Fátima
Capítulo 31
Aquella noche, el cardenal Clemente Rodrigues Texeira presenciaría un
milagro. Como siempre, poco antes de medianoche llegó a la sacristía de la
Basílica da Estrêla y comenzó sus preparativos para la misa dominical. Tras
hacer examen de conciencia, se dispuso a implorar a Dios el vigor que su
prédica reclamaba.
La luz de los cirios se reflejaba sobre sus costosas vestiduras, recamadas
con hilos de oro, y con seda de argénteos fulgores. Unos óleos muy opacos
narraban la pasión de Jesús durante sus últimos momentos en Gestsemaní.
Destacaba la escena de Pilatos, al lavarse las manos ante el pueblo.
En el medio de la estancia, sobre una mesa de caoba, había una Biblia
abierta. Era un manuscrito del siglo XV, en el que tres monjes de Coimbra
trabajaran durante doce años.
Habitualmente, el cardenal pasaba aquella hora de «santa concentración»,
como él mismo decía, en completa soledad. A su avanzada edad, celebraba las
misas con un gran esfuerzo, y no gustaba tener testigos de sus preparativos.
El altar de la Basílica permanecía en la penumbra, bajo la única
iluminación de dos esbeltos cirios. A paso lento, gacha la cabeza, el cardenal
avanzó sobre la espesa alfombra en dirección al altar. Con voz firme, entonó
una coral de Duarto Lôbo. Eran alabanzas de reprimida alegría.
Antes de iniciar el ascenso hacia el altar, sin interrumpir su canto, se
postró de rodillas e hizo una solemne reverencia.
Los dos cirios flamearon vacilantes y se apagaron a un tiempo, pero el
cardenal, sumido en devota oración, no lo advirtió.
En sus años mozos se burlaba de los confrateres que hacían examen de
conciencia o se recogían durante horas. No concebía la soledad como
fortificante del espíritu.
Había sido un joven muy activo, propenso a organizar y, donde viese una
oportunidad, no vacilaba en ofrecerse como misionero o predicador.
Sus caminos lo llevaron a Roma. El Santo Padre lo acogió como a un hijo
y se ocupó personalmente de que ningún otro portugués fuera miembro de la Curia Romana, dignidad que no alcanzara el Arzobispo de Oporto, ni aquel
fanfarrón de Leiría, bajo cuyo obispado se encontraba el lugar de Fátima.
En Roma, Texeira gozó de gran consideración. Lo favorecieron sus
posiciones ortodoxas y sus buenas relaciones con el Opus Dei, institución que
luego él mismo se encargaría de introducir en Lisboa.
Aquella cofradía secreta había sido fundada en 1928 por Josemaría
Escrivá de Balaguer y Albás, que resumiera sus objetivos en los siguientes
términos: «La obediencia es un camino seguro. Obedecer ciegamente al
superior es el camino de la santidad. Cumple con tu apostolado, pues ante el
Opus Dei, el alma humana sólo tiene dos alternativas: obedece o se pierde».
El cardenal ascendió al primer peldaño del altar y allí se detuvo, como era
su rutina litúrgica, para alzar las manos implorantes y elevar los ojos a la cruz.
De pronto, el rostro atormentado de Cristo se iluminó con un destello y
enseguida volvió a ensombrecerse.
Texeira se estremeció.
La actitud de los cofrades en el Opus Dei, como aprendiera en Roma, era
sencilla: carácter mundano, pero con Cristo en el alma. Eran una tropa de
choque para la cotidianidad, una profesión santificada. Tenían que ocupar
posiciones en el gobierno, la diplomacia, las cátedras, y todo fuera del circuito
público. Debían trabajar en secreto.
Son famosas las palabras de José María a Franco, durante un curso de
retiro espiritual, acompañado por su esposa: «Caudillo: tiempla tu voluntad,
para que Dios te convierta en un guía».
Tras las bambalinas de la Curia Romana se forjaban planes, se tejían
urdimbres. Texeira aprendió muy bien su oficio.
El cardenal se irguió ante el altar oscurecido y esperó. El breve rayo de
luz había interrumpido su oración, y sin embargo, el rostro repentinamente
iluminado de Jesús, lo inundó de esperanzas. ¡Con cuánta vehemencia había
implorado, durante más de setenta años, una señal del Cielo! ¡Cuánto
envidiaba a los videntes, beneficiarios de la gracia, de las santas apariciones!
De no haber quedado petrificado por la visión, ya habría escalado en
devota plegaria los diez peldaños que lo separaban del altar, para postrarse
ante la divinidad.
Un obispo italiano introdujo a Texeira en los procedimientos del Opus
Dei: consejos en voz baja, canales secretos para que los donantes depositaran
sus contribuciones en Suiza a cuenta de otras instituciones; la táctica de la
traición, el engaño, el camuflaje. Encargos a través de personas que desconocían a los verdaderos remitentes. Ya en ese entonces Texeira había
aprendido a valorar el aforismo « [19] Volere è potere. Chi la dura la vince».
De pronto se iluminaron las ventanas traseras de la Basílica. Un chorro de
luz, chispeante, irisado, se derramó por los coloridos vitrales.
El cardenal sintió que le flaqueaban las rodillas. La emoción lo turbaba.
La cabeza parecía írsele. ¡Por fin, sus ruegos habían sido oídos! Estaba seguro
que de un momento a otro se produciría la aparición. Con renovado fervor,
lleno de ansiedad, volvió a implorar. Al rezar un Ave María temblaba de pies
a cabeza. Se le escaparon unos gallos.
Toda la organización jerarquizada. Disciplina estricta. Constantes arqueos
de caja. Las inversiones y ganancias del Opus Dei eran concebidas por
expertos industriales, científicos, profesionales, banqueros. Super expertos
fundaban complejas corporaciones que luego se convertían en donantes.
Texeira aprendió muy rápido las técnicas del agio; aprendió a asesorarse en el
juego de las divisas, en el alza y la baja de las acciones, y contribuyó a
afianzar el áureo flujo de dólares hacia la Santa Sede.
A cualquier paisano que llegara del empobrecido Portugal la Curia
Romana le habría provocado un shock. Habría soñado con crucifijos huecos,
rellenos de oro y divisas.
Tres meses permaneció Texeira en la Banca dello Santo Spirito.
—Clemente, hijo mío, arrodíllate.
El cardenal sintió un temblor. Aquella clarísima voz le resonó en la
médula y le puso a vibrar ignoradas células de su cuerpo.
Cayó de rodillas, estremecido de gratitud, gemebundo.
Presa de violentos sacudones llegó a imaginarse cómo sería un ataque de
epilepsia. Luego se le encabritaron las tripas, pero no perdió el sentido.
Trató de entrecruzar sus manos. Tampoco pudo. Estaba paralizado. Sentía
todo su cuerpo atravesado por una corriente eléctrica. Por una dulcísima y
bendita corriente, y por fin se desmayó con una sonrisa de beatitud en los
labios.
Al volver en sí, bañado por el sudor y con los párpados hinchados,
experimentó un fuerte apremio de confesarse. Aunque le costara su puesto, se
descargaría su consciencia de la pecaminosa relación con aquella mujer.
Estaba seguro de que tras haber sido elegido para testigo de una aparición
divina, todo se le perdonaría. ¡Oh, aquella voz tan amada y bienhechora!
—¡Háblame! —gritó—. Aquí está tu hijo.
Como única respuesta, se encendieron todas las luces del altar. ¡Oh,
claridad divina, vencedora de las tinieblas! Extasiado, miró en derredor. Lamentó que no hubiera un testigo que presenciara aquella gracia y pudiera
confirmarla oficialmente. Ya tenía su lugar asegurado en el paraíso, junto a
los demás bienaventurados que oyeran la palabra de Dios.
Y volvió a oscurecerse el altar.
Una vez, Texeira visitó Torreciudad, lugar de peregrinaje en el norte de
España, rodeado por el panorama de las fulgentes cumbres pirenaicas, donde
se fundara el Opus Dei. En su pequeña capilla, en el año de 1904, una madre
había implorado por la vida de su hijito José María, desahuciado a la edad de
dos años. En otros tiempos, sobre aquel mismo emplazamiento montañoso,
los árabes habían erigido una mezquita, de cuyas ruinas se consagraría luego
una iglesia a la Madre de Dios.
Texeira permaneció allí toda una semana, en cónclave con sus
compañeros. Necesitaban concebir iniciativas militares y definir los viriles
cometidos de su cofradía. Y dentro de las mejores tradiciones de los cruzados,
juraron combatir sin tregua al enemigo infiel.
La luz derramada sobre el Cristo, difundía ahora entre los pliegues de su
atormentado rostro, un suave fulgor rosado.
—Clemente, hijo mío —dijo la diáfana voz—, cierra los ojos y reza con
fervor.
El cardenal, sobrecogido por la emoción, perdido el control de sus
miembros temblorosos, rodillas vacilantes, inclinado el busto, en posición
cuadrúpeda sobre los peldaños del altar, oía en éxtasis:
—Alza tus ojos, Clemente, hijo amado, hacia lo alto de la cruz —repitió
la voz—, pero ya no verás en ella a Jesús en su tormento, sino a María, su
Santa Madre, que te dará la bendición del Cielo y fuerzas para que puedas
divulgar su mensaje.
El cardenal elevó sus ojos hechizados y vio, en efecto, la imagen de Santa
María, superpuesta a la talla del Cristo.
Se le había enseñado a vigilar a la prensa, a replicar cuando alguien
atacara a la Iglesia o la fe católica, a ejercer presión sobre los periodistas, a no
tolerarles ni un solo comentario anticlerical.
Cuando Texeira llegó de regreso a Lisboa, fundó de inmediato la rama
local del Opus Dei, con el objetivo de ocuparse exclusivamente de la prensa.
Y no escatimó ningún medio intimidatorio para combatir a los enemigos de la
Iglesia.
—Ordenarás a tu grey presentarse el 13 de octubre en Fátima. Allí les
hablaré. Quiero que todo Portugal oiga mi voz. Reúne, pues, a tus ovejas y
conduce el rebaño hacia mí.
La clara voz le llegaba como un tañido de música celestial.
—¡Voy a predicarlo en todas partes! —gritó exaltado el cardenal—. No
descansaré hasta que tu mensaje se haya divulgado por todos los rincones del
país.
Los cirios se apagaron lentamente. La oscuridad volvió a entronizarse. El
cardenal permaneció de pie, inmóvil.
En largas discusiones habían definido el significado de su sagrada
militancia en el Opus Dei: eran los elegidos, los predestinados para cumplir
sagradas encomiendas. Y muchas veces, en sus funciones al servicio de Dios,
tendrían que portar su propia cruz.
Pasaron muchos años antes de que Texeira pudiera conocer personalmente
a Monseñor Escrivá. Acudió a su encuentro con el ánimo de quien recibe la
mayor bienaventuranza y un especialísimo homenaje a su persona. Y cuando
por fin pudo venerar de cuerpo presente al iluminado de mirada penetrante,
confirmó que su apariencia sumisa albergaba un espíritu rebosante de energía,
como correspondía a un antemural del conservatismo, al más católico de
todos los españoles; al mismo que una vez declarase: «He conocido a muchos
cardenales y papas, pero el único fundador del Opus Dei es este pecador que
aquí veis».
El cardenal Texeira se levantó cantando a todo pulmón y con el alma
henchida por la doble gracia de la aparición y su encomienda. Y su himno
solitario se elevó en singular procesión. Olvidado del tiempo y el espacio,
varias veces circundó el altar.
Durante aquel encuentro Monseñor Escrivá le había referido uno de los
mayores apuros que pasara en su vida. En 1936, cuando campeaba el terror en
la España roja, José María logró fugarse disfrazado con las ropas de un
mecánico y una gorra para cubrirse la tonsura clerical. Estaba en peligro de
muerte. De apresarlo, las milicias lo hubiesen fusilado. Pero se confundieron,
y en su lugar ahorcaron a otro.
—Y desde entonces, hermano, ya supe cuál era la misión que me
encomendaba el Cielo. Ante aquel sacrificio cruento, en aras del Opus Dei, yo
comprendí que me hallaba bajo protección de la Virgen.
El cardenal abandonó el altar y regresó a la sacristía. Allí se quitó los
ornatos y dobló las vestiduras. Su corazón latía tan fuerte que creyó morir. Y
como hacía siempre después de cada examen de conciencia, puso un dedo al
azar sobre el viejo manuscrito, y leyó el santo mensaje que por ese medio le
enviaba Dios: «Pero yo y mi casa queremos servir al Señor».
El cardenal sintió como si se le remozara la fe. En ese momento, Alfred
Beimel desconectó y miró la hora. La farsa de la aparición había concluido.
Benini esperaba en el coche. Tras disfrutar el éxtasis del cardenal, había
abandonado de puntillas la Basílica. Al principio, el plan de Beimel le había
parecido demasiado temerario, pero una vez más, el anarquista de frac se
había salido con la suya.
—¿Por qué no utilizar su influencia? Los preparativos eran sencillamente
realizables y el resultado podía ser colosal.
Beimel se bajó casi a rastras con la pesada grabadora desde lo alto del
coro.
La voz de Julia había sonado celestial. Pronto le daría un beso de gratitud
y reconocimiento. Detrás de una de las naves, Brander acumulaba rampas de
lanzamiento con las cuales disparara las luces de Bengala. Tenía que apurarse.
Había perdido un poco de tiempo porque dos hombres, poco después de
producirse el rayo de luz, aparecieron y se pusieron a husmear. Cuando sus
dos ayudantes con sus bultos tomaron asiento en la limusina, Beimel dijo:
—No deberíamos perdernos el espectáculo de mañana, cuando Texeira
suba al púlpito.
Brander, que no había podido participar de primera vista lo que los demás
presenciaran en la Iglesia, hizo que se lo refirieran con detalle.
—Se vino abajo —gritaba Beimel divertidísimo—. Y yo me dije, este
viejo no se vuelve a parar.
Benini observó que aquello no habría sido muy compasivo.
En esos mismos momentos, caminaba erguido el cardenal Texeira dentro
de la sacristía. No estaba lo suficientemente tranquilo para leer La Biblia, ni
suficientemente relajado como para regresar a su casa. Luchaba con una
erección que precisamente en aquel momento indeseado se le había
producido. ¿Cómo podía suceder que se le enderezara tanto el sexo? En
medio de aquel éxtasis religioso, tras haber oído las palabras de la Virgen. Se
puso a pensar en tiempo de lluvia, paraguas mojados, un frío húmedo, en las
altas olas que recorrían el Atlántico, en el campeonato de fútbol que ese año
debía ganar el Sporting de Lisboa. Pero de nada le sirvió. Era víctima de su
excitación.
Los tres hombres entraron de excelente humor al hotel. Julia los esperaba.
Curiosa, preguntó qué tal había quedado su voz como Madre de Dios.
—Fantástico, ninguna virgen sonaría mejor —dijo Alfred Beimel.
—¡Qué lastima no haber estado allí! Aunque fuera en grabación, con
gusto me habría escuchado en la Basílica.
Julia abrazó primero a Benini, y luego a Beimel, con quien había
estrechado una buena amistad.
Brander dijo que se retiraba porque estaba cansado. Y prefirió callar la
referencia al peligro de que los hubiesen descubierto aquellos dos hombres.
Benini no sentía ningún cansancio e invitó a los otros dos a un trago en su
suite.
—Tenemos que celebrar dignamente el éxito.
Julia se le enganchó de un brazo.
El cardenal se subió a un escabel para hurgar en un elevado armario donde
se guardaban las ropas de los acólitos. Sacó un paño de lino, lo humedeció en
agua bendita y se enrolló el miembro con él. Lentamente comenzó a decrecer
la erección.
Poco después apareció el joven sacristán. Texeira no podía pronunciar una
palabra.
—Necesita un médico —declaró el sacristán—. Voy a buscar a mi tío, que
vive en la Rua Bela Vista.
El cardenal se opuso. Sacudió vehementemente la cabeza. Otra vez sentía
la lengua paralizada.
A poco, sintió que se le había calmado la dolorosa presión entre los
muslos. Menos mal. Estiró la mandíbula y apretó los labios. Y finalmente,
pronunció aquellas palabras que mantendrían desvelado al sacristán durante el
resto de la noche:
—He visto a la Madre de Dios.
El sacristán sacó una botella del arca, trajo dos vasos y sirvió vino. Temía
responsabilizarse con una nueva crisis. Texeira era ya un octogenario.
—Esto le hará bien, Vossa Reverendissima.
El cardenal se echó el vino a pechos, con gran avidez. Luego fijó los ojos
en el vacío y suspiró aliviado.
Con frases cortadas, en un staccato de obseso, informó al sacristán cómo
se había iluminado el altar, la aparición de María y el encargo que le hiciera.
El joven sacerdote lo oyó con el escepticismo de un Johannes, absorto en
el relato. Escrutaba el rostro de Texeira en busca de alguna señal de extravío,
pero el anciano no dio muestras de haber perdido su habitual lucidez.
—¡Lo hubieras visto bailando alrededor del altar!
—Y no paró de cantar un solo instante —añadió el mago—. Ahora sí que
va a creer de verdad. Le hemos fortalecido la fe.
—¡Ja, ja, ja!
Alfred Beimel disfrutaba como un niño, y había contagiado a Julia, que
los oía entusiasmada.
Benini sonreía. A duras penas se había dejado convencer y ahora estaba
satisfecho.
Ordenó champaña en la botella Magnum y algunos bocadillos. Se había
puesto su bata y acariciaba a la Cheshire negra que dormitaba sobre sus
rodillas.
Alfred brindó con Julia.
Aunque ya pasaba la una, con ayuda del sacristán, el cardenal se puso a
redactar un comunicado que haría leer en misa al día siguiente: «Yo, el
cardenal Clemente Rodrigues Texeira, la noche de vísperas a la fiesta de San
José de Cupertino, fui congraciado con una aparición de la Virgen María, la
amada Madre de Dios, que por mi intermedio comunica al mundo el siguiente
mensaje…» Y así proseguía, en solemne lenguaje, el relato con las
incidencias de aquel milagro, que Texeira ordenaría divulgar en todas las
iglesias de Lisboa. El sacristán firmó al pie como testigo presencial de la
aparición. En la veneranda tarea acabaron con el vinito de consagrar.
La inquina del mago contra el cardenal, había amainado. Gracias a aquella
providencial genialidad de Beimel, Texeira recibiría una lección memorable.
El mago comenzó a imaginarse el último día de su estancia en Portugal,
cuando refiriera en exclusiva a un periodista de A Republica la verdadera
historia de la aparición. Y cuando en Lisboa estallara la pública carcajada, ya
él estaría fuera del país.
Sí, más que merecido se tenía el vejete aquel escarnio.
Beimel se despidió de Julia con un demorado abrazo, demasiado
expresivo para el gusto del mago.
—Quiero dar una caminata nocturna —dijo—. Estoy tan eufórico que no
quiero acostarme todavía. Ya en el pasillo puerta, Benini le agradeció
formalmente, por primera vez.
Con Jeremy, que menospreciaba las bromas, no se hubiera podido llevar a
cabo algo semejante. Ante el menor riesgo, siempre le encontraba cinco pies
al gato. Se habría opuesto tajantemente y habría discutido hasta desalentar al
más entusiasta.
Cuando regresaron, Julia se sentó junto al mago sobre el brazo mullido de
la pesada butaca.
El sacristán se encargaría de sacar copias de la pastoral.
Muy sobrecogido todavía, casi en estado de gracia, frescos en su mente
los detalles de la aparición, el cardenal Texeira abandonó la Basílica con las
primeras luces del alba.
Pese a su avanzada edad, no sentía cansancio. Hubiera podido decir
cuarenta misas. Permanecería todavía un buen rato en vigilia. Sabía que si se
acostaba no podría dormir y las horas que lo separaban de la misa, pasarían
exasperantemente lentas. ¡Qué maravillosa la voz de María! ¡Cuán amoroso el
rostro del Señor en su tormento! ¡Qué honor inmarcesible, ser el depositario
de una encomienda de la Virgen! Tendría que reunirse con los prelados del
Opus Dei y planear los próximos pasos. Quizá se lograra ahora que el Santo
Padre asistiera al gran acontecimiento portugués. El júbilo universal
alcanzaría proporciones nunca vistas. Los franceses palidecerían de envidia.
Lourdes sería una banalidad en comparación con Fátima.
El cardenal advirtió de pronto a un hombre que se le había adelantado y se
volvía para mirarlo. Varias veces se volvió con una expresión de perplejidad.
¿Sería que la aparición le había dejado alguna señal en el rostro, algún
testimonio de la gracia que acababa de merecer? ¿El olor de santidad podría
percibirse en espacios abiertos?
Beimel se alejó con pasos rápidos hasta doblar en la próxima esquina. Y
cuando se hubo alejado lo suficiente, se recostó en una columna a desahogar
la risa. Aquel enano que no llegaba ni a los hombros de la Virgen, caminaba
como si mirara desde las alturas. Y con una pompa y tiesura como si se
hubiese tragado una vara. ¿Se creería que había crecido?