Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 7 de 37

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Fátima

Capítulo 7

 

 

—¿Qué pretende Ud. que yo desentrañe, mi querido John? —preguntó Benini

y se reclinó sobre el acojinado asiento de la limusina—. No se trata de una

adivinanza, ni de una maravilla, ni siquiera de una anomalía astronómica.

Sobre el caso Fátima, ningún observatorio ha aportado elementos.

El millonario tomó un sorbo del cóctel que el chófer le había preparado

antes de partir.

—Espero, mi estimado Carlo, que no lo tenga usted por pura quimera.

Muchos hombres serios observaron la aparición y han escrito sobre ella.

Lossenkián había recogido al mago en el Avenida Palace para llevarlo al

casino del Estoril. Benini había insistido en que debería regresar al hotel a las

seis, pues esa noche tendría una presentación nocturna; pero el millonario no

había cejado en su propósito de llevárselo consigo.

—Pero si vamos tan temprano nos vamos a encontrar las puertas cerradas.

Aunque el intento de entrar al casino resultase infructuoso, el viaje en la

parte trasera de la limusina, era agradabilísimo.

—He leído atentamente los libros, John. Y debo reconocer que son

lecturas fascinantes. Pero ¿supone usted que ahora, veinticinco años más

tarde, yo pueda hacer algún aporte? No soy un investigador, sino un mago.

—Ya veo que su escepticismo no le permite creer —comentó Lossenkián

cruzándose de piernas.

Llevaba un traje blanco de seda, con una corbata de un rojo cereza y en la

solapa una media luna de oro. Su barba era muy hirsuta.

—¿Pretende usted que me crea esa historia? ¿La Madre de Dios

informando a tres niños portugueses que Rusia debe apartarse del comunismo

para lograr la paz en el mundo? Para una cosa así, era más lógico dirigirse a

los propios rusos…

Cuando el chófer tomaba las cerradas curvas, la limusina blanca se

balanceaba.

—Y eso de que la Virgen María haya mostrado el Infierno a los niños, y

tras el consiguiente susto exigiera sacrificios de todos los creyentes, es tan absurdo, tan distante de mis posibilidades de creer.

Comprenda, por favor, que nada puedo hacer con eso…

El millonario dejó su cóctel en un portavasos ahuecado, sobre la mesita de

caoba.

—¿Qué conclusiones debo sacar —prosiguió Benini— de que tres

analfabetos recibieran de María, Madre de Dios, la orden de aprender a leer?

Era una tarea para maestros. Desconozco lo que pudo estar en juego en aquel

entonces, pero los hechos en sí, tienen mucho de disparate.

Lossenkián parecía divertido.

—Confiese que desde hace mucho, el caso Fátima lo intriga. ¿Por qué

finge indiferencia, Carlo?

—En realidad, hay una sola cosa que verdaderamente me interesa, y es la

danza del Sol. Y no me interesa indagar si ha ocurrido algo sobrenatural o no.

Eso me tiene sin cuidado; pero me fascinaría poder presentar un truco

semejante.

Benini echó una ojeada a la bahía del Tajo, con su amplia cuenca por

donde el mar avanzaba sin obstáculos hasta la propia capital de Portugal. Veía

alejarse la orilla opuesta.

—¿Quiere otro trago? —preguntó el millonario, mientras se escanciaba el

suyo—. ¿De modo que no quiere ganarse las veinte mil libras que le ofrezco?

Son libras inglesas, por supuesto; no son egipcias…

—El dinero no me seduce tanto, John, aunque sería, sin duda, un

excelente extra.

El mago había ordenado a su manager viajar a París, donde conocía

personalidades de alto nivel, cuya influencia quería utilizar para excarcelar al

padre de Julia.

—Si fuera necesario yo mismo me dirigiré a las autoridades aunque eso

signifique la interrupción de nuestras presentaciones durante toda una semana

—había prometido a Julia, que con expresivas muestras de gratitud, lo había

abrazado durante un largo rato.

—Decididamente, no puedo creer que tres ingenuos pastorcillos, sean los

escogidos para comunicar al mundo semejante embajada.

—Eso mismo ha ocurrido ya en Lourdes —interrumpió el millonario.

—¿Cómo fue lo de Lourdes? No recuerdo los detalles.

Lossenkián le refirió las apariciones a mediados del siglo anterior, en una

aldea de los Pirineos.

—Se trataba de Bernadette Soubirous, la hija de un molinero. Creo que

tampoco sabía leer. Una dama de blanco se le presentó durante quince días consecutivos; y de una pequeña corriente de agua, ubicada en el lugar de las

apariciones, se formaba un manantial que producía diariamente cien mil litros

de agua. Ojalá me sucediera algo semejante en mi negocio petrolero —añadió

Lossenkián—. Sería un hombre rico.

Solía alternar una gesticulación de exageradas muecas, con poses

pensativas, en que abocinaba los labios, o con estallidos de una risa ampulosa.

—Gracias al agua santa, en Lourdes se han producido centenares de

curaciones milagrosas.

Benini pensó en sus propios trucos de agua, pero lamentablemente no

podían producir agua santa.

—Lo maravilloso fue que tras una de sus visiones, Bernadette permaneció

durante horas en un trance de encantamiento, y el médico asistente comprobó

que la vela encendida, situada bajo una de sus manos, no le había producido

ninguna quemadura.

—Mire, John, si le interesan maravillas de ese tipo, lo invito a mi función

de esta noche y le mostraré algunas.

Para fingir enojo, el mago había endurecido su rostro, como solía hacer en

escena cuando deseaba mostrarse inconforme con el resultado de un número.

—En Lourdes la dama de blanco dijo: «Yo soy la Inmaculada

Concepción», con lo cual confirmaba el dogma establecido algunos años

antes.

—¿Y cómo se formula el dogma?

Atravesaban un paisaje bellísimo, de calles empinadas entre agua y cielo.

Pese a la complacencia de viajar en uno de los más lujosos automóviles de la

época, paladeando el Rocío de la Mañana, al mago ya lo irritaban

sinceramente aquellos desvaríos milagreros de Lossenkián, que insistía en

explicarle con lujo de detalles, el dogma de la Mariae virginis immaculata

conceptio. Y por cierto, el millonario lo adoctrinaba con un léxico que parecía

revelar fundamentos teológicos.

—Ese dogma debe ser el terror de todas las doncellas. ¿Cómo harán ahora

para evitar el embarazo, cuando el peligro las acecha incluso sin ayuda

masculina? ¿Y en eso también cree usted?

El millonario meneó negativamente la cabeza.

Benini ya no sabía qué pensar de Lossenkián. Cuando creía tenerlo

arrinconado, volvía a escapársele.

—En todo caso, Lourdes constituye el más grande lugar de peregrinación

en el mundo. Ya en el siglo pasado, más de un millón de peregrinos anuales, acudían a beber las aguas del manantial. Y eso lo viviremos muy pronto en

Fátima.

El carro se detuvo. Habían llegado al Estoril.

El casino era un hermosísimo edificio neoclásico, al que se ingresaba por

una ancha escalera de barandas artdéco, entre ángeles broncíneos, portadores

de lámparas. El visitante ascendía sobre una alfombra roja surcada de bandas

blancas y verdes, que son los colores de la bandera portuguesa.

El chófer abrió las puertas y esperó a que se apearan ambos pasajeros.

—¿Y qué vamos a hacer aquí? —preguntó Benini señalando la puerta

cerrada. No eran sino las tres de la tarde y ningún casino abre antes de las

ocho.

Sin responder, Lossenkián emprendió el ascenso de los peldaños y golpeó

en las jambas de la altísima puerta. Benini era un jugador ávido. Si el casino

no hubiera estado tan lejos de Lisboa, ya lo habría visitado mucho antes, pero

después de las presentaciones no le quedaba tiempo disponible, porque el

lugar cerraba a media noche.

—Acérquese, Carlo, que ya vienen a abrirnos.

Era una sorpresa que Benini aceptó sin vacilar.

¡Qué lujo tan extraordinario! Las extendidas salas, las verdes mesas de

ruleta cubiertas de excelentes fieltros, contrastaban con los asientos de

terciopelo rojo. De las paredes colgaban gobelinos de los maestros flamencos.

—Tranquilo, Carlo —dijo Lossenkián riéndose—. Ya nos estaban

esperando. Ahora quiero ver si es usted capaz de ganar.

Pese a la hora tan extemporánea, el casino en pleno había sido abierto

para ambos huéspedes. El jefe de los croupiers ocupó su alto sitial en un

extremo de la mesa, y a ambos lados se sentaron los otros, que muy poco

trabajo tendrían. En el otro extremo, se ubicó el director del casino.

Todos miraban al mago.

—Este mago gana siempre —bromeó Lossenkián y le pasó unas fichas a

Benini—. Ahí tiene cuarenta mil escudos. Es más de lo que usted gana por

noche. Vamos a jugar exactamente dos horas y luego echaremos cuentas.

Messieurs et dames: Faites vos jeux!

Lossenkián comenzó sus apuestas.

Benini prefería las combinaciones. Apostaba a las docenas, nunca a las

chances simples ni a los plenos, con excepción del cero. Y si escogía un

número, era para rodearlo de fichas. Jugaba con verdadera dedicación.

Lossenkián era mesurado, puntilloso. Llevaba prolija cuenta de los

números salidos. Luego escudriñaba con detenimiento las hileras de sus propios números, en procura de regularidades probabilísticas, para apostar

cada vez que se cumplieran.

El director no apartó ni un segundo sus ojos del mago. Lo mismo hacía el

jefe de los croupiers. Benini se dio cuenta de que lo estaban poniendo a

prueba.

—¿Está ganando? —le preguntó Lossenkián, sin dejar de escrutar sus

ristras numéricas.

—Así lo creo, John —dijo Benini; pero al examinar el mermado

montoncito de fichas amarillas y doradas, tuvo sus dudas.

Había una pieza de diez mil escudos, que pensaba escamotear entre sus

bolsillos. En otras ruletas, nunca había visto una ficha tan hermosa.

Al cabo de dos horas sacaron cuentas. Los croupiers contaron cincuenta y

un mil escudos de Lossenkián. De Benini, sólo treinta y dos mil, sin la pieza

que se había echado al bolsillo.

Cuando volvieron a sentarse en la limusina de regreso a Lisboa, el

millonario presumía, triunfal:

—Soy el ganador. Carlo.

Benini expelía densas nubes de su cigarro.

—Felicidades.

—¿Y cómo es que no ha ganado usted? Deben sobrarle medios y trucos

para desplazar las fichas a su conveniencia.

Al millonario se le veía una pequeña mancha amarilla verdosa, sobre el

blanco del pantalón.

—No me lo puedo permitir, John —replicó el mago con calma—. Si un

periódico difundiera que hago trampas en la ruleta, sería el fin de mi carrera.

Aparte de la sanción legal, que ya sería bastante inconveniente, para el gran

Benini significaría, además, que se le han descubierto sus manejos. Eso sería

catastrófico. « [6] Le bugie hanno corte le ale».

—Entonces ¿su secreto consiste en que nadie le descubra los manejos?

Lossenkián alzó una mano e hizo una mueca. Bajo la espesa trama de su

barba se formaron dos profundos hoyuelos. Centellearon sus ojos oscuros y

alertas. El mago intuyó que le saldría con algo insólito. Ya se había preparado

para manejar la limusina a ciegas, por si Lossenkián insistía.

—Bueno, ya no se haga rogar más tiempo, Carlo.

—¿Podría usted decirme a qué me he negado? —inquirió Benini.

—La ficha, la hermosa pieza dorada de diez mil escudos, que enamora a

todos los jugadores. La ruleta no ve con agrado la desaparición de sus fichas,

y yo soy uno de los propietarios del casino.

El mago permaneció distendido. Si aceptaba haber realizado el robo, eso

traería consecuencias desagradables.

—Estimado John, debe usted estar equivocado. Si así lo desea, apenas

lleguemos al hotel, regístreme y compruebe que no he escondido ninguna

ficha.

El millonario se puso serio.

—No se preocupe Carlo, no lo voy a denunciar.

—Pero en realidad, no la tengo.

—Lo vieron, Carlo.

—¿Quién?

—El director del Casino, que me lo dijo en cuanto sacamos cuentas.

—¿Y por qué no me denunció de inmediato?

—Porque yo no se lo habría permitido.

El mago hizo dos movimientos de cabeza con los que distrajo a su amigo,

y aprovechó para colocarle la dorada pieza de los 20 mil escudos en el

bolsillo de la pechera.

Cuando llegaron a la Plaza Rocío, el mago dijo:

—Una bella excursión para ponerme a prueba ¿eh, John? Deberíamos

repetirla; pero debería usted verme, siquiera una vez, en escena.

—Seguro —replicó Lossenkián. En ese momento sacó el pañuelo, y la

pieza de oro faltante cayó al piso.

El mago alzó las cejas.

La limusina se detuvo ante el gran hotel cuya fachada verde oscura relucía

a la luz de la tarde. Ambos visitantes del casino se despidieron sin convenir

un nuevo encuentro.

El millonario se guardó la ficha.

—En adelante, las cosas no le serán tan fáciles conmigo, Carlo.

—¿Y qué puedo hacer yo ante quien esconde las fichas de su propio

casino?

Al despedirse, Benini disfrutó de la perplejidad de Lossenkián.

En la recepción pidió su llave. Necesitaba concentrarse para su

presentación; pasar unos veinte minutos en total distensión, antes de dirigirse

al teatro.

—Soy el 22 azul —le espetó de pronto un hombre, que exhibía un naipe

con ese número.

—¿Qué desea usted? —preguntó el mago, impaciente por llegar cuanto

antes a su suite.

—Pensé revelarle una novedad pero parece que he llegado demasiado

tarde. ¡Qué lástima!

Benini se puso de pie.

—Por favor, deje el libro y comience con sus preguntas. Si no, me veré

obligado a rogarle que abandone esta habitación.

Aunque a veces sabía disfrutar del trato de personas inoportunas, este

hombre llegaba en pésimo momento. No obstante, Benini evitaba ser

descortés.

—Fátima fue la causa de que usted tuviese que renunciar, hace años, a

actuar en una sala vacía. He averiguado que fue un 12 de octubre, ¿no es

cierto?

Benini miró irritado hacia un lado. No quería recordar aquel fracaso.

—La gente de Tomar, donde usted se presentaba el 12 de octubre de 1917

resultó más atraída por lo que ocurría en Fátima. Por no perderse la gran

aparición, caminaron casi cuarenta kilómetros.

El hombre, que no había dado su nombre, entregó al mago un recorte de

periódico.

—Lo conseguí para usted. Es el anuncio de un periódico de Tomar, sobre

aquella presentación que por falta de público, nunca se produjo.

—Se ha tomado usted un gran trabajo —dijo el mago, en cuya cabeza se

agolpaba ahora un tropel de recuerdos.

De modo que la gente había huido de él para presenciar una maravilla

celestial. Incluso al darse cuenta ahora, veinticinco años más tarde, le parecía

una infamia.

—¿Y usted quiere escribir ahora sobre eso? —preguntó Benini, que se

temía una desfavorable campaña de prensa.

—Me inquietaba que usted no supiese lo ocurrido.

Benini dobló el recorte.

—¿Y para eso ha venido?

El hombre asintió pensativo.

—Le ruego que hablemos mañana, a eso de las diez.

Lo invito a desayunar. Diga al recepcionista la contraseña cheval. Así

sabré que se trata de usted.

Cuando el hombre se hubo marchado, Benini supo que esta vez

necesitaría de un tiempo de distensión más prolongado que de costumbre. La

pérdida de la ficha dorada le molestaba mucho.