Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 23 de 37

Páginas del PDF

Fátima

Capítulo 23

 

Benini llegó al parque poco antes de la una. Era un hermoso lugar,

Montserrate. Sobre las piedras crecían musgos. Altos helechos protegían los

caminos nemorosos; y junto a los estanques, grutas verdosas invitaban a la

vida bucólica.

—¿Por cuánto tiempo se va a ausentar tu Alberto?

—Una semana. Lossenkián le dio el encargo de apresurar las

negociaciones. Ha bajado tanto el precio del barril, que los skeiks se han

puesto a sacar sus cuentas.

—Y John ¿está enterado de nuestro encuentro?

—No soy tan mala actriz —dijo Isabela y lo besó nerviosa en una mejilla

—. En cuanto supe del viaje, anuncié una visita a mi madre, en Oporto. Allí

es donde estoy ahora, oficialmente.

Se internaron entre el verdor de unas yedras que tejían puentes entre

alcornoques y pinos de California. A los bordes del sendero abundaban las

fucsias y el rojo sanguíneo de las camelias japonesas.

—¿Por qué me seguiste en aquella época, Isabela?

Benini la sintió tensar los músculos.

—Tenía quince años y estaba enamorada. No de tus trucos; sino de tu risa

y cordialidad. Te deseaba tanto…

Pero cuando llegué a Tomar ya te habías ido. Me sentí horriblemente

triste.

Volvió a besarlo, otra vez muy rápido, como una rana que brincara desde

el agua.

—¿Fuiste a escondidas de tus padres?

—Sí, pero sólo mi padre se dio cuenta. Mi mamá no. No podía estar atenta

a lo que hacían todos sus hijos. Éramos siete.

—¿Y tú la menor?

Isabela cogió un pimpollo de jacaranda y se lo enredó en el pelo, sobre

una oreja.

—Te deseaba, quería hacerte mío. No me interesaba el mago que saca de

la nariz monedas para los niños. Quería al hombre…

—Pero ya tenías…

Benini se interrumpió. ¿Qué derecho tenía a hacer aquella pregunta?

—Sí, ya tenía experiencia. Cuando una tiene hermanas enseguida aprende

cómo es la cosa con los hombres; sobre todo, cómo seducirlos. Y aunque

entonces no había dormido todavía con ninguno, sabía muy bien qué quería

de ti.

Se sentaron sobre un tronco, al borde de un pantano cubierto de nenúfares

blancos y amarillos. Detrás de un muro, se alzaban árboles muy altos, cuyas

lianas caían, como cordones umbilicales sobre la tierra.

—¿Y luego te casaste?

—Hace sólo dos años. Viví mucho tiempo en Francia.

—¿París?

—Primero estudié canto en Avignon y luego terminé en París. Mi debut lo

hice en Nîmes. Luego viví un año en Burdeos, pero sólo pude actuar en

operetas, que no es lo que más me gusta.

—¿Amas a Alberto?

—Por supuesto, pero necesito mi libertad.

Otro besito furtivo.

—Ven, quiero mostrarte algo.

Lo cogió de una mano y se puso a recitar:

 

Peñones agrestes que sustentan ruinosos conventos,

musgo de las montañas tostado por el ardor del sol

alcornoques blancos asomados al abismo,

hondo valle que llora sediento de sol,

junto al reflejo azuloso de la pleamar.

 

—Byron: Los jardines de Montserrate —comentó al terminar. —Parece que le

gustó este lugar.

Llegaron a un pequeño alcázar, circundado de arcos morunos.

—Puedes comprarlo, si te gusta —dijo Isabela—. Yo vendría a visitarte.

Avanzaron hacia la entrada.

Isabela revolvió en su cartera, sacó una llave y abrió el portón de madera.

Era una caoba maciza, ricamente labrada, con los herrajes y la aldaba algo

oxidados.

—«Adelante, peregrino exhausto. Has llegado al Paraíso».

El primer vestíbulo estaba desamoblado. Sólo había dos sillas, espaldar

contra espaldar, bajo una de las ventanas. En las paredes, pinturas con

galantes escenas de amor o cacería.

—Pertenece a mi familia, pero nadie quiere vivir aquí. Desde hace años

buscamos un comprador.

Lo llevó a las habitaciones del fondo. Allí sí había muebles, en gran

mescolanza de estilos. Los dueños serían muy ricos, pero en materia de

gustos, cojeaban bastante.

—¿Toda tu familia vive en Oporto? —preguntó el mago, mientras

observaba un desnudo de mujer tendida sobre un prado verde, muy siglo XVIII

francés.

—Sí, la mayor parte; y los que no, emigraron al Brasil. Allá tenemos

plantaciones.

—¿Y por qué no te presentas en Brasil? Allí debe haber grandes centros

operísticos.

Isabela se sentó en el alféizar y comenzó a canturrear un lied de Schubert.

Era un canto triste. Sin embargo, Benini sintió el fuerte erotismo de

aquella voz. En los crescendos, toda la estancia se llenaba de ella. Benini la

escuchó arrobado, con la cabeza baja.

—Alberto adora mis lieder. Dice que en Chile o Argentina serían un gran

éxito, pero en este maldito país nadie quiere oírlos. ¿Te gustó?

—Me gustó tu voz. Y también creo que deberías intentar en el exterior.

El mago le contó lo sucedido en Tomar aquella noche en que no apareció

ningún espectador, por lo cual de inmediato abandonara el país.

—En ese entonces no pude soportarlo.

—¿Y hoy?

—Hoy no puede sucederme algo semejante.

Benini, ubicado tras ella, comenzó a acariciarle los hombros y le pidió que

cantara algo más. Ella cantó unos lieder del Winterreise y se volvió a mirarlo

sonriente.

—En aquel entonces habría hecho cualquier cosa por encontrarte, pero la

gente de Tomar ni siquiera sabía que ya te habías marchado.

Benini jugueteaba ahora con su pelo.

—Ven, —dijo Isabela, y lo condujo al segundo piso.

El baño de azulejos blancos y azules, con manchitas amarillas, ilustraba

un episodio del descubrimiento en que Colón a cambio de oro, entregaba

cuentas de colores.

—Desvístete.

Isabela se desabrochó los botones del vestido y se soltó la cola de caballo.

Benini tuvo una erección repentina. « Dove la voglia è pronta le gambe

sono leggere[14]», pensó. Sin advertirlo, Isabela entró a la bañera y esperó

unos instantes a que fluyera el agua caliente.

Cuando Benini entró bajo la ducha, ella le tomó el falo y comenzó a

frotarse suavemente el clítoris y la vulva húmeda y caliente. Benini, de frente

a una ventanita, le acariciaba el talle y contemplaba las copas de los árboles,

con sus múltiples grados de verde.

Al igual que su rostro, los senos de Isabela eran levemente asimétricos,

por lo que el busto se le veía algo sesgado. Tenía los vellos del pubis

inusitadamente brillantes.

Benini sintió su excitación en los pezones endurecidos.

—Ven, salgamos.

Abandonaron la ducha; ella abrió dos puertas sucesivas y penetró en una

alcoba oscura donde había una cama muy grande. De allí salieron a una

terraza colmada de begonias y helechos, y se acostaron sobre un Rasenstück.

—No tan rápido, tenemos tiempo —y mantuvo al mago apartado, que ya

quería penetrarla—. Este lugar lo construyó mi padre. Estoy convencida de

que en esta terraza embarazó a mi madre. Ella nunca lo ha mencionado, pero

mi padre, de una manera muy sospechosa, siempre se ha ufanado de tener este

lugarcito en la casa.

Benini vino en cuenta ahora de lo bien escondido que estaba el

Rasenstück. No ofrecía ningún ángulo a la vista de posibles intrusos. Era un

nido verde, custodiado de flores.

Isabela se demoró en un besó de muchos jugueteos con la lengua.

Con las yemas, Benini le recorrió la piel de los brazos, axilas, pechos.

Desde el vientre terso, se abrió camino hacia abajo y le separó los muslos.

—Todavía no —pidió Isabela.

Benini evocó a la jovencita que muchos años antes lo siguiera en pos de

un capricho romántico.

—¿Sabes cuántas veces he dormido aquí? —preguntó ella, mordaz.

Benini no quiso saberlo.

—Nunca —dijo sonriente—, pero contigo…

Se deslizó sobre su cuerpo, rozándolo con la punta de los pezones sobre el

torso, los muslos, las rodillas. Su lengua comenzó a contornearle el glande y

terminó por tomarlo entre los labios. Al principio lo besó con suavidad, y

luego con una firmeza que lo obligó a detenerla para evitar un final prematuro. Le apretó la cabeza entre sus muslos y luego la atrajo con ternura

hacia sus labios.

Ella se puso de pie, con un movimiento ágil.

—Ven —lo invitó, con los brazos estirados—, vamos a la cama.

En la alcoba, hacia donde se filtraba la luz verdosa de las enredederas que

enmarcaban la ventana, quitaron la colcha de raso. Sobre las sábanas muy

blancas había ramilletes de flores marchitas. El aroma, sin duda desvirtuado

por el largo encierro, trajo al mago reminiscencias de lavanda y jazmín. Sobre

las fundas de las almohadas habían bordado un emblema heráldico, donde dos

leones luchaban sobre un campo de gualda.

Sobre su cutis suavísimo y moreno, había ahora un rubor brillante. Ella

gimió boca arriba. Él la penetró con suavidad. Luego, sus movimientos fueron

más rápidos e impetuosos. Isabela respiraba ahora con ansiedad, emitía

grititos contenidos, se estrechaba con fuerza, le apretaba el talle con las

piernas, le enterraba las uñas; y terminó por encabritarse en un abrazo de ayes

y mordizcos. Cuando él llegó al orgasmo, la arrastró consigo.

—¡Sigue, sigue! —gimió Isabela.

Él mantuvo el balanceo al ritmo que ella le marcaba con los talones sobre

las nalgas, mientras le apretaba la cintura entre sus piernas; y cuando alcanzó

el segundo orgasmo, gimió con una ronquera primitiva, desbordada de gozo.

Benini, de lado, la retuvo abrazada. Pasaron algunos minutos hasta que

ella volvió en sí.

—Quisiera comprar este castillo —dijo el mago.

Isabela rió.

—Yo pertenezco a Alberto.

—¿Y cuando él no esté aquí?

—Bueno, si lo deseas, puedo preguntar cuánto cuesta.

Sin soltarse, rodaron sobre la cama.

—¿De verdad, tienes que marcharte ahora? —preguntó Isabela, mientras

le acariciaba las entrepiernas y testículos.

—Bien sabes que quisiera quedarme, pero me es imposible faltar a la

representación.

En la función vespertina, Benini presentó su show de un humor insólito.

Se rió, hizo chistes, habló algunas palabras en portugués que confundieron a

Julia. Desbordaba alegría. En nada se parecía al mago hermético, críptico que

aparecía en los anuncios.

Los trucos de naipes resultaron impecables. Una dama que subió a escena

con aire de cascarrabias, acabó por soltar una risa estupenda, cuando el mago le sacó del escote un lápiz de labios, en el que se encontraba el naipe deseado.

Durante la pausa, le llegaba a través del telón, toda una gama de elogios

sobre los distintos trucos.

—¡Qué buen humor tiene usted hoy, señor Benini! —comentó Julia, que

por primera vez se le arrimaba tanto.

Como el mago no podía explicarle las verdaderas causas de su euforia,

prefirió hacerse el desentendido:

—Espero que siga el buen tiempo y aumente la asistencia del público.

El manager no compartía su buen humor y le susurró unos comentarios

sobre un tramoyista que había estado a punto de caerse de un andamio.

—Esos idiotas nunca ponen atención.

Pero Benini no estaba dispuesto a dejarse contagiar y volvió a cambiar de

tema.

—Para la función nocturna pienso introducir un par de efectos adicionales

y al final, me voy a extender en los números fuera de programa. Por favor,

adviértelo a la orquesta para que no enfunden los instrumentos.

—¿E Isabela? —susurró Snow.

—¡Por favor! —Benini se puso el índice sobre la boca—. Un poco de

reserva, Jeremy.

Al final de su segunda aparición, Benini anunció una gran demostración

de magia para el sábado siguiente.

—Señores y señoras, mañana se hará el anuncio en los periódicos y espero

que todos ustedes puedan verlo. Se trata de un milagro, del que todos querrán

participar.

Al final, hubo que presentar una y otra vez a la gata Cheshire, que terminó

por abrir sus fauces muy malhumorada.

El mago aplaudió a su asistente, quien a su vez lo señalaba a él. Al cabo

de dos horas y media de actuación, Benini mantenía el aire rejuvenecido del

inicio.

Cuando ya estaban en los camerinos, Julia le preguntó:

—¿Cenamos juntos esta noche?