Fátima
Capítulo 8
Me llamo Ricardo López, soy marmolista, o mejor, un prostituto del mármol,
un matarife de cadáveres si prefieren, y trajino con muertos como otros con
madera, no sé si me entienden, pero somos la misma hierba, sí señor, lo mío
es con cadáveres, trastos fríos, estibas de restos mortales, ¿qué les parece?
Ricardo López para servirlos cuando lleguen al final, muchísimo vivido en
socavones, haciendo lo que fuera necesario en Prazeres, en el cementerio,
mire que llamarlo Prazeres, vaya chiste, y he oído a los muertos hablar,
respirar, dejar escapar miedosas palabras de sus labios, hablantes mudos,
pláticas silenciosas, ojalá pudieran entenderme, hablo bajito como las
cucarachas, pero puedo ser chillón como una rata y veloz como las hormigas,
Ricardo López, requerido frecuentemente cuando la piel se marchita y los
ojos se ponen grises, hazle una tumba a mi viejo y aunque no se la merezca
date prisa ¿por qué coño te demoras tanto en dar un par de martillazos? Sí sí,
conozco todos los atajos de este cementerio, por aquí, por allá, junto a la
tumba de José que queda junto al roble de la muerte, donde los jóvenes se
masajean la polla unos a otros hasta ponérselas como estacas, sí, justo ahí, por
la noche puedes encontrarlos, golfos, bribones que nunca se atreven a llegar a
la hora del dinero, a la hora de la fuerza, a la hora repleta de orejas abiertas,
con mujeres de negro que esconden revólveres bajo los calzones, veneno en
los cántaros y cuchillos entre las coloridas coronas, el cementerio es el lugar
donde ya no hay perdón, donde se viene a morir, uno por uno, uno por uno, y
con eso, je je, López se gana su pan.
No quiero decir que me arrepiento, quizá hubiera sido un mejor
descuartizador, un mejor pescador, un vinatero de esa partida de muertos de
hambre, llorones esmirriados, que acaban en cuerpos pelados, venas pálidas e
hinchadas, pieles quemadas, corroídas, casi sin carne en los huesos,
esqueletos secos, que han pasado más días de hambre que de comida, bebido
más agua que vino decente, nunca el suficiente para morir, sí que los conozco,
todos se llaman igual.
Una cuesta empinada, un camino difícil, cargador de cadáveres, lavador
de cadáveres, necroguardián, necroputa, matamármoles, el hombre idóneo
para las eternas preguntas sobre la eternidad, el hombre para dar artísticos
consejos sobre la muerte, Ricardo López, en su debido momento ennoblecido
por haber cerrado el pico, por haber callado, pero ahora hablo, lo más bajo
que puedo, claro, de cuando comencé el trabajo sucio, descuartizar, palear,
revolver la tierra, rellenar, apisonar, tierra con tierra, sí sí, aquí venimos para
honrar su memoria, un bribón, un bandido que ha engañado, robado por todos
los medios para enriquecerse, me ha tocado la mierda, como se dice, lo más
sucio entre lo sucio, he tenido que revolver la tierra, sacar los pedruzcos
grandes, pico y pala, hasta mezclárseme el sudor y la sangre, para que cuando
llegaran los hombres oscuros, con sus pasos medidos, cada paso mil escudos,
yo lo sé, sé muy bien de qué hablo, hallaran una tumba abierta para
despedirse del Reino de la Tierra, de modo que el alma trepara de un solo
brinco hacia el Cielo, entre cánticos, salmos, mentiras, rezos, sermones, citas,
frases, que los hombres de oscuro saben pronunciar, trabajo sucio, suelos
húmedos, fango, rocas duras de golpear, y he tenido que currar mientras otros
gozaban, pico, pala y martillo, para que los cadáveres descansaran en paz.
Años después se me abrieron las puertas, se me encomendó una misión
secreta, nadie quería hablar de ello, oh, el señor López, qué gran artista,
cuánto apreciamos su obra, sí, pues, y hablaban con voces finas, ¿ya habéis
oído hablar de este López, que dispone tumbas para la eternidad?, él puede
hacerlo, cobra caro pero es el mejor, y con él vamos todos, y también sabe
callar el gran López, y ahora lo mío es distinto, ahora terciopelo y brocado,
las más nobles vestimentas, los mejores platos, los más escogidos licores, el
buen López, siempre ingenioso cuando se trata de la muerte, bravo camarada
que siempre sabe lo que los muertos quieren, ese López con el que nadie
puede compararse, el marmolista de los últimos honores, de la última
grandeza.
Y un obispo de nariz ganchuda, oh, Dios, qué espantajo de nariz, más
larga que su báculo, y el tío ni se molestaba en averiguarme los precios,
dejaba siempre que los números hablaran, y yo le decía que no sabía en
cuánto iba a salir, que había que calcular, y él, la suma que tu digas, no
importa el dinero, claro, si lo toman de los pobres, les quitan joyas, perlas,
gangas de oro, lo que sea, y como a la muerte nadie puede llevarse nada
porque todo se vuelve polvo, al obispo le daba lo mismo, pagaba doble, triple,
qué horror de facha, con su narizón lleno de agujeros y puntos negros, y ya se
le veía que estaba a punto del último brinco y diciéndome que quería irse al paraíso acompañado de un ángel, quiero una mujer en mi tumba ¿me
entiendes, Ricardo? y yo preguntándole si la quería con grandes tetas y un
trasero gordo, y él no tanto, me decía, no del todo, un culo más bien pequeño
de nalgas muy lisas, cuando me llegue la hora quiero reposar entre los brazos
de un ángel, con una oreja sobre su pecho izquierdo, bien, le digo yo, bien, así
se hará, y de qué altura ha de ser, y él, que de tamaño natural, sí, tamaño
natural, y acabé haciéndole un gordito cachondo, un bebé con cara de viejo al
que abraza el ángel de la muerte, le palpa las entrepiernas, y él encantado, a
mí me daba igual un encargo es un encargo, como cualquier otro.
Ricardo López me llamo, servidor, y en el cementerio de Prazeres No. 13
me tienen ustedes a sus órdenes, fue un golpe de suerte poder trabajar en una
casa que da de frente hacia la muerte, sin necesidad de largos caminos, donde
no habrá que llamar al carro que transporte mi cadáver, lo que quede de mí, a
lo sumo habrá que empujarlo unos pasos, y pueden también descuartizarme y
entregarme a los perros que merodean junto a las tumbas, qué plaga, antes
había un buen cazador de perros, con guantes blancos y lazos rápidos y a
veces lográbamos un par de meses de descanso, y el tío daba luego los perros
a un carnicero que los picaba en partes bien prolijas, y los clientes
preguntando que si no le quedaba un poco de aquella carne del lunes, un poco
dulce, sí, pero a ellos les gustaba lo extravagante, y el cabrón del carnicero, sí
sí, para usted lo mejor, y aquí tiene un par de huesos para su Nerén, cortesía
de la casa, de perro a perro, gente come gente. La señora Antunes del gran
mundo, su tumba, una casa adornada con rosas enyesadas que ella odia, pero
su marido así lo ha determinado mientras que la flaca Amalia en un sarcófago
barato de hojalata rellena de lana, sobre una fuente para que el agua le escurra
entre los huesos, lata perforada como un cedazo, si pudieran escaparse de
semejantes sarcófagos el cementerio quedaría vacío, abandonado, muerto, y
entonces sí que habría una verdadera paz, sí sí, Prazeres no es ningún placer,
congelación en invierno, mojadura todo el resto del tiempo, por eso los otros
se hacen construir casas lujosas, bajo piedra, cubiertas, techadas, y ya no
necesité andar como un topo cavando huecos, me di cuenta que lo mío era
subir y no bajar.
Largas se me pusieron las orejas cuando oí hablar de Fátima, porque eso
me trajo encargos, mi negocio fue desde entonces de mucho bombo, sólo
querían mi arte, lo que aquí llaman arte, querían mamarrachos, mierda,
angelitos, a veces una estatua, y les gustaba representar a los difuntos en sus
mejores años, en la flor de sus fuerzas, de vez en cuando a lado de un león o
una gacela, rodeados de pámpanos y arabescos, o con cabezotas de bigotes espesos, mamarrachos como digo, pero pagaban bien, y mi taller entregaba
buenos productos, sí, Fátima, un milagro, algo maravilloso, y yo cumpliendo
encargos de otros, y mis hombres mucho pan y vino, hasta gordos se veían,
buen paladar el de la iglesia, y venga a derrochar limosnas, total, para lo que
les cuesta, y uno de los hombres de oscuro me pregunta si podría hacer para él
una estatua sin costo, y yo le digo, sin costo nunca nadie ha conseguido nada,
pero podría hacerla más barato, con alambre y yeso, pero el hombre de oscuro
nada quiso saber de eso, se consideraba importante, grande, y volvió con una
bolsa llena de escudos y me la hizo tintinear junto a una oreja, y que quería un
monumento de diez metros de altura, un obelisco culminado en una cruz,
como la de San Pedro, una gigantesca flecha hacia el cielo, la cosa más
elevada que hubiese en Prazeres, y yo le digo, bien, puedo hacerlo, pero al día
siguiente se murió, sí sí, mi negocio no es fácil, con tantos cadáveres y tantos
encargos, que si el tío se muere, que si no se muere, que si es demasiado
temprano para los encargos del postrer reposo, pero mañana podría ser
demasiado tarde, aunque yo siempre aconsejo decidirse con tiempo, porque a
fin de cuentas, yo necesito tiempo para dar cima a semejantes mamarrachos,
la mayoría de los ricachones.
Cuando se murió Champalimaud fue una cosa muy grande, yo fajado,
trabajándolo en granito con grandes sillares, y de pronto estira la pata, y viene
la gritería de los suyos, alaridos, que no, que muy caro, que ellos no lo habían
encargado, y qué podía hacer yo, paré el trabajo cuando ya tenía terminado el
pedestal, por suerte encontré otra tumba donde colocarlo, y la parte más baja
del Champa le sirvió a otro, un armador creo, y sólo tuve que deshacerme del
busto ya empezado, pero nadie se dio cuenta, sí señores, Ricardo López,
artista de los últimos deseos, de los últimos días, su servidor de ustedes para
la otra vida. Adeusinho.