Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 15 de 37

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Fátima

Capítulo 15

 

 

El grupo celebraba la Santa Comunión. Athanasios partió el pan y pronunció

la bendición. Ya había compartido también con la pequeña comunidad

reunida junto al mar, el vino que ellos le aportaran.

Europa era pasto de la furia guerrera, pero en Córcega, bajo los eucaliptus,

no se oía ni el eco. Mientras las tropas se embestían, ya en la proximidad del

primer invierno, Athanasios alababa a Jeshua, el sublime maestro y divulgaba

entre sus oyentes la feliz embajada.

Corría el año de 1914. Fue un octubre que él nunca olvidaría.

—Debería contarnos más cosas de ese Judas —le pidió un hombre joven,

que se sentaba estrechamente abrazado con una mujer mayor.

También los demás le rogaron que leyera otro fragmento de sus escritos.

Athanasios tomó un largo trago de la botella y un calor áspero le corrió por la

garganta. Era un clarete fuerte de la finca del Conte Peraldi.

Athanasios miraba con firmeza a Josefine. La rondaba desde hacía varios

días. Ella se había aparecido cuando celebraban una misa en la playa, y se

dejó bendecir. La última vez que asistió, ella le tocó una mano. Cuando reía,

fulguraban sus ojos oscuros. Athanasios había quedado hechizado. Y pensaba

en ella contemplando su toldo de estrellas. Veía su piel morena clara, los

cabellos blanqueados por el sol, sus largas y afiladas manos. Una personita

delicada pequeña, que no le llegaba ni a los pectorales. Para aquella ocasión,

él se había amarrado el pelo.

El hombre joven se le sentó a lado y lo sacó de su ensoñación. Athanasios

se estremeció levemente. Luego, sonrió a Josefine.

—¿Tú también quieres oír algo? —le preguntó.

Su francés sonaba a piedras restregadas.

—J’adore Judas et tous les traîtres —respondió ella—.

Es un evangelio que me gusta, y cuando tú lo lees…

No terminó la frase.

Athanasios tomó su escrito y buscó una escena. Escogió el milagro de la

transformación del agua en vino, y comenzó a leer melodiosa y expresivamente, con énfasis en algunas palabras.

 

Subieron hacia Canaán, en Galilea, para asistir a las bodas de la hija de un mercader. En verdad, nadie había sido invitado, aparte de Jeshua; pero jamás despreciábamos una

comida regalada.

«Allí se reúne mucha gente —comentó Simón—, y los ricos se muestran generosos». Sólo Jeshua callaba, porque estaba madurando un hermoso plan. Jacobo, el hijo de

Zebedeo y Juan, el hermano de Jacobo, a quien Jeshua diera el nombre de Boanerges, Hijo

del Trueno, se encargarían de vigilar las existencias de vino.

También habían invitado a la madre de Jeshua, que volvió a ver a su hijo después de

mucho tiempo. Nada creía ella, sobre lo que la gente murmuraba de él: «Cuando alguien se

eleva, tiene siempre muchos envidiosos».

Apenas se sentó la pareja a la mesa, siguiendo las formalidades del rito, comenzó el

baile. Jeshua, uno de los mejores bailarines, se mantuvo al margen. No quiso complacer a

nadie.

Nosotros creíamos que estaba mirando a la novia, pues no le quitaba los ojos de encima;

pero nos equivocamos, como nos ocurría con él, en muchas ocasiones. Poco después, la gente

reclamó más vino, pero resultó que los toneles se habían vaciado. El padre de la novia

palideció. Quería mostrarse generoso, pero había subestimado a la concurrencia.

«¿Ya no tienen más vino?», comentó la madre de Jeshua, en un tono burlón. «A mí no me ha tocado ni un sorbo», dijo él.

«¿Por qué no emprendes algo? A ver si es cierto que haces milagros», se chanceó ella. «Lo que yo tengo que hacer es cosa mía, y no tuya», le reprochó; y tras dirigir una señal

al Hijo del Trueno, se apartó de su madre.

Había confusión y desánimo entre los invitados. La fiesta llevaba unas pocas horas y ya

amenazaba su fin. Aquello era un mal presagio para la pareja.

El lugar más cercano de donde se podía traer vino, distaba un día de marcha. El padre

de la novia estaba furioso.

Por orden de Jeshua, Juan y el Hijo del Trueno introdujeron los toneles, llenos de agua,

según lo anunciaron.

Jeshua pronunció una callada oración y ordenó al anfitrión de la fiesta, que probara el

agua.

El hombre se estremeció. No quería en aquella escabrosa situación, ser por añadidura

escarnecido; de modo que un servidor tuvo que probar el primer trago, y he aquí que era

vino. El padre de la novia quiso entonces probarlo, y cuando lo hizo, se llenó de felicidad.

Un poco más tarde, Jeshua llamó al novio y le dijo:

«Nadie notará que éste es un vino corriente, pues del agua no puedo sacar vinos buenos;

pero los huéspedes no conocen la diferencia; y mucho menos si beben con exceso».

Por este milagro, Jeshua estableció en Canáan una primera señal. Demostró su potestad

y todos hicieron confianza en él.

Fuimos los últimos en marcharnos de la fiesta, a la noche del día siguiente. «No hicieron sino beber su vino, de sus propios toneles», confesó Jeshua más tarde; y nos

explicó que Jacobo y Juan lo habían escondido poco a poco; que se necesitaba sólo de un

pequeño rumor, y la aparición del vino haría el resto del milagro. «Porque antes de que yo

lo trasmutara —añadió—, a nadie se le ocurrió mirar dentro de los toneles».

Me gustaba Jeshua, porque conocía a los hombres mejor que cada uno de nosotros.

 

La lectura había despejado a Athanasios. Los miembros de la comunidad

seguían parloteando. Los hombres eran cuatro. Trabajaban como peones en fincas de terratenientes franceses, igual que dos de las mujeres, también

empleadas con ellos. De Josefina nada sabía aún, ni siquiera cómo se ganaba

la vida.

Los eucaliptos sazonaban el aire, que se mezclaba con el hálito del mar.

Los hombres no dejaron que se les hiciera demasiado tarde, y se levantaron de

la arena. Desde la orilla del mar hasta sus viviendas, más allá de las montañas,

les esperaba una larga marcha. Con ellos se marcharon también cuatro de las

mujeres.

Josefina extendió la mano para despedirse del monje. Al reírse, fulguraron

sus ojazos.

—He pasado muy contenta a tu lado en la playa. Espero que nos dures

mucho tiempo. ¿O piensas marcharte?

—No; mientras la gente me oiga y celebre conmigo la misa jamás me iré

—dijo él, un poco confuso.

Habló también un rato con las dos mujeres que se quedaron. Trabajaban

como ayudantes en la cosecha de almendras y habían aprovechado su

domingo libre. Luego, también ellas se marcharon.

Córcega era la isla donde por fin se asentaría Athanasios; un paraíso. Aquí

imperaba también, como en Malta ocupada por los británicos, un dominio

extranjero. Pero los franceses la habían organizado de modo diferente. Y

además, tan comprometidos como se hallaban en la guerra ¿qué podía

importarles un monje griego? Si hasta había pensado en ocupar una de las

abandonadas chozas de piedra y convertirla en su sede. Había más de media

docena desiertas, cerca de la costa.

Aquel Golfo de Porto, podía rivalizar en belleza con su isla natal.

Sus ensoñaciones y recuerdos de las islas griegas nunca lo habían

abandonado; pero temía el regreso. Allá había muchas cosas que lo

perturbaban. Y nunca hasta ahora, en el curso de su vida, había desandado sus

pasos.

Miró a lo alto. El carro de la Osa Mayor apuntaba con su pértiga hacia la

Corona Boreal. Vio al León, a la Virgo, al Escorpión y la Balanza. Bastaba la

contemplación de aquel cielo esplendoroso del meridión, para no querer

marcharse nunca. ¡Y cuántas estrellas fugaces lanzaba al infinito aquel cielo

de agosto! Se imaginó corriendo sobre la inmensa pradera estelar de la Vía

Láctea.

Athanasios era un hombre que sabía de los misterios del Cielo y de la

Tierra. Por eso, quienes lo buscaban, eran como lobos, hambrientos de

revelaciones. Voces rudas a la hora de los cánticos. Tartamudeaban a veces, al rezar en grupo; pero Athanasios no era un mercachifle del espíritu que

pretendiera corregirlos.

Había llamado la atención de los peones cuando recorría las colinas. Ellos

le mostraron un lugar bajo los eucaliptus, muy cerca de la playa. Casi nadie

conocía aquel lugar donde acampaba Athanasios.

Les hablaba de Jeshua, el Señor de la Vida; y ellos se reían. «¡Qué extraño

santón!», los oyó más de una vez comentar de su persona. No obstante, al

mejorar su dominio del idioma, fue ganando la atención de los campesinos.

Le eran gratos. Dos meses después se formó la comunidad. Sobre la playa

erigieron una cruz, con maderos que les proporcionó la resaca.

De pronto, oyó su voz. Lo llamaba a gritos contra el oleaje de la playa

clara. Le llegó como la luz del cielo estrellado, como los reflejos de la luna

llena.

Ella lo había divisado de inmediato, pero Athanasios no se movió.

Ella quiso ponerlo a prueba. ¿Sería que no iba a reaccionar a su llamado?

—¡Athanasios, ven! —le gritó.

Para él, era como si lo hubiese llamado la Virgen María. Se volvió

lentamente, y allí estaba Josefina, no lejos de él.

Había regresado porque sabía que sus provisiones de pan y queso, estaban

casi agotadas. En la casa había preparado un envoltorio.

—En fin, no sólo de espíritu viven los hombres de Dios.

Aquellas últimas palabras iban cargadas de una deliberada coquetería.

—Es muy amable de tu parte, Josefina —comentó Athanasios al recibir el

atado—. Pero, en verdad, yo necesito muy poco. Estoy acostumbrado a comer

una vez cada tres días, como los camellos del desierto.

—Por eso fue que el vino te mareó un poco, cuando oficiaste la misa.

Todos lo notamos. ¿Un monje borracho? —rió, y se le acercó otro poco…

Él estiró su mano y ella la cogió.

—Tuve que marcharme Athanasios, porque si no, las otras hablarían. Y

no quiero que se enteren.

Josefina no terminó esta frase. El monje la estrechó por sus delgados

hombros. Así abrazados, estuvieron un rato de pie. Él le contó luego, fábulas

de la noche estrellada: la del Cisne, la del Delfín, los trabajos de Hércules, el

rescate de Andrómeda. Y hablaba con una voz tan honda y expresiva, que al

resonar en la noche, era como si las estrellas se movieran por el cielo ante los

ojos de Josefina.

—Quiero dormir contigo —dijo ella con suavísima voz. Athanasios la

atrajo y le apretó las caderas.

—Jeshua nada tendrá en contra.

Se besaron, y se desvistieron sin separarse.

Athanasios sintió crecer su miembro como si una tormenta de estrellas

recorriera su médula.

Josefina se subió a él como a un árbol y consumaron su amor de pie.

—Estás más peludo que un oso —le ronroneó ella, mordiéndole

suavemente los labios.

—No —dijo él. —Los osos me envidian.

Él siguió cargándola. Se movían muy despacio, casi al ritmo de las olas, al

rodar hacia la orilla.

—¡Qué hermosa eres, amada mía! Tus ojos ponen a brincar mi corazón.

Tu pie exhala el perfume de los cipreses en flor; me estremecen tus pechos,

como cabritos gemelos, y yo quiero ser como un vino de huesos, tierno y

duro, y entrar en ti, y embriagarte para que aun durante el sueño, se encienda

el amor en tus labios. Tuyo soy…

Y Josefina seguía a horcajadas en su cintura. Él enderezó los pasos hacia

su campamento.

—Eres hermoso, amado mío. Estás tan lleno de encantos. Nuestra cama es

la hierba verde. Cedros son las paredes de nuestra casa y por techo tenemos el

ramaje de los cipreses. Mi amigo, mi amor, mirra eres, que pasa la noche

entre mis pechos.

Athanasios eyaculó apenas se hubo extendido sobre la arena caliente, pero

ella se aferró a sus espaldas y siguió cabalgándolo; y reanimado él, siguieron

hasta que se desvaneció su última erección.

—Cuando celebrábamos la misa sentí esta exigencia de hacer el amor

contigo. Era un pecado, lo sé, pero no pude apartarlo de mis sentidos. Y ahora

me siento confundida…

Se le cortó la frase.

—¿Y qué pecado puede haber en esto? ¿Acaso Jeshua no amaba? Claro;

los evangelistas lo callan. Y lo presentan como una momia, como un pescado

muerto. Cuando leo el informe de Judas es cuando siento que el amor no es

una simple palabra celestial, destinada a las aves y no a los hombres. Jeshua

andaba con mujeres, y también con sus jóvenes discípulos. Eso lo informa

Judas; pero nada quieren saber de eso los vejetes de la iglesia.

Athanasios habló con ardor. De pronto parecía distanciarse de su amada.

—¿Te queda algún vino? —preguntó ella.

Él se desprendió de su abrazo y fue por el resto del clarete que le habían

llevado. Y bebieron.

Fue entonces cuando sonó el tiro.

—¡Mi abuelo!

Josefine reconoció de inmediato el estampido de la escopeta de dos caños.

—Tengo que desaparecer; pero volveremos a vernos —dijo ella mientras

se arrastraba sobre la arena para alcanzar sus ropas. Un ser anfibio que no

dejaba sombras.

Poco después llegaba el viejo junto al monje. Un hombre poderoso, cuya

escopeta resplandecía a la luz de la luna.

—¿Has visto a Josefine?

—No monsieur; estoy solo en la playa.

—Si seduces a mi nieta, te vuelo los huevos de un tiro.

Su voz era punzante como un erizo de mar.

—¿Y qué aspecto tiene su Josefina? —preguntó cauteloso Athanasios,

que ya sentía los perdigones quemándole las entrepiernas.

—Nada te importa cómo es la muchacha.

El viejo se fue a grandes zancadas sobre la arena. Lanzó otro tiro al aire y

volvió a gritar el nombre de su nieta. Un corso dispuesto a liquidar a todo el

que se le atravesara en su camino.

Y al cabo de dos semanas los cogió in fraganti.

A Josefine, y sólo a ella, debió agradecer el monje su vida.

Al abandonar el Golfo de Porto, mientras se alejaba la lancha, la voz del

abuelo lo seguía desde las altas colinas.

—¡Pecador! ¡Libertino! ¡Sacrílego! —le gritaba.

El viejo ratificaba los epítetos con disparos de su fogosa escopeta.

Otra vez se marchaba para siempre de un lugar amado.

—Y me despiden con salvas —pensó Athanasios.