

—Todavía no lo sé exactamente. Cada vez me gusta más esta ciudad. Y

además, como reina la paz…

—¿Está seguro? —intercaló el gordo—. Eso puede variar de un día para

otro.

El mago ya no soportaba la tensión.

—Discúlpenme, por favor. Tengo que discutir algo con John. Espero que

nos volvamos a ver.

Con una mano, rozó a Isabela en un hombro y ella reaccionó con una

sonrisa estrábica.

En el estudio del millonario, el sol difundía una luz tan intensa que a

Benini se le antojó polvorienta.

—Espero haberle dado ya, Carlo, suficientes muestras de mi admiración,

pero siento necesidad de reiterárselo, ha realizado usted una hazaña única. Y

eso me inspira hacerle otra proposición. ¿Gusta beber algo?

Benini no recordó el nombre de aquel cóctel insólito, pero Lossenkián

comprendió de inmediato.

—Tras la reprimenda del cardenal, estoy un poco intranquilo —dijo

Benini, titubeante.

Lossenkián se quitó la chaqueta blanca y se desabotonó la camisa.

—No le haga caso. Es una momia. Escribe esas cosas para cuidar de su

prestigio.

Benini se sintió más tranquilo.

El millonario procuró convencerlo de que Texeira no tenía tanta

influencia en la ciudad, como él creía.

—Y puedo asegurarle que mis juicios son certeros.

—¿No querrá usted insinuar que Fátima me va a deparar críticas más

ásperas todavía?

A Benini se le dificultaba un poco la respiración en aquel aire

curiosamente translúcido, que seguía pareciéndole saturado de polvo.

—¡Será algo sensacional, Carlo! Estoy convencido. El clero carece de

fantasía. Siempre se opone a las novedades; pero Texeira estará de su parte

apenas se dé cuenta del poder que usted tiene.

Un camarero de verde les sirvió el rocío de la mañana.

Benini bebió demasiado rápido.

—Mi oferta es la siguiente: usted instrumenta la danza del Sol y yo me

encargo de que resuene un gran bombo propagandístico. Si se invierten,

digamos, unas cincuenta mil libras, o mejor cien mil, le aseguro que su danza

del Sol se convertirá en uno de los acontecimientos de este siglo. ¿Qué le

parece?

El plan tomó a Benini por sorpresa. ¿No sería un poco megalómano el

millonario aquel? Quizá tuviera razón Isabela y se proponía utilizarlo para sus

propósitos.

—¿Y cuál sería mi papel en ese plan? —preguntó el mago, a sabiendas de

que toda oferta liberal puede esconder una trampa.

—El mismo que si no la acepta —replicó Lossenkián, mientras se secaba

el pecho con un pañuelo blanco—. Lograr, como ha anunciado, que el Sol se

dé un paseíto en Fátima, y luego, tener a bien explicarme cómo lo hace.

Desde ya le juro que no se lo revelaré a nadie. Me llevaré el secreto a la

tumba. ¿Es mucho pedir?

—Pero ¿quiere enterarse antes o después de que ocurra?

Benini no avizoraba la posibilidad de zancadillas en aquel acuerdo.

Respecto de una campaña propagandística a favor de su espectáculo ¿qué

objeción podía tener? Ni le importaba que Lossenkián la aprovechara para

promover sus propios negocios en Fátima.

—Redactaremos el contrato y se lo haré llevar mañana al Palace.

Sabía que llegaríamos a un acuerdo, Carlo. Y además, le haré consignar

de inmediato las prometidas veinte mil libras de honorarios por su trabajo. Me

pondré en contacto con su manager. Y ahora ¿qué le parece si jugamos un

poco a la ruleta?

Semidesnudo, el millonario pasó al salón contiguo en el que había una

mesa de juego. Desde una cabecera, los saludó un croupier que esperaba

sentado. Cada uno recibió fichas por valor de cuarenta mil escudos. Jugarían

una media hora, de modo que los demás huéspedes no tuvieran que esperarlos

demasiado.

Esta vez ganó Benini. Había cambiado su táctica. Apostaba el máximo

posible y llenaba el paño verde de fichas. Aceptaba todos los riesgos. Y ganó.

Por el contrario, Lossenkián volvió a jugar con su mezquino método de

tenedor de libros.

Al cabo de treinta minutos, Benini tenía veinte mil escudos más y el

millonario había perdido un tercio de su disponibilidad.

Cuando regresaron junto a los demás, Benini buscó inútilmente a Isabela,

que se había marchado con una parte de los visitantes.

Julia se veía triunfante.

Snow insistió en partir cuanto antes, y prepararse para la función

nocturna.

Benini se despidió de Lossenkián sin comentarios sobre el reciente

convenio.

Durante el viaje de regreso, el mago comentó sus planes con Brander. La

indeseable coloración verdosa no fue mencionada.

Julia viajó con la cabeza reclinada sobre el hombro del mago. Al hotel ya

habían llegado las primeras ediciones de los vespertinos y todos se

abalanzaron sobre ellos. Las primeras páginas exhibían la foto de la estatua

con la cabeza oscurecida.

«¡Sobrenatural!, ¡Milagro!, Danza del Sol en Fátima, nuevamente». Los

artículos, a cual más entusiasta, comentaban el hecho como un éxito

extraordinario.

—Mira, Carlo, casi todos los comentarios a dos columnas, como en los

buenos viejos tiempos.

Snow estaba radiante.

Hasta A Ordem, parecía convencido; aunque como periódico católico

mantuvo reserva sobre la prometida danza del Sol para el 13 de octubre.

El manager del hotel, felicitó al mago: hubiera querido estar

personalmente presente, pero las obligaciones… En todo caso, de ninguna

manera faltaría a lo de Fátima.

En el hotel se habían recibido dos tarjetas de felicitación y un ramo de

flores.

—¡Los tenemos cogidos por el gaznate! —decía Jeremy—. Y ya verás

cuando los pille la fiebre.

Benini se admiró de que ningún periódico hiciera conjeturas sobre cómo

se había oscurecido la cabeza del Cristo. En Inglaterra hubieran especulado de

inmediato sobre el truco que engañara a los espectadores; en Francia ya

habrían consultado a los especialistas, en Italia, los vespertinos habrían

aventurado las más festinadas teorías; y aquí en cambio, se hablaba de

«milagro». Tanto mejor…

—Hemos vendido todas las localidades —pregonaba Jeremy, en el

vestíbulo del Avenida Palace—. No queda una sola plaza libre. Y la próxima

semana, habrá que comprar nuestros boletos en el mercado negro.

Los ojos de Benini se posaron de pronto sobre una foto que publicaba A

Republica: un rostro pálido, aburrido.

—Por favor, Julia, tradúceme el pie de foto.

—«Ayer por la noche, hacia las 21 horas fue hallado este desconocido con

dos heridas de arma de fuego en el cuerpo, que debieron provocar su muerte

inmediata…»

Julia se cortó.

—Sigue, por favor.

—«El cadáver fue hallado con los ojos abiertos en las inmediaciones del

Castelo, en la Rua C. López. Si alguien reconoce a la víctima y puede ofrecer

alguna información a las autoridades, sírvase presentarse en el Comisariado

N.º 7».

Benini ya no pudo sostener la mirada de aquel cadáver.

No había dudas: era Antonio Vicario, su informante.

—Jeremy: ven aquí por favor.

El manager se acercó:

—¿Más informaciones sobre el éxito?

—Mira esta foto. Lo mataron.

El manager silbó entre dientes.

Julia también estaba segura de conocer al cadáver.